A Y.
Alguien a quien quiero y respeto me escribió con alarma sobre la entrevista que le había dado Luis Manuel Otero Alcántara al periodista Mario Pentón. Tras escuchar la entrevista, el alarmado era yo: ¿qué problemas tenemos los cubanos para entender lo que nos dicen 50 minutos de conversación con alguien que emplea la misma modalidad del español que usamos para comunicarnos todos los días?
Por supuesto que en el caso de quien me llamó la atención sobre la entrevista descarto la envidia, la animadversión política o los trastornos psiquiátricos que inspira en algunos Luis Manuel. Se trata de una persona que desea lo mejor para el país del que tuvo que huir hace unos años y que lo añora con el amor limpio de la gente honesta que es. Más que entender a Luis Manuel intento aquí entender la decepción de mi amiga.
En la entrevista, para el que no la haya visto, el recién desterrado habla, con su franqueza habitual, de su prisión, de su llegada a Estados Unidos y de sus planes. Pasado presente y futuro, como lo dictan los tiempos verbales. El fragmento que parece incomodar más a mi amiga y a muchos otros fue su descripción de los nueve días que mediaron entre el momento en que la Seguridad del Estado lo sacó de la cárcel y el que salió de Cuba. Un secuestro «amable», de policía bueno, mientras el poder esperaba la oportunidad de expulsarlo del país. Luis Manuel nos habla de una casa de la Seguridad, cercana a la playa de Guanabo, con una piscina que rellenaban apresuradamente con unas pipas de agua cuando él llegó. El agua que escasea hoy en Cuba, apunta el artista, para sobornar sus últimos recuerdos sobre el régimen que lo había encerrado un quinquenio. Una oportunidad, intuye el entrevistado, para que se relajara. Y también para recoger material con el que chantajearlo o desprestigiarlo más tarde. Y Luis Manuel —supongo que para decepción de mi amiga—, en lugar de protegerse de la trampa que le habían tendido saltó de lleno en ella, como en la piscina llenada a golpe de pipa, y así convirtió aquella emboscada en otra cosa.
Queda clara la intención primera del artista con tales confesiones: evitar que el material recogido en esos días por la Seguridad del Estado pueda servir como un instrumento de chantaje y difamación contra él. El chantaje, como sabemos, es alérgico a la claridad y la trasparencia. Hay también una razón menos obvia para tales confesiones: sacarse de arriba el papel de mesías con que lo han obligado a cargar apenas llegó a Miami y así poder satisfacer el instinto natural de experimentar la libertad luego de pasar cinco años preso. Aunque eso signifique sacarse de arriba la armadura de guerrero inclaudicable que le quieren encasquetar. De ahí que Luis Manuel insista en convertir la experiencia de la prisión —deshumanizadora, por muchas vueltas que le dé— justo en lo contrario, en un doctorado en humanidad, en conocimiento del alma humana, en creatividad. Más que a recuperar el tiempo perdido, el artista se niega a admitir esos años como un desperdicio al que lo forzó el régimen que abomina. Evitarse la disyuntiva de ser héroe o víctima.
Pero basta de explicar a Luis Manuel. Bastante elocuente es a la hora de aclararse a sí mismo. Para lo que puede servir el revuelo que se ha creado a su alrededor es para entendernos a nosotros mismos. Luis Manuel, mostrándose como lo que es: un buen artista (porque no cesa de crear) y un mal político (porque no intenta engañarnos), nos obliga a reconocer qué entendemos por arte y qué por política. El arte sería, de acuerdo con el consenso general, un asunto etéreo y decorativo, que no sirve para casi nada serio excepto cuando refuerza nuestros prejuicios, sean estéticos o políticos. La política, en cambio, se asume como simulación constante en la que el buen político es quien finge mejor estar por encima de nuestra humanidad, entendida como debilidad, flaqueza, frivolidad. Pero frente a alguien como Luis Manuel, dispuesto a sacrificar a la causa común todo menos su humanidad, nos sentimos confundidos, defraudados. Sacadas sus cuentas, Luis Manuel estuvo dispuesto a pasar cinco años de su vida en la cárcel, pero no a renunciar a esa terca individualidad que muchos ven como estorbo en la misión que le asignan.
Más que el líder que le piden a Luis Manuel que sea, él se ha vuelto, sin proponérselo, en un reactivo químico que hace más visible el tamaño de nuestra desesperanza, nuestra impotencia. Porque las dictaduras, a fuerza de reducir a sus súbditos a la impotencia, los infantilizan y los lleva a apostar sus ilusiones a figuras mágicas, relatos mágicos, soluciones mágicas. Para que luego se desencanten rabiosamente cuando la magia no funciona. Se ve el castrismo como una pesadilla de la que bastará una buena sacudida para despertarnos de ella y no como un experimento monstruoso que nos ha calado hasta la médula. Eso cuando no ven el castrismo como merecido castigo para expiar no se sabe cuántas culpas acumuladas. Y encima, para configurar nuestros héroes usamos los mismos mitos que nos ha proporcionado el castrismo con sus próceres incorruptibles, ascéticos y dispuestos al sacrificio a cada instante, justo todo lo que no somos. Y caemos en la paradoja de ser anticastristas que quieren que sus héroes sean como el Che, con ese ostentoso desinterés por la vida y sus goces. Con la misma aridez vital, la misma falta de empatía por lo que no sirve a sus propósitos.
Después de todo, somos un pueblo secuestrado por una banda criminal que ha abusado del detalle de ser nuestros compatriotas hasta el punto de hacernos creer que le pertenecemos, que somos parte de ellos. Un pueblo que, incapaz de movilizarse, no encuentra ahora mismo otra salida que una intervención militar extranjera. Hay cierta lógica entonces en que desconfiemos de cualquiera que se parezca a nosotros mismos. O que, pareciéndose en todo lo demás, se distancie de nuestros hábitos como manada.
Pero si de otra cosa Luis Manuel es un reactivo, porque la hace más visible, es de nuestra chealdad colectiva, de ese sentimentalismo redundante y morboso que nos hace renegar del sentido común y nos impone líderes profundamente deshonestos a quienes les pedimos como Olga Guillot: «Miénteme más porque tu maldad me hace feliz». La chealdad, metástasis criolla del kitsch alemán, nos persigue más allá de la ideología que escojamos: da igual la horterada dorada de la derecha o el sentimentalismo trovadoresco de la izquierda. Ante esa escasez de posibilidades, nuestro lenguaje común, el político, está dominado por lo cheo, o por esa otra variante sofisticada de la chealdad que es convertir la política o la ética en mera cuestión estética.
Como en cada totalitarismo, en el castrismo ha imperado la dictadura de los sentimientos. Incluso sobre aquellos que se les oponen y, por ejemplo, necesitan decir castrocomunismo para que no se les confunda con los tibios que apenas nombran al régimen con el apellido de su fundador. Las principales armas contra cualquier modalidad del totalitarismo son, dice Milan Kundera, el individualismo, la duda, las interrogantes, la ironía, el humor. O sea, todo lo que ponga de relieve la profunda falta de sentido y de coherencia del totalitarismo, y que confronte su discurso con la realidad mierdera que engendra. Sin embargo, como apuntaba Kundera, «quienes luchan contra los llamados regímenes totalitarios difícilmente pueden luchar con interrogantes y dudas. Ellos también necesitan su seguridad y sus verdades sencillas, comprensibles para la mayor cantidad posible de gente y capaces de provocar el llanto colectivo».
De ahí, volviendo a Luis Manuel, sería saludable para todos dejar tranquilo al que acaba de salir de la cárcel. No cargarlo con la responsabilidad de amoldarse a la imagen que nos hemos hecho de él y encima la obligación de ofrecernos todo lo que nos falta. No habrá verdaderos cambios en nuestro país mientras no empecemos a cambiar como pueblo, mientras no seamos capaces de madurar, de despojarnos, aunque sea en parte, de nuestro común infantilismo y de nuestra chealdad política. No avanzaremos hacia una libertad funcional y duradera mientras no tratemos de ser más libres por el procedimiento elemental de hacernos más responsables y confiar, antes que en soluciones y figuras mágicas, en la magia probada del esfuerzo, el acuerdo y el respeto común.
ELTOQUE ES UN ESPACIO DE CREACIÓN ABIERTO A DIFERENTES PUNTOS DE VISTA. ESTE MATERIAL RESPONDE A LA OPINIÓN DE SU AUTOR, LA CUAL NO NECESARIAMENTE REFLEJA LA POSTURA EDITORIAL DEL MEDIO.






