El agravamiento de la crisis económica y social en Cuba vuelve más tentadora la posibilidad de que «la suerte» cubra las necesidades que los ingresos no satisfacen. Hoy conviven experimentados jugadores con personas que se unen empujadas por un contexto de mayores carencias.
Los juegos de azar con dinero fueron prohibidos en Cuba en 1959. La Bolita, un juego de apuestas numéricas con una larga tradición, sobrevivió de forma clandestina. En la práctica, los jugadores apuestan determinadas cantidades a uno o varios números mediante redes de apuntadores y banqueros: los primeros reciben y registran las apuestas, mientras los segundos respaldan el pago de los premios. Muchas de estas redes toman hoy como referencia los resultados de los sorteos Pick 3 y Pick 4 de la Lotería de la Florida. Para elegir los números, los jugadores pueden recurrir a la charada cubana, un repertorio de cien números asociados a animales, objetos, personas y situaciones, con antecedentes en la charada de origen chino. El Código Penal vigente, aprobado mediante la Ley 151 de 2022, incluye los «juegos ilícitos» en su artículo 281 y establece sanciones para quienes actúen como banqueros, colectores, apuntadores o promotores.
«Jugar un número» es otra de las costumbres cubanas que no ha permanecido intacta frente al deterioro actual del país. La devaluación del peso ha modificado la escala de las apuestas y la percepción de lo que implica ganar un premio o perder dinero destinado a gastos esenciales. Las sumas que antes podían resultar considerables ahora tienen una capacidad de compra mucho menor.
¿La Bolita vuelve al barrio en 2026?
La Bolita funcionó durante décadas mediante redes de barrio o de proximidad. Una crónica de elTOQUE describe el funcionamiento, en 2018, del negocio y la figura del listero o listera, encargado de recibir y registrar las jugadas, aunque para entonces algunos jugadores ya realizaban sus apuestas por teléfono celular o fijo.
Antes de que los cubanos pudieran conectarse a Internet por datos móviles, surgieron aplicaciones que servían de puente a través del correo electrónico Nauta y permitían solicitar y recibir en el celular noticias, búsquedas y otros contenidos sin necesidad de una conexión directa a la web. Un programador que trabajó en el desarrollo de una de esas aplicaciones y también en su área de atención al cliente contó a elTOQUE que los usuarios pedían con frecuencia que incorporaran los resultados de la Bolita. Según recuerda, después de añadir ese servicio, el número de usuarios creció de alrededor de 10 000 a cerca de 200 000 en menos de una semana. «Todos los días me agradecían por ello», cuenta. De acuerdo con su testimonio, esto ofrece una medida de cuán interesados están los cubanos y las cubanas en el juego.
La llegada de los datos móviles en diciembre de 2018 cambió la utilidad de ese tipo de intermediarios. Quienes intervienen en el negocio de la Bolita en distintos niveles también ampliaron el uso de vías digitales: hoy los resultados, pronósticos y apuestas circulan por canales de Telegram, redes privadas de WhatsApp, grupos de Facebook, aplicaciones específicas para «la lotería cubana» y sitios web, algunos de los cuales permiten realizar jugadas en línea.
La expansión digital ha convivido con las redes presenciales. Sin embargo, en la Cuba actual, con apagones prolongados y una conectividad muy inestable, el contacto directo vuelve a tener la ventaja de antes. El listero o apuntador cercano, las relaciones de confianza y las redes construidas en cada comunidad también desempeñan un papel importante en el funcionamiento del juego clandestino.
Un banquero que habló con elTOQUE bajo condición de anonimato asegura que ahora «hay más personas jugando». «Incluso gente que antes no jugaba ahora pasa y pregunta por los números o prueba de vez en cuando. Claro, también hay quienes han dejado de hacerlo porque el dinero no les alcanza. Pero en general se ve más movimiento», explicó.
Probar suerte para cubrir necesidades
«Algunas personas no pueden jugar porque necesitan ese dinero para comida y las cosas de la casa. Pero también hay otras que piensan: “si con lo que tengo no puedo resolver nada para comer, entonces voy a probar suerte”. Sobre todo porque hay gente que ve en el juego una posibilidad de conseguir en un día dinero que, trabajando, le llevaría mucho tiempo reunir», afirmó el banquero entrevistado. De acuerdo con su experiencia, algunas personas han logrado usar el dinero del premio para comprar alimentos o pagar una deuda reciente. «Hay personas que han ganado y, con ese dinero, han podido resolver algo puntual», cuenta.
Un custodio de La Habana relaciona directamente su hábito de jugar y el de sus conocidos con esa necesidad. «Las personas juegan para ganar dinero para comer y comprar cosas que les hacen falta, porque la vida está muy dura», afirma.
Otros testimonios indican que la pérdida de poder adquisitivo también influye en las cantidades que algunos jugadores están dispuestos a arriesgar. «Se juega más y más dinero, porque 3 000 pesos no es nada; hoy el dinero se percibe como que no tiene ningún valor», comentó a elTOQUE un vecino de La Habana Vieja.
Otro entrevistado ofrece una comparación con su propia forma de jugar. Hace cinco años, recuerda, apostaba «diez o veinte» pesos a un número «por vicio». Ahora debe jugar 500 CUP de una vez y, si lleva varios días persiguiendo el mismo número, repetir esa cantidad diariamente o «subir la parada a 1 000». El salario mínimo vigente en Cuba es de 3 210 CUP mensuales, por lo que una apuesta de 1 000 CUP equivale a casi un tercio de esa cantidad. Según explica, en muchas apuestas se mantiene una paga que puede variar entre 70 y 80 CUP por cada peso jugado según la zona. Como se apuesta a uno entre 100 números, acertar el «fijo» en una tirada tiene una probabilidad del 1 %, una posibilidad entre cien. Una jugada acertada de 500 CUP representaría entonces un premio de entre 35 000 y 40 000 CUP. Pero incluso esa cantidad tiene hoy, para él, un impacto muy limitado: «Hay que jugar más para sacarse más; en la mayoría de los casos se siguen pagando 80 pesos por cada peso jugado, como toda la vida. Pero ahora ni con 40 000 pesos que te saques haces nada, esos son quilos».
Los 40 000 CUP que este jugador podría cobrar por una apuesta de 500 representan menos de la mitad de los 96 060 CUP calculados en otro análisis como costo mensual de una canasta más amplia de necesidades básicas. Así, una suma que, nominalmente, multiplica por 80 lo apostado puede seguir resultando insuficiente frente al costo de vivir en Cuba.
«Yo sé que la lotería es esperanza de pobres, es un dicho que decía mi mamá», contó una vecina de Mayabeque a elTOQUE. Según su testimonio, juega porque «sabe lo que hace». «No juego siempre, juego cuando la corazonada es muy fuerte y me he sacado mucho dinero». Cuenta que una vez, «cuando el dólar estaba a 24 pesos», ganó un parlé y con eso pudo irse a una casa en la playa «con toda su familia» a celebrar los quince años de una de sus sobrinas. «Eso no va a volver a pasar», concluye.
La entrevistada no cree que pueda repetir aquella celebración, no porque dude de su buena suerte, sino porque «una caja de cerveza cuesta 10 000 CUP».
Perder o perderlo todo
Las razones para jugar, sin embargo, parecen ir más allá de la expectativa de obtener dinero para cubrir necesidades urgentes. Los juegos de azar no garantizan la satisfacción de esas urgencias y, a largo plazo, pueden ocasionar pérdidas considerables. Uno de los jugadores entrevistados sostiene que «la gente en Cuba juega más por costumbre que por ganar, a menos que seas el dueño del banco, por supuesto».
Otro banquero, por su parte, señala que ha visto diversas motivaciones entre sus clientes. La necesidad puede llevar a alguien a empezar a jugar, pero también puede coexistir con una práctica aprendida en la familia o sostenida durante años. En algunos casos, el juego puede volverse problemático y llegar a convertirse en una adicción. «Hay personas que llevan años jugando y, para ellas, es un vicio. Así que destinan dinero del poco que ganan cada mes al juego, sin importar que con eso podrían comprar al menos los cigarros, que son otro vicio. Otros juegan por entretenimiento o porque creen mucho en los números y en las señales, y estamos viviendo momentos tan difíciles que la gente tiene más esperanza en las “señales” y los sueños que en la misma realidad», afirma.
En un contexto de carencias, el juego puede desencadenar pérdidas que trascienden el dinero. «Un amigo mío salió de la casa y dejó allí a la mujer y a los hijos. Supuestamente iba a comprar comida, pero se jugó todo en la Bolita. Los números nunca salieron y eso le costó el divorcio. Creo que después de eso no ha dejado de jugar, porque siempre lo veo igual», dijo otro jugador a elTOQUE.
El banquero consultado cree que la expectativa de acertar mantiene a algunas personas dentro del juego pese a repetidas y cuantiosas pérdidas: «Mientras alguien siga pensando que la próxima vez puede ser la de ganar, va a seguir probando».
La Organización Mundial de la Salud advierte que los juegos de azar pueden perjudicar la salud mental y aumentar el riesgo de suicidio, además de generar dificultades económicas y rupturas familiares. La pobreza incrementa la vulnerabilidad a estos daños, que pueden manifestarse incluso sin diagnóstico de ludopatía.
Un especialista en salud mental consultado por elTOQUE explica que algunas personas siguen apostando porque creen, equivocadamente, que después de una racha de pérdidas tienen más probabilidades de ganar. «Hay una falacia del jugador: “si ya he perdido tanto, probablemente este sea el golpe de suerte”». Según el entrevistado, esa creencia contribuye a que algunas personas continúen jugando aun cuando hayan perdido todo, convencidas de que una victoria está cada vez más cerca.
El acto de jugar, incluso la incertidumbre mientras se espera, puede proporcionar un alivio momentáneo, alimentado por la posibilidad de que la siguiente apuesta cambie la situación en la que se vive. «Esa sensación de no saber, pero tener una especie de fe genera un bienestar breve, en cierto modo, y da esperanza», explica. El psiquiatra también señala la tolerancia social hacia el juego en el contexto cubano, donde puede llegar a considerarse un medio de vida. «La gente tolera muchísimo más a una persona que juega que a una que bebe. Y la bebida es bien tolerada, sobre todo en Cuba». Sin embargo, esa aceptación puede coexistir con el daño en el hogar: mientras el entorno convive con la conducta sin mayores objeciones, la familia puede estar perdiendo sus recursos.
El especialista distingue la esperanza de salir de la pobreza mediante un premio de una conducta adictiva. Sitúa esa expectativa en una práctica social extendida en Cuba y parte de Latinoamérica: apostar, aunque la posibilidad de ganar sea mínima, puede representar una oportunidad de mejorar la situación económica. Una persona puede mantener la costumbre de jugar con un presupuesto limitado sin que esa actividad desplace sus responsabilidades. Para ilustrarlo, menciona el caso de alguien que compra lotería durante cuarenta años, conserva sus relaciones y cubre sus necesidades dentro de sus posibilidades. La duración, por sí sola, no permite identificar una adicción.
Un jugador de casi 65 años sitúa su relación con la Bolita en la costumbre y el entretenimiento:
«Yo vengo jugando casi toda la vida. Uno se levanta preguntándole al vecino qué número sale hoy. Eso le da a uno un poquitico de conversación, aunque sea».
«No apuesto fuerte. Sí juego a cada rato 20 o 30 pesos que apuesto de uno o dos pesos a varios números. Y como le apuesto a varios números, a cada rato me saco alguno; lo que, como es de poco dinero, la apuesta no me saca mucho. Yo, con eso, no me voy a hacer rico ni a arreglar el techo de la casa. Ese dinerito, cuando cae, lo cojo para boberías, para el pan, para alguna chuchería a los nietos y así. Pero no juego pensando en resolverme la vida, porque si lo haces con esa cabeza, te vuelves loco».
Al preguntarle si ahora, con la crisis económica, se juega más, menos o de otra manera, responde:
«Creo que se juega igual que siempre, pero de otra manera. La diferencia es que ahora la gente juega con más cuidado. Antes, el que tenía unos pesitos de más le tiraba un fajo a un número sin pensarlo mucho. Hoy ya nadie regala dinero. Se juega en montos más pequeños, hay mucha más gente probando suerte a ver si se sacan algo para resolver el diario, aunque sea para la bolsa del pan. Además, con la bancarización y las transferencias, la gente se la inventa y hay listeros que sí te cogen por transferencias si no hay efectivo en la calle, porque el efectivo anda perdido».
Para distinguir cuándo la práctica de jugar se vuelve problemática, el especialista en salud mental entrevistado señala la pérdida de control sobre el dinero. En el hogar, las señales pueden manifestarse en gastos básicos que dejan de cubrirse o en pagos que se retrasan. El deterioro también afecta el tiempo dedicado a la familia y al trabajo. Según su explicación, la persona puede empezar a organizar el día en torno al juego y buscar cómo apostar desde que se levanta. El psiquiatra apunta que esa pérdida de control no debe interpretarse como una simple falta de voluntad y considera que el entorno debe acompañar a la persona sin juzgarla ni descalificarla.
Nota editorial: Este texto aborda los juegos de azar con fines informativos y no constituye una invitación a participar en ellos. Las apuestas pueden generar dependencia y se asocian a ansiedad, depresión, aislamiento, problemas de sueño y deudas que afectan también a familias y entornos cercanos. Si sientes que el juego te está quitando el control, el dinero o la tranquilidad, busca apoyo profesional o habla con alguien de confianza.












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