—¿Firmaste?
—Cómo no hacerlo, si el mes pasado el degenerado del director me descontó dos días por esa causa.
—Me refiero al movimiento «Mi Firma por la Patria».
—Ah, ya: «La firma de los firmes», según Granma.
—Eso: un «firme» de acción y suspense.
—Desde que oí que «millones de cubanos acudirían masivamente a la convocatoria de la sociedad civil», me dije: «De eso nada, no me meto una cola tan grande».
—Algo parecido me pasó cuando leí que «El reloj no ha dejado de marcar otro momento de firmeza». Recordé el despertador soviético que se ganó mi abuelo en la Zafra de los Diez Millones.
—Ahora van a moler en grande con los seis millones doscientos treinta mil novecientos setenta y tres cubanos que firmaron ese «dispositivo de producción de subjetividad social revolucionaria».
—Y todavía hay gente que dice que este país no produce. Con un incremento de solo un diez por ciento en la producción anual de subjetividad social revolucionaria se arreglarían unas cuantas calles.
—«Por ello la mano que firma puede exhibir quinceañera lozanía o las arrugas trazadas por decenas de calendarios, ser blanca como la nieve u oscura como el ébano, tener uñas decoradas por un delicado pigmento en casa o por la grasa y el hollín de los talleres».
—Amaneciste con el cheo subido, mi amiga. Las arrugas trazadas por decenas de calendarios te están llenando la cabeza de grasa, y el hollín de los talleres no te asienta en esas uñas.
—Ya quisiera yo escribir algo tan hermoso. Acabo de leerte un fragmento del artículo «La firma de los firmes», publicado por Pastor Batista en el órgano oficial del Partido.
—Ay, sí, por poco me lo disparo, pero dije «hasta aquí» cuando en la tercera línea el tipo me restriega que «Mi firma por la patria» es un documento que tiene «un olor inconfundible a Cuba». Está muy mal que un tipo tan firmemente revolucionario equipare un manifiesto del pueblo con el hedor que se zumban los basureros de La Habana.
—Yo tú me abstendría de hablar mal de un periodista insigne de la «revolución en la prensa» que impulsa Ronquillo. Te digo más: con Batista (el del periódico, no Fulgencio) se ha cometido una de las mayores injusticias de los últimos tiempos a la hora de otorgar el título de Héroe del Trabajo de la República de Cuba. El corresponsal de Granma en las Tunas afirma: «He observado con curiosidad: a nadie de los que han ido le ha temblado la mano». ¡Cuánto esfuerzo para vigilar cada mesa de firmas de la Isla y atisbar un detalle como ese!
—Sobre todo cuando se afirma que la recogida de firmas se hizo con «la nación entera, de pie».
—A lo de estar de pie se referirá el periódico cuando afirma que el movimiento constituye una «innovación estratégica en el campo de la guerra asimétrica».
—Dice mi ortopeda que no me exceda con las marchas, con la del Primero de Mayo basta. Pueden crearme un desgaste temporal o sobrecarga en la zona lumbar de la columna. Mi marido, que pertenece a la ANIR, diría que la innovación estratégica consiste en la asimetría que produce la excesiva resistencia creativa.
—Ayer pasé un buen susto tras leer lo de la «subjetividad social revolucionaria». El reportero explica que «no es un epifenómeno». Nunca había oído hablar de esa enfermedad, así que corrí al Hospital de Día. Allí me dijeron que padezco el «síndrome de estrés político», que es «miedo o ansiedad generados por los discursos de los políticos, las noticias electorales o la polarización política». En mi caso, el cuadro clínico se agrava al escuchar las intervenciones televisivas de Canel.
—Debes oír cosas más reconfortantes. Échate en el propio Granma el reportaje «Añoranzas de heroína y montaña, de cafetal y cafetalera».
—Me gusta el título. Le agregaré un tin de leche en polvo, como cortaíto debe saber mejor.
—Es sobre una anciana que «Ya no acompaña de lunes a domingo los cafetales, ni es la irrupción puntual en las alboradas, diez o doce horas antes del “hasta mañana” dicho con sus labios de heroína, que todavía parecen voceros del sol».
—La heroína es una droga fuerte, imagínate en los labios.
—El periodista la retrata como «Cómplice de la loma y de los cafetos», y apunta que «ya no anda como esa mágica aparición, como en sus tiempos de duendecillo que descolocaba a los mosquitos y a los jejenes, y le hacía burlas a la lluvia, a las pendientes resbaladizas y al peso del morral avasallador que colgaba de la cintura».
—¡Para! Si tu intención es levantarme la «morral» comunista, logras lo contrario: ahora mismo siento un epifenómeno que me sube así…







