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La naturaleza no ayuda a Dennis

Fotos: Eduardo González Martínez

La naturaleza no ayuda a Dennis

Dennis mira al cielo, de reojo, esperando que llueva. Detrás de la casa de curar tabaco, la pequeña laguna de abastecimiento se agota, lentamente. Si no cae en poco tiempo, pedirá mangueras prestadas para empatarlas a las suyas, usará el combustible que le queda para rellenarla con el agua del río y llevarla a la vega. Con este doble rebombeo se le agotaría, rápidamente, la asignación que la empresa le brinda.

A veces, ve a los lejos una cortina cetrina de lluvia que se acerca, acechante, a la zona. “Llueve desde Galafre hasta San Juan-señala hacia un límite imaginario a la izquierda-, y hasta Isabel Rubio-otra frontera en el horizonte, a la derecha- pero aquí, en Yaguas Grandes, nada”.

No lo dice como un lamento, ni resignado. Desde pequeño sabe buscar las alternativas. Graduado de técnico medio en electrónica, al año y medio de prácticas profesionales, regresó a la tierra donde creció, a echar su suerte.

A medio camino entre los pueblos de San Juan y Martínez y de Guane, en Pinar del Río, Yaguas Grandes es un lugar de paso, no de estancia. La gente allí vive de la caza del cangrejo, el carbón o la agricultura, lidiando con la escasez de precipitaciones. Aquí casi no hay árboles y con los arbustos no se atrae la lluvia suficiente para hacer fértil el lugar. Estoy en una zona semidesértica.

Pero Dennis Ramos Contreras, de 25 años, encontró aquí el lugar que prefiere, por encima de la ciudad. “Si voy a ser campesino, lo que me gusta, entonces hay que hacerlo bien”, dice con una sonrisa. Es enjuto de hombros, pequeño y anda descalzo, con una camisa de trabajo. En la sombra de la casa de tabaco, ordena las labores del día.

“No fui al servicio militar por diversas razones. La gente dice “está entero, trabaja en el campo”, pero en verdad soy discapacitado. Casi no tengo clavícula y estoy operado de las dos caderas”, explica y enseña. Cruza sus brazos, uno encima del otro, y prácticamente une sus dos hombros.

Así lleva cuatro años sembrando al frente de las tierras que pertenecen a la madre y la abuela. La suerte que le coqueteó en campañas pasadas, pareció abandonarle en esta. Primero, llovió demasiado y le fastidió el plan inicial. Después, el bendito problema con el agua, nuevamente.

“Sin agua no se puede hacer nada. También los problemas con el motor para bombear, remendado por aquí y por allá, con muchos años de explotación; las tres mangueras que no dan para la cosecha; una sola yunta de buey”, dice Dennis.

Tabaquero-Dennis-acumulacion-de-agua.jpg

Foto: Eduardo González Martínez

“¿Entonces no cumpliste con lo que tenías que entregarle a la cooperativa y el Estado?”, le pregunto, entendiendo yo que era lo más natural que pudiera pasar en estas condiciones…

“¡¿Cómo no?! Sembré más posturas, fuera de campaña, a partir del 23 de marzo. Tengo 30 mil que son a riesgo, porque uno asegura el plan. No puedo esperar por el Seguro bancario, eso es algo que te ayuda o te quita, depende del resultado. Si no juegas con los gastos, quedas empeñado”.

Señala las tierras donde, usualmente, cultiva el arroz para el consumo familiar. Son terrenos bajos, pedregosos y secos. Es una cosecha perdida, le decían las personas. “Tengo las de ganar y las de perder”, dice Dennis y sonríe, mientras enseña, ufano, las hojas colgadas en los cujes.

La casa de cura de las hojas de tabaco le sirve de taller improvisado, para atender a quienes le traen equipos electrodomésticos rotos. “Lo que bien se aprende, nunca se olvida. A veces vienen en medio del trabajo. Yo no cobro eso. Tenía mi maleta de trabajo y todo, pero se me han perdido las herramientas. También estudié algo de mecánica, y si se rompe el motor de agua, lo arreglo yo mismo porque el campo no espera”.

¿No te afectan los problemas físicos? Trabajar el campo no es fácil, dice.

“Para algunas cosas en que debo hacer fuerza; tampoco puedo correr porque las caderas no me dejan. Con la guataca sí estoy peleado, porque el movimiento me afecta. Pero hay otras cosas que las hago. La vida mía es pasar grilla, regar, pero puedo sacar tabaco y recolectar. La gente me dice que para qué me meto en esto. Lo hago porque me gusta, y porque soy el sostén de mi casa”.

Tabaquero-hoja-de-tabaco-Dennis-San-Juan-y-Martinez-1.jpg

Foto: Eduardo González Martínez

Eduardo González
Periodista graduado de la Universidad de La Habana, pero ejerzo desde el primer año de la carrera, pues compartí el tiempo entre la academia y los medios de comunicación. Me apasiona descubrir y contar historias. Creo en el valor del periodismo narrativo, con su carga lúdica intrínseca y su capacidad para brindar algo útil a las personas. Fotógrafo por afición, ex profesor universitario y graduado del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso, incorporo cualquier herramienta que permita un mejor acercamiento a la realidad, pero prefiero la escritura por encima de otras formas.
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A veces, ve a los lejos una cortina cetrina de lluvia que se acerca, acechante, a la zona. “Llueve desde Galafre hasta San Juan-señala hacia un límite imaginario a la izquierda-, y hasta Isabel Rubio-otra frontera en el horizonte, a la derecha- pero aquí, en Yaguas Grandes, nada”.

No lo dice como un lamento, ni resignado. Desde pequeño sabe buscar las alternativas. Graduado de técnico medio en electrónica, al año y medio de prácticas profesionales, regresó a la tierra donde creció, a echar su suerte.

A medio camino entre los pueblos de San Juan y Martínez y de Guane, en Pinar del Río, Yaguas Grandes es un lugar de paso, no de estancia. La gente allí vive de la caza del cangrejo, el carbón o la agricultura, lidiando con la escasez de precipitaciones. Aquí casi no hay árboles y con los arbustos no se atrae la lluvia suficiente para hacer fértil el lugar. Estoy en una zona semidesértica.

Pero Dennis Ramos Contreras, de 25 años, encontró aquí el lugar que prefiere, por encima de la ciudad. “Si voy a ser campesino, lo que me gusta, entonces hay que hacerlo bien”, dice con una sonrisa. Es enjuto de hombros, pequeño y anda descalzo, con una camisa de trabajo. En la sombra de la casa de tabaco, ordena las labores del día.

“No fui al servicio militar por diversas razones. La gente dice “está entero, trabaja en el campo”, pero en verdad soy discapacitado. Casi no tengo clavícula y estoy operado de las dos caderas”, explica y enseña. Cruza sus brazos, uno encima del otro, y prácticamente une sus dos hombros.

Así lleva cuatro años sembrando al frente de las tierras que pertenecen a la madre y la abuela. La suerte que le coqueteó en campañas pasadas, pareció abandonarle en esta. Primero, llovió demasiado y le fastidió el plan inicial. Después, el bendito problema con el agua, nuevamente.

“Sin agua no se puede hacer nada. También los problemas con el motor para bombear, remendado por aquí y por allá, con muchos años de explotación; las tres mangueras que no dan para la cosecha; una sola yunta de buey”, dice Dennis.

Tabaquero-Dennis-acumulacion-de-agua.jpg

Foto: Eduardo González Martínez

“¿Entonces no cumpliste con lo que tenías que entregarle a la cooperativa y el Estado?”, le pregunto, entendiendo yo que era lo más natural que pudiera pasar en estas condiciones…

“¡¿Cómo no?! Sembré más posturas, fuera de campaña, a partir del 23 de marzo. Tengo 30 mil que son a riesgo, porque uno asegura el plan. No puedo esperar por el Seguro bancario, eso es algo que te ayuda o te quita, depende del resultado. Si no juegas con los gastos, quedas empeñado”.

Señala las tierras donde, usualmente, cultiva el arroz para el consumo familiar. Son terrenos bajos, pedregosos y secos. Es una cosecha perdida, le decían las personas. “Tengo las de ganar y las de perder”, dice Dennis y sonríe, mientras enseña, ufano, las hojas colgadas en los cujes.

La casa de cura de las hojas de tabaco le sirve de taller improvisado, para atender a quienes le traen equipos electrodomésticos rotos. “Lo que bien se aprende, nunca se olvida. A veces vienen en medio del trabajo. Yo no cobro eso. Tenía mi maleta de trabajo y todo, pero se me han perdido las herramientas. También estudié algo de mecánica, y si se rompe el motor de agua, lo arreglo yo mismo porque el campo no espera”.

¿No te afectan los problemas físicos? Trabajar el campo no es fácil, dice.

“Para algunas cosas en que debo hacer fuerza; tampoco puedo correr porque las caderas no me dejan. Con la guataca sí estoy peleado, porque el movimiento me afecta. Pero hay otras cosas que las hago. La vida mía es pasar grilla, regar, pero puedo sacar tabaco y recolectar. La gente me dice que para qué me meto en esto. Lo hago porque me gusta, y porque soy el sostén de mi casa”.

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