El primero de abril de 2026, el Banco Central de Cuba (BCC) puso en circulación billetes de 5 000 CUP en medio de una inflación al alza y un sistema bancario que arrastra múltiples deficiencias. Aunque las denominaciones altas pretenden facilitar el manejo del efectivo, en la práctica todavía se ven poco en la calle, de acuerdo con varios testimonios.
Según informó entonces el BCC, los billetes de 5 000 comenzarían a circular en La Habana y luego se extenderían gradualmente al resto del país; los de 2 000 seguirían un proceso similar, aunque sin fecha precisa. La medida buscaba facilitar las transacciones, reducir los costos de manejar grandes volúmenes de dinero y responder al aumento de los precios. Los nuevos diseños llegaron acompañados, además, de un hito histórico: por primera vez, el papel moneda cubano incluiría rostros femeninos, con Mariana Grajales en el de 2 000 CUP y Celia Sánchez en el de 5 000.
Meses después, muchas personas aún no han tenido contacto directo con estos billetes. Alicia, una educadora del municipio Diez de Octubre, cuenta que solo los ha visto «en fotos». La percepción se repite: existen, pero no en todos los bolsillos.
Para el economista cubano Pavel Vidal, doctor en Ciencias Económicas y exanalista de política monetaria del Banco Central de Cuba, la introducción de denominaciones altas es una medida necesaria y tardía. «Cuando un país acumula años de alta inflación, las denominaciones existentes dejan de ser suficientes», explica. Según Vidal, el aumento sostenido de los precios vuelve más engorroso el uso del efectivo. En ese contexto, los billetes de mayor valor ayudan a dar liquidez y reducir costos de transacción. «También pueden favorecer el ahorro. Es lo que corresponde en este tipo de escenarios», añade.
Sin embargo, no todas las personas que han tenido uno en sus manos deciden conservarlo. Roberto, un albañil de La Habana, comenta que recibió uno, pero rápidamente se deshizo de él. «Lo solté enseguida. No sé por qué me daba miedo tener un billete así. Es mucho dinero», afirma. Su reacción se debe a preocupaciones frecuentes asociadas con el manejo de grandes sumas de efectivo: desde el temor a pérdidas o robos hasta la posibilidad de recibir billetes falsos.
La cautela contrasta con el nivel de sofisticación del diseño. Según la ficha técnica del Banco Central, el billete de 5 000 CUP incorpora un hilo de seguridad con efecto de movimiento, una marca de agua con el rostro de Celia Sánchez visible a trasluz, microimpresiones y fibras perceptibles bajo luz ultravioleta.
En la calle también hay comentarios sobre su apariencia. Algunas personas los califican de «raros» o dicen que «parecen euros», una comparación que los sitúa, de algún modo, ajenos a la experiencia cotidiana. Y es que la aparición de denominaciones tan altas también evidencia el creciente desfase entre ingresos y precios: el salario mínimo en Cuba se mantuvo durante años en 2 100 CUP mensuales hasta que el 18 de junio de 2026, la Asamblea Nacional aprobó una reforma salarial que prevé elevarlo a 3 210 CUP para los trabajadores del sector estatal, con aplicación a partir de julio y cobro efectivo en agosto. Aun con ese incremento, sigue siendo inferior al valor de uno de los nuevos billetes.
La experiencia de Mabel, una joven de Mayabeque, apunta a otro problema: la desaparición práctica de las denominaciones pequeñas. Según cuenta, en algunas cafeterías ya no aceptan billetes de 5, 10, 20 o 50 CUP. «¿Qué hago? Tampoco aceptan transferencias», añade.
Sobre por qué no se tomó antes la decisión, Vidal señala posibles errores de enfoque. «Tal vez hubo la idea equivocada de que restringiendo la cantidad de billetes se podía frenar la inflación. O la creencia de que emitir billetes de mayor denominación fomenta la economía informal o el acaparamiento, cuando en realidad esos fenómenos tienen otras causas».
El economista también rechaza una preocupación extendida en redes sociales: que la medida, por sí misma, impulse los precios. «No es la solución al problema inflacionario, pero tampoco lo agrava», sostiene.
En el contexto actual, marcado por los apagones y la inestabilidad de las telecomunicaciones, el efectivo sigue siendo central. Aunque Vidal considera que una fuerte dependencia no es la opción más eficiente para una economía en condiciones normales, afirma que, en el caso cubano, el efectivo ha permitido que buena parte de la actividad privada siga funcionando pese a los problemas del sistema bancario y a la ausencia de un mercado cambiario eficiente.
En algunos sectores, de hecho, los nuevos billetes parecen adquirir un valor estratégico. Dennis, un artista de Centro Habana, asegura que los billetes «se ven poco», pero cuando «le cae» uno, prefiere guardarlo. «Para comprar dólares», comenta. Algo similar ocurre con la compra de gasolina en el mercado informal. Un empresario cubano que pidió no ser identificado asegura que «cualquiera no los suelta». «Es tanto el dinero que hay que pagar que los billetes grandes agilizan las compras por la izquierda», afirma.
Los usos prácticos de los nuevos billetes han empezado a emerger discretamente en un panorama de crisis y profundas desigualdades. Su impacto dependerá de algo más básico, advierte Vidal: «Si no se imprimen en cantidad suficiente, esos efectos positivos no se cumplen o serán marginales».






