San Isidro huele a Haití. Cuando se sube por Egido, desde el Parque de la Fraternidad, como quien busca la casita de Martí o de Luis Manuel Otero Alcántara, el panorama empieza a cambiar. Se ha hablado últimamente de la «haitianización» de Cuba, con las acumulaciones inmensas de basura en las calles y los apagones interminables. En efecto: adentrase en La Habana Vieja es comprobar la velocidad que ha tomado ese proceso.
Egido cobra, aceleradamente, la forma de una candonga callejera, con el suelo de los portales como mesa de exhibición para mangos, tenis baratos y (a diferencia de Haití) basura reciclada: teléfonos rotos, cafeteras rotas, cargadores, cualquier cosa que el «buzo» que se ha sumergido en los profundos basureros haya encontrado rescatable o intercambiable por dinero; limpia un poco la pieza que alguien desechó y la pone ahí, a ver quién se la compra.
Si se dobla izquierda para entrar en el barrio San Isidro, el entendido no solo encuentra la equivalencia de ambos países en la vista, sino que empieza a sentirla en el olfato: ese hedor a basura mojada, a charco caliente, ese vaho húmedo y opresivo tan típico del barrio Maïs Gâté, en Port-au-Prince, es ahora la cotidianidad de San Isidro, en La Habana.
Antes de la pandemia no era así. Cuando el foco de disidencia de la calle Damas —en la casa de Alcántara— se disputaba el barrio con «proyectos de animación cultural» que el Estado inventaba para contrarrestar el activismo descontento, la zona seguía exhibiendo su pobreza. Pero era una miseria seca, movida. Había música. Hoy, el barrio es húmedo y apagado. Los niños juegan a las bolas al lado de montones de desperdicios.
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El mayor basurero, acaso, es el de la intersección de San Ignacio con Santa Clara, por donde ya no pueden pasar los carros. Es un cruce de caminos que las moscas han reclamado como suyo. En la diagonal, se ve un parqueo que delata un antiguo derrumbe. En la otra esquina, en Santa Clara e Inquisidor, todavía con el número 103 en la puerta de abajo, está la tercera parte del edificio donde vivían Felicia, Dayana, Maribel y Maricela con sus familias. Hoy, es una ruina que se resiste a alcanzar la llaneza de un parqueo. Una diagonal invisible lo dividió, dejando el vacío a la izquierda y, a la derecha, las paredes cortadas, los ladrillos, el recuerdo de habitaciones y, en la primera planta, todavía un espacio donde alguien persiste en habitar.

«Eso fue en 2023, el 25 de junio se cumplieron tres años —cuenta Felicia—. Habíamos salido de la pandemia y no había de nada». La casa tenía desde hacía años unos huecos en las paredes que probablemente afectaron la carga de la estructura. Pero, como en tantas otras construcciones mermadas de la capital, la gente seguía haciendo su vida allí porque, simplemente, no había otro lugar a donde ir ni otra manera de resolver el problema.
Felicia vivía en la segunda planta. En 2023, detectaba una arenita que caía del techo, construido con vigas de madera. «Cuando empiezas a ver esa arenita es que algo se va a caer», le había dicho el arquitecto de la comunidad, y les sugirió que no pasaran más noches allí. Maribel vivía en la parte de atrás, en el primer piso. Anteriormente, se había derrumbado una construcción aledaña que casi le cae encima pero en aquella ocasión habían podido quitar los escombros «y seguir pa’lante», esperando.
El día de la catástrofe, la lluvia de arena era preocupante en el segundo piso. Felicia sacó el refrigerador y el televisor. «Estaba en la sala de mi casa cuando siento los gritos de mis hijos diciéndome: “Mamá, corre, que se cae” —Felicia trata de sonreír mientras recuerda—. Las paredes habían empezado a moverse en el cuarto. Entonces salí corriendo y todo se derrumbó. Por suerte, no hubo muertos».
«Ella tumbó una parte de la casa de arriba y la de abajo —añade Maribel— porque Felicia vivía en el segundo piso. Entonces, los del Gobierno nos dijeron que ya no podíamos seguir viviendo allí… Se lo llevaron todo —recuerda—: escaleras, barandas… Nosotros pudimos sacar los muebles que pudimos y nos trajeron para acá» [sic].
Del antiguo edifico de Santa Clara 103, algunas familias consiguieron cobijo por sus medios. Pero los núcleos familiares que no tuvieron adónde ir —como los de esas mujeres—, más una muchacha que necesita cuidados especiales con su padre con cáncer, fueron enviados al Combinado deportivo Jesús Montané Oropesa, un gimnasio de boxeo en activo.
«Al principio, nos dijeron que por 15 días —cuenta Dayana García, quien ocupó un espacio en el centro del gimnasio, con su madre y sus tres hijos—. Cuando eso yo estaba embarazada…, pero hasta el sol de hoy. Por aquí no viene nadie ni del Gobierno ni Vivienda ni nadie».
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El perímetro de los asentamientos de cada cual está marcado por el área de los muebles que trajeron consigo. En total, viven allí siete familias. La «casa» de Maricela, la madre de Dayana, por ejemplo, consiste en una cama rodeada de asientos, un closet y baño improvisados. Las paredes son de cartón. Otro vecino que ya estaba allí hizo sus paredes de frazadas viejas. Felicia, el hermano y la «muchacha con problemas» no tienen paredes, por ejemplo.
Felicia dice que ya no puede vivir encerrada. De manera que su cama, mesas y demás muebles, están permanente expuestos a la vista de todos. La muchacha que requiere cuidados especiales, es probable, no sepa bien cómo hacer un perímetro privado. Quizá por eso, después de que el padre murió, el hermano le vendió el refrigerador, la lavadora y, finalmente, un ventilador que un pariente de Estados Unidos «se conmovió y le trajo porque aquí el calor es insoportable».

Al principio, usaban el baño de los gimnasios para asearse. Pero los hongos han «acabado con ellas». De manera que Dayana decidió acondicionar un pequeñísimo cubículo pegado a una pared para los niños. Su madre ha hecho una división interna y el agua que gastan corre por debajo de las paredes de cartón. «De todas formas, cuando llueve, el agua también penetra por los huecos del techo e inunda todo —interviene Maribel, la vecina, que vive pegada a la pared con sus dos hijos adultos—, lo cual es un peligro porque, como ves, los cables de donde sacamos nuestra electricidad para los equipos electrodomésticos se arrastran por el suelo hasta cada cubículo». En el gimnasio hay chinches y ratones.
Las necesidades fisiológicas tienen que hacerlas en una cubeta y después botarlas donde puedan. Hay un anciano ciego que ya estaba ahí cuando llegaron, ocupa unos cubículos arriba y pasa días sin limpiar su cubeta. Cuando bota los desechos, justo al lado de las paredes exteriores, la peste en el gimnasio es insoportable.
«El Gobierno nos manda almuerzo y comida, que consiste a veces en espaguetis con una salsa rosada; o arroz blanco y un picadillo que traen en un jaba y es como agua; o arroz amarillo con jamonada. No hay quién se la coma. Fuera de eso, nadie nos atiende —explica Dayana—». De las muchas donaciones que salen por la televisión, enviadas por Gobiernos amigos del cubano, no han visto nada en absoluto.
Según las más recientes cifras oficiales, en La Habana habría unos 185 348 inmuebles en mal estado, de los que 83 878 necesitan una reparación parcial y 46 158 requieren una reforma capital. El número de viviendas pendientes para personas damnificadas por derrumbes sería 43 854. Son datos de 2023.
Hoy, en junio de 2026, cuando la situación ha empeorado tanto, en el camino de Haití nadie tiene esperanzas de que algo vaya a solucionarse. «El problema es que ni trabajando decentemente podemos alquilarnos —dice Maribel, que es empleada de un Banco junto con su hija—».
«Ya no sé si prefiero el derrumbe a esto» —confiesa Dayana y el resto de las mujeres asienten—. «Total, nos sacaron y la vecina de abajo se está cogiendo todo el espacio».



