Realistas en parapentes

22 de junio de 2026 a las 06:30 a. m.

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Foto: Ramón Espinosa / AP.

Foto: Ramón Espinosa / AP.

Existe en los círculos académicos —del norte y sur globalizados— un tipo peculiar de actitud intelectual que ha perfeccionado hasta el cansancio el arte del descreimiento fino y la inacción elegante. Se le reconoce por ciertos gestos rituales: el suspiro ante la «ingenuidad» ajena, la mueca de fastidio frente a quienes todavía sienten que vale la pena pelear y, sobre todo, por la palabra fetiche con la que clausura cualquier debate antes de que comience: realismo. Un «realismo» que, sin embargo, no es el de Maquiavelo ni el de Weber, sino algo más parecido al cinismo de quien observa el naufragio desde la orilla y critica la técnica de nado de los que se ahogan. O, en una metáfora acaso más certera, flota por encima de todos nosotros, contemplándonos desde la altura mientras planea en su parapente.  

Para Isaiah Berlin, semejante «realismo» no pasa de ser, muchas veces, una racionalización de la violencia alejada de la realidad. Como explicó en un texto clásico («El realismo en la política») este liberal realista: «El punto de vista según el cual aquello que es más cruel y más desagradable suele ser más verdadero o “real” que su opuesto es una forma de pesimismo sardónico (o cruel) tan romántico, y tan poco apoyado en la evidencia de la observación empírica, como el humanitarismo optimista de la Edad de la Razón; y los movimientos políticos que derivan de ambas visiones —el fascismo y el comunismo (por mucho que este último afirme valerse de métodos científicos “objetivos”)— han fracasado, en general, a la hora de demostrar que pueden interpretar o modificar los hechos con más éxito del que tienen otras visiones ad hoc y no sistémicas».

La pureza como cortapisa

Un argumento central de esa postura académica es —para los casos que nos ocupan: Cuba y Venezuela— en apariencia tan realista como normativo y sofisticado: aceptar apoyo de Estados Unidos para democratizar ambas naciones contamina la causa, legitima la injerencia imperial, reproduce patrones históricos de dominio y colonización, y —aquí viene el remate con cara de tristeza— «en el largo plazo no funciona». El problema no es que ese argumento sea completamente falso. El problema es que es selectivamente verdadero, aplicado selectivamente a quienes no tienen otra caja de herramientas.

Quien formula ese reproche suele disfrutar de una cátedra en una universidad pública o privada, de libertad de expresión garantizada institucionalmente y del lujo —ese lujo obsceno— de poder equivocarse en sus análisis sin que nadie reprima a un amigo o desaparezca a un familiar. Su «realismo» es compatible con su comodidad. No es casualidad: el intelectual que desde Ciudad de México, Madrid o Nueva York trata con igual severidad al disidente cubano que acepta el apoyo de Estados Unidos y al régimen que encarcela a ese disidente no está siendo imparcial: está siendo equidistante, que es una forma de falsedad disfrazada de rigor.

Hay en esa crítica académica una exigencia implícita de pureza estratégica que solo pueden permitirse quienes no tienen nada que ganar ni que perder. Se le pide al opositor venezolano, al periodista cubano, al activista nicaragüense, que construya su resistencia sin instrumentos manchados, sin financiamiento sospechoso, sin alianzas incómodas. Se le pide, en suma, que resista de manera filosóficamente irreprochable, como si la dignidad política pudiera preservarse en un laboratorio aséptico mientras afuera opera una maquinaria represiva que no tiene esos escrúpulos.

Pelear al límite, jugar al duro

La historia del antifascismo europeo no pasó ese filtro. El movimiento por los derechos civiles en Estados Unidos tampoco. Los partisanos que aceptaron armas de los Aliados o Stalin no se detuvieron a redactar papers sobre las contradicciones del imperialismo angloamericano. La resistencia real —la que ocurre en condiciones reales— siempre ha sido impura, urgente y moralmente compleja. Exigirle pureza es exigirle que pierda.

A veces, esa postura alude al argumento del largo plazo, por lo que este merece atención especial, porque es el más sofisticado y el más cruel. «Las intervenciones externas no producen democracias estables en el largo plazo», dice el académico, con toda la razón del mundo y también con toda la indiferencia. Lo que ese argumento omite cuidadosamente es que el corto plazo tiene habitantes: que hay personas que hoy están presas, exiliadas, silenciadas, hambreadas. Que el largo plazo, visto desde una celda en Villa Marista o el Helicoide, tiene una textura completamente distinta que desde un despacho universitario con ventanas al parque. Pero construir una teoría del cambio político que maximiza la elegancia analítica a costa del sufrimiento presente no es realismo: es estética disfrazada de ética.

Quizá lo más revelador de esa postura es lo que no critica con igual energía. Raramente, se escucha a algunos de estos intelectuales condenar con igual ardor la injerencia de Cuba en Venezuela, la de Rusia en Nicaragua, la de China en ambos. El financiamiento de movimientos políticos por parte de regímenes autoritarios no produce en ellos igual gesto de reprobación sofisticada. Su radar crítico tiene una orientación muy precisa: apunta siempre hacia el norte geográfico y se vuelve sordo hacia otros puntos cardinales. Eso no es neutralidad analítica, es una ideología con pretensiones de método.

Alguna vez Pierre Bourdieu, quien mantuvo por largo trecho de su vida una poco común capacidad para combinar el exquisito rigor analítico con un compromiso social progresista —ajeno al sectarismo partidario— alertó sobre «las falsas audacias del ensayismo». El aviso —que él descuidó en los últimos años de su vida— es oportuno para evaluar buena parte de lo que se habla y escribe ahora en torno a las crisis en Cuba y Venezuela. Hay mucha teología barata que sustituye hoy a la teoría fundamentada sobre los escenarios cubanos y venezolanos. Hay demasiado predicamento críptico que releva al pensamiento crítico. Pero cualquier análisis político, serio y honesto sobre ambos países debe considerar tanto el pasado reciente, el presente complejo y el futuro incierto. A continuación resumo los tres, en síntesis telegráfica, para los dos casos.

El pasado previo al 3 de enero de 2026 en Venezuela era el de una dictadura atornillada, con la sociedad civil prácticamente desaparecida de las calles y los liderazgos en el exilio o la clandestinidad. El pasado previo a la agenda de presión de Trump sobre Cuba era el de otra dictadura atrincherada, impune y sin amenazas a su poder. Ambas se veían, con razón, empoderadas y triunfantes. Pero ahora —y por ahora— ya no es así.

Por su parte, los escenarios actuales en ambos países apuntan tanto a la posibilidad de un estancamiento estabilizador del status quo como a nuevas acciones que lleven a un cambio de régimen político. Han crecido las protestas populares al unísono con las presiones externas. El sentimiento palpable de mucha gente en ambos países —al menos con quienes converso con frecuencia— combina algo de esperanza con incertidumbre; pero en ambos casos el testimonio es que en 2026 «algo» se activó y destrabó un dominó trancado.

En ese (hipotético) cambio futuro, es falaz desconocer el rol potencialmente habilitador que la única fuerza capaz de frenar la impunidad de ambas dictaduras (Estados Unidos) debe crear las condiciones para que las ciudadanías de Venezuela —ya organizada y con liderazgo— y Cuba —aún poco organizada pero crecientemente rebelde— participen y construyan el destino de sus naciones. Para lo cual, en ambos casos, los demócratas deben organizarse, articularse y movilizarse aún más en las formas que les sea posible dentro del país y en sus diásporas. Sin ignorar al poder habilitador, pero desplegando iniciativa y fuerza propia.

La situación en Cuba y Venezuela, agravada por años de doloso y deliberado silencio de quienes hoy se rasgan las vestiduras por «la amenaza imperial», es lo suficientemente grave en sus actuales circunstancias. Hay mucha gente menguando, otra mucha puede sumarse a esa condición infrahumana; en ambos casos por la voluntad de ambas camarillas despóticas. Ignorar de forma deliberada semejantes antecedentes y los entornos de complejidad, incertidumbre y potencial de ambos casos —para filias o fobias hacia el Vecino del Norte, según sea el caso— no es intelectualmente serio. Pero es, sobre todo, éticamente insolidario.                                           

El «realismo» como abandono

Llamar «realista» a la postura que condena sin proponer, que critica sin alternativa, que exige pureza a los débiles mientras absuelve la brutalidad de los poderosos, es un abuso del lenguaje. Es, en el mejor caso, una forma de parálisis intelectual que se ha convencido a sí misma de ser lucidez. En el peor: es complicidad académicamente decorada.

Quienes persisten en democratizar Cuba y Venezuela con los instrumentos que tienen —imperfectos, contaminados, políticamente incómodos— pueden equivocarse en su táctica. Es probable que se equivocan en varias cosas. Pero tienen sobre sus críticos una ventaja moral que ningún aparato teórico puede disimular: ellos están jugando el partido, no comentándolo desde la tribuna. Y la tribuna, al final, no es una posición neutral. Es también una elección.


ELTOQUE ES UN ESPACIO DE CREACIÓN ABIERTO A DIFERENTES PUNTOS DE VISTA. ESTE MATERIAL RESPONDE A LA OPINIÓN DE SU AUTOR, LA CUAL NO NECESARIAMENTE REFLEJA LA POSTURA EDITORIAL DEL MEDIO.  
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