Un día a Chocolate se le ocurrió ponerle palmaditas al reguetón, e hizo Parapapampan (2010), el tema que lo hizo conocido.

Desde entonces, Chocolate es polémico. Tiene dos voces, una poderosa para rapear, y una dulce y melódica, con la que hace coros. La voz gorda es su voz. La dulce, una caricatura de la de Elvis Manuel, aquel que murió ahogado en 2008; aquel que en 2007, cuando los reguetoneros cubanos se montaban películas de sexo en aviones privados, y les decían yales a las mujeres, en vez de jevitas, comenzó a hacer un “reguetón casero”, “de barrio”, “de reparto”, con voz gangosa y la jerga de La Habana arrabalera.

Las palmadas hacían el pa-pa-pa de la clave cubana. El resto del reguetón de 2010 era idéntico al de Puerto Rico, a pesar de varios experimentos de mezclarlo con timba para hacer el reguetón nacional.

En Cuba, desde hacía diez años, se seguía el modo de hacer boricua: compases 4×4, ritmo repetitivo, mezcla de reggae, dancehall y hip hop, con un toque diferente: el dembow como base percutiva. También las discotecas se llenaban de marcas falsas, cadenas doradas, gente perreando. Como en los videos de Daddy Yankee.

Choco era otra cosa. Elvis Manuel había sido otra cosa. Mientras Baby Lores hablaba de su carro, Elvis Manuel hablaba del Ditú, de los precios de la droga, y, aunque seguía sonando a Puerto Rico, su música, para sus seguidores, sonaba “real”.

En 2010, cuando la ausencia de Elvis era un hueco en la escena, apareció Chocolate. Y Chocolate hablaba de campismos. Daba pie en la piscina de la farándula, de los artistas que enseñan más plata de la que ganan, y sacaba ventaja braceando con canciones crudas sobre pandillas en Centro Habana, niños sin zapatos, plantes abakuá…

El público escucha música grabada en Río Club Jhonny horas antes de comenzar un concierto de Popy & La Moda. Foto: Renée Clark.

Dividió la escena en dos estratos: los asentados, con sus películas y sus conciertos, por ejemplo, en el Salón Rojo de El Capri, por 100 CUC; y los infortunados, los hijos del obrero, con sus presentaciones en parques y plazas públicas.

Por supuesto, a veces los asentados hacen conciertos benéficos, en parques y plazas públicas. Pero no es cotidiano. Hoy, por ejemplo, la peña de Diván en Don Cangrejo, todos los viernes, cuesta 10 CUC; cualquier presentación de Yomil & El Dany ronda los 50. Y los videoclips de Yomil & El Dany, según ellos, cuestan entre 7 000 y 10 000 CUC.

En 2012, David 22 (Lobo King Dowa), que entonces tenía 16 años, tomó aquella clave hecha con palmadas, les puso un chequeré en función de hi-hat (platillos de acompañamiento), y completó con lo que llaman pedal: el bombo típico de la timba. Además, cambió el tempo, de 4×4 a 3×4.

“El primer tema que tuvo pedal”, dice King Dowa, “fue Vívela (2012), de Chocolate, pero solo en algunos pedacitos. A partir de 2015 empezamos a utilizarlo en los coros. Ya, después, en las canciones completas”.

Eso, que ya no sonaba extranjero, con textos ácidos, melodías tipo Elvis y raps duros, resultó un género al que Chocolate bautizó “morfa” (cubanización de raggamuffin, subgénero del reggae) y al que en la calle le dicen “reparto”.

Era, por fin, y según los que lo hacen, el reguetón cubano.

Popy & La Moda durante un concierto en Río Club Jhonny. Foto: Renée Clark.

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El cabaret 1830 tiene 20 mesas frente a un escenario. Tres chiquillas beben cervezas, hablan. Un hombre con camisa y brazos cruzados mira la pantalla, que muestra escenas de deportes: velas, carreras de autos, acrobacias, fútbol. La música rebota en las paredes. Huele a humedad.

Ellas tres se parecen: vestidos blancos, tacones, el pelo les cae suave en la espalda. En la barra hay cervezas Cristal y Presidente, a 1.50 CUC; refrescos nacionales, a 1.50 CUC; botella de Añejo Blanco, a 15 CUC. Afuera hay taxis que esperan a que empiece a salir gente. A la 1:30 a.m., el local está lleno y todos han seguido la rutina: pagar el cover (dos CUC) pedir una cerveza, capturar una mesa, quedarse allí, rapear los temas al aire, o pararse a bailar. A las dos no hay una mesa en su sitio; el local es una pista de baile.

A las 2:30 a.m. suben Kokito y Manu. El DJ del local dice al micrófono que esta noche de jueves tenemos el placer de contar con la presencia de Negrito, Kokito y Manu (NxKxM). Negrito no vino. La gente se va abriendo al paso de ellos como el mar ante Moisés. KxM se acomodan. Caneca, el DJ de NxKxM, había pasado antes, desplazó al DJ detrás de las máquinas y dio play al Palito Presidiario:

Tú me la pediste y te la di,/ ahora no me hagas comentarios,/ que no es tu cara ni eres tú,/ es mi palito presidiario,/ es mi palito presidiario,/ ya no es tu tota divina,/ que no es tu cara ni eres tú…

Un jit viejo, el primero que pegaron. Gritos, manos arriba que se pierden en el flasheo de las luces.

Manu tiene una cinta azul marino anudada a la frente y un pulóver XXL. Kokito es gordo, con gorra y bigote. El pulóver debajo del abrigo dice en grandes letras negras: Kokito, no hay más na’: el lema del grupo. A veces, en medio de un estribillo, DJ Caneca para la música, el público corea y hace palmas mientras Manu patea rítmicamente el tablado del escenario. A veces Manu olvida la letra y Kokito improvisa. Afinar no importa. Mientras bailan, se enredan con los cables de los micrófonos.

Como muchos otros, NxKxM siguen la tradición de Chocolate: artistas sin dinero, que hacen música sin invertir dinero, para que baile gente sin dinero.

Antes de comenzar el concierto DJ y bailarinas ponen la pista caliente con música grabada. Foto: Renée Clark.

“Uno es como el payaso, que por fuera se ríe y por dentro se está muriendo”, dice Jonathan Flow, que hacía grupo con David 22 y es de los más populares. “Yo he ido mil veces al estudio sin comer y sin nada, y a conciertos donde, como soy artista, me sientan en el VIP y no tengo ni para consumir. Es doloroso… Son muchos altibajos”.

Los reparteros cobran un por ciento previamente acordado del cover o el consumo del lugar donde se presentan. A veces los locales negocian precios fijos, y se quedan el cover y el consumo. No venden discos, no ganan nada porque tú consumas su música en tu móvil, o en tu casa, y pocos monetizan las vistas (que son miles, e incluso millones) de sus videos en YouTube.

Según DJ Gómez, que los ha hecho, un video repartero puede filmarse lo mismo con un móvil que con una camarita portátil. Generalmente, se hacen en los estudios, o caminando el barrio, sin muchos costos.

Los estudios (micrófonos, audífonos, computadora y bocinas, en un cuarto) tienen tarifas propias: Gómez, por ejemplo, cobra el paquete (background + grabación) en 30 CUC. El Mercenario, dueño de Galaxy Music, cobra 60 CUC.

“Hay quien busca dinero”, dice Harryson, proclamado Príncipe de los repas, “pero hay quien hace esto porque le gusta. Hubo un tiempo en que tocaban cinco pesos por persona, y nosotros (Iré Omá, su antiguo grupo) comprábamos una botella de ron y volvíamos para el estudio, felices y contentos. A mí ahora, económicamente, me está yendo mejor, pero cuando alguien me dice que le gusta una canción mía… para mí eso no tiene valor”.

En el 1830, antes de KxM, sonó poca música no hecha en Cuba. Ahora, mientras cantan, una mulata carnosa con trenzas se pone las manos en la cabeza y da cintura y saca la lengua. A veces mueve las nalgas por moverlas, como si estuviera haciendo otra cosa. A veces las mueve exageradamente, en redondo, riquísimo. Los chiquillos de al lado, que tienen 18 o 20 años, la vacilan. Ellos también se parecen: gorras, pulóveres anchos, pantalones estrechos. Ella, que tiene 30, sabe que la están viendo y mira de reojo, se muerde el labio.

A las dos de la mañana no hay una mesa en su sitio y el local es una pista de baile. Foto: Renée Clark.

A las dos de la mañana no hay una mesa en su sitio y el local es una pista de baile. Foto: Renée Clark.

A las 5:00 a.m., cuando acabe todo, los chiquillos irán hasta la parada del túnel, esperarán la confronta del ómnibus P5 y, mientras, pondrán la misma música del concierto en sus bocinas portátiles. La repetirán dentro del P5. Ella, si tiene dinero, se montará en un taxi de 10 pesos con dos cervezas en el estómago. Y en los taxis que ahora esperan fuera se montarán un par de cubanoamericanos con sus bitches; uno o dos muchachitos con dinero. KxM regresarán a sus casas en Luyanó en un microbús que alquila Michel, el productor, y por la tarde irán a grabar gratis a Galaxy Musik, que está en una azotea en Centro Habana.

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Desde el Palón Divino, primer tema que pegó Chocolate desde Estados Unidos (2017), el “palito” es un tema recurrente. También se repiten algunas frases: Te la di, Con maldad, Chao, Chanel…

“Hay frases populares que uno las coge y otras que inventamos. Por ejemplo, yo digo Guachupina, y la gente sabe qué es Guachupina porque oyó el tema. Entonces esa frase se empieza a usar, y cualquiera hace una canción con ella. Por eso hay quien dice: Es que ustedes cantan casi lo mismo”, dice La Moda, de Popy & La Moda.

“El reparto”, dice Popy, “tiene un vocabulario de la calle. Tú dices: Oe, negrona, tú me partes. Que es lo mismo que El Taiger cuando dice: Ay, negrita linda, estoy enamorado de ti. La música que hacemos es underground, porque no tenemos las posibilidades de la farándula.

“Además, el reguetón de farándula es el mismo de Puerto Rico. Y el repartero no. El que vaya a otro país a hacer reparto, es por gusto. Sin embargo, nosotros sí podemos hacer reguetón, porque lo hacíamos antes. Aunque ahora me lo pones y me fundo. Lo hago —dice— pero no me gusta”.

Según El Lucky y Gómez, productores, el reparto tiene su propia estructura básica: intro cantado– coro– rapeo– coro– pauta– rapeo (o bloque melódico)– coro– pauta– contracoro (que puede ser el coro repetido)– créditos.

Respecto al reguetón tradicional modifica el intro, que solía ser hablado, e introduce el contracoro y la pauta. La pauta elemental son dos estrofas: una improvisada y otra “distintiva”. La de NxKxM, por ejemplo, la hace Negrito: ¿Tú sabes lo que le dijo la caja al muerto?/ Acomódense que el viaje es largo./ Makantabia (Kokito) llamando al Pirata (Manu)./ Mukandawa (Caneca), me adueñé del barco.

La pauta es grito de guerra. Calienta. El background, en un momento de alza, se vigoriza con el contracoro. Luego, en los créditos, llega la calma.

A la pauta, Popy & La Moda le llaman “quemadera”. La dice Popy: Pa’ que lo baile toda mi Cubita./ Pa’ que lo baile Marianao bombo./ Ya, por qué no te ubicas,/ quítate, obonekue (abakuá iniciado), que viene el mokongo (jefe del plante).

Hay mucho de abakuá en la manera en que se expresa el reparto. Algunos utilizan como seudónimos, nombres de plantes (Bacoco, Nandiva) También el baile, con la punta del pie y movimientos de hombros muy específicos, procede de las danzas de los Ireme, que, dice Lucky, “bailan con aguaje, y el repartero mantiene esa cadencia, pero con los códigos de la calle”.

Un grupo de muchachas se reúne en el área de fumar de Río Club Jhonny. Foto: Renée Clark.

Probablemente el uso de esos códigos, o su agresividad, ha hecho que el género no haya recibido atención de los medios nacionales. Sus principales vías de distribución son el Paquete Semanal (pagan a las matrices porque pongan sus discos), videoclips que cuelgan en internet, o transmisiones directas (videos promocionales, generalmente filmados con móviles) que hacen desde lugares con Wifi.

También hay promotores casi filántropos, que copian la música en los estudios y, sin recibir un centavo a cambio, la distribuyen a través de la aplicación Zapya. Los mismos artistas suelen pasar sus canciones por Zapya, gratuitamente.

A las 5:00 a.m., en el 1830, KxM se demoran para llegar al microbús porque un montón de gente les cae encima para hacerse fotos, para tocarlos. Dentro de dos meses muchos de ellos habrán permutado de artista: empezarán a adorar a Kamel, que en ese momento no es más que uno que hace coros; empezarán a llenar sus conciertos y a olvidar, lentamente, a Negrito, a Kokito, a Manu. La fama es inestable.

“¿Si se te acaba?”, le pregunté a Popy.

“Lo único que yo tengo es la música”.

A Lucky.

“Para que no pase, estoy experimentando. Ahora hice una mezcla de samba, funk, kuduro y morfa. Le puse kudurazo”.

A King Dowa.

“Yo siempre logro lo que me propongo. Y –te lo juro– de aquí a seis años, voy a estar compartiendo con Chris Brown. Eso es lo que yo quiero: llevar el morfa a otro nivel”.

A Harryson.

“Espero haber sacado a mi mamá de El Cerro, haberle dado sus comodidades…”.

A Jonathan Flow.

“Le pondré una corona. Después, ya veré qué puedo inventar”.