Escapó de Cuba, se ganó la vida en bares de Madrid y ahora es maestro internacional: la historia de Leonel Morales

Publicado: 28 de mayo de 2025 a las 12:30 p. m.

Actualizado: 25 de julio de 2025 a las 06:26 p. m.

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Foto: Leonel Morales

Foto: Leonel Morales

El pianista Leonel Morales nació en un conservatorio. No uno literal, por supuesto. «El conservatorio» es la forma en que los vecinos llamaban a su casa en La Habana. Su familia era impulsada por la música, guiada por la música. 

Su hermano mayor es marimbista profesional y tocaba, como hobby, el saxofón y el violín. Leonel, de pequeño, tocó el clarinete, el acordeón, la guitarra, la batería y el piano; este último fue el único instrumento que su padre le obligó a estudiar. Decía que de esa manera ejercitaría mejor su oído y aprendería a diferenciar armonías, a reconocer notas.

Es un músico de carrera. Entró en la escuela de música en Cuba a los 11 años. El plan de su familia era que hiciera la prueba con el piano y que al año cambiara al clarinete, si él quería. Pero el joven Leonel dijo que no. Se enamoró del instrumento gracias a una profesora especial, que aún recuerda casi 50 años después.

Luego entró al Instituto Superior de Arte. Fue discípulo del legendario Frank Fernández, que a su vez aprendió del ruso Viktor Merzhanov. Por eso menciona en su biografía que su técnica toma prestado elementos de la escuela rusa: abrir la mano lo máximo posible, los dedos como entes autónomos que caen sobre las teclas, rechazar el efectismo y hacer el trabajo. 

Desde muy joven tuvo el privilegio de viajar por Europa. Tomó clases en Weimar, antigua Alemania del Este, y fue a París, Francia. Y quizá fue en ese momento en el que tuvo su instante de ruptura con el Gobierno cubano. Contó que la propaganda le hizo creer que Europa era un antro de pobreza y criminalidad. No encontró terror en sus viajes y sí curiosidad, una oportunidad de crecimiento. Tenía un recital en Bruselas, financiado por el Estado. El avión hizo escala en Madrid y decidió quedarse en España. Era 1989, el año en que cayó el Muro de Berlín.

Su camino migratorio tuvo un inicio rocoso. Madrid era una ciudad en construcción, con los bordes aún ásperos del franquismo, golpeada por las drogas y en recuperación económica. Tuvo que tocar en los bares de la capital en las noches para sobrevivir, por menos de la mitad del dinero que lo hacían los pianistas locales. Por el día, dormía en el Centro Cubano de la calle Goya, donde había un piano de cola que usaba para practicar. No tenía papeles ni muchos recursos para vivir.

Al principio, participó en concursos. En un golpe de talento ganó el premio Fundación Guerrero, 2 millones de pesetas. Después, dinero llamó a dinero: apenas dos días más tarde lo contrataron de manera fija en el casino de la calle Alcalá.

La estabilidad económica le permitió centrarse en la música y seguir participando en concursos. Ganó el de Jaén y el de Oporto; y a los 28 años dejó de competir. Se hizo nombre familiar en la escena española, giró con orquestas nacionales de todo el país, grabó discos y trabajó con directores establecidos. 

A partir de ahí decidió expandirse, mirar fuera de España. Como en Cuba, su crecimiento en el país ibérico llegó a un techo. Se le ocurrió crear, junto a María Herrero, el Concurso Internacional de Piano Compositores de España, actualmente avalado por la Federación de Ginebra. «Fue un proceso extremadamente difícil», dijo a la revista Voz Pópuli. Entrar en la federación es un proceso largo, que le tomó 20 años. Pero una vez que lo logró situó el concurso entre los más importantes del mundo.

Actualmente, es artista exclusivo de una destacada marca china de pianos y ejerce la docencia en diversas instituciones, entre ellas Sommerakademie de Salzburgo. Como promedio, sus estudiantes obtienen entre 30 y 40 premios al año. «Es mi manera de retribuir lo que este país me ha brindado. Contribuir a la formación de nuevos talentos españoles es parte de mi legado». Además, dirige el festival Leonel Morales & Friends en Granada, que ofrece una programación que integra conciertos, clases magistrales y concursos para jóvenes músicos.

«Para ser un buen pianista hace falta lo que yo llamo las cuatro patas de una mesa. Eso le digo a mis estudiantes», explicó en una entrevista que le hizo el canal de la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. «Es necesario, uno: tener talento; dos: tener un buen profesor; tres: dedicación; y cuatro: apoyo familiar». Es un sacrificio tanto para los padres como para los hijos. Los últimos tienen que prepararse; los primeros, cree Morales, deberían estar dispuestos a comprarle un piano a los jóvenes, aguantar el sonido del instrumento y llevarlos a concursos, a clases. «Es un tema económico también», añadió.

Morales asegura que con estas cuatro premisas se logra —con seguridad— ser un buen músico. Ahora, tener una gran carrera es harina de otro costal. Es, más bien, un asunto de constancia. «Cada vez que salgas al escenario tienes que probar tu talento, demostrar que vales. Un pintor pinta un cuadro y ya está. Demostró lo que es. Nosotros no. Tenemos que pintar el cuadro cada vez. Y si un día no sale bien tienes que recuperarte de ese golpe y recuperar la confianza en ti mismo», reflexionó.

En más de 35 años fuera de Cuba, solo regresó una vez, en 1994. Afirma que cuando bajó del avión lo detuvieron. Según Morales, fue la intervención de uno de sus antiguos maestros lo que lo salvó de la cárcel. El profesor habló con Roberto Robaina —en aquel entonces mano derecha de Fidel Castro, luego caído en desgracia—, quien movió fichas para dejarlo en libertad. Su padre enfermó de cáncer y murió dos años después. No volvió a verlo. «Si quieres que me muera antes, vuelve a Cuba», le comentó su papá en una especie de advertencia. Morales siguió su consejo.

El artista ve el incidente de su regreso a Cuba de la siguiente forma: él era un mimado del sistema, un prodigio que abandonó al país que le exigió lealtad eterna por su formación. Cambió la Orquesta Nacional de Cuba por las orquestas de España. «Y eso no se perdona».

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