Ruina y ron: la intimidad de un país sin salida

15 de abril de 2026 a las 06:00 p. m.

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Foto: elTOQUE.

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Entre las ráfagas de nombres —Donald Trump, Marco Rubio, Miguel Díaz-Canel—, los descendientes de los Castro, el vaivén de los convoyes humanitarios, el salvavidas de Claudia Sheinbaum, las patanas turcas, el petróleo ruso; entre la libreta de abastecimiento, la oscuridad, la soledad, el hambre, los huracanes, el precio del dólar, el aburrimiento, las enfermedades, la suciedad, las mentiras del noticiero, el miedo, la represión… hay quienes en Cuba han decidido beber hasta la saciedad.

¿Beber para olvidar? ¿Para reír? ¿Por dependencia? ¿Por todo a la vez?

No lo sé.

No sé qué empuja exactamente a cada uno. No sé en qué momento se rompe algo.

No sé cómo Pepe, que fue mi vecino en Pueblo Griffo, en Cienfuegos, terminó el otro día —en medio de una borrachera— lanzando dos botellas vacías desde el balcón de su apartamento, en un cuarto piso, e hiriendo a dos ancianas que estaban sentadas abajo, tratando de sobrellevar más de 22 horas de apagón.

O por qué Nicolás, cada tarde, necesita rebajar alcohol con agua para poder dormirse en su casa del barrio de Tulipán.

Si César hubiera querido estar sobrio el día en que nació su hija. O los meses siguientes. O si, en algún punto, pudo elegir.

Pepe, Nicolás y César tienen otros nombres. Viven en Cuba. Tienen entre 35 y 50 años.

Hace poco supe de ellos, por distintas vías. Y no he dejado de pensar en la cantidad de familias que conozco en la isla que hoy conviven con alguien que bebe todos los días hasta caer.

¿Está el ron al alcance en medio de la escasez? Tampoco lo sé. 

¿De qué tengo certeza? Esas familias lidian con personas que pueden volverse agresivas o tener episodios de violencia. Con cuerpos que se deterioran. Con trabajos que se pierden, vidas que se van estrechando.

Pienso en un padre joven que tejía artesanías, que hacía los aretes más vendidos de la feria de la ciudad, que jugaba con su hija en el muelle. Hoy está desnutrido. Bebe y bebe. Se divorció. En su casa casi no queda nada.

En el campo, a veces, es peor. 

Hace casi diez años, en las montañas del Guamuhaya, grabé un documental junto a mi colega, la periodista Laura Roque. Hicimos encuestas. Uno de los resultados era este: el alcohol atravesaba la vida de muchos pobladores y la iba desgastando, poco a poco, desde dentro.

Años después, en un festival al que fui en la Isla de la Juventud, el tema volvía una y otra vez en cada conversación. Como si no hubiera forma de esquivarlo.

Recuerdo un poema. Un amigo lo escribió para su madre, muerta por cirrosis hepática.

«Hay tanto de ti que no vi», dice uno de los versos. 

En Cuba hay tanto que cambiar, que conseguir: democracia, elecciones, economía, derechos humanos… y tantos cuerpos que salvar. 

A veces siento que no nos dará tiempo.

¿Cuánto más puede extenderse esta crisis? ¿Cuánto más puede resistir un país antes de empezar a romperse por dentro, sin remedio? ¿Será cierto que siempre se puede estar peor?

Entre las drogas, el alcohol, la depresión, el suicidio, los feminicidios, la violencia que se va haciendo costumbre: ¿cómo se sostiene una sociedad así? ¿Cómo se cuidan unos a otros quienes apenas pueden sostenerse?

Ya sabemos que el Estado es incapaz, miente; que el poder quiere la isla como Palacio, sin importar en qué condiciones queden sus «súbditos».

Hablando del poder.

He visto a esos hombres —uniformados o no— beber hasta perder el tono y la medida. Hablar de Vladímir Putin como «héroe», del «traicionado» Nicolás Maduro, del «cojonudo» de Fidel Castro. Repetir que «con Castro esto no pasaba», como si la memoria también se pudiera anestesiar. Tanto machismo y tanta épica de cantina. 

A veces no hace falta discutirles. Basta mirar alrededor.

En una esquina arde la basura que el Gobierno no puede recoger y le da candela.

Alguien espera un medicamento que no llega.

Un balcón cae en La Habana Vieja.

Una mujer saca a su esposo, borracho, del portal antes de que despierte a los niños con los gritos.

Un apagón deja la cuadra a oscuras y, en medio del silencio, una niña le quita el vaso a su padre y lo esconde, como si pudiera salvarlo.

Todo ocurre al mismo tiempo. Todo se mezcla: el humo, la peste, el cansancio, la rabia, el dolor. 

Pero la crisis cubana no empezó hoy. Viene de lejos. Desde 1959, cuando Fidel Castro tomó el poder y el país comenzó a estrecharse dentro de una sola idea, de una sola voz, de un solo mando. Lo demás —lo que hoy se desborda— no apareció de golpe: se fue acumulando.

Y el país —con sus cuerpos, sus ruinas y sus silencios— ha tenido que cargar con eso. Resistirlo. Y, a veces, ahogarlo.


***El alcoholismo es uno de los principales problemas de salud en Cuba, que se ha agudizado en los últimos años. Tras la pandemia, su atención y tratamiento se han vuelto aún más precarios, en un sistema sanitario marcado por la escasez y el desgaste.


ELTOQUE ES UN ESPACIO DE CREACIÓN ABIERTO A DIFERENTES PUNTOS DE VISTA. ESTE MATERIAL RESPONDE A LA OPINIÓN DE SU AUTOR, LA CUAL NO NECESARIAMENTE REFLEJA LA POSTURA EDITORIAL DEL MEDIO.  
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