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Las tiendas de artículos religiosos son establecimientos de reciente creación, pero tienen una salud envidiable. En Santa Clara, por no ir más lejos, en apenas dos años han surgido entre ocho y diez de estos negocios.

No es rara su proliferación vertiginosa. En un país donde crece la militancia religiosa ellos permiten al creyente adquirir los materiales para expresar su fe, cumplir una promesa o convertirse en un iyawó, el iniciado de la religión yoruba.

Una de las tiendas más visibles de Santa Clara se encuentra en el número 148 de la prolongación de la calle Colón, precisamente en la zona donde se concentran la mayoría de los hospitales de la ciudad. La identifica un cartel rojo con un letrero llamativo: «Ile Oba Shangó». Se accede a ella por una puerta cancel y un pasillo estrecho. Después, a uno le parece que ha caído de plano en un cuento de Shahrzād o en un pequeñísimo bazar de Ilé Ifé, la ciudad ancestral de los yorubas.

Los estantes y las paredes se doblan bajo el peso de collares, estampitas de santos, cazuelas rituales, clavos y ornamentos de hierro, recipientes con cascarilla, diferentes tipos de ajorcas, campanas, piedras de la Caridad del Cobre, llaveros, jícaras de güira cimarrona, ropas ceremoniales, tarros de buey, maracas coloreadas, cruces de metal y madera, tabacos Reloba, unos pequeñísimos sombreros de yarey, y los imprescindibles folletos del dilogún, el arte de adivinar con caracoles.

Su propietario es Carlos Figueroa, un joven de 27 años que antes de montar su tienda trabajaba como técnico en informática del Instituto Preuniversitario Vocacional Ernesto Che Guevara. Carlos habla poco, y al hacerlo mueve las manos con celeridad. Le pido que me muestre una espada y un hacha de madera, que sé son atributos del orisha Shangó.

—Hay gente que nos critica porque dicen que hemos convertido la religión en un negocio —dice mientras rebusca en los estantes—, pero yo creo que esto es una forma de ayudar a que los creyentes puedan encontrar más fácilmente los artículos que necesitan.


Carlos sabe de lo que está hablando, él mismo es un iniciado yoruba y devoto de Shangó, de ahí el letrero que anuncia su tienda. También se encarga de elaborar una parte de estos artículos, esencialmente las cosas de madera y los collares, en un tallercito que tiene en el patio de su casa.

—Un amigo hace los objetos de barro —afirma—, y todo se vende en moneda nacional, a un precio bastante asequible.

La tienda recibe diariamente entre cinco y diez clientes. Algunos solo van a mirar o a preguntar sobre determinado artículo. Sin embargo, en ocasiones esta cifra se dispara, sobre todo los lunes y los martes.

—Es que los babalaos consultan a principios de semana, y la gente aprovecha esos días para buscar las cosas que necesitan.

—¿Y qué es lo que más compran?

—Cascarilla y todo lo relacionado con la virgen de la Caridad.

Le pregunto por el folleto sobre el arte de adivinar utilizando caracoles, que en el estante está junto a uno que habla sobre la religión del palo monte.

—Sí, esos manuales los imprimo yo mismo —dice y saca uno del estante.

—¿Y de dónde proviene la información?

—De los ancestros, son conocimientos que se han trasmitido de generación en generación y ahora están digitalizados. Claro, ellos te enseñan algunas cosas, porque hay otras que se mantienen en secreto.

Le comento que la tienda está situada en muy buen lugar, porque todo el que va hacia el Hospital Materno, el Pediátrico o el Clínico-Quirúrgico tiene que pasar necesariamente por ahí.

—Ah, pero la mejor zona para vender artículos religiosos no es esta —Carlos hace una pausa—, sino la del barrio del Condado. Allí la religión yoruba tiene más fuerza.

Su respuesta me da pie para hacerle una pregunta que hace rato tengo trabada en el gaznate y es quizá la clave de todo.

—¿Los clientes no desconfían de que seas tú, joven y blanco, quien atiende un lugar donde se comercializan artículos de la religión yoruba, practicada mayoritariamente por negros?

—Los orishas eran negros —achica un poco los ojos—, pero en esta religión los blancos y los negros somos iguales. Incluso, yo conozco varios santeros muy buenos, muy famosos, y son blancos.

Agradezco sus explicaciones, y le digo que ojalá su tienda progrese y la vida le traiga muchas cosas buenas. Carlos sonríe un poco, abre las manos y dice:

—Este es un "negocio" que nunca se acaba. Y desde que los esclavos negros lo trajeron de África, cada día prospera más. 

 


 

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Yandrey LayYandrey LayPerfil del autor

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