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Foto: Jorge Beltrán

Vivir de la basura

20 / julio / 2022

Es un lugar tan sórdido y gris que sorprende que tenga vida. Repugna respirar; hay que hacerlo despacio. La mezcla de olores indefinidos, al instante, se impregna en la ropa y en la piel como una marca.

No hay tierra firme. El suelo está formado de desechos que han perdido su color y se entrelazan con la pudrición hasta pasar inadvertidos, a menos que se miren de cerca o se trate de un animal muerto, como un gallo de ofrenda, frío, inflado y verdoso.

El vertedero de la calle 100, en el municipio Marianao, a solo 15 kilómetros del Capitolio de La Habana, es el basurero más grande de Cuba, donde reposan más de 52 millones de metros cúbicos de residuos sólidos. Tiene casi 105 hectáreas de extensión y más de 25 metros de alto, unos 147 campos de fútbol y una altura suficiente para sobrepasar la estatua del Cristo de La Habana.

En la naturaleza se necesitan millones de años para que una montaña surja, pero de la mano del hombre ha sido suficiente poco más de cuatro décadas para que una explanada de tierra se convierta en una colina de basura sobre basura.

La unión de polvo, escombros y desechos son los cimientos de la montaña. Foto: Walter Frieiro

La unión de polvo, escombros y desechos son los cimientos de la montaña. Foto: Walter Frieiro

La línea del tren que conduce al puerto del Mariel marca su límite norte. Los ferrocarriles pasan a metros de las lomas de basura. Al sur, la principal universidad politécnica del país, la Ciudad Universitaria «José Antonio Echeverría»; y al este, el Río Almendares.

La entrada del vertedero, al oeste, está a metros de un pequeño caserío y se encuentra delimitada por muros inconclusos y dos pesas rotas como monumento a la desidia. En algún momento sirvieron para controlar cuántos kilogramos de desechos se depositaban; hoy son testigos inútiles.

Desde la avenida 114 sale una calle de dos carriles, la única vía oficial que conduce al inicio del vertedero. A su redonda existen senderos llenos de maleza por donde pueden transitar personas, no vehículos.

En el medio de ambas básculas hay un pequeño punto de control de pase que regula la entrada y salida de los camiones que trasladan hacia el bote el 80 % de los desechos sólidos de la capital.

Para llegar al plato, como algunos choferes le llaman a la cúspide de la montaña, donde se deposita la basura, la única forma es manejar más de un kilómetro y medio por un camino solitario, repleto de curvas y cubierto de jabas, pomos, plásticos, plantas silvestres y mucho polvo. En un día, en dependencia de su capacidad, harán el mismo viaje entre tres y cuatro veces, incluso más.

Ruta que siguen los camiones desde la entrada hasta la cima de el bote. Foto: GOOGLE EARTH

Ruta que siguen los camiones desde la entrada hasta la cima de el bote. Foto: GOOGLE EARTH

Casi nunca suben solos. En la entrada siempre hay quien, cargado con sacos vacíos, pide botella. Esos son los que viven del bote, aquellos que no creen en lluvia, sol o días feriados y aprovechan el aventón para evitar la caminata loma arriba.

No todos optan por esa opción. Algunos prefieren caminar e ir analizando el entorno y los más atrevidos acceden a través de trillos y suben en especie de escalada, por encima de la basura.

Hay quien sube rápido, casi corriendo, y quien arrastra los pies a cada paso. Hay quien tose y se tapa el rostro cuando algún camión transita por su lado y deja una nube de polvo, así como quien, superado por la costumbre, ni se percata. 

Como las moscas, la gente pulula alrededor de los desechos. Aunque están conscientes que recoger en el bote es ilegal, caminan de lado a lado, buscan con las manos descubiertas, las ensucian, se las llevan a la boca o al rostro, espantan los bichos y siguen buscando. Encuentran algo, lo que sea, desde un reloj hasta una lata. Lo guardan y continúan.        

El bote, como se le conoce, no duerme ni deja de crecer. La bulla constante de los carros recolectores y los buldóceres que vienen y van o el pregonar de vendedores espontáneos solo puede ser rota por cortas sesiones de mutismo en la madrugada, cuando todo parece más tranquilo. Es un pueblo sin serlo.

Ahí hay desechos y personas. Gente que entra, camina, come, duerme y trabaja de la inmundicia. Luego se van, pero casi siempre vuelven, porque hacer negocios con lo que nadie quiere les genera lo suficiente para vivir o, al menos, para intentarlo.

La llegada

Algunos lo llaman el jefe. Está cubierto con un chaleco viejo militar y una capucha. Camina con los brazos cruzados hacia atrás, de la misma forma que lo hacía Napoleón en su exilio en la isla Santa Elena. Es solitario, si habla es para mandar o regañar.

Su cargo no lo ostenta por votación popular, sino que es impuesto por la Empresa de Servicios Comunales para mantener el orden. En su pequeño feudo nadie extraño puede merodear, quien le huela a amenaza enseguida lo espanta.

Dirige la sinfonía con su silbato como herramienta en la cima de la montaña. Está presente todos los días, de lunes a lunes, y llega muy temprano en la mañana, antes de que comience el show. Donde él diga que se deposita la basura es ley. Tomar esa decisión es su verdadero trabajo. Sin embargo, impone respeto, incluso miedo; ventajas de ser el único trabajador permitido.

La mañana recibe a más de 200 personas que vienen a rebuscar entre los desperdicios. Llegan de todos lados. Hay blancos, negros, mulatos. Hombres y mujeres. Jóvenes y ancianos. A lo lejos se sienten los acentos, predomina el del oriente del país, algo atropellado y rápido.

Cada vez que llega un camión se forma el festín; se desata la locura. Quienes rastrean en el suelo se alzan como un resorte; otros corren con pinchos alargados y filosos que le sirven para capturar objetos en los sitios más intrincados.

El interés varía en dependencia del lugar de donde provenga el camión de basura, pues no es lo mismo lo que se desperdicia en Miramar o en una zona hotelera, que en un barrio humilde del Cotorro. Foto: Jorge Beltrán

El interés varía en dependencia del lugar de donde provenga el camión de basura, pues no es lo mismo lo que se desperdicia en Miramar o en una zona hotelera, que en un barrio humilde del Cotorro. Foto: Jorge Beltrán

Alrededor del vehículo se crea un perímetro liderado por los fuertes y se sitúan justo donde voltea. Los desechos caen. La basura se convierte en regalos y el camión, la piñata.

Los primeros casi siempre atrapan lo mejor, pero no pueden abarcarlo todo, así que otros esperan que la basura esté sobre el suelo para analizarla y destrozar las jabas de nailon.

El proceso debe ser rápido. Los buldóceres no esperan y destruyen, cuanto antes, lo que encuentran a su alrededor. La escaramuza continúa. El jefe sigue dando órdenes, mientras que con cada camión el bote crece.

Entre camión y camión algunos no cesan su búsqueda. Foto:Meilin Puertas

Entre camión y camión algunos no cesan su búsqueda. Foto:Meilin Puertas

El viejo

Lejos, distante del tumulto, sentado en una silla plástica y bajo el sol del mediodía, hay un señor que cuenta sacos vacíos. Es flaco y de ojos verdes. Tiene la piel tostada, áspera y llena de arrugas. Las uñas están negras, pero no de churre, negras como si se las hubiera pintado con petróleo. Del cuello le cuelga una cadena dorada, que imita al oro. Su nombre es Reinaldo Díaz y aunque luzca de 80 años, tiene 68.

«Trabajo aquí para buscarme la vida. No puedo trabajar para el Estado porque tengo una pierna mala. Camino un poquito y luego tengo que sentarme. La jubilación no alcanza para nada. Tú sabes que todo está caro», dice en voz baja y atropellando las palabras.

Frente a sus piernas hay varios sacos blancos que antes de llegar ahí cargaban materiales de la construcción, granos o arroz. Comienza a contarlos de nuevo, pero unos segundos después vuelve a frenar. A simple vista, no hay más de 50.

«Con los sacos hago colchones y los vendo».

Foto: Jorge Beltrán

Foto: Jorge Beltrán

Esta vez, junto a los sacos que utiliza para colocar sobre los muelles, rellenar con guata y forrarlos, también se llevará un par de tenis desteñidos que se encontró mientras buceaba, como se le dice en la calle, a registrar entre los desperdicios. Aún no sabe si los zapatos le servirán o no, pero cuenta con usarlos en su próxima visita.

Él va al basurero una vez a la semana. Ese día llega temprano, trabaja hasta la madrugada y no se retira hasta la tarde siguiente, cuando baja los casi dos kilómetros de camino, montado en algún camión. Para matar el hambre lleva un caldero, unas yucas, un poco de sal, grasa y agua, y en aquel paisaje las yerbe hasta que quedan blandas.

La noche se le va sentado en la silla plástica, contando sacos entre ratones y cucarachas. Pasa la madrugada solo, como mismo la pasa en su casa, desde que su esposa falleció hace dos años. 

—Y en las noches, ¿viene la policía?

«Sí, sobre todo si están buscando a alguien: un prófugo, un ladrón, un violador. Otras veces solo encienden las luces y luego se van. Los que pueden correr, corren. Yo me quedo aquí y nunca he tenido un problema. En varias ocasiones se me han acercado y me han dicho “abuelo, váyase para la casa”. Pero yo no corro porque no puedo, si pudiera también lo haría».

El orden

En el bote está prohibido recoger desechos. El Decreto Ley 272, del 20 de febrero del 2001 en su sección II, inciso o, establece que «quien remueva o extraiga desechos sólidos depositados en los recipientes destinados a la recogida de basura en la vía pública o en los vertederos será multado y obligado a abstenerse a continuar con dicha conducta».

En teoría la entrada no debería permitirse. El vertedero es responsabilidad de la Empresa de Servicios Comunales y, al ser esta una entidad estatal, su perímetro tendría que estar limitado solo para sus trabajadores.

La realidad es lo contrario, en la entrada no existe control de quienes llegan. Los buzos, así como quienes van a comprar mercancías o vender agua, comida y cigarro pasan sin mucho sobresalto.

Allí no hay leyes escritas, es la supervivencia del más fuerte. El orden lo dicta el jefe, pero las reglas las imponen los que van todos los días. Cada cual tiene su sitio para apilar lo que recoge. Lo que sobra en el vertedero, además de basura, es espacio.

Algunos se agrupan para trabajar en equipo y conforman, sin quererlo, clanes de autoprotección: si no te metes con ellos, tampoco lo harán contigo. El respeto se convierte en la máxima para mantener la tregua.

La policía aparece de vez en vez, ejercen poder, o al menos eso intentan, y luego desaparecen, pero los buzos siguen ahí, en medio de un escenario inefable, sin alguien que exija y vele por la implementación de deberes y derechos.

«Hace poco una patrulla me cogió cuando subía y me pusó tres mil pesos de multa. Con eso la cuenta no da. Yo tengo que mantener con esto a mi mujer y mis dos chamacos», cuenta Alfonso Domínguez, un hombre negro, de 56 años que se dedica a recoger sobras de alimentos para venderlas a 150 pesos cubanos el saco a quienes crían puercos en sus casas.

«Al final, fue tanta mi protesta, que me la quitaron».

Sin embargo, pese a eliminación de dicha pena, las autoridades están amparadas en el Código Pena vigente que establece en el artículo 232.1 que «quien infrinja las medidas o disposiciones dictadas por las autoridades sanitarias competentes para la prevención y control de las enfermedades transmisibles (…) incurre en sanción de privación de libertad de seis meses a dos años o multa de doscientas a quinientas cuotas o ambas».

—¿Tiene usted licencia para recoger desechos aquí?

«Nunca he tenido eso. Dicen que antes servía pa’ algo, que al menos te vendían pomos de refrescos más baratos que en la tienda, y luego la gente los revendía. También les hacían fiestas, pero desde hace años eso no existe. Conozco a unos cuantos que hace tiempo la entregaron. Estaban pagando una mensualidad por gusto, si al final, con carné o sin carné, aquí arriba todos somos ilegales».

Desde el 26 de septiembre de 2013, la labor del recolector-vendedor de materias primas figura como una actividad del sector cuentapropista, según establece la Resolución 42 del Ministerio de Trabajo y Seguridad Social. Sin embargo, no especifica el origen de esos recursos o qué acciones están prohibidas para conseguirlos, como, por ejemplo, entrar al bote.

Si bien en 2021 había cerca de cuatro mil trabajadores con el permiso, según explicó el presidente del Grupo Empresarial de Reciclaje, Jorge Luis Tamayo Díaz, en el programa televisivo Mesa Redonda, ninguno de los entrevistados para este reportaje en el basurero de 100 contaba con dicho carné ni le encontraba beneficio alguno.

El negocio

—  ¡Vamo’! Coge tu botella Ritual aquí —pregona a lo lejos una mujer negra con voz gruesa, cargando un saco con alrededor de 20 botellas.

De inmediato se le acerca un muchacho, mejor vestido que el resto.

—  ¿A cuánto, corazón? —pregunta.

—  Si me las compras todas te las dejo a 10 pesos, si es individual son a 15 pesos —responde la señora que no sobrepasa los 40 años.

—  No me interesan. Ayer las pagué a 8 pesos, no me gusta que la gente apriete —le contesta y se retira a buscar otras ofertas.

La mujer, sin importarle, prosigue en su pregonar.

En el vertedero hay dos tipos de personas: los que compran y los que venden. La actividad comercial dicta la regla de los precios y lo que se recolecta. Los compradores están a pocos minutos, tienen puntos fijos. El hervidero comercial hace imposible determinar la cantidad y el tipo de materia que se vende.

Algunos llegan en autos, otros en carretas tiradas por caballos o en triciclos improvisados para la carga. El dinero corre de mano en mano en transacciones directas al margen de cualquier autoridad.

Hay quien compra botellas para luego rellenarlas de puré de tomate, vinagre o vino seco y comercializarlas en cualquier feria; hay quien compra aluminio para fundirlo y hacer nuevos objetos, como sillones, por ejemplo; hay quien compra plástico para derretirlo y fabricar pozuelos o palitos de tendedera; hay quien compra suelas de zapatos para con ellas hacer otras nuevas; y hay quien compra ropa, ya sea para venderla a terceros, reutilizar la tela o repoblar su armario.

 Los desechos pierden su color y se entrelazan unos con otros, lo que complica la recogida y clasificación. Foto: Walter Frieiro

Los desechos pierden su color y se entrelazan unos con otros, lo que complica la recogida y clasificación. Foto: Walter Frieiro

Luz María Barroto coge las piezas de una en una. Las abre, las mira a contraluz, revisa que no tengan huecos y, si tienen que sean pequeños, que no se noten, pues en su casa apenas hay hilo ni tiempo para coser.

En ocasiones las huele como si quisiera encontrarle el aroma perfumado que el cubano le siente a la ropa que viene del yuma[1], pero cuando el hedor entra por sus fosas nasales el rostro le cambia, hace una mueca y la separa. No obstante, tres minutos después, repite la acción de forma inconsciente.

Si la prenda le gusta, la guarda en una bolsita de tela; si no le agrada, la coloca en un costado. Frente a ella tiene una loma de más quinientas piezas de ambos sexos y de todos los colores y tallas posibles que un muchacho trigueño y flaco recolectó para luego vender a precios irrisorios.

Él no es el único que se dedica a ese negocio, pero es el que más mercancía acumula, así que ella llega de primera, sobre las 8 de la mañana, para llevarse «lo mejorcito». Solo escoger una pieza y separar otra, parada bajo el sol, le tomará más de una hora.

El chico se le acerca cada 10 minutos para saber si necesita algo, pero también para vigilar que no se vaya sin pagar los 150 pesos que acordaron al inicio por llenar su javita.

Luz no volverá a comprar en unos cuantos meses, al menos no hasta que esa misma ropa comience a rasgarse. Por su parte, el muchacho estará en el mismo lugar, con otra loma de ropa usada.

Los que trabajan en el bote ni siquiera saben que son recicladores de base y, por ende, parte de una incipiente economía circular que rescata lo que tiramos a la basura.

Sin embargo, no están organizados, y menos sindicalizados. Sus derechos son nulos. Tal vez no sean conscientes de lo que aportan a la sociedad.

A excepción de unos pocos que trabajan juntos, la mayoría prefiere recoger individualmente. Son entes separados para los que predomina el «sálvese quien pueda».

Hay zonas donde la recogida de basura se hace prácticamente imposible. Foto: Meilin Puertas

Hay zonas donde la recogida de basura se hace prácticamente imposible. Foto: Meilin Puertas

Ellos recolectan, clasifican y venden. Para eso el Gobierno mantiene una casa de compra de materias primas en las cercanías. No obstante, muchos prefieren no darse el viaje, pues en una especie de subasta informal ofrecen lo que recolectan al mejor postor dentro del mismo basurero.

Si bien la recolección y venta de materiales reutilizables es la vía de subsistencia para muchas personas, la industria del reciclaje en Cuba la maneja el Estado. En el primer trimestre de 2021 generó al país 30 millones de dólares en concepto de sustitución de importaciones y productos finales. El Grupo Empresarial de Reciclaje, subordinado directamente al Consejo de Ministros, es el encargado de controlar el monopolio. 

La empresa cuenta con 690 puntos fijos de recuperación de materias primas distribuidos a lo largo de toda Cuba y 11 500 móviles, los cuales se encargan de aportar al país el 68 % del total de elementos recuperados para el reciclaje.

El principal problema que tienen estos centros es que mantienen tarifas fijas, mientras los particulares se adecuan a las variabilidades del mercado. En el bote, el kilo de aluminio se paga a 60 pesos cubanos (CUP), mientras en el lugar de recolección estatal lo cotizan a 54. Otro ejemplo es el de las botellas de cerveza por las cuales la empresa da 60 centavos, mientras los particulares ofrecen entre dos y tres pesos por cada unidad.

En el caso de las botellas de ron, en ocasiones, el precio coincide. El Estado llega a pagar hasta siete pesos por cada una si están lavadas con agua y detergente, sin etiquetas ni ralladuras; con etiquetas pagan entre cuatro y seis pesos, y si están sucias, solo 3.50. 

Los recolectores no tienen ni el tiempo ni las herramientas para dejar impolutas las botellas y menos para dejarlas sin ninguna marca cuando quitan los sellos de fábrica. Además, en el mismo vertedero, sin necesidad de transportarlas, los particulares las compran a iguales o mejores precios, incluso, cuando están sucias y ralladas.

Pese a esto, Catalina Gonzáles desconfía de los privados, y con un saco al hombro prefiere caminar más de dos kilómetros para vender todo por la «vía legal».

Con una camisa descolorida por el sol y un sombrero viejo y roto recoge las latas y los pomos que se encuentran en la epidermis del basurero. Camina lento, más lento que cualquier otra persona con sus mismos 66 años.

«Tengo pensado retirarme, llevo 26 años en esto y estoy cansada; es que a la gente mayor nos cuesta más trabajo, como todo. Ahora no recojo diariamente, trabajo dos días sí y dos no. Llego y luego me voy; jamás me he quedado a dormir. Gano cerca de 70 pesos diarios. Es poco, pero sobrevivo. La búsqueda cada vez se hace más difícil, pues casi todos los días viene alguien nuevo para acá».

Lo cotidiano

—  ¿Estás buscando algo? —le pregunta Yoandry a un hombre que se le acerca.

—  Un motor de refrigerador —contesta este.

—  Ven, sígueme.

De momento se vira y nos grita: «Y ustedes dos, ¿qué quieren?».

Yoandry García Blanco tiene un carrito de juguete en la mano. Se lo encontró de casualidad y ahora será el regalo para su sobrino en el próximo cumpleaños. Es bajito y trigueño. Está ronco, dice que es culpa del sereno, pero también podría ser consecuencia de todo lo que inhala.

Lleva diez días en el basurero, durmiendo y protegiéndose de la lluvia y el sol bajo un timbiriche que se montó con cartón, telas y tablas; comiendo una vez al día, apenas sin beber agua, sin hablar con su familia, sin bañarse, sin descansar. No regresará a su casa hasta el viernes; le quedan 72 horas.

Tiene 26 años y lleva cinco trabajando ahí. Recoge sacos, como el viejo Reinaldo, pero se los vende a otros para que fabriquen los colchones. En una semana de campaña agrupa mil sacos; en 12 días, puede llegar a 1 500. Después los vende a cinco pesos cada uno; 5 mil pesos en una semana, cerca de 13 mil al mes. Es bastante si se tiene en cuenta que un médico en Cuba, con dos especialidades, cobra aproximadamente 5 600 pesos.

«Lo que la gente no sabe es que están durmiendo sobre sacos que pasaron por la basura. La mayoría de los colchones que venden por Facebook, al menos aquí en La Habana, están hechos así».

En el vertedero habita un ecosistema de vendedores que garantizan la comida y los cigarros. Una mujer callada pasa, todos saben que ella trae la cena en envases de cartón.

Yoandry es uno de los que puede comprarla. El primer día lleva pozuelos con comida y pomos con agua. Al segundo, comienza la supervivencia. «Esto es la ley de la selva. Hay quien tiene para comprar comida, pero hay quien lo que recoge no le da para eso y tiene que subsistir con lo que trae, con lo que comparten».

«Yo sí la compro porque resuelvo con mi mercancía grande (sacos). Para ese tipo de gastos recojo también un poco de botellas y otras cosas que aparezcan extras y así voy tirando».

Cuando tiene sed se acerca a las casitas que están cerca del vertedero y pide agua; y como el agua jamás se niega los vecinos, le llenan los tambuches. Si quiere agua fría, se la compra a un señor que visita el vertedero, por lo general, dos veces al día, montado en un caballo. La ducha es colectiva: una tubería pegada al piso en la entrada del basurero que bota agua constantemente.

Para acceder al agua potable tienen que bajar los casi dos kilómetros hasta el comienzo del basurero, donde hay cañería fracturada. Foto: Meilin Puertas

Para acceder al agua potable tienen que bajar los casi dos kilómetros hasta el comienzo del basurero, donde hay cañería fracturada. Foto: Meilin Puertas

Él se considera un animal nocturno. Prefiere como muchos en el bote trabajar de madrugada con una linterna, pues hay menos gente encima de la basura. Se pone unos guantes rotos, y usa un pincho de hierro para escoger las cosas. La suela de sus zapatos está cubierta con unas planchas metálicas para evitar enterrarse algo en la planta del pie.

Yoandry vive en San Francisco de Paula, en el municipio San Miguel del Padrón, a 20 kilómetros del basurero. Tiene en casa a su niña de tres años, su esposa embarazada y su mamá. Su vida se resume entre la casa y el basurero, el basurero y la casa.

«Cuando empezó la época fuerte de la COVID-19, que quitaron el transporte público, venía caminando. Salía sobre las seis de la mañana y llegaba a las diez y tanto. Se me hinchaban los pies, aquello era horrible, pero para irme alquilábamos entre varios, por 500 o 600 pesos, algún camión de la basura que tuviera un recorrido cercano a mi zona. Bueno, hoy todavía me voy en esos camiones. De aquí salen hacia un montón de lugares».

«No puedo dejar que me tomen fotos. La gente nos está mirando y cuando ustedes se vayan vendrán paʼrriba de mí a saber quiénes eran y qué querían. Quizá hasta piensen que son inspectores o policías y que yo les estoy dando información, que soy un chivato. Pero a mí no me importa, no estoy contando nada malo, ni tengo nada que ocultar. Lo que pasa es que estas historias las puede ver el mundo entero, y a Cuba no le conviene que esto se sepa».

El bote                                                     

Desde hace más de diez años, el bote de 100 no debería existir. Cuando fue creado en 1976 jamás se pensó que perdurara tanto tiempo. La concepción original del espacio fue la de un relleno sanitario, o sea, un hueco profundo donde se vierte la basura por capas, se compacta y luego se cubre de tierra.

Sin embargo, aquella idea poco se asemeja a lo que es hoy. Lo que en su momento fue un terreno llano, ahora es una montaña del tamaño de un edificio de cinco pisos, que fue creciendo pese a las consecuencias ambientales que genera un espacio como este. 

Desde hace varios años el bote de 100 debería estar cerrado, sin embargo, hoy continúa siendo el principal vertedero de La Habana y el más grande del país. Foto de Walter Frieiro

Desde hace varios años el bote de 100 debería estar cerrado; sin embargo, hoy continúa siendo el principal vertedero de La Habana y el más grande del país. Foto: Walter Frieiro

Al no contar con un sistema de tratamiento para los líquidos y lixiviados generados por la descomposición de los residuos sólidos, los restos contaminantes permean la tierra hasta llegar a las aguas subterráneas, así como alcanzan al río Almendares, principal cuenca fluvial de la capital y cuyos márgenes están a pocos metros del vertedero.

El exceso de basura genera una acumulación de gas metano, que además de afectar a la capa de ozono, al reaccionar con el oxígeno provoca incendios espontáneos que pueden durar semanas, pues no se apagan con agua, sino con tierra.

Durante días el humo se apodera de los alrededores, principalmente en el municipio Marianao y en la zona de la universidad. Incluso, en dependencia de la magnitud de las llamas y el sentido de los vientos, la humareda se puede extender por gran parte de la capital como especie de una neblina fétida.

El basurero debió cerrar entre 2008 y 2011. El estudio del plan de manejo integral de los residuos sólidos urbanos en La Habana realizado en 2007 por la Agencia de Cooperación Internacional Japonesa (JICA) determinó que era necesario un nuevo relleno sanitario en el oeste de la capital.

Como parte de las investigaciones entre Japón y Cuba, en 2005 se elaboró un plan maestro que dispuso la urgente necesidad de construir un nuevo vertedero que cumpliera con características constructivas y operativas acordes a estándares medioambientales, por lo cual se identificaron tres sitios candidatos que fueron evaluados en su potencialidad.

La construcción del nuevo vertedero se preveía en una primera etapa para 2013 y en una segunda para 2015. Sin embargo, la obra permanece postergada.

En 2014 JICA en coordinación con el EX Research Institute Ltd. publicaron el Proyecto para el Fortalecimiento de Capacidades del Manejo de Residuos Sólidos Urbanos en La Habana, donde reseñan que desde 2018 el basurero de calle 100 no debería estar abierto, pues los residuos depositados sobrepasarían la altura de 20 metros y, por consiguiente, se convertirían en un grave riesgo para el entorno.

La lucha                                           

Cinco muchachos están sentados bajo el sol. Se les nota el cansancio. Estuvieron parte de la madrugada recolectando, para solo dormir tres horas. En el basurero no hay tiempo que perder; cada segundo es dinero.

Albertico, El Piri, Alvarito, Tito y Héctor “el lepra”, viven en San Miguel del Padrón. Algunos se conocen desde niños; otros se vieron por primera vez en el basurero. Hoy, después de siete años casi conviviendo, no son solo socios de trabajo.

A su alrededor tienen latas y botellas agrupadas; a unos metros, lomas de objetos hechos con PVC (policloruro de vinilo), un tipo de plástico con el que en Cuba se fabrican cubos, vasos, pozuelos, y el que ellos comercializan a 60 pesos el kilo.

—Aquí vendemos lo que sea, lo que dé dinero. Lo que más da es el aluminio y el cobre, pero eso está difícil. Hay muy poco y mucha gente buscándolo —exclama Tito, quien frecuenta el vertedero desde los 18 años.

—Asere —interrumpe Héctor—, tú sabes que los mejores buscando eso somos nosotros. No conozco a nadie que coja tanto cobre como yo. 

Ninguno lleva mascarilla ni guantes. Uno se levanta, trae un pedazo de pan y lo come en tres mordiscos. No se lava las manos antes de eso, no tiene cómo ni parece importante.

Foto: Jorge Beltrán

Foto: Jorge Beltrán

A su lado, uno de sus amigos se saca el tenis roto del pie derecho. No lleva medias. Las uñas están partidas y amarillentas. Sin recato, se examina una ampolla con pus blanquecino en la planta del pie; la toca con los mismos dedos que antes buscaban cualquier objeto que le diera ganancia.

En este sitio donde hay broncas esporádicas y competencia, donde la gente trabaja más de doce horas seguidas sin importar las condiciones climáticas, donde los ropajes son humildes y las pieles tostadas, donde las aves carroñeras sobrevuelan a pocos metros de las cabezas y donde el tiempo parece estar detenido, estos cinco hombres han levantado una casucha que no sobrepasa los tres metros de ancho y el metro de altura.

Bajo unos palos y telas sucias, se guarecen de la lluvia y descansan algunas horas en la noche. Solo caben acostados. Este es su sexto día en el basurero y aún no tienen intenciones de regresar a sus domicilios.

Algunos de los que trabajan en el bote de 100 han construido casas improvisadas para guarecerse durante las noches y las lluvias. Foto: Meilin Puertas

Algunos de los que trabajan en el bote de 100 han construido casas improvisadas para guarecerse durante las noches y las lluvias. Foto: Meilin Puertas

«¡Nosotros andamos al berro, al berro! —dice El Piri de forma jocosa mientras sigue masticando el pan duro y vacío—. En la casa no aguantamos mucho tiempo y rápido estamos regresando. Aquí mismo vendemos las cosas, ganamos dinero y nos sentimos bien. Solo hay que adaptarse».

Un insecto negro se posa en su brazo. No se asusta, lo mira al detalle, tal parece que se están fusionando. Cuando se aburre de contemplarlo, lo espanta.

«, hay bichos de todos los tamaños, y otros animales, pero no nos hacen na’. Jamás nos enfermamos ni vivimos cuidándonos. La gente puede creer que no, pero aquí arriba estamos sanos».


*Este texto se realizó como parte de un taller de periodismo de investigación organizado por la fundación Espacio Público.
Walter Frieiro
Periodista en formación. Colaborador de elTOQUE. Locutor en espacios de la radio en Cuba. Fiel creyente de que la verdad y el periodismo nos harán libres.
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Meilin Puertas Borrero
Periodista en estreno. Amante de la radio y de darle voz a los que quieren contar sus historias.
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Luis Fernando Valdes

Muy buen trabajo, felicidades. Exportación a seguir así
Luis Fernando Valdes

miguel

Buen artículo. Ejemplo de periodismo de investigación que tanto hace falta Aunque falta aportar ideas que ayuden a disminuir el problema
miguel

Maritza Hidalgo Gato Lima

Muy interesante investigación y denuncia uno más de los problemas medioambientales no resuelto por el estado la contaminación ambiental, además de que el mismo estado viola la Ley 81. Además me satisface la investigación porque va más allá del problema medioambiental esta implícito el problema social, y económico. Muchas gracias me gustaría compartirlo en mi muro.
Maritza Hidalgo Gato Lima

John Gay

Interesante artículo sobre el inframundo de los recolectores de basura en Cuba y los deberes incumplidos por parte de los responsables (el aparato gubernamental). Nada nuevo, es tal y como sucede en otras partes del mundo. Porque -por mucho que proclame la casta dirigente- la única excepcionalidad de Cuba es la pasividad de la gente.
John Gay

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