Lo que Cuba no cuenta de la «revolución solar»: China, dependencia tecnológica y expansión geopolítica en el Caribe

26 de mayo de 2026 a las 07:50 a. m.

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Foto: elTOQUE.

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La idea de que Cuba estaría protagonizando, con apoyo chino, «una de las revoluciones solares más rápidas del planeta» ha comenzado a instalarse con fuerza en distintos medios internacionales y espacios cercanos a la narrativa oficial del régimen de La Habana. La reciente cobertura sobre la expansión de parques fotovoltaicos en la isla —presentada como evidencia de una acelerada transición energética— refuerza precisamente esa imagen: la de un país que, pese a los apagones y las sanciones, habría encontrado en la cooperación con Pekín una vía hacia la soberanía energética y la modernización tecnológica.

Sin embargo, más allá de esa narrativa, la crisis energética cubana continúa respondiendo a factores estructurales mucho más complejos. El deterioro acumulado de las termoeléctricas, la falta de inversión, la obsolescencia de la infraestructura y la incapacidad financiera del Estado han provocado un colapso progresivo del sistema eléctrico nacional. A ello se suma la reducción sostenida de los envíos petroleros provenientes de Venezuela —históricamente uno de los principales sostenes energéticos de La Habana— así como las dificultades de Rusia y México para mantener flujos constantes de combustible hacia la isla en medio de mayores restricciones financieras y presiones estadounidenses sobre terceros países que comercien hidrocarburos con Cuba.

Es precisamente en ese contexto en el que China adquiere un papel central. Según diversos reportes, Pekín participa actualmente en la construcción de 92 parques solares que deberían aportar alrededor de 2 000 MW al sistema eléctrico cubano antes de 2028. La cooperación incluye, además, sistemas de almacenamiento mediante baterías, equipamiento fotovoltaico y donaciones directas de infraestructura energética. En noviembre de 2025, por ejemplo, siete parques solares desarrollados con asistencia china fueron conectados simultáneamente a la red eléctrica cubana, como parte de un programa que contempla una capacidad inicial de 120 MW.

El régimen cubano presenta esos proyectos como la base de una transición energética destinada a reducir la dependencia de combustibles fósiles y alcanzar una cobertura renovable del 24 % para 2030. Sin embargo, reducir esa cooperación a un simple programa de ayuda energética resulta insuficiente.

Más allá de la energía: estándares, dependencia tecnológica y geopolítica

La presencia china en el sector energético cubano se inserta dentro de una estrategia mucho más amplia vinculada con la expansión global de capacidades industriales, estándares tecnológicos y cadenas de suministro controladas por Pekín.

China domina actualmente buena parte de la producción mundial de paneles solares, baterías de litio y componentes esenciales para la transición energética global. Esa posición no responde únicamente a ventajas comerciales, sino a políticas industriales impulsadas durante años bajo esquemas como Made in China 2025 y China Standards 2035, orientados a consolidar el liderazgo chino en sectores tecnológicos estratégicos y expandir internacionalmente estándares técnicos desarrollados por empresas y organismos chinos.

Desde esa perspectiva, los parques solares cubanos no representan únicamente infraestructura energética. También funcionan como mecanismos de inserción tecnológica. Cada proyecto implica equipamiento chino, sistemas de gestión compatibles con proveedores chinos, mantenimiento especializado y dependencia técnica respecto a empresas vinculadas al ecosistema industrial de Pekín.

La relevancia de ello aumenta si se considera la posición geográfica de Cuba. Diversos análisis vinculados a la cooperación energética chino-cubana han comenzado a presentar a la isla como un potencial nodo logístico y tecnológico dentro del Gran Caribe, articulado a corredores comerciales alternativos a la influencia estadounidense. En otras palabras, Cuba podría operar como plataforma regional para la expansión de infraestructura y estándares tecnológicos chinos en América Latina y el Caribe.

La utilidad política de la transición energética

La llamada «revolución solar» posee, además, una utilidad narrativa considerable para La Habana. La transición energética no solo permite presentar al régimen como resiliente frente a las sanciones estadounidenses; también contribuye a desplazar la atención sobre las causas estructurales del deterioro económico cubano.

En efecto, buena parte de la cobertura internacional reciente tiende a enfatizar el componente innovador o sostenible de los proyectos solares, mientras el problema de fondo —la incapacidad del modelo económico cubano para sostener infraestructura crítica— queda relativamente relegado. La crisis energética aparece entonces reinterpretada como oportunidad de modernización ecológica más que como expresión de un colapso estructural más amplio.

Al mismo tiempo, esa narrativa también resulta funcional para Pekín, que puede proyectarse como socio tecnológico confiable y solidario frente al Sur Global, utilizando los proyectos solares cubanos como vitrinas de legitimación para su industria de energías renovables y su expansión tecnológica internacional.

Sin embargo, incluso si los proyectos fotovoltaicos logran reducir parcialmente la dependencia de combustibles fósiles, persistirán limitaciones asociadas a la baja capacidad productiva interna, el deterioro institucional y la falta de recursos para modernizar integralmente la red eléctrica nacional —fundamental para que la energía solar pueda utilizarse en el sistema electroenergético—. Más aún, la creciente dependencia tecnológica respecto a proveedores chinos podría generar nuevas formas de vulnerabilidad difíciles de revertir en el corto plazo.

Por ello, la cuestión central no consiste únicamente en determinar si la cooperación china podría aliviar la crisis energética cubana, sino en comprender el tipo de inserción tecnológica y geopolítica que dicha relación está produciendo. Más que un simple programa de transición energética, lo que parece consolidarse es un proceso de integración progresiva de Cuba dentro de la arquitectura tecnológica global promovida por Pekín.

En este sentido, la llamada «revolución solar» cubana probablemente dice menos sobre la transformación exitosa del modelo económico de la isla que sobre la creciente capacidad de China para instrumentalizar la transición energética global como mecanismo de expansión geopolítica y tecnológica, consolidando simultáneamente formas de cooperación autoritaria que contribuyen a la resiliencia mutua de ambos regímenes.

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