Hoteles desiertos y con todas sus operaciones suspendidas desde febrero de 2026, trabajadores sin salario y familias enteras de Caibarién y de los municipios cercanos que han tenido que reinventarse para sobrevivir: ese es el saldo, casi siete meses después, del cierre de la mayoría de las instalaciones del polo turístico de la Cayería Norte de Villa Clara.
«Muchos vivimos en parte de la caridad de los clientes amigos que envían comida o dinero para ayudarnos a mantener la familia», dijo a elTOQUE Yanet*, quien trabajó durante más de una década en un hotel gestionado por el Grupo Gaviota, perteneciente al holding empresarial Gaesa, controlado por militares cubanos.
La fuente, una persona de poco más de 40 años que llegó al turismo porque ofrecía ingresos mayores a los de cualquier otro empleo en Cuba, explica cómo se siente hoy al tener que aceptar las ayudas de antiguos clientes: «Lo considero indigno, pues debería ser capaz de proveer a mi familia con mi trabajo, pero no queda más remedio».
Yanet no imaginó que el desempleo la alcanzaría cuando comenzaron los despidos y cerraron los hoteles de menos ocupación en Cayo Santa María, Las Brujas y Ensenachos por la falta de combustibles y la profundización de la crisis general en el país. Debido a la especialización de Yanet y sus años de experiencia como trabajadora con contrato a tiempo completo, ella creyó que seguiría en su puesto hasta que tiempos mejores volvieran a llevar miles de turistas canadienses y europeos a las playas y los resorts del norte de Caibarién.
Su instalación fue de las pocas que permanecieron abiertas unos días más, hasta que, a mediados de febrero, comenzaron a reubicar sus huéspedes en el entonces Paradisus Los Cayos —rebautizado como Los Cayos, luego de que Meliá cesara sus operaciones en julio—. Ese es el único hotel que se mantiene abierto de los más de 20 que funcionaban en la zona.
Pero tras la primera semana de marzo, Yanet se unió a los desempleados del turismo, entre ellos su esposo, a quien cesaron desde la primera oleada de cierres.
Ninguno de los dos tuvo garantías salariales. «Nada de indemnizaciones, recibimos el pago hasta el día en que trabajamos, nada más», precisó la mujer, quien reside en Camajuaní.
Según Yanet, los hoteles ofrecieron —a través de las direcciones municipales de trabajo— «empleo en lo que había disponible, pero ningún pueblo tiene tal cantidad de plazas y que sean idóneas para cada trabajador del turismo». La mayoría son puestos relacionados con servicios comunales, dijo, que no coinciden con los oficios de quienes venían del sector.
En la instalación de Cayo Santa María donde ella trabajaba quedan algunas personas de servicio técnico, seguridad y jardinería —«un mínimo indispensable» de fuerza laboral—, sometidos a condiciones precarias durante períodos de hasta dos semanas internados, sin poder regresar a sus casas.
«Ahí no tienen básicamente ni comida, les están cortando la luz, les están cortando el agua», dijo la fuente, y por eso, sostiene, «nadie más va a ir a trabajar así, a estar botado de su casa esa cantidad de días».
Cada uno ha tenido que buscar alternativas por su cuenta. El esposo de Yanet terminó como jornalero agrícola; ella, aprovechando los paneles solares de la casa, empezó a fabricar y vender hielo, a ofrecer refrescos fríos y a intentar levantar un pequeño servicio de lavandería. Aun así, el ingreso no alcanza. «Hay poco dinero y todo se encarece por días», resumió.
Yanet no es la única en esa situación. Cuenta que en su círculo cercano el cierre de hoteles generó muchos desempleos y obligó a varios de sus amigos a reinventarse o buscar trabajo en el sector privado.
No existe, hasta ahora, una cifra oficial de cuántos quedaron sin trabajo en Villa Clara, pero el fenómeno se inscribe en un desplome que las autoridades han reconocido a escala nacional. El primer ministro Manuel Marrero admitió ante la Asamblea Nacional del Poder Popular que el 73 % de las instalaciones hoteleras del país permanece cerradas, una situación que calificó de «paralización casi total» de los servicios turísticos y que atribuyó a la salida de siete cadenas internacionales que gestionaban el 46 % de las habitaciones del país.
Ese éxodo empresarial, según dijo Marrero, ha dejado a 25 000 trabajadores «disponibles», el eufemismo oficial para referirse a los desempleados.
Yanet afirma que la actividad económica de su municipio se ha visto afectada con la caída de la entrada de divisas al pueblo: los campesinos que surtían a los hoteles perdieron esas ventas y las empresas que funcionaban como apoyo al turismo se vieron afectadas.
En Caibarién, Pablo* —un antiguo trabajador del turismo— describe un efecto que se extiende más allá de los hoteles. A su juicio, el cierre ha sido «nefasto» para la economía del municipio, no solo porque los empleados «del cayo» representaban una parte importante de la población económicamente activa, sino porque también eran clientes y consumidores de negocios privados y estatales locales que ahora ven caer sus ingresos.
Entre los más afectados menciona a los proveedores de alimentos, los artesanos que perdieron el espacio para vender su obra a los turistas extranjeros, y músicos, bailarines, coreógrafos y diseñadores que se quedaron sin oportunidades de trabajo —además de las empresas vinculadas al mantenimiento de las instalaciones—.
La decadencia de la industria turística es otra vuelta de tuerca a la ruina de Caibarién y los poblados cercanos. La flota pesquera local, que alguna vez fue significativa, hoy está desmantelada, así como las instalaciones portuarias. Tampoco queda nada de los centrales azucareros de Caibarién y Camajuaní.
Según Pablo, viajar desde Caibarién a otros municipios como Remedios o Camajuaní en busca de empleo resulta tan costoso que casi no compensa el esfuerzo y el gasto. Su pronóstico es que el paro se mantendrá en cifras altas mientras no existan industrias capaces de absorber la fuerza laboral que trabajaba en los cayos.
El Ministerio de Turismo, por su parte, insiste en que buena parte de los polos principales sigue operando, aunque reconocen que en Cayo Santa María solo está abierto el hotel Los Cayos.
Los datos de la Oficina Nacional de Estadística e Información (ONEI) confirman la magnitud de la caída. Según la entidad oficial, hasta julio de 2026 en Cuba se recibieron 419 863 «visitantes internacionales», lo que representa un 37.2 % menos que en igual período del año anterior. Canadá, Rusia y Estados Unidos registraron las reducciones más notorias entre los países emisores de turistas a la isla.
Las autoridades cubanas justifican el desplome del turismo con las sanciones de Estados Unidos, principalmente las impuestas en 2026 por la Administración Trump contra Gaesa.
El economista Elías Amor, que sigue de cerca las cifras publicadas por la ONEI cada año, opina que la caída sostenida de la ocupación hotelera, que ya no cubre ni los costos medios de funcionamiento, es la que explica en última instancia la salida de las cadenas internacionales, y describe lo ocurrido como «el fracaso absoluto de la política turística del régimen comunista».
Sin embargo, a pesar del declive de la industria y la disminución constante en la llegada de extranjeros durante los últimos años, el Gobierno cubano ha priorizado las inversiones en el sector, mientras desatiende los servicios públicos y otras áreas de la economía que impactan directamente en la vida de la población.
Por ahora, la industria que fue calificada por el oficialismo como «la locomotora de la economía cubana» se descarriló en Caibarién. En los pueblos del norte de Villa Clara, la pregunta más urgente no es cuándo reabrirán los hoteles cercanos a la llamada «Villa Blanca», sino qué hacer mientras tanto para llevar comida a la casa.
«No se sabe cuál va a ser el futuro de nuestros empleos, es incierto, tanto como el futuro de este país», cierra Yanet.
Los nombres señalados con un asterisco (*) en este artículo son ficticios. Protegemos las identidades reales de estas personas a petición expresa de las fuentes, quienes temen sufrir represalias de las autoridades.







