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El Papa Juan Pablo II en la misa en la Plaza de la Revolución. 25 de enero de 1998. Foto: AFP.

¿Cuba se abrió al mundo?

21 / enero / 2023

Al llegar, lo hizo en silencio. Entró al templo de la Caridad, en Centro Habana, sin quitarse el cansancio del viaje. Arrastraba los años y los recuerdos en cada paso que volvía a dar en su patria, de la que había sido expulsado en el buque «Covadonga» en septiembre de 1961, acusado de promover «actos contrarrevolucionarios». A las cinco de la tarde del día antes de la histórica visita del papa Juan Pablo II a Cuba, el anciano obispo cubano Eduardo Boza Masdival encabezaba una delegación de tres aviones cargados con exiliados procedentes de Miami, Nueva York y San Juan de Puerto Rico. La reconciliación entre las «dos orillas» sería uno de los frutos políticos que dejaría la primera visita de un sumo pontífice al archipiélago.

La llegada a Cuba del papa Juan Pablo II, en enero de 1998, tiene antecedentes que se remontan a la década de los ochenta del siglo xx, cuando en una visita apostólica efectuada en 1984, en medio de los preparativos del Encuentro Nacional Eclesial Cubano (ENEC/1986), el entonces obispo de La Habana y futuro cardenal Jaime Ortega le había propuesto a Wojtyla —nombre secular del papa polaco— venir de visita al archipiélago. Invitación que el obispo de Roma rechazó, pues sabía que el mundo vivía los últimos compases de la Guerra Fría con la perestroika[1] y la glásnost,[2] que hacían tambalear el campo soviético y los países en su órbita. El Vaticano avizoraba que la Iglesia local se preparaba para coexistir en una sociedad que cambiaría radicalmente en poco tiempo.

La realidad, que es siempre superior a la idea, jugó sus cartas y, a pesar de que se derrumbó el «socialismo real», el Gobierno en Cuba resistió los embates de una profunda crisis económica. Pese a que la sociedad se transformó, el poder político siguió defendiendo el comunismo como horizonte alcanzable, lo que convertía la nación en el último reducto del socialismo en América Latina.

Sin embargo, la década de los noventa obligó a las instituciones gubernamentales a realizar aperturas visibles del espacio político, motivadas, en su gran mayoría, por el impacto del Período Especial. Para la Iglesia católica la década se tradujo en la posibilidad de una mayor inserción en la sociedad con proyectos como Cáritas Cuba y la articulación de estrategias de comunicación para cumplir con su misión y hacer sentir su voz en el espacio público.

Surgieron revistas eclesiales en cada territorio de la isla y su narrativa fue apreciada por un público cada vez mayor. El profesor y politólogo Aurelio Alonso hablaba de una «cultura católica emergente»; haciendo referencia, entre otras cuestiones, al afianzamiento de una generación de cubanos que comienzan a crecer en un cambio tangible al calor de la distensión de las relaciones Iglesia-Estado y de la reforma constitucional de 1992 que eliminó el carácter ateo de la Constitución. La joven generación de católicos, según pensadores como Enrique López Oliva, se encontraba en óptima capacidad para asumir el rol de vanguardia en el necesario cambio e incursionar en el debate social.

Más del 60 % de los fieles católicos en Cuba —según la encuesta realizada por el sacerdote jesuita Jorge Cela[3] en 2002— llegó a las comunidades en los años noventa. En medio de la desesperación existencial que trajo el Período Especial, las instituciones católicas se convirtieron en hospitales de campaña en los que, además de pacificar el alma, las personas podían comer algún alimento digno u obtener medicinas.

Durante el año preparatorio de la visita del papa logró fraguarse en Cuba una dinámica de relaciones Iglesia-Estado cualitativamente superior a tiempos precedentes. La interacción entre las autoridades políticas y la Iglesia no solo se dio al nivel de las jerarquías, sino que —al ser necesario ajustar detalles en cada punto del país— se desató una dinámica nacional de diálogo y cooperación en todos los niveles del entramado social que contribuyó a erosionar sospechas y a mitigar las viejas y dolorosas heridas del pasado. «[El] ambiente propició que la visita de Juan Pablo II marcara un reacomodo del tratamiento dado por la política cultural cubana al hecho religioso».

LA PRIMERA VISITA DE UN PAPA A CUBA

Un texto del diario español El País describió el acontecimiento como una partida de ajedrez, en la que el papa Juan Pablo II jugaba con blancas y el líder histórico de la Revolución con negras. La descripción no es descabellada, pues el «tablero» socialista mundial que representaba la isla se convirtió, del 21 al 25 de enero de 1998, en el centro mediático del mundo. Desde el año preparatorio de la visita, los días que el pontífice estuvo entre los cubanos, la masiva participación del pueblo, así como el conjunto de exhortaciones realizadas por el papa constituyen una experiencia social única que transformó la forma en la que el mundo miraba a Cuba y la manera en que el país se relacionaba con el mundo. Por 100 horas algunos cubanos se olvidaron del hambre, la huida, la polarización política y se unieron como pueblo para recibir a un papa que venía como mensajero de la paz.

Durante su estancia en Cuba, Juan Pablo II pronunció cuatro homilías[4] y seis discursos. Los temas designados fueron: la familia, en Santa Clara, el jueves 22; la juventud, en Camagüey, el viernes 23; María, la patria y la cultura, en Santiago de Cuba, el sábado 24. El último acto incluyó la coronación de la Virgen de la Caridad del Cobre. La misa final fue en La Habana, el domingo 25. Cada tarde, el papa tuvo encuentros específicos. El jueves 22 realizó una visita de cortesía, junto al presidente de la República, al Palacio de la Revolución. El viernes 23 tuvo un encuentro con el mundo de la cultura, en el Aula Magna de la Universidad de La Habana; allí, el papa oró brevemente ante los restos del padre Félix Varela. El sábado se dirigió al mundo del dolor durante un encuentro en el Santuario de San Lázaro, en el Rincón, en las afueras de La Habana. El domingo 25, después de la misa en la Plaza de la Revolución, se encontró con los obispos cubanos en la nunciatura apostólica, con el clero, religiosas y laicos en la Catedral. Por la mañana, antes de la misa, había tenido un breve encuentro en la nunciatura con representantes de otras confesiones cristianas.

En sus mensajes el obispo de Roma compartió una serie de ideas que, a pesar de ser emitidas desde un discurso católico, pueden aterrizarse a cualquier esfera de la sociedad y que contemplan la promoción humana desde el respeto fundamental a los derechos humanos; el diálogo de la sociedad civil no estatal con el Gobierno; la posibilidad de mejorar las relaciones entre cubanos residentes en el archipiélago y la diáspora; la protección de la familia; un llamado al Gobierno a permitir el fortalecimiento del compromiso y la participación social de los cubanos aunque no fueran del Partido; el relanzamiento de una posibilidad real de intercambio entre personas de la oposición y el Partido; y el reclamo de espacios de acción social como medios de comunicación para diversos actores del tejido social cubano y no solo para las organizaciones oficiales.

El país se llenó de afiches con la imagen de Wojtyla. En las calles por las que pasó Juan Pablo II se escuchaban vítores.

El pueblo no solo fue beneficiado con la recuperación del 25 de diciembre como día feriado, sino que, por primera vez en mucho tiempo, se sintió protagonista espontáneo de un suceso que lo trascendía y lo llenó de esperanza por el peso conceptual que dejaron frases como «[que] Cuba se abra al mundo para que el mundo se abra a Cuba».

Muchos medios de prensa señalaron, en el balance de la visita, que a nivel público el papa no había hecho petición alguna en favor de quienes sufrían prisión por tratar de ejercer sus libertades políticas. Pero, aunque no tuvo gran repercusión mediática, sí lo hizo en el santuario del Rincón, después de haberlo planteado privadamente, dos días antes, durante su encuentro con Fidel Castro.

Una de las postales inolvidables de la visita del papa Juan Pablo II a Cuba es el suceso político inédito que representó el discurso por televisión nacional del arzobispo de Santiago, Pedro Meurice, durante la presentación del pueblo al obispo de Roma. Volver a leerlo puede ayudar a comprender por qué la visita de Juan Pablo II transformó Cuba:

«Le presento, santo padre, a un número creciente de cubanos que han confundido la patria con un Partido, la nación con el proceso histórico que hemos vivido en las últimas décadas, y la cultura con una ideología. Son cubanos que, al rechazar todo de una vez, sin discernir, se sienten desarraigados, rechazan lo de aquí y sobrevaloran lo extranjero. Algunos consideran esta como una de las causas más profundas del exilio interno y externo. Santo padre, durante años este pueblo ha defendido la soberanía de sus fronteras geográficas con verdadera dignidad, pero hemos olvidado un tanto que esa independencia debe brotar de una soberanía de la persona humana que sostiene desde abajo todo proyecto como nación».


[1] Reforma basada en la reestructuración del sistema económico soviético realizada en la década de 1980.

[2] Se conoce como glásnost (en ruso гласность, apertura, transparencia o franqueza) la política que se llevó a cabo a la par que la perestroika en la Unión Soviética por Mijaíl Gorbachov, desde 1985 hasta 1991.

[3] «Tiempos de refundación», Lenier González Mederos, en Espacio Laical.

[4] Discurso o sermón sencillo que pronuncia en público un sacerdote durante la eucaristía o misa y que contiene explicaciones o instrucciones sobre ciertas materias religiosas, a menudo relacionadas con la sociedad o la actualidad.

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