Daño colateral

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Foto: elTOQUE.

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Aquí estamos. Hace ya un año que me citaron para una entrevista con unas personas que no se identifican como tal pero que son de la Seguridad del Estado. No fue solo a mí, hicieron una de esas oleadas que hacen de forma cíclica y en las que van citando uno a uno a quienes saben que están publicando en diversos medios, hasta que llegan a ti.

Me advirtieron cuando comencé a publicar en la prensa independiente, varios amigos, familiares, pero seguí porque como suele suceder me creí intocable. Pero no lo soy, ni yo ni nadie.

Hoy no quiero escribir sobre aquel interrogatorio. En algún momento lo haré. Es importante recordar, es importante dejar por escrito lo que hemos vivido, lo que sufrimos aún.

Desde entonces hasta hoy, he escrito poco. Todo me sabe mal. Empiezo a leer libros y no los termino. Creo que todos hablan de mí. Así me ha pasado con el húngaro que ganó el Premio Nobel. Me pongo a leerlo y me remueve todo, cada palabra pareciera hecha para mí, se abre paso entre mis entrañas y entonces cierro la aplicación del teléfono y abandono.

Mi teléfono, por cierto, estuvo con ellos durante aquella «reunión». Ni siquiera puse resistencia cuando me lo pidieron para llevárselo a otra habitación. La noche anterior borré casi todo, los mensajes, muchos contactos, las fotos. Es una ingenuidad, pero es lo que hace el miedo, hacerte creer que poner un pedazo de cinta adhesiva en una ventana de cristal podrá parar el paso del huracán. Si lo pienso ahora, mi teléfono estuvo en lugares en los que nunca he estado, cerca de personas que probablemente me miraban a través de una pantalla, gente que tomaba nota de lo que decía y que casi seguro que registraron ese celular viejo como si en algún rincón de su estructura tuviera una bomba. Luego me lo devolvieron, como si nunca lo hubieran tocado.

Mi mayor trauma no ha sido, sin embargo, aquel interrogatorio. No me malinterpreten, fue y será horrible pensar en las cosas que allí me dijeron. Tengo frases grabadas como con un cincel en el cerebro. Frases que luego, al escucharlas otra vez en otros contextos, me han hecho sospechar y estremecer.

Ese es el mayor trauma: el miedo. Conozco a una persona cualquiera en la calle y creo que me conoce, que sabe que tuve que arrepentirme de todo lo que he escrito. A veces se lo digo a alguien. Las reacciones son de risa. Hay quien hace como si no escuchara, hay quien entonces comienza a quejarse del Gobierno de una manera solidaria y hay quien, incluso, pregunta por qué no he continuado escribiendo con un seudónimo, como hago ahora.

Soy una «persona protegida». Eso dice la firma de este texto y de otros de personas como yo. No sé de qué estamos protegidas, en realidad lo que pudiera estar protegida es nuestra identidad, pero seamos francos y realistas, eso tampoco lo está. Bastaría que se tocaran algunas teclas, esas que son las correctas, y entonces caería toda esta fachada que me reviste, esta máscara precaria.

Hasta hace muy poco yo pensaba que mi afectación por aquel interrogatorio era inexistente. Creía que había logrado llevar las cosas con dignidad y seguir mi vida con esa verdadera libertad que llevo adentro y que siempre declaro sagrada. No es verdad. No es para nada verdad. Bastó que leyera un par de textos en las redes de gente que fue citada en esos días para que toda presencia de ánimo se viniera abajo, para que me sumiera en una profunda vergüenza.

Desde entonces, intento recordar cada palabra que les dije. Tuve cuidado de no contestar más que estrictamente lo que me preguntaban. A veces mentí, a veces dije la verdad. No dije nombres que no hubiera yo mencionado en algún agradecimiento cuando compartía mis textos publicados. No dije nombres de nadie que estuviera en Cuba. Dije, y lo sostengo, que solo hacía lo que creo que debo hacer, que es un trabajo limpio como muchos, que si pudiera publicar lo que escribo en un medio estatal lo haría sin pensarlo dos veces. Sé que eso no pasará, pero lo sostengo.

Entonces, en algún momento, se mencionó el dinero del pago. Dije lo que cobraba. Se burlaron, empezaron a decirme lo que cobraban otros, las propiedades que tenían los que dirigen las publicaciones, me preguntaron cómo podía conformarme con tan poco en comparación con todo lo que otros poseían. ¡Miren esto!, sin quererlo estoy contando parte de lo ocurrido. Yo respondí con honestidad que nunca me ha preocupado lo que otros obtengan por su trabajo. Eso también lo sostengo.

Un año después, he perdido amistades. Creo que algunos piensan que soy un elemento tóxico. Hablar conmigo los contaminaría, ya sea porque tengo encima los ojos de la Seguridad o —y no serán pocos los que lo piensen— porque me he convertido en informante. Solo una persona me preguntó directamente si me habían pedido cooperar con ellos. No, le dije, no me lo han pedido porque no soy persona de interés en realidad. Soy lo que se ha dado en llamar un simple daño colateral.

Cuando esto termine habrá que hacer grupos para personas con este trauma, para que podamos hablar abiertamente acerca de lo que sentimos. Hemos sufrido una violencia en nuestras vidas que aunque no queramos está presente y nos ha hecho modificar nuestra forma de actuar. ¿Habrá que decir que esta es una forma de violencia que no se borra aunque pase el tiempo? 

El día de mi interrogatorio, me hice un daño físico que me dejó una cicatriz. A veces la miro. Está en mi cuerpo para que yo no olvide, para que no trivialice, como a veces intento hacer, lo que viví. Desde el día anterior a aquella «entrevista» estuve sufriendo. Cuando llevaron el papel de la citación tuvieron a bien decirle a mis vecinos, a mi familia. Yo no estaba en casa, así que dejaron el papel y un número telefónico para que llamara para confirmar que iría. Busqué el número en la base de datos clandestina de Etecsa y el origen era el mismo desde donde me habían llamado unos días antes para saber si yo vendía cierto artículo. Cuando ese hombre me preguntó por el precio de aquel objeto, supe que estaban al citarme. Es algo que hacen, no sé si para molestarte o para hacerte saber que están allí, que siempre han estado y que siempre estarán.

No me han llamado ni me han citado más, pero eso puede cambiar en cualquier momento. Tal vez las personas que me «entrevistaron», cuatro en total, ni siquiera están ya en Cuba, quizá se han ido como muchos otros represores y ahora mismo andan bañándose a salvo en una playa miamense. ¿Quién sabe?

Vivo consciente de que cada paso que doy puede estar vigilado, mis estados de WhatsApp, mis post de Facebook e Instagram, mis correos electrónicos, mis SMS, mis llamadas, todo. El ojo de Saurón nunca abandona.

Yo solo quiero que alguien sepa lo que vivimos, lo que sufrimos. Que se conozca que somos un pueblo que vive en una guerra invisible, que cada día nos hundimos más en la desidia y la angustia, que no avizoramos un futuro mejor, que, de hecho, no avizoramos ningún futuro.

Mientras escribo hay personas dentro de Cuba que creen que podrán hacerse cambios en los ministerios y que acuerdos económicos con otros países podrán mejorarnos.

Yo no creo eso.

Yo creo que estamos muy jodidos y no veo solución.

Pero ¿quién soy yo para decirlo si me escondo detrás de una máscara?

Soy solo un daño colateral. Nada más. 


ELTOQUE ES UN ESPACIO DE CREACIÓN ABIERTO A DIFERENTES PUNTOS DE VISTA. ESTE MATERIAL RESPONDE A LA OPINIÓN DE SU AUTOR, LA CUAL NO NECESARIAMENTE REFLEJA LA POSTURA EDITORIAL DEL MEDIO.  
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Yolo

Te entiendo. He sido otro daño colateral.
Yolo

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