Del Caribe a la Patagonia: la ruta de un cubano en Bariloche

Foto: Ella.
El Lago Nahuel Huapi es engañoso. Casi 600 km² de agua glaciar que atraviesan gran parte de Neuquén y un poco de Río Negro, en Argentina. Tiene un color azul intenso que, al amanecer, se tiñe de tonalidades rojas, naranjas y púrpuras; y aguas transparentes que, desde la orilla, te permiten ver parte de su contenido más superficial.
«Engañoso» porque la transparencia de las aguas en Argentina es rara, difícil de encontrar; es una cualidad que el mar espeso y las playas del Atlántico, en esta parte del hemisferio, no comparten. En las costas argentinas es difícil saber qué hay debajo: focas, leones marinos o monstruos patagónicos. Pero en el Nahuel Huapi no. Su transparencia es un castigo para quienes venimos del Caribe insular y asociamos esa claridad con el agua cálida. El agua del Nahuel es helada, y puede llegar a los -8 °C sin congelarse.
Desde hace casi una década, Alejandro, un cubano de poco más de 30 años, se despierta temprano, sale de su casa y observa lo magnánimo de un lago rodeado por las montañas de los Andes.
Alejandro, natal del capitalino municipio Diez de Octubre, forma parte de los 1 200 cubanos que hasta 2020 se encontraban en la región y, en específico, del grupo que habita la ciudad San Carlos de Bariloche, comúnmente llamada Bariloche. No es la ubicación más austral del país, pero sin lugar a dudas no es el Caribe.
La nieve y la arquitectura de estilo alpino suizo —resultado de los asentamientos europeos en el área y del consiguiente desplazamiento de los pueblos mapuches — recuerdan que esta es otra Argentina y que, definitivamente, no estamos en Cuba.

Foto: Ella.
Los precios de los alimentos son caros, las temperaturas bajas, los inviernos largos y los veranos no lo son tanto. Lo que menos te imaginarías es que en esta ciudad —a menos de 2 000 kilómetros del llamado «fin del mundo» — exista una comunidad cubana cuya cifra actual desconocemos, pero que sin duda existe, según cuenta Alejandro.
Alejandro terminó casi en el final del mundo por amor, por una «chica», me dice. «No fue un tema ni político ni social. Yo me fui porque me enamoré», me comenta mientras conversamos sobre los calificativos —política, urgente, forzada— que suelen usarse para describir la migración cubana. Una realidad que existe, pero que no agota los procesos. La política está ahí, el contexto pesa, pero no lo explica todo.
En Cuba, Alejandro empezó a estudiar Ingeniería Mecánica en la Universidad Tecnológica de La Habana José Antonio Echeverría (Cujae), pero no terminó la carrera.
«No tenía nada que ver con lo que me gustaba», me confiesa. «A mí me gustan los motores. Me gusta estar con los fierros. También soy autodidacta en pintura. Trabajo con madera y piedra, hago moldes de cerámica, trabajo con las manos».
Alejandro dibuja desde niño. La pintura, como forma de expresión, hoy se despliega en obras casi psicodélicas: infancias, mares, lagos y cantantes que lo inspiran. Sobresale en su repertorio un John Lennon con pelos alborotados que te mira con suma intensidad. No importa el tema, siempre hay mucho, muchísimo color.
En algún momento pensó ser artista plástico, entrar en la Escuela San Alejandro o en la Escuela Naval o de Aviación. Pero fue la mecánica la que terminó por conquistarlo. Desarma motores desde los 13 años. Aprendió con su tío y su primo.
Ese amor, y su preparación previa en La Habana, fue lo que le permitió encontrar un trabajo con la marca austriaca de motocicletas KTM AG cuando llegó a Argentina; años después, abrió un taller propio.

Foto: Ella.
Mientras hablamos por teléfono, Alejandro está en su taller, rodeado de autos y motores. Se toma unos minutos de descanso para charlar conmigo y contarme cómo conoció «de pura casualidad» a su pareja, sin «buscar nada». Siente que tiene que hacer esa aclaración: casi una década después —y frente a estereotipos persistentes— todavía cree necesario explicarse ante el mundo. En un país donde las relaciones con personas extranjeras suelen leerse como una vía de escape, el estigma existe.
«En cualquier parte del mundo la gente se conoce y ya, pero nosotros todavía tenemos que aclarar eso».
26 de julio de 2015 y un concierto de música popular bailable. No se acuerda quién cantaba, pero la conexión entre el antillano y la sudaca fue «natural». Ella, original de Bariloche, estudiaba en la Universidad de La Habana. Vivieron dos años juntos.
«Dejamos que las cosas pasaran de forma natural. Nuestra convivencia resultó ser natural; ahí me di cuenta de que cuando hay valores parecidos y una conexión espiritual, no importa el idioma ni el país. Fue como si lo hubiéramos hecho toda la vida», me comenta.
«Después de dos años decidimos venir. Fue por una cuestión de hacer vida acá. Su trabajo también lo requería. Yo tenía una vida laboral en Cuba, trabajaba en un taller multimarca bastante conocido. Ella me dijo que acá podía tener más posibilidades. Yo también había trabajado de manera particular en Cuba».
Alejandro tenía 27 años cuando se despidió de su familia en el Aeropuerto Internacional José Martí y decidió enfrentar lo que él denomina «otra realidad». En Cuba tenía una vida, familiares y amistades, pero no le fue difícil decidir. Tuvo el apoyo de muchísimas personas de su entorno.
«En Cuba se vive de otra manera. Acá todo es más amplio, pero también hay otras preocupaciones. Son distintas. En ningún lugar es fácil. La migración no es simple. Aunque llegues con papeles, es otro contexto, otra cultura, otro sistema económico. Empezás a pagar renta, a vivir de otra forma», explica.
«Yo vivía rodeado de familia. Solíamos reunirnos cada domingo, éramos como 50 personas. Acá eso cambia. Tengo amistades, pero no es lo mismo».
Cuando le pregunto si existe una comunidad cubana consolidada en Bariloche, Alejandro no habla de unidad, sino de diversidad dispersa. Conviven personas con trayectorias muy distintas —estudiantes de ingeniería química o biología, trabajadores del sector turístico, personas con proyectos independientes en otras ciudades— sin que eso se traduzca en espacios de encuentro colectivo. Cada quien transita la migración como puede. «Cada quien va a lo suyo». Incluso en ese mapa fragmentado, hay una emoción que se repite: el peso del duelo migratorio y la nostalgia, que en algunos casos se transforma en resentimiento hacia el Gobierno cubano o hacia el destino.
«No todos migramos por lo mismo ni en las mismas condiciones», agrega. «La migración no siempre está asociada a la tristeza o a la nostalgia perpetua, que me parece muy peligrosa. Necesaria, sí, pero peligrosa. Si todo el tiempo estás pensando en lo que fue, aparece un sentimiento doloroso».
Alejandro intenta por todos los medios combatir esa nostalgia, que hace crecer la rabia, y cita la canción de Orishas:
Sé que me fui de Cuba
Pero sé que Cuba no se fue de mí
Cargué con mi fe yoruba
Pero mis santos,
mis santos siguen ahí.
«Yo quiero a mi país como es, porque vive mi gente ahí. No quiero desligarme del lugar donde nací, donde me crié y donde viví muchas alegrías, teniendo poco o mucho. Tengo muchas anécdotas lindas que no quiero borrar. Y acá, bueno, puedo estar comiendo salmón a la parrilla, pero dame un arroz frito con huevo y soy el hombre más feliz del mundo. Eso no cambia».
«Siempre trato de ver lo positivo. Cuando algo se hunde, es porque va a dar vida a otra cosa», asegura.
Alejandro no se imagina la vejez en otro lugar que no sea Cuba, aunque no quiere, y sabe que no puede, pensar a tan largo plazo.
La vista al Nahuel Huapi, una de «las más hermosas del mundo»—según él—, también ayuda a apaciguar las tristezas. En una década se ha hecho amigo del frío y del mate, en cualquier temperatura, pero no dejó de tomar café. Y, tal como canta Orishas, Alejandro se trajo sus santos. En la privacidad de su casa, como hijo de la Regla de Osha, conecta con su lado más espiritual y con la isla.
A los cubanos que piensen asentarse en Bariloche, Alejandro los exhorta a no tener miedo al frío. La ciudad vive del turismo y de un polo científico que convoca a estudiantes y profesionales, rubros conocidos para cualquier antillano; el trabajo existe.
«La gente es bastante abierta, hay mucha mezcla. Y el entorno inspira muchísimo. El Nahuel tiene un efecto mágico. Te sientas frente al lago, caminás la montaña, dormís en un refugio mirando las estrellas y te vienen ideas solas», explica.
Aunque dice no haber chocado directamente con los contrastes en Bariloche —mucho dinero frente a pueblos originarios viviendo situaciones difíciles—, estos no se tapan. Lo que más le ha molestado son los estereotipos que aún tiene que combatir y desmontar, sobre todo la sexualización de los hombres cubanos. Un imaginario que circula a través de chistes, comentarios y miradas ajenas, y que suele presentarse como halago. Para él, en cambio, es una forma de reducción: no se reconoce en esa imagen ni quiere ser leído desde ese lugar.
El cubano se levanta temprano. Ahora, en pleno verano austral, los días son más largos y el sol empieza a asomar desde las seis de la mañana. Antes de dirigirse a su taller de mecánica, toma café —primero el café, después el mate—, mira por la ventana de su casa, observa el río y calcula cuánta ropa va a necesitar para lidiar con una máxima de 24 °C —no más—.
Tal vez, después del trabajo —del «laburo», como dicen los argentinos en su castellano italianizado—, se acerque con su pareja al centro de Bariloche para ver el paso desbocado de turistas entrando y saliendo de restaurantes y hoteles con precios estratosféricos, o la multitud que se agolpa en el muelle para fotografiarse junto al nombre de la ciudad. Pero lo duda: le gusta demasiado su casa. El cubano de Diez de Octubre aprendió a leer el frío, a domesticar la nostalgia y a construir una vida lejos de la isla, sin soltarla nunca.
Alejandro asegura que el contexto en la isla ha vuelto resilientes a los cubanos, capaces de adaptarse a casi cualquier lugar. «Nos sirve para sistemas más duros, más crudos, porque estamos fortalecidos desde los cimientos, con mucho, con poco o con nada».
Hay migraciones que no se explican solo por la política y por la urgencia, sino por los afectos y por esa capacidad —tan cubana— de echar raíces incluso en el agua más fría.












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