Harry el Pesao vive con sus padres. Sin embargo parece aterrador cuando veo que se acerca el furgón Mercedes blanco, hace señales de luz y el gordo grande con la palabra Security en la espalda abre la reja de hierro que separa la acera pública del parqueo de los artistas, detrás del escenario; una vez dentro, alguien abre la puerta del furgón y salen por lo menos diez hombres más: algunos se parapetan en el escenario (brazos musculosos cruzados al pecho, piernas abiertas, caras bravas), dos se parapetan de cada lado de la puerta del furgón, otro va hasta la reja, otro tiene una cámara y filma todo. Mientras, hay más de mil personas en la plazoleta bajo el escenario que empiezan a gritar emocionadas cuando el animador dice al micrófono que acaba de hacer su entrada el mismísimo Harryson, Harry el Pesao, Harry el Ona Ona, y que en diez minutos empieza el concierto.

Parece aterrador cuando me acerco al furgón, le pregunto por Miguel a uno de los musculosos y señala a un sesentón con chaleco que bebe una Redbull mientras conversa con el chofer. Me acerco. Es casi la una de la mañana y las únicas luces en el parqueo provienen de dos postes que dispersan un color amarillo pegajoso. Miguel, le digo, soy el periodista, le doy la mano y noto que su barba es verde brillante. Está serio, retraído. Entra al furgón y entonces sale Harry: uñas negras, abrigo con capucha:

–Si quieres, hazme la entrevista ahora.

–Nos vamos a demorar bastante.

Pausa.

–Mejor ponte de acuerdo con el puro y la hacemos el lunes o el martes.

Entra.

–Mientras todo sea como hablamos, está bien –me dice Miguel, que un par de horas antes, por teléfono, me había dicho que “cero chismecitos y cosas de farándula”.

Miguel es el padre de Harry. Y su productor. Es técnico de audio. Y el lunes por la tarde va a contarme que cuando a Harry le dio por ser cantante consultaron a Orula, y como Orula dijo que había camino, él, que trabajaba en la Empresa Benny Moré, empezó a pedir favores, y Harry empezó a cantar lo mismo en fiestas de los CDR que en Casas de Cultura, antes del concierto de cualquier orquesta popular. Entonces, por supuesto, Harry no era más que una mezcolanza de cantantes de reguetón cubano: El Insurrecto, Zamil & Meysel, Elvis Manuel, Adonis. Tenía 12 años, había empezado a componer canciones con otro muchachito de la cuadra y todos los mediodías, en el receso, hacían concierticos en el aula con palmadas y golpes en las mesas. Por las tardes, se iban a la casa de uno que tenía computadora, juntaban pedazos de instrumentales de reguetón boricua, grababan encima y esas maquetas Miguel las quemaba, de cien en cien, en discos que repartía en las guaguas, a los vecinos, al cobrador de la luz…

El lunes voy a cambiar toda mi perspectiva.

Pero ahora Miguel me hace una mueca, entra al furgón y yo voy a pararme en la escalera que lleva al escenario. Las mismas luces ámbar, dos pantallas en las que giran triángulos y rombos. Bolsos, pomos con agua. El animador recibe papelitos con nombres de cumpleañeros: “Queremos felicitar a Albertico”: los que vienen con Albertico gritan. Un DJ pone música grabada en una laptop. Cuatro bocinas grandes que botan el sonido hacia la plaza, con policías y gente que baila y se besa en los rincones y bebe de los pomos con ron que pasaron clandestinos por la puerta, después de pagar los 50 pesos, porque desde hace tiempo en La Vereda, este centro nocturno donde estamos al aire libre, en medio de La Lisa, ni venden ni dejan pasar alcohol.

Ahora, en la escalera, me parece que lo aterrador es la parafernalia; las lucecitas rojas de cigarros en el furgón oscuro; el volumen de la música; la gritería; el flaco que se me acerca: “Narra, dice Harry que no le tiren fotos hasta que esté allá arriba en la tarima”; que me dé solo por decirle: “Okey”.

Foto: Marcos Paz.

Foto: Marcos Paz.

***

Es una casa oscura al fondo de un pasillo en el Canal del Cerro. Orishas en el hueco detrás de la escalera que da a la barbacoa y bajo la meseta y en el espacio entre el sofá y un mueble y bajo el TV. El resto es la cocina. Afiches en las paredes: un muchacho con gafas en posiciones calcadas de los reguetoneros de Puerto Rico, que a su vez son calcadas de los raperos norteamericanos: dedos en V tapan una cara de criminal, brazos cruzados, cara de criminal, manos en la cintura. A veces, cara de criminal triste. En una sonríe con su niña en brazos.

Niurka, la madre de Harry, machuca unos bistecs en la cocina: microwave, olla reina, cafetera, fogón, todo hacinado en el pequeño espacio de la meseta. Detrás, donde comienza la escalera, un refrigerador con una foto de Lionel Messi. Todo luce humilde, acogedor. Ni siquiera resalta el TV plano de 42 pulgadas, que ocupa la mitad de la pared a la izquierda de la puerta, tras el baño, oculto tras la butaca donde estoy. En la butaca contigua, Renée desenfunda la cámara, mide, ajusta las luces. En el sofá, entre ambos, Miguel coordina por teléfono los pasajes del ómnibus que va a llevarlos de gira por Santiago de Cuba, el jueves, dicta nombres, números de carné: Harryson Pérez Muñoz, 960618…

Miguel es el compinche. Cuando Harry se hizo el primer tatuaje (Iré Omá –Suerte e Inteligencia–, el nombre del primer grupo que tuvo, en el antebrazo, a los 16 años), Miguel se hizo un tablero de Ifá, para que Niurka los regañara a ambos. Ahora tiene dos o tres más, entre ellos, el nombre del último disco de Harry: Plan B. La barba verde fue un poco de tinte que sobró, un día que Harry se estaba pintando el pelo.

Cuelga. Dice que el niño está durmiendo. Que hubo trabajo anoche. Que si quiero que lo despierte. Tranquilo, le digo. Empezamos nosotros. ¿Cómo es esto?, pregunta. Está nervioso. Saca un cigarro, fuma. Hago lo mismo. Niurka también.

Miguel es el padre de Harry y también su compinche. Foto: Renée Clark.

Miguel es el padre de Harry y también su compinche. Foto: Renée Clark.

 

–¿Por qué le pusieron Harryson?

–Por un ahijado nuestro de religión.

Entonces, la historia:

–Nosotros siempre le vimos inclinación por la música –dice Niurka. Incluso, cuando estaba en cuarto grado, lo empezamos a preparar con una profesora particular de piano, de solfeo. Y entre una cosa y otra, llegó un profesor que lo captó para el deporte. Yo traté de explicarle que ese era el momento para entrar en la escuela de música, que después no iba a tener otra oportunidad, pero bueno…

“Y fue buen voleibolista. Llegó a hacer el equipo juvenil. Incluso le dieron la EIDE (Escuela de Iniciación Deportiva). Entonces dijo que quería cantar y empezaron los problemas, porque ya empezaba la secundaria y no había oportunidad de matricularlo en ninguna escuela de música.

“Yo decía: de verdad sabe lo que quiere. Porque yo que no y él que sí, yo que no y él que sí. Hasta que un día se me apareció con una canción que había grabado escondido, en un estudio por Carlos Tercero…”.

Foto: Renée Clark

Foto: Renée Clark

 

–¡Mira esto, cómo tengo la cara!

Harry interrumpe. Baja la escalera. Tiene la cara hinchada.

–¿Cómo está todo? –me dice. Besa a Renée.

–¿Te acuerdas –dice Niurka– de aquella canción que grabaste por Carlos Tercero? Una de las primeras…

La Caliente.

–Yo creo que fue antes.

–Fue la única que grabé ahí. “Yo soy de la caliente / yo soy guapo, vivo ambiente”.

Enciende un cigarro.

–¡Oye, caballero, mira cómo tengo la cara! ¡Oh!

–Después, en noveno grado…

–Yo era muy inteligente –dice Harry, subiendo la escalera.

–Muy inteligente –dice Niuka–, sí.

***

Como repa es atípico: no teme a exponerse demasiado en sus canciones. Cualquiera que haya escuchado sus discos, entre un “yo sé que tú eres una cachorra” y un “ahora soy el rey”, sabe que tiene una niña y un niño (Allinson, de dos años y Enzo, de cuatro), que lleva seis años con su esposa, que Changó es su padre espiritual y que lo de Pesao es con los que él considera enemigos, “porque siempre les voy a joder los planes”.

Yo, sin embargo, desde la escalera, mientras cantan los grupos invitados y la gente está ansiosa y grita ¡Harry! y él todavía no es más que la lucecita roja en el furgón, no me había detenido a escuchar más que los “yo sé que tú eres una cachorra”.

Cuando sube no trae la capucha sino un pulóver blanco, Supreme, que le marca una pancita muy graciosa. Coge el micrófono: “¡El que tenga talento que levante la mano!”. Y se activan cientos de luces blancas entre el público. Lo filman con los móviles como si formar parte del concierto fuera especial. Detrás de la baranda, una gordita con ropa naranja le hace señas mientras se despelota. Se llama Mayrelis, 21 años y tiene un selfie juntos de fondo de pantalla y su ringtone es un tema de él y, si algún día pare, ya sabemos, quiere que sea niño. “Porque tú a mí me haces falta”, dice el tema, él levanta una rodilla primero y la otra después, acompasadamente, con las manos colgando y se deja llevar, el resultado es un baile tan gracioso como su pancita, pero ella lo mira, se echa aire en la cara como si fuera a darle una crisis epiléptica profunda o yo qué sé. Está a punto del llanto.

–Yo quiero que La Vereda haga este pasillito conmigo. ¡Preparados! –y ella se prepara.

Harry tiene sus propios bailarines: dos mulatos en el escenario con pelo amarillo y pulóveres blancos que dicen Wan One. Tiene un corista (El Ogunda), un DJ (Lacho), dos asistentes personales (Félix y Jorgito), un representante (Juan José) y un jefe de seguridad personal (Yoel La Mole), que media hora más tarde se lo lleva al furgón mientras el resto de los musculosos (contratos ocasionales) se arroja sobre el público cruzando la baranda porque a un tipo le dio por repartir piñazos. La policía también interviene. La gente corre desaforadamente, algunos se apartan, Harry sube de nuevo, dice que qué bolá, que aquí hay mujeres que vinieron solas. Mientras, los policías y los musculosos se llevan a rastras a tres o cuatro tipos que manotean, lanzan golpes al aire.

–¿Qué tenemos que hacer? ¿Recoger los chelines y que La Lisa se quede sin nada?

–Noooooo…

Los dispersos regresan, se apelotonan frente al escenario. Él dice que el que tenga que resolver algo lo haga de la puerta pa’fuera. Mayrelis se aferra al tubo.

–Coño, mi gente, vamos a portarnos bien. Piensen que al final el culpable soy yo. Por eso el reguetón de la calle está como está… Y créanme, yo tengo más ganas de cantar que ustedes de que yo cante… ¿Ustedes me prometen que se van a portar bien?

–Síííí…

Entonces canta un par de temas que he escuchado cien veces. Luego habla de Plan B. Dice que, a lo mejor, en las redes sociales, la gente ya ha visto los adelantos, que en todos los conciertos está haciendo estrenos. Y canta un par de ellos y en el público hay gente que se sabe los coros o que se acaba de aprender los coros, los adivinan o los improvisan.

Dice que lleva un mes grabando el disco, que la semana que viene va a sacarlo, que gracias a Dios ha podido dedicarle el tiempo necesario, que va a salir bueno.

Foto: Marcos Paz.

Foto: Marcos Paz.

***

Eran más de las ocho de la mañana y él llevaba hora y media en la parada. Todos los días, desde hacía un año, tenía que ir en guagua a Centro Habana, a la secundaria, porque en la que estaba, cerca de su casa, había tenido problemas. Lo habían botado. Así que iba tarde. Era un mal día. Se le ocurrió un coro (La parada está pelota y la gente no se mueve. / No pasa un P6, no pasa un P9. / El cielo está gris, caballero, ahorita llueve. / No pasa un P6, no pasa un P9…) y lo fue repitiendo en su cabeza hasta que pasó el P9. Fue para casa de Wildey, en San Leopoldo. Le cantó el coro. Subieron Campanario hasta casa del Lachy, después recogieron al Caneca (KN1 One). Ellos, juntos (estaban todos en la misma escuela), eran Iré Omá. De ahí al estudio, Wait2Production, grabaron el tema. Y se pegó.

Estaba en noveno grado.

–A partir de ese, se pegaron todos. Estábamos cantando las cosas que pasaban en la calle: el panadero, el de los mosquitos, las guaguas que no pasan…

El tránsito entre ser un wannabe y que comiencen las peñitas, los conciertos en el campo, las mujeres, los tenis nuevos, los carros de diez pesos.

–Y el primer día del pre, ya tú sabes, la gente arriba de mí: ¿Tú no eres el que canta? Y ese es un sentimiento muy lindo: que te sigan, que se sepan tus canciones. Yo me sentía orgulloso de mí. Decía: estoy logrando lo que siempre he querido.

Conversamos en el muro de la primera casa del pasillo. Entre nosotros, una caja de cigarros, nuestros móviles, una fosforera, tartaletas de coco que trae Miguel.

También entre nosotros, la historia que pude haber conocido asimilando sus discos: cómo Wildey que, durante un buen tiempo, fue quien más cosas tuvo en común con él (la manera de asumir la música, el sueño de ser famoso) abandonó Iré Omá y comenzó a hacer sus propias canciones;

cómo el Lachy, su primo, dejó el mundillo y se puso a ganarse la vida con un trabajo aburrido;

cómo se quedó solo con el Caneca y el grupo comenzó a conocerse como Harryson;

cómo al Caneca no le molestaba, nadie sabe por qué;

cómo él no sabe por qué al grupo lo conocían por Harryson si se llamaba Harryson x KN1 One;

cómo el Caneca empezó a cantar solo;

cómo él estuvo un tiempo “apagado” hasta que un día bendito, en casa de DJ Gómez, en Buena Vista, se le ocurrió el coro del Ona Ona y le cambió la vida: se lo tatuó en el dorso de la mano, volvió a pegarse, se puso Ona Ona, que en yoruba quiere decir camino, como uno de sus tantos sobrenombres (El Indomable, El Cuatro, Harrylucho…).

Y luego el rémix en Célula Music, con DJ Unic, que es como ascender un peldaño en la escalera del reparto;

el rémix con El Taiger, lo difícil de fluir entre el reparto y la farándula y luego, por fin, los viajes: 24 conciertos en Italia, 23 en Miami.

Entre nosotros, su lista de reproducción del móvil, que solamente tiene sus canciones;

Niurka y Miguel diciendo que el resto del reguetón no les gusta;

Harry explicándome que solamente se oye a sí mismo porque le costó demasiado trabajo empezar a ser él, soltar las influencias;

yo entendiéndolo, porque hubo un tiempo en que dejé de leer para ver si yo también daba conmigo;

Renée agachada, subida en el muro, en la acera de enfrente, de cabeza, buscando un ángulo donde la cara de Harry no apareciera muy hinchada (según él, el problema era un flemón);

yo subiendo y bajando los pies del muro y el resto del cuerpo, porque llevamos dos horas hablando;

un montón de cigarros;

él diciendo que su hija es sorprendente, improvisándole una cancioncita, enseñándome fotos;

diciéndome que ya no le interesa ser el mejor, que él canta pa’ su gente y yo contándole cómo Mayrelis, después de que el concierto terminara por otra barahúnda de piñazos, mientras algunos hombres recogían los cables y la basura del público, movía la cintura tambaleándose al ritmo de su propia nada,

sola,

sin ganas de dormir.

Si te gustó esta historia puedes leer otras en la aplicación móvil de elTOQUE. Cada día compartimos nuevas publicaciones a las cuales puedes acceder mediante una descarga por correo Nauta o Internet. Búscala en Google Play o en CubApk.