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El espectáculo humano

Foto: Alejandro A Madorrán

El espectáculo humano

En una esquina hablan de conciertos, de los hijos de la mujer y de puñaladas. Ella grita que con quien sea y donde sea. Desde la ventana otros miran y ríen. Ha comenzado el espectáculo humano.

Es en un barrio cualquiera. Son las dos de la tarde y hace bastante calor en un invierno que da risa. Espero a que el barbero regrese de almorzar. Asisto como espectador privilegiado. Desde los balcones hay quien ha tomado la mejor posición. Buscan el espacio ideal para hacer algunas fotos, quizás grabar el video que los haga populares en Facebook.

Suben de tono las frases y el repertorio es amplio. Piñas y melones vuelan desde hace quince minutos, cuando comenzaron a sentirse las voces airadas. Eso de piñas y melones es cosa de una amiga mía. No le gustan las “malas palabras”, como si aquello de “malas” fuera válido. Entonces las sustituye por nombres de frutas… o vegetales: naranjas, mandarinas, ñames…

Hay de todo esta vez: que si te voy a revolcar como a un perro, que si a ella la mato yo, que si mi hijo te va a recordar quién manda aquí, que sí piñas, que si melones. Luego el espectáculo se traslada a la calle. Unos agarran a aquella mujer dispuesta a todo, pero una y otra vez se les escapa. Dice que lo va a arrastrar y exige que la suelten. Asegura que le dará su merecido y a ella –se refiere a una tercera persona- la va a dejar sin cabeza. Promete.

El circo romano palidecería. La concurrencia de forma espontánea decide participar. Gritan de vez en cuando. Toman y forman parte. Cada uno a su manera. -Deja que aparezca el hijo de ella. Ahí sí que se va armar- comenta uno de los hombres que compra plátanos a un carretillero.

Son las tres de la tarde y el barbero no regresa. El espectáculo aun está en su punto y sin la policía parece que durará bastante. Algunos me han comentado que no se meten en estos asuntos, porque siempre quedan mal. Los llaman y cuando se aparecen todo está solucionado, o no levantan cargos, o sencillamente nunca les hacen nada. Una hora después ya son muchos los que participan de la “bronca”. Aun no sé contra quién o quiénes es la cosa. La mujer en plena calle ha dicho hasta lo inimaginable, pero el objeto de todas sus andanadas ni da la cara ni sale hacia donde está ella.

Aparecen vecinos diligentes. Molestos porque no los dejan ver la televisión con tanta gritería o quizás porque quieren aparecer en los videos y las fotos. Intentan calmar a los contendientes. Vienen con pastillitas y vasos de agua. Consejos no faltan. Que si debes pensar en tu hijo, que si está bueno ya, que si no paran voy a llamar a la policía… Los ánimos se calman. Los gladiadores, cansados, van regresando a sus aposentos. Esta vez no ha quedado ninguno tendido en la arena del circo. Los leones no fueron tan fieros y la sangre no llegó al río.

Son las tres y cuarto. Al fin llega el barbero, pero tengo que esperar. Quiere ponerse al día de lo que se perdió.

Eduardo Pérez Otaño
"Soy un joven cubano. Pertenezco a la generación que no vivió las bonanzas de los ochenta y que nació en la larga década de los noventa. Mi generación no conoció más que penurias y escaseces y no aprendió más ideología que la de la supervivencia"
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Es verdad, basta caminar un poco por algunos barrios para ver algunas escenas que no tienen nada que envidiarle a las que podían presenciarse en el circo romano, un verdadero espectáculo humano…
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En una esquina hablan de conciertos, de los hijos de la mujer y de puñaladas. Ella grita que con quien sea y donde sea. Desde la ventana otros miran y ríen. Ha comenzado el espectáculo humano.

Es en un barrio cualquiera. Son las dos de la tarde y hace bastante calor en un invierno que da risa. Espero a que el barbero regrese de almorzar. Asisto como espectador privilegiado. Desde los balcones hay quien ha tomado la mejor posición. Buscan el espacio ideal para hacer algunas fotos, quizás grabar el video que los haga populares en Facebook.

Suben de tono las frases y el repertorio es amplio. Piñas y melones vuelan desde hace quince minutos, cuando comenzaron a sentirse las voces airadas. Eso de piñas y melones es cosa de una amiga mía. No le gustan las “malas palabras”, como si aquello de “malas” fuera válido. Entonces las sustituye por nombres de frutas… o vegetales: naranjas, mandarinas, ñames…

Hay de todo esta vez: que si te voy a revolcar como a un perro, que si a ella la mato yo, que si mi hijo te va a recordar quién manda aquí, que sí piñas, que si melones. Luego el espectáculo se traslada a la calle. Unos agarran a aquella mujer dispuesta a todo, pero una y otra vez se les escapa. Dice que lo va a arrastrar y exige que la suelten. Asegura que le dará su merecido y a ella –se refiere a una tercera persona- la va a dejar sin cabeza. Promete.

El circo romano palidecería. La concurrencia de forma espontánea decide participar. Gritan de vez en cuando. Toman y forman parte. Cada uno a su manera. -Deja que aparezca el hijo de ella. Ahí sí que se va armar- comenta uno de los hombres que compra plátanos a un carretillero.

Son las tres de la tarde y el barbero no regresa. El espectáculo aun está en su punto y sin la policía parece que durará bastante. Algunos me han comentado que no se meten en estos asuntos, porque siempre quedan mal. Los llaman y cuando se aparecen todo está solucionado, o no levantan cargos, o sencillamente nunca les hacen nada. Una hora después ya son muchos los que participan de la “bronca”. Aun no sé contra quién o quiénes es la cosa. La mujer en plena calle ha dicho hasta lo inimaginable, pero el objeto de todas sus andanadas ni da la cara ni sale hacia donde está ella.

Aparecen vecinos diligentes. Molestos porque no los dejan ver la televisión con tanta gritería o quizás porque quieren aparecer en los videos y las fotos. Intentan calmar a los contendientes. Vienen con pastillitas y vasos de agua. Consejos no faltan. Que si debes pensar en tu hijo, que si está bueno ya, que si no paran voy a llamar a la policía… Los ánimos se calman. Los gladiadores, cansados, van regresando a sus aposentos. Esta vez no ha quedado ninguno tendido en la arena del circo. Los leones no fueron tan fieros y la sangre no llegó al río.

Son las tres y cuarto. Al fin llega el barbero, pero tengo que esperar. Quiere ponerse al día de lo que se perdió.

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