I. 4:45 a. m.
Son las 4:45 de la madrugada del 5 de agosto de 2026 y no puedo dormir.
Hace exactamente 18 años, a esta hora, tomaba la mano de mi madre entre las mías y le decía que se fuera en paz, que estaríamos bien. Se lo prometí mientras sus ojos se perdían en los míos, mientras el dolor —ya mezclado con alucinaciones y angustia— no le permitía hablar ni tomar aliento.
Tenía 41 años.
Yo tengo 41.
En estos días, mientras buscaba trabajo, pensé mucho en eso. En los 41. En mi madre. En José Martí, que también murió a esa edad. Son las coincidencias absurdas que uno encuentra cuando necesita darle algún sentido a las cosas.
Mi madre había escrito en el televisor Panda una frase que permaneció allí durante años: «Dios, dame fuerzas para hacer todo lo que quiero hacer». El televisor ya no existe; lo vendí hace mucho. Pero la frase se quedó conmigo. A veces pienso que aquellas fuerzas que ella pidió y que se le fueron en un suspiro, Dios me las traspasó a mí y a mi abuela.
El problema es que no siempre encuentro dónde rayos ponerlas.
Llevaba meses buscando trabajo en México sin conseguir nada o conseguía trabajos en los que duraba muy poco. En muchas de las postulaciones tienes que decir de dónde vienes antes de poder explicar qué sabes hacer. Y mientras tanto, hay que pagar la renta. Hay que comer. Hay que seguir.
Cuando estás triste por una causa mayor, te permites ciertos desmanes. Mañana o pasado habrá tiempo para sentir el peso, la culpa o el estrés. Hoy, acepto el fresco de la muerte en la nuca y, aunque sé que estas campanas aún no doblan por mí, dejo que me recorra la espina dorsal como un escalofrío amargo.
Antes de las cuatro de la mañana estuvo lloviendo. En Guadalajara casi siempre llueve de noche. Cuando llueve, pienso en el pueblo cubano donde nací o en esa canción que decía: «Llueve, tú no has llegado y un gorrión rompe sus alas; llueve, maldita lluvia la de hoy...».
Mi relación con la muerte es menos poética que la de Oliverio Girondo en El lado oscuro del corazón, pero bastante más cercana. Sospecho que en mi vida pasada fui monja de campaña, curaba mutilados en alguna guerra. La mala noticia es que en esta me tocó ser la que lleva la herida... y sin seguro social. ¿Quizá pueda ser esa una opción? ¿Pedirán cédula[1] las monjitas?
El amor, pienso entonces, sí podría salvarme del abismo.
Abro la aplicación de citas que me ha ayudado a decapitar soledades. Escasa vez he quedado con alguien, pero me distrae, converso, conozco gente rara. Un match me ha dejado su número. Le escribo por WhatsApp y me doy cuenta de que ya le había escrito antes. Al rato, me alejo del celular, pero el chico insiste, pregunta cosas, tiene expectativas...
No ha terminado de llover cuando ya le conté, y con detalles, que estoy desempleada, que soy periodista, que estudié en el Iteso, la universidad jesuita de Guadalajara, que pedí asilo en México —por lo cual no puedo acompañar a mi abuelita un día como hoy—, que debo sacar mi Afore[2] para pagar mis deudas, que mejor no venga a ver la lluvia porque no tendremos nada con qué brindar; que si los derechos humanos, que si la cédula profesional... la maldita cédula que piden hasta para ir al baño.
Apenas termina de llover, imagino que mi madre abre los ojos y nos llama, también a la novia de mi amigo de la infancia. Todos tenemos la misma edad.
El otro día casi me muero yo también. Me equivoqué al tomar un medicamento para los mareos. No fue nada heroico ni literario.
—¿Sabes?... Hablas mucho de ti misma y eso en verdad no está chido —me escribe mi match.
Intento explicarle, pero mis mensajes ya no entran.
Imagino que sostengo la mano de mi madre.
Hay olor a pueblo, a tierra mojada afuera.
Ella se va.
Él me ha bloqueado.
Dejo ir.
Hay olor a sangre.
Rezo despacio un Padre Nuestro.
II. La maldita cédula
Sí hay trabajo para una persona como yo en México. Pero necesitas la cédula profesional. Sin cédula, es probable que solo te empleen en labores menos exigentes, como la cocina de un restaurante, donde también estuve y duré poco tiempo.
Para obtener la cédula, debes revalidar tu título de licenciatura; y para revalidar el título, debes tener a la mano tu certificado de primaria, secundaria y preparatoria. Si no, tienes que volverlas a cursar. Y yo no tengo ninguno de esos papeles aquí. ¡A la chingada!, como dicen en México.
Yo era de las niñas que recitaban en los actos públicos, bien adoctrinada y «empañoletada» por la dictadura. Dejé mi casa a los 15 años para irme becada a otra provincia, a pasar hambre, insalubridad y a estudiar como lunática para obtener la carrera de mis sueños.
Una vez, mi abuela me preguntó cuánto duraba esa carrera que yo quería estudiar. Cuando le saqué las cuentas, me dijo:
«Hija, empieza a correr desde ahora».
Hay que haber estudiado en un preuniversitario de Ciencias Exactas en Cuba para saber lo que cuesta un diploma de preparatoria.
Cada 11 días iba a mi casa. Si un fin de semana mi familia me invitaba a algún lado, yo me llevaba los libros, las guías de Historia con más de 20 preguntas, La Ilíada y un cansancio grandísimo por haber limpiado a mano el canalón de agua donde bebían las vacas.
Era la fantasmita del pueblo: no iba a fiestas, no existía más que detrás de los libros. No sé nadar, no sé bailar. Solo sabía estudiar mucho para sacarnos de la pobreza.
Les contaba a los alumnos mexicanos que he tenido que varios días seguidos salí tarde del albergue porque andaba secando las medias con una toalla. Me pusieron reportes y el castigo fue pastorear carneros el domingo de visita familiar.
Los carneros se me perdieron en el monte mientras yo leía a García Márquez, confiadísima. Hasta que mis amigos y yo logramos rescatarlos. Amigos de lujo que me dio la vida.
Mi mamá y mi abuela no se comían el pan de la cuota para llevármelo tostado el domingo. Yo no sabía eso. Tampoco sabía que las vecinas les regalaban pan para apoyarlas.
Mi mamá venía casi de darle la vuelta al mundo en una rastra solo para llevarme algo de comer y compartir un rato conmigo. Yo guardaba esas reliquias en una maleta de madera y las administraba para la semana. Estudiar con hambre es difícil, pero trabajar el campo con hambre es peor.
¿Y ahora no puedo demostrar que todo eso existió sin el certificado en mano?
Mi título de Periodismo parece no existir si no pago y hago trámites burocráticos con documentos que no puedo sacar de la isla porque no puedo poner un pie allá.
A mi mamá le habían diagnosticado un par de meses de vida. Le ganó cinco años al cáncer, a fuerza de tratamientos invasivos, para estar a nuestro lado un poco más. Al equipo de radioterapia lo llamaba «el chupacabras».
III. Lo que no te imaginaste
Lo que nunca se imaginó mi madre fue que trabajaría en una cocina profesional que parecía una biblioteca. Eso le hubiera dado un orgullo tremendo.
Yo, con mi filipina, mi cuchillo bien afilado, mi cabello recogido.
Allí llegué cuando tuve que salir del último colegio en el que di clases. Y aunque me duró muy poco, recuerdo al chef ante las ofensas de unos compañeros.
—No, Doris, no me avientes[3] el mandil —dijo—. Tú te sabes los procedimientos, tú traes tu cuchillo afilado, tú sabes trabajar...
Hizo una pausa y después precisó:
—¡Ese es el orgullo de un cocinero!
Pero tuve que irme de allí también por desacuerdos irreconciliables con ese compañero.
Me contrataron, entonces, en otra cocina: sucia, muy sucia, caótica.
Un día, en pleno Mundial de Fútbol, escuché al dueño gritar:
—¡Haz 30 bases de sushi en media hora!
Yo, que cada día hacía un promedio de 80, tenía que aguantar los insultos de mi compañero sushero, el «decorador», le decían.
Preparaba el arroz a la velocidad de la luz, mientras él, con las uñas negras y la boca sin lavar, afirmaba que, si fuera cubano, no se iría de Cuba.
Agradecí a la familia coreana y me fui. Otra vez.
IV. Hablar con Dios en la madrugada
En estos días, tuve una entrevista laboral con un escritor famoso, aspirante a influencer, que hablaba de vidas pasadas y resurrecciones. Aunque la vacante decía ser para una universidad, la entrevista fue en el lobby de un hotel. Yo le hablaba de investigar, de información verificada, de traducir temas científicos en historias, de conectar con la gente.
Él volvía a preguntar:
—Pero ¿qué estás buscando?
Hasta que entendí. Yo estaba buscando trabajo como periodista; él, otra cosa.
En el fondo, soy maestra, como mi mamá. Es algo que me reconforta.
Cada vez que me preguntan por mi formación, digo: «Crecí entre maestras».
Además, los adolescentes me hacen muchísima compañía; aunque un amigo afirma, convencido, que él y yo somos los únicos profes en el mundo que los queremos tanto.
A ellos les da curiosidad todo:
—Miss, ¿cómo es Cuba? ¿Qué edad tiene? ¿Cómo se llama su gato? ¿Qué croquetas come? ¡Qué bonito outfit! ¿Cuánto mide? ¿A usted le han roto el corazón?
Cada vez que les digo adiós, los extraño. Mi mamá también los extrañaba.
Dios mío, yo sé que estás ocupado, pero yo solo te pido unos adolescentes para darles clases.
Sobrepienso mucho. Pero está bien. Para mí, eso es el destino.
Cada 5 de agosto revivo un duelo que nunca terminé porque tenía otras cosas que hacer.
En la muerte encuentro dolor, familia y raíz. Me enseña a dejar ir y a hacerme responsable.
Pasados los primeros días brutales de agosto, llega la introspección y vuelve a salir el sol, abriendo paso a los cumpleaños de mi mamá y mi abuelita en noviembre, la Navidad y el fin de año... Otra vez, la familia. El olor de la vida.
La última noticia que recibo —después de desandar calles y calles, de presentar currículums en lugares insospechados, de trabajar en cocinas y restaurantes de los que me tuve que ir, de recibir solo negativas por no contar con cédula profesional, de ir a reclamar eso a la Comisión Estatal de Derechos Humanos y de sobrevivir con muy poco— es que me han aceptado en un colegio.
El miedo y el no estar segura de que todo saldrá bien esta vez (también) es la emigración.
[1] La cédula profesional en México es un documento oficial con efectos de patente expedido por la Secretaría de Educación Pública (SEP) que autoriza legalmente para ejercer una profesión. Los extranjeros deben revalidar sus estudios anteriores para poder conseguirla.
[2] Las Afores (Administradoras de Fondos para el Retiro) son instituciones financieras privadas en México que administran las cuentas individuales de ahorro para el retiro de los trabajadores inscritos en el IMSS o el Issste.
[3] En Cuba: tirar.
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