Centros de rehabilitación y desafíos de reinserción frente a las drogas en Cuba

13 de julio de 2026 a las 06:30 a. m.

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Foto: elTOQUE.

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La rehabilitación contra las drogas en Cuba suele imaginarse como un proceso hospitalario: ingreso, tratamiento y recuperación. Sin embargo, la experiencia real es más compleja. Para médicos, terapeutas y familias, la pregunta decisiva aparece cuando termina la desintoxicación: ¿qué ocurre después?

En la isla, donde el tratamiento estatal continúa como eje principal de atención y no existe un mercado privado consolidado de clínicas de rehabilitación, la recuperación depende de un entramado que combina hospitales, comunidades terapéuticas, redes familiares y acompañamiento religioso. Esa estructura enfrenta hoy una presión creciente.

El aumento del consumo de drogas sintéticas —especialmente cannabinoides conocidos como «El Químico»— ha introducido nuevas formas de dependencia y crisis psiquiátricas más difíciles de manejar. Autoridades cubanas reconocieron la identificación de decenas de nuevas formulaciones sintéticas y un incremento de los intentos de introduccir drogas al país.

En ese contexto, la rehabilitación ha dejado de ser un asunto exclusivamente clínico.

El primer paso: entrar al sistema

La mayoría de los casos comienza lejos de un centro especializado. Familiares, escuelas, vecinos o médicos de familia suelen detectar los primeros signos de consumo problemático. Desde ahí, el recorrido pasa por policlínicos y Centros Comunitarios de Salud Mental (CCSM), la red ambulatoria que articula buena parte del seguimiento psicológico y preventivo en Cuba.

Los CCSM trabajan con terapia psicológica individual y colectiva, orientación familiar y seguimiento comunitario. Su lógica responde a décadas de psiquiatría comunitaria y descentralización del tratamiento.

Sin embargo, especialistas y reportes recientes coinciden en que la capacidad material del sistema atraviesa tensiones derivadas del déficit de recursos y la emigración de profesionales sanitarios. Para muchas familias, conseguir continuidad terapéutica puede convertirse en un proceso prolongado.

En cifras, de acuerdo con los Anuarios Estadísticos de Salud publicados por el Ministerio de Salud Pública (Minsap), el sector sanitario tuvo una disminución de 80 763 a 75 364 trabajadores, entre 2023 y 2024. Ello coincidió con una baja histórica de hace varios años. Entre ellos, los profesionales dedicados a la psiquiatría se redujeron de 854 a 789 médicos en igual período.

Cuando la crisis requiere hospitalización

No todas las personas que consumen en diferentes niveles llegan al hospital, pero cuando aparecen intoxicaciones severas, psicosis o conductas violentas, la red psiquiátrica se convierte en la principal línea de respuesta. El Hospital Psiquiátrico de La Habana, conocido como Mazorra, todavía es una referencia nacional.

Un reportaje de Associated Press (AP) describió un pabellón masculino en Mazorra con 40 camas destinado a programas de desintoxicación y rehabilitación inicial de hasta 90 días. Allí, la prioridad es estabilizar. No se trata únicamente de abandonar una sustancia, sino de controlar episodios psicóticos, ansiedad severa o trastornos coexistentes.

La presión sobre esos servicios parece crecer. Los datos citados por autoridades sanitarias en La Habana señalan que las atenciones o registros asociados a drogas en servicios de urgencia aumentaron de 467 a 886, entre 2024 y 2025. Aunque la cifra no describe la dimensión nacional del fenómeno, sí ilustra una tendencia: mayor demanda sobre una red hospitalaria sometida a limitaciones materiales.

D, una psiquiatra que trabajó en Mazorra, cuenta las difíciles condiciones de trabajo en el centro, donde a menudo permanecía un solo doctor en el cuerpo de guardia para atender todos los casos que llegaban. «Se trabaja con demasiada presión, precariedad y mucha responsabilidad para muy poco personal. No han sido extraños los casos en que no estaba en nuestras manos controlar a algunos pacientes que finalmente se escapaban, y luego teníamos que responder por ellos», relata.

De la Sala de Adicciones del hospital advierte que no da abasto para tantos casos y que es prácticamente un privilegio ingresar allí. Los profesionales de la Sala tienen una excelente cualificación, pero no están exentos de dificultades. «Incluso, sabemos que en la línea férrea que cruza el hospital se vende El Químico, lo cual puede afectar el progreso de los adictos y demás pacientes», señala D y pone en perspectiva los desafíos de la rehabilitación en el hospital de referencia.

Un red de apoyo alternativa

Fuera de la red también existen varios grupos independientes de Alcohólicos y Narcóticos Anónimos, que en muchos casos ocupan un papel de apoyo y seguimiento alternativo a los centros comunitarios y hospitales. Tras décadas de funcionamiento, el testimonio de varios asistentes celebra sus resultados.

Aunque para B, un joven que decidió rehabilitarse tras atravesar crudas experiencias con el consumo de El Químico, esos espacios no le resultaron suficientes. Luego de reconocer que recibió apoyo de muchas personas allí, también cuenta la anécdota de alguien que fue sin estar sobrio y que en ese momento se llenó de impotencia y de dolor. «Entendí que ningún sitio puede salvarte», confiesa.

Aunque Alcohólicos Anónimos se encuentra en Cuba desde 1993, no fue reconocida y legalizada por el Minsap hasta 2019. Se estima que a sus grupos asisten más de 700 personas. Narcóticos Anónimos, en cambio, continúa sin reconocimiento. 

El regreso

La salida del centro terapéutico marca un momento crítico. Quienes regresan a sus comunidades suelen reencontrarse con problemas que el tratamiento médico no resuelve por sí solo. Dígase precariedad económica, desempleo, tensiones familiares, redes sociales vinculadas al consumo, migración o fragmentación del hogar.

En ese punto, la rehabilitación deja de depender exclusivamente del psiquiatra o del terapeuta. La comunidad se vuelve decisiva.

B reconoce que el vínculo con sus padres y sus amigos fue un desafío. «El entorno importa, es como el contacto cero cuando acabas una relación, necesitas aislarte de determinadas cosas», advierte. En este momento, no asiste a ninguna institución: «simplemente cuido mi entorno. Tengo mi red de apoyo, me ayuda mucho cuando me siento mal», agrega B.

Iglesias y apoyo fuera del hospital

En Cuba, el acompañamiento no estatal suele adoptar forma religiosa. Iglesias católicas y evangélicas han desarrollado espacios de apoyo para personas en recuperación. No funcionan como clínicas privadas ni sustituyen la desintoxicación hospitalaria. Su papel es distinto.

Estas instituciones ofrecen escucha y acompañamiento, disciplina comunitaria, reintegración a actividades colectivas y seguimiento emocional. 

O es capellán en una de esas instituciones. Se trata de un centro de rehabilitación ubicado en La Habana que, junto a otro en Holguín, forman parte de las iniciativas de ese tipo que sostiene la Iglesia Pentecostal Asambleas de Dios. El enfoque que aborda allí es muy diferente al método clínico convencional.

«No hay profesionales. Cuando hay problemas de salud se les lleva al médico, pero no existe la rehabilitación como tal. No se les habla de cómo lidiar o resistir las drogas», cuenta O, quien pasó el programa hace tres años y desde entonces ha permanecido sobrio.

La terapia no es psicológica, sino espiritual. Lo que les enseñan en el centro es a ser «buen cristiano». «Quien de verdad se convierte en un cristiano no debe sentir tentación por las drogas», resume O.

El servicio es totalmente gratuito y para ingresar se debe estar sobrio por al menos siete días. Luego, viven allí durante un año y reciben varias asignaturas, con jornadas de trabajo y oportunidad de visitas familiares los domingos. En diez años de funcionamiento han logrado graduar a 40 personas, destaca O, y varios como él han permanecido asistiendo a nuevos ingresos y a otras personas necesitadas.

No existen datos públicos sobre cuántas personas participan en este y otros espacios ni evaluaciones sistemáticas de resultados. Aun así, su presencia parece responder a una necesidad concreta: sostener procesos que exceden la capacidad clínica del Estado.

Un tratamiento que depende del entorno

La rehabilitación en Cuba conserva fortalezas visibles: el tratamiento especializado sigue siendo público y gratuito, y la red sanitaria mantiene cobertura territorial y experiencia acumulada en salud mental comunitaria.

Sin embargo, los desafíos actuales son significativos. El sistema enfrenta escasez de medicamentos, emigración profesional, deterioro material, más el incremento de drogas sintéticas y también la ausencia de estadísticas públicas integrales.

En 2025, se creó un Observatorio Nacional de Drogas asociado a un fondo europeo. Como misión propone dar apoyo estadístico y científico para políticas antidrogas. No obstante, esta institución aún no ha revelado información alguna ni resultados.

Todo ello limita la capacidad y el seguimiento del fenómeno. Pero quizá el reto principal no sea médico.

La rehabilitación depende también del entorno al que la persona regresa. Hospitales y comunidades terapéuticas pueden estabilizar y acompañar. La permanencia de la recuperación, en cambio, suele definirse fuera de ellos.

«Cuando los jóvenes rehabilitados salen del hospital se enfrentan a las mismas circunstancias que lo llevaron a él. He tenido pacientes que me preguntan cómo hacer y realmente siento mucha impotencia. No son pocos los que regresan», reconoce D con insatisfacción.

La familia y la comunidad aportan vigilancia cotidiana y sostén emocional. Las iglesias, cada vez más visibles, ocupan espacios de acompañamiento cuando la infraestructura sanitaria no llega. Pero ni la familia ni la iglesia están ajenas a la situación del país.

«Antes, se les apoyaba con capital para que emprendieran algún negocio, pero dada la situación ya no es posible. Todos los fondos son para comida y ayudas que se les dan cuando se gradúan», dice O con respecto a los egresados de su centro.

El resultado no es un sistema único y homogéneo, sino una red de apoyos que funciona con distintos grados de coordinación y recursos.

B, en cambio, reconoce que «el mayor desafío al salir de rehabilitación es enfrentarse a uno mismo, verte con amor sin acudir a ningún consumo», el cual «es un resultado de lo que no te animaste a ver adentro». Trabajar en sí mismo ha sido su prioridad desde entonces.

En medio del aumento del consumo y de las tensiones económicas, la rehabilitación parece menos un episodio clínico aislado que un proceso prolongado de reconstrucción personal y social.

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