Durante meses se ha expandido una práctica que comienza a instalarse en la cotidianidad de los cubanos, en paralelo a la expansión de los pagos electrónicos: los fraudes digitales. El fenómeno crece en silencio, pero con rapidez. Muchos testimonios viralizados en las redes sociales dan cuenta de personas que han perdido dinero tras recibir mensajes aparentemente enviados por familiares o conocidos, solicitando transferencias urgentes.
La operación, en apariencia rutinaria, termina revelándose como un engaño construido. A diferencia de otros delitos más visibles, estas estafas no requieren violencia ni sofisticados sistemas tecnológicos. Su principal recurso es otro instalado a diario en las relaciones personales: la confianza.
Los delincuentes logran acceder a cuentas telefónicas o de mensajería —mediante engaños o manipulación de códigos de verificación— y, una vez dentro, contactan a las personas del entorno de la víctima. El mensaje suele ser breve, urgente y verosímil: una dificultad con el banco, un pago que no puede esperar, una situación imprevista. En ese instante, la relación personal sustituye cualquier sospecha.
El contexto cubano añade un elemento decisivo: la urgencia. La inestabilidad de la conexión, los apagones y las dificultades para comunicarse en tiempo real reducen las posibilidades de verificación. En no pocos casos, la víctima realiza la transferencia con premura, temiendo perder la oportunidad de ayudar o de completar la operación antes de una interrupción del servicio.
El caso reciente de una cubana estafada tuvo que ver también con la escasez de efectivo y con la dificultad de acceder a él a través del banco. Una supuesta amiga le escribió que necesitaba con urgencia un saldo considerable en su tarjeta y le ofreció llevarle el dinero en efectivo después de la transferencia. Sin embargo, una hora después de realizada la operación, la amiga le confirmó que le habían hackeado la cuenta. Le estafaron con 20 000 CUP, una cantidad que representa casi diez salarios mínimos oficiales.
«Como era alguien de confianza y sabía que estaba en trámites para salir del país, no tuve la molestia de llamar para confirmar que fuera realmente ella», reconoce a elTOQUE la estafada, quien admite que tampoco ha hecho público el fraude por vergüenza.
Entre los métodos más utilizados figura el llamado «ghost pairing»*. Esta modalidad permite a terceros vincular una cuenta telefónica a otro dispositivo, tras obtener un código de verificación. Desde ese momento, el control de la identidad digital pasa a manos del estafador, quien reproduce el ciclo con nuevos contactos.
Otro caso detectado involucró la supuesta compra de una moto eléctrica desde el exterior. En esta oportunidad se realizó una combinación del «ghost pairing» y otras circunstancias. «Nos dijeron que necesitaban recargar la ubicación del GPS para llegar a la casa y ahí accedieron al código de verificación de WhatsApp», comentó la persona afectada.
Tras haber sido vulnerada su cuenta, los estafadores pasaron a confirmar la entrega y a exigir el pago afuera, mientras evitaban que la víctima se comunicara con la persona que pagaría en Estados Unidos realizándole múltiples llamadas. «La persona que iba a pagar solo se preocupó por lo que sucedía cuando los estafadores le solicitaron una nueva compra, pero ya era demasiado tarde», añadió.
A este método se suman prácticas más antiguas, ahora reconfiguradas en el entorno digital: mensajes falsos de transferencias de saldo, llamadas para «devolver» dinero inexistente o suplantación de técnicos de servicios. Incluso la empresa estatal de telecomunicaciones (Etecsa) ha alertado sobre SMS fraudulentos que simulan operaciones legítimas.
Uno de los aspectos más sensibles del problema es la irreversibilidad de las operaciones. Cuando la víctima acude al banco, la respuesta suele ser poco alentadora: las transferencias realizadas mediante aplicaciones oficiales se consideran válidas y sólo pueden revertirse mediante procesos legales complejos. En la práctica, esto deja a muchos afectados sin una solución inmediata.
El único recurso disponible es poner una denuncia en la Policía, proceso que suele ser lento y revictimazante. Según aluden, no poseen datos que comprueben la estafa para detener a los implicados y devolver el dinero.
Aunque entidades como Etecsa han emitido advertencias sobre modalidades específicas de estafa, la cobertura del fenómeno en la prensa oficial resulta todavía limitada y fragmentaria. En contraste, los testimonios circulan con fuerza en redes sociales y medios independientes, donde el problema aparece con mayor nitidez como experiencia cotidiana.
Este desfase contribuye a una percepción ambigua: el fenómeno existe, se reconoce parcialmente, pero no siempre se aborda con la profundidad que demanda su impacto social.
Las estafas digitales en Cuba no son un fenómeno pasajero. Forman parte de una transformación más amplia: la entrada acelerada del país en dinámicas digitales sin una cultura de seguridad igualmente desarrollada. En ese escenario, el delito evoluciona al mismo ritmo que la tecnología y, en ocasiones, más rápido que las capacidades institucionales para enfrentarlo.
La prevención, por ahora, sigue siendo la herramienta más eficaz: verificar antes de transferir, desconfiar de la urgencia y proteger los datos personales. Pero incluso estas recomendaciones revelan una verdad más profunda: en el entorno digital, la confianza —un valor muy arraigado en la vida social cubana— se ha convertido también en su principal vulnerabilidad.
Nota editorial: *El Ghost Pairing (emparejamiento fantasma) es una modalidad de estafa y ciberataque silencioso que afecta principalmente a WhatsApp, permitiendo a los delincuentes vincular tu cuenta a su propio dispositivo para espiar conversaciones, archivos y datos personales sin que te des cuenta. El procedimiento suele ser bastante simple pero efectivo, ya que se basa en técnicas de ingeniería social para manipular al usuario: El atacante envía un enlace falso a través de WhatsApp, SMS o redes sociales. Ese enlace dirige a la víctima a una página que parece legítima y muestra un código QR o un formulario. Bajo pretextos como «verificación de seguridad», supuestos premios o soporte técnico, se induce a la persona a escanear el código o ingresar datos. Al hacerlo, la cuenta queda vinculada al dispositivo del estafador, quien puede monitorear toda la actividad sin alertas visibles. El Ghost Pairing recibe ese nombre porque, una vez completado el proceso malicioso. No hay cierre de sesión de la cuenta legítima. No aparecen notificaciones obvias de actividad sospechosa. A diferencia del robo de cuenta tradicional, donde pierdes el acceso, aquí tú sigues usando WhatsApp con normalidad, mientras el estafador actúa en segundo plano.








