Hay reinados que nacen por conquista y otros que, sin hacer demasiado ruido, florecen en el silencio que deja una ausencia. El triple salto femenino, durante demasiado tiempo, giró en torno a la venezolana Yulimar Rojas.
Era su territorio, su feudo, su rutina de vuelos por encima de 15 metros y de finales convertidos en trámite. Hasta que el guion, caprichoso como siempre, decidió torcerse con una lesión de las que no solo rompen tendones, sino inercias: la rotura del Aquiles en 2024.
Y ahí, justo ahí, apareció la cubana Leyanis Pérez. No como una intrusa, sino como una oportunista en el mejor sentido deportivo del término. Porque el deporte también es eso: saber estar cuando la puerta se entreabre. Si alguien ha sabido empujarla con decisión, ha sido la pinareña.
Su última exhibición en el Mundial de Atletismo Bajo Techo de 2026 es casi un resumen perfecto de esta nueva era o de este paréntesis, según se mire. Primer salto: 14.88 metros. Declaración de intenciones. Segundo salto: 14.95 y golpe sobre la mesa. Oro al cuello. Otra vez. Y ya van tres mundiales consecutivos dominando la escena. La pregunta, claro, no es qué ha hecho Leyanis Pérez —eso está a la vista—, sino cuándo deja de ser «la que aprovechó la ausencia» para convertirse simplemente en «la que manda».
Porque durante este tiempo siempre ha sobrevolado una pequeña coletilla, casi injusta pero inevitable: sí, gana, pero ¿estaba Yulimar? Y cuando estaba, ¿en qué versión estaba? En el Mundial bajo techo anterior, la venezolana no compitió. En el de Tokio 2025, regresaba aún oliendo a rehabilitación. Y ahora, en 2026, ya recuperada, sí, pero todavía reconstruyéndose, volvió a quedarse a las puertas: 14.86 metros y una plata que sabe a promesa más que a derrota.
Lo curioso es que mientras algunos se empeñan en poner asteriscos a los triunfos de Pérez, ella sigue acumulando oros como quien colecciona estampitas. Tres títulos mundiales, dos Diamond League, y una regularidad que no entiende de contextos ni de nostalgias. Como si dijera: «yo salto, lo demás no es asunto mío».
Y no le falta razón.
Desde aquel tropiezo en los Juegos Olímpicos de París 2024, donde desapareció del podio cuando parecía destinada a todo, la cubana ha construido una narrativa mucho más interesante que la de la simple heredera. Ha hecho lo más difícil en el deporte de élite: sostenerse arriba. Porque llegar puede ser cuestión de talento o de circunstancias; quedarse es otra historia.
Mientras tanto, Yulimar Rojas juega otro partido. El suyo no es ya el de demostrar que puede ganar —eso lo hizo demasiadas veces—, sino el de demostrar que puede volver a ser quien era. Y eso, después de una lesión como la suya, es casi una disciplina distinta. Su 14.86 en este Mundial no es solo una marca: es un aviso. No está aún en su versión más temible, pero tampoco tan lejos.
Así que la gran pregunta se impone: ¿es este el inicio de una nueva dinastía o simplemente un interludio en la historia de otra?
Porque si algo ha definido siempre a las grandes campeonas es su capacidad para recuperar el trono cuando parece perdido. Y si alguien ha hecho de lo extraordinario una costumbre, esa ha sido Rojas. Pero el deporte, implacable, no espera a nadie. Y la cubana Pérez no está dispuesta a hacer de figurante en el regreso de nadie.
Tal vez la respuesta no sea binaria. Tal vez estemos, simplemente, ante un relevo generacional que no será limpio ni inmediato. Uno de esos duelos largos, incómodos, en los que la reina saliente se resiste a abdicar y la nueva reina se niega a pedir permiso.
De momento, la realidad es testaruda: Leyanis Pérez gana. Y lo hace incluso cuando la mejor versión conocida de su gran rival empieza a asomar de nuevo. Lo demás —las dudas, los matices, las nostalgias—, pertenece más al relato que a la pista.
Pero cuidado con las historias demasiado cómodas. Porque si algo sugiere esta plata de Yulimar Rojas es que el pasado no está tan lejos como parecía. Y cuando el pasado, en forma de 15 metros, decide volver, el presente tiene que estar preparado para algo más que aprovechar oportunidades.
Ahí es donde se verá si el reinado de Pérez es circunstancial o inevitable.
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