En la rueda de prensa más repetida de este Clásico Mundial 2026, Omar López, mánager de la selección de Venezuela, dejó algo clarísimo: «No voy a contestar preguntas de política». Punto. Nada de diplomacia barata, nada de rodeos, solo béisbol.
Mientras los periodistas se hacían bolas preguntando sobre la crisis política en el país sudamericano, López se enfocó en lo único que importa cuando se juega un torneo beisbolero de esta magnitud: ganar. Y lo hizo con una sinceridad que duele, porque pone en evidencia algo que muchos han querido ignorar: Venezuela logró despegar al deporte de la política; Cuba, ni de broma.
La diferencia es brutal. Venezuela, a pesar de estar en medio de un cambio político convulso —derrocamiento de Nicolás Maduro, tensiones con Estados Unidos, una presidenta interina que para muchos sigue siendo ilegítima—, logró crear un espacio sagrado en el que el béisbol es eso: béisbol.
Allí no habitan banderas políticas ni etiquetas de traidor o vendepatria. Allí hay batazos, lanzamientos, jugadas de ensueño y, sobre todo, un pueblo que puede respirar por un momento, un par de horas, sin el peso de lo político. Venezuela utilizó el béisbol como cura.
La pelota en Cuba, en cambio, sigue atrapada en los vaivenes de la política castrista. El amateurismo se convirtió en dogma y los peloteros en fichas de un tablero político que nadie les pidió jugar.
Mientras los venezolanos celebran cada jonrón como un pequeño acto de libertad, los cubanos se enfrentan al dilema de ser patriotas en el papel o ser castigados por el régimen. No importa si son talentos como Adolis García, Yoan Moncada o Luis Robert: si quieren representar a Cuba, deben aceptar la política como acompañante obligatorio.
El contraste duele. Porque no se trata de que Venezuela esté libre de problemas, sino de que entendieron que la pelota no tiene por qué ser otro campo de batalla.
Cuba, en cambio, convirtió su deporte nacional en un instrumento de control, en una herramienta para sancionar, excluir y etiquetar. Zach Neto, por ejemplo, es un caso claro: excluido por un detalle que nada tiene que ver con su talento ni con su amor al béisbol, sino con una geografía que el régimen decidió castigar.
Aquí viene lo irónico: Venezuela, un país que también vivió dictaduras, que también tiene un pasado político complicado, supo separar las cosas. Cuba, no lo logró. Allí, cada convocatoria deportiva es revisada con lupa, cada selección es un acto político, y cada pelotero que se atreve a soñar con las Grandes Ligas es automáticamente un «traidor».
Mientras el mánager de Venezuela pide ignorar la política para enfocarse en el juego, en Cuba el régimen pide que la política sea la pelota. Literalmente.
El Clásico Mundial de 2026 nos dio una lección brutal: los venezolanos pudieron. Ellos no confundieron patriotismo con control ni disciplina con dogma. Cuba, por su terquedad, sigue dejando que el béisbol sea víctima de 67 años de comunismo.
Mientras Venezuela vibró, lloró y celebró su título mundial en el Clásico, Cuba sigue atrapada. La pregunta que nos queda es sencilla: ¿cuándo vamos a aprender que un bate y una pelota son más fuertes que cualquier ideología, que la pasión por el deporte no debería ser un campo de batalla?
Hasta que eso no suceda, seguiremos viendo Clásicos en los que la selección cubana no es un equipo, sino un espejo del régimen que la controla. Y eso, seamos honestos, es una pena. Porque al final, como el venezolano López con esa sencillez que lo caracteriza, el béisbol debería ser solo béisbol. Lo demás, es ruido.
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