De Reyes Magos a juguetes racionados. La Navidad en Revolución

Foto: elTOQUE.
Cada vez que alguien quiere saber cómo es algo en Cuba, y me pregunta, tengo que responderle con otra pregunta: ¿en qué año? Imagino que en otros lugares también cambian las cosas, pero en Cuba han ocurrido demasiados cambios drásticos sin variar un sistema que se vanagloria de estar haciendo siempre lo mejor posible, y de que nadie lo podría hacer mejor.
La primera vez que entré en un Burger King y le dieron una corona a mi hijo, en lo primero que pensé fue en las representaciones navideñas de mi infancia, en la parroquia Nuestra Señora de Montserrat, de los padres jesuitas en Cienfuegos. Eran pequeñas obras de teatro actuadas por niños y nunca había el atrezo adecuado. Había una sola corona para los Reyes Magos, dos de ellos tenían entonces que usar «turbantes». Todos los niños querían la corona.
Un año no apareció la corona y los tres Reyes fueron «árabes». A la hora de entrar los pastores, el más pequeño sacó la corona «perdida» del morral y se la puso. Fue el pastor más elegante de la historia, aunque todos nos sentíamos bastante arreglados y adultos con nuestras barbas pintadas con corcho quemado.
Lo que más me gustaba era un gran cuerno de bordes metálicos que hacía un sonido espantoso y podías colgártelo en bandolera con un cordón dorado o una cadena. Un solo año pude usarlo. Durante un tiempo, mi madre fue la directora del catecismo y a mis hermanos y a mí nos tocaron los peores vestuarios.
Recuerdo un buen cambio, a finales de los setenta o principios de los ochenta, cuando llegó a la parroquia un jesuita español: el padre Antonio Ros. El padre Ros puso un aro de básquet en el patio, armó un teatro de guiñol, inició unas humildes ligas de pelota (a la mano) y hablaba un lenguaje de fe más claro para los niños que éramos. Pero, sobre todo, trajo una palabra rara que se convirtió en el símbolo de la alegría navideña durante mi infancia: «tómbola». La tómbola se organizaba al finalizar el curso de catequesis, y era como un mercado donde podías comprar cosas (juguetes, dulces y hasta animales) con los puntos que recibías por asistencia, conducta y conocimientos, o eso creo recordar.
Allí pude adquirir los únicos patines que tuvimos mis dos hermanos y yo durante mucho tiempo, gastando casi todos mis puntos del año. Uno de nosotros se ponía un patín, otro se ponía el otro y el tercero esperaba a que alguno de los dos se cansara.
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Muchos discursos del Fidel de los cincuenta eran contrarios a los de los sesenta, y estos últimos eran ya incómodos en los setenta. Toda la prensa, la radio, la televisión y las instituciones educacionales eran del Estado, así que se ocultaba y se manipulaba la historia a conveniencia. De esta forma, se había soslayado la Navidad pública y los tradicionales regalos de los Reyes Magos se habían trasladado de enero a julio; de celebrar el nacimiento de Jesús a celebrar el asalto al Moncada; de oro, incienso y mirra a básico, no básico y dirigido.
Los niños de mi generación crecieron con la oportunidad oficial de comprar tres juguetes una vez al año, como dice la canción de Varela. Se sorteaban los números en la bodega a la que pertenecías y estos le daban a cada niño el orden en que podía pasar a comprar en la tienda abastecida para un grupo de bodegas de la zona. No recuerdo que alguna vez me tocara comprar el primer día. Para los últimos solo quedaba lo que el resto había desechado. Mi madre recuerda que esos números se contrabandeaban, pero nosotros éramos tres hermanos y mi familia no podía comprarlos.
Como durante los setenta y ochenta no había donde comprar un arbolito, todos los años cortábamos una rama de pino (a veces con demasiada imaginación) y un tío abuelo lo adornaba con bolas (o elipses) hechas con las tapas de papel metálico que traían los litros de la leche. Pero no era tan importante como el Nacimiento ni tenía la magia de las pequeñas figuras bíblicas de yeso, que estaban tan rotas que en algún momento pasaron a ser de un cartón que pudiera renovarse. El niño no se ponía en la cunita hasta el 24 y, en los grandes Nacimientos de la Catedral y de Montserrat, los Reyes se iban acercando todos los días un poco hasta llegar el 6 de enero al pesebre.
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Quienes nacimos en la Cuba de los setenta lo hicimos en un país que parecía fanatizado con la construcción de un comunismo rabiosamente ateo. No es una redundancia, lo fue durante un tiempo y luego, cuando desapareció el CAME, el Partido decidió que ya no había que ser ateo para ingresar a él.
Mi padre y sus hermanas recuerdan que —allá por los cuarenta o cincuenta del siglo XX— la Navidad en el batey Mercedes no tenía arbolitos ni villancicos. Quizá algún pequeño Nacimiento se armaba en una casa familiar, pero no faltaba la fiesta y las comidas típicas. La gente de allí era pragmática y laboriosa, pero en su relación permanente con la naturaleza, los animales y el deseo de prosperar pocos dudaban de la eficacia de la religión. Recuerdan que en esta fecha se pintaban las casas de blanco.
Mi madre nace cuando su familia va a vivir a Cienfuegos (ciudad); de la Navidad en los cincuenta recuerda sobre todo un tramo de la calle San Fernando, cuatro cuadras desde el Paseo del Prado hasta el parque Martí. Un segmento floreciente de negocios que durante ese tiempo promocionaban, hasta en la acera, frutas, vinos y confituras navideñas.
Mi padre también lo recuerda. No terminaba su infancia cuando su familia fue obligada por la segunda Reforma Agraria a residir permanentemente en la ciudad. No eran grandes latifundistas, por tanto, no los «intervinieron» con la primera Ley de Reforma Agraria en 1959; pero tenían algunas tierras, ganado y propiedades que los colocaron entre los expropiados de la segunda, antes de 1968 en que la llamada Ofensiva Revolucionaria eliminó todos los negocios particulares y redujo al mínimo la propiedad privada a nivel nacional.
Desde 1984, ese tramo de la calle San Fernando se planificó como el bulevar de Cienfuegos —fue «el segundo bulevar que se construía en Cuba en la etapa revolucionaria después del de San Rafael, en la capital»—; en ese año, terminan de construir las dos primeras cuadras del paseo peatonal en homenaje al 26 de julio, pues la ciudad fue sede del acto. Luego terminarían otra cuadra y, en el 2000, llegaría el bulevar hasta el parque, completando el trayecto de más concentración comercial de la provincia. Posteriormente, se le añadiría un corredor perpendicular, el de Santa Isabel.
En las vidrieras de la calle San Fernando se podían ver arbolitos, antes de los sesenta, luciendo el tipo de luces navideñas que habían creado Edward Jhonson y Edisson en 1882. Muchos adornos se vendían y se usaban en estas fechas, y la familia recuerda bien las cestas que diferentes negocios enviaban a las casas. Cestas que además de frutas, nueces, turrones y avellanas, traían la típica sidra para la celebración navideña y a veces pavo, aunque ya la tradición más común era el cerdo asado como plato fuerte de la celebración.
Eso duró hasta 1969, fue una curva descendente con gran diferencia entre la abundancia del principio y el racionamiento final. Los discursos en los que Fidel Castro se burlaba de los que decían que iba a eliminar la Navidad —haciendo inventario de los barcos que tenía llenos para celebrarla— cambiaron a la brusca eliminación de las fiestas navideñas para continuar el trabajo. Se le pidió al pueblo un sacrificio para hacer la zafra del setenta que, según los cálculos revolucionarios, iba a sacar al país de la pobreza. Lo que hizo fue deprimir cualquier otra producción. Ni se lograron los 10 millones de toneladas de azúcar ni volvió a haber Navidades públicas durante casi 30 años.
En los noventa, volvieron los arbolitos a las vidrieras. Con el regreso del negocio privado y de la fe religiosa como un valor nacional, se llenaron otra vez los templos y resonaron los tambores rituales. Junto a las nuevas generaciones retornaron muchos que habían renegado o escondido su fe y en las calles reaparecieron celebraciones y símbolos. No poco hubo en ello de moda o exotismo, pero también de recuperación de algo que se necesitaba.
En diciembre de 1997, esperando la visita de Juan Pablo II —primer papa de la historia que incluyó a Cuba en sus viajes—, se declaró el 25 como día no laborable. Al año siguiente, se instituyó esta fecha como feriado nacional. Todos esos cambios, junto a una demasiada vaga y difusa aceptación de los desmesurados errores que los provocaron —muchos causantes de un dolor aún vivo—, dejan un poderoso mensaje. Hoy, en 2026, la gran mayoría de los cubanos prefiere que sus hijos esperen Reyes Magos en otro país.
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