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Historia de dos remolinos: la inflación en Cuba y Venezuela

Foto: Yandry Fernández

Historia de dos remolinos: la inflación en Cuba y Venezuela

28 / febrero / 2022

En un año, gracias a la inflación, el poder de compra de los salarios del sector estatal cubano se ha reducido a la mitad. Un salario de 4 400 pesos que en enero de 2021 equivalía a 88 dólares ahora equivale a 44. El asunto es engañoso: en enero de 2020 mi salario como editor rondaba los 50 dólares, y en enero de 2019, antes del aumento salarial, habría equivalido a alrededor de 30 dólares (digo “habría” porque todavía no me graduaba).

En enero de 2019 un profesional en Cuba ganaba, con suerte, el equivalente a 30 dólares. Sin embargo, todos estamos de acuerdo en que se estaba mejor en enero de 2019 que en enero de 2022. Incluso, se estaba mejor en enero de 2019 que en enero de 2021, el mes de la burbuja. La explicación está en que los costos de vida (no solo en pesos cubanos, sino en dólares) se han disparado.

Básicamente, hemos tenido cuatro fases en muy poco tiempo: 1) en enero de 2019, salarios bajos y costos de vida bajos; 2) en enero de 2020, salarios un poco menos bajos y costos de vida también un poco menos bajos; 3) en enero de 2021, salarios más altos y costos de vida altos, pero todavía no tan altos; 4) enero de 2022, salarios bajos y costos de vida exorbitantes. Las fuerzas que explican este comportamiento extremadamente irregular son múltiples, pero podríamos señalar dos de gran importancia: el número de turistas que entran a Cuba y el salario promedio que el estado ha decidido pagar a sus trabajadores.

La primera fuerza es en apariencia incontrolable (aunque sin lugar a dudas todo habría sido distinto si se hubiera invertido en industrias, en vez de en hoteles: ya no digamos en 2019, sino en 2020 o en 2021); la segunda pareciera controlable (pero a la larga el mercado la hace incontrolable, si no hay una riqueza que lo justifique, un aumento salarial se traducirá en inflación). Como vemos, la riqueza generada por la única industria importante del país, los costos de vida y los salarios se han perseguido violentamente hasta generar el remolino en el que nos encontramos ahora. Hay una semejanza espeluznante entre el remolino cubano y el remolino que ha sacudido Venezuela.

Hay una ironía muy grande en el hecho de que por años se hablara de la cubanización de Venezuela, y ahora se hable de la venezolanización de Cuba. Venezuela nacionalizó empresas, redistribuyó riquezas, y no se preocupó por diversificar su economía, tal y como hizo Cuba mucho antes (cuando solo producía azúcar). Luego, en medio de la crisis por la caída de los precios del petróleo, Venezuela abrió tiendas en dólares, que siguen siendo las únicas abastecidas del país, tal y como hizo Cuba en los noventa. El espejo reflejó al espejo. Sin ingresos por turismo (la nueva monoindustria), Cuba apostó por seguir subiendo los salarios y por “redolarizar” sus tiendas. Ahora sufre una de las inflaciones más graves del continente y culpa a agentes externos por la tasa de cambio informal del dólar (cosa que también había hecho Venezuela). Por si fuera poco, ambos países tienen líderes que evidentemente no han sabido generar un mito propio, y se han limitado desesperadamente a autolegitimarse en sus discursos como continuadores de un líder anterior.

Al parecer las semejanzas no son exactas ni simultáneas. No obstante, mientras Cuba experimentaba un breve crecimiento económico por el acercamiento del expresidente norteamericano Barack Obama, la economía venezolana se desmoronaba. Ahora, mientras la inflación crece en Cuba, la hiperinflación parece comenzar a sanarse en Venezuela. Estas asimetrías tienen que ver con las «fuerzas» de las que hablábamos: la crisis del precio del petróleo y el desmoronamiento de la industria turística no se han producido a la vez, ni tienen causas semejantes; y el gobierno cubano ha sido hasta ahora menos entusiasta con la idea de elevar el salario mínimo cada seis meses. Y menciono el tema porque no es ninguna nimiedad: lo único que ha hecho que la inflación no haya alcanzado los números inimaginables venezolanos (literalmente inimaginables: han tenido que quitarle ceros a los billetes varias veces) ha sido que los salarios estatales no hayan subido, es decir, que no se haya puesto a circular billetes extras (digo billetes por comodidad: está claro que la mayor parte del dinero ya no es físico). La inflación que enfrenta Cuba todavía es producto de la supuesta unificación monetaria del año pasado, y solo se ha acelerado en los últimos tiempos a causa del gran número de personas que necesita dólares para viajar a Nicaragua (esto es un tema aparte). 

El dilema de los salarios del sector estatal es más grave de lo que parece. Si bien no hay duda de que un tercer aumento artificial de los salarios puede dejar caer definitivamente la bola de nieve de la inflación, o incluso de la hiperinflación, la otra alternativa (no hacer nada, dejar que el poder de compra de jubilados, médicos, profesores, científicos, ingenieros, cajeros, contadores, porteros, deportistas, etc. siga disminuyendo cada mes, para que pueda «no bajar» el poder de compra del sector privado, o sencillamente del que vive de las remesas) no parece mucho mejor. La única solución aparente sería que mágicamente empezaran a llegar millones de turistas a Cuba, pero eso no va a pasar. Tampoco va a pasar que el gobierno entre en razón y empiece a invertir en industrias en vez de en hoteles. Creo que es más probable que el gobierno cree una criptomoneda cuyo valor descanse en las playas cubanas como recurso (semejante al desastroso petro venezolano, que descansaba en las reservas de petróleo), a que se le ocurra apostar por industrializar el país. 

La inflación y/o la hiperinflación en Cuba, en caso de que su subieran por tercera vez los salarios (y quien crea que la hiperinflación en Cuba es imposible le recomiendo que vea cómo empezó todo en Venezuela, poco antes de la muerte de Hugo Chávez), implicarían que las cuentas de los negocios y del propio estado se hicieran complejas e inseguras, que más personas pudieran vivir de la especulación de los precios (porque fuera más rentable que trabajar), y que en general se creara una atmósfera de incertidumbre económica que terminara de ahuyentar a cualquier posible inversor extranjero. Si siguiera la inflación a su ritmo actual (probablemente se desacelere una vez que se vayan a Nicaragua todos los que vayan a irse), no subir los salarios significa que los cubanos que trabajen con el estado terminen ganando en enero de 2023 tal vez el equivalente a 10 ó 15 dólares al mes, lo mismo que ganaban hace una década, con la diferencia de que los costos de vida en Cuba hace una década eran más bajos. Y con costos de vida me refiero a lo más básico: la comida. Hace una década debemos recordar además que el dólar valía mucho más en el propio Estados Unidos. Es muy probable que 15 dólares en 2023 equivalgan en el mundo a lo que eran 10 dólares en 2013. No debemos pasar por alto este detalle para comprender la gravedad de la crisis en la que se encuentra Cuba actualmente. En particular, la gravedad de la crisis para aquellos que dependan de los salarios del estado para sobrevivir.

Y este posible escenario para enero de 2023 (salarios de 10 dólares y alimentos con precios del primer mundo en los mercados) es cada vez más probable, viendo que el turismo no se va a recuperar hasta dentro de varios años, y que han fallado todos los intentos del gobierno por impulsar la agricultura, en su mayoría más retóricos que prácticos (impulsar un sector sin inyectarle dinero es como soplar una locomotora para que se mueva). Si se duplican los salarios ahora, se cuadriplicarán los precios a la larga, y un trabajador ganará el equivalente a 5 dólares en vez de 10, que fue justo lo que pasó en Venezuela. 

He explorado múltiples finales para este texto: proponer alguna solución concreta, o al menos dejar la puerta abierta a algún milagro (¿no fue triste escuchar las esperanzas de las personas en la calle con la noticia del hallazgo del yacimiento de oro?). La verdad es que se me han ocurrido soluciones desde hace cuatro años, y las he publicado. Y especialistas, personas que tienen un conocimiento económico del que yo carezco, las han pensado y publicado desde hace mucho más tiempo, con muchos más detalles, y no se les ha hecho caso. Se recurre al fatalismo geográfico para decir que Cuba es una isla sin recursos y que por tanto solo puede depender del turismo, o que siempre estará la amenaza externa de Estados Unidos, y que si no fuera por el bloqueo… Los predicadores que dan esas excusas son los únicos admitidos en la estructura, y los únicos a los que se les permite liderar el país. La soluciones no debían ser solo económicas, eso fue lo que me costó tiempo entender: antes que económica, la inflación en Cuba es política.

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Carlos Ávila Villamar
(Holguín, 1995). Escritor, editor y crítico literario. Ensayos y relatos suyos han sido publicados en revistas como Cuadernos Hispanoamericanos, Literal Magazine, La Santa Crítica, Taller Igitur, y Erial. Es autor de la novela corta El paisaje que nadie ve, en vías de edición por el sello Bokeh.
carlos.avila

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Ray

Gran comentario...
Ray

Elisabet

Bueno, de todo el final es lo mejor. Muy acertado siempre.
Elisabet

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