La frontera de la luz: marzo de rebelión en el reparto Zamora

14 de abril de 2026 a las 05:55 a. m.

Gasta menos datos recibiendo nuestro contenido en WhatsApp o Telegram
Foto: Persona Protegida

Foto: Persona Protegida

«La primera que salió a armar bulla fui yo», confiesa Yamilka* mientras vigila en el espejo el peinado que hace a una clienta. Apenas se distingue en esa habitación pequeña el área que corresponde a la sala y al comedor del «negocio de la peluquería» donde nos encontramos. Ni siquiera hay mucho espacio para moverse. El lugar parece servir, más bien, de fondo escenográfico para el cuerpo de Yamilka, que crece y se agita cuando recuerda las ganas que tiene de que se acabe esta mierda.

«La gente decía que si el Zamora era un barrio de guapos que no hacían nada, que si se la pasaron el 11 de julio oyendo música y tomando cerveza al lado de unos bafles grandísimos… pero eso era antes. Ahora to el mundo está pa calentar», y distribuye los énfasis de «deja eso», «se acabó el abuso», como para retar decididamente al silencio.

Desde 2024, las cosas venían bastante mal con apagones que afectaban a Cuba, especialmente fuera de la capital. «Pero lo que se está viviendo en 2026, yo no te lo puedo explicar, mamita», precisa. Todo el mundo sabe que el régimen hace lo imposible por no incomodar a La Habana. Mientras a una provincia le quitaban la corriente 22 horas al día, a La Habana se le iba solamente cuatro horas, por ejemplo. El cálculo es demográfico: mientras a un poblado de 10 000 habitantes es fácil contenerlo, un estallido de más de 1 millón de habaneros molestos podría representar el fin de la casta política que lucha por subsistir en el poder en Cuba. Por eso evitan incomodar a La Habana.

Sin embargo, a pesar de esos cuidados, la oscuridad no hizo otra cosa que avanzar durante 2025 y en los primeros meses de 2026 hacia la capital del país. No ocurrió con el sobresalto de los titulares foráneos, sino que se vivió más como un continuo. En la prensa extranjera se leía un punto de giro dramático en la extracción de Nicolás Maduro en enero y desde que aumentaron las presiones de Estados Unidos para que no entrara petróleo a la isla. Pero aquí en la isla ya sabíamos hace rato de la agonía de cocinar sin luz eléctrica (o no cocinar) y de las calles como bocas de lobo durante la noche. 

Cierto que en marzo la cosa empeoró. La Habana se apagó durante seis, ocho, y hasta 12 horas seguidas y es por eso que también sus habitantes comenzaron a hacer sonar, con más frecuencia, su frustración en la penumbra. 

Escogieron la noche para evitar que los represores vieran las caras que los retan. Esta es una de las características de los «cacerolazos» que dieron de qué hablar durante marzo. Otra peculiaridad fue su constancia. Si bien el ruido empezó en los barrios más pobres de la ciudad, este se fue distribuyendo a zonas menos deshechas como el Vedado o ciertas áreas del municipio Playa. No son simultáneos los cacerolazos, pero han ocurrido casi todas las noches desde el 6 de marzo. A veces traen la luz que piden. 

Otro distintivo de estas protestas bulliciosas es que escalaron en contenido y en acción. En una primera etapa, los inconformes suenan sus calderos desde el interior de sus casas. Así se comunican y reconocen en la frustración los vecinos. En las fases superiores, quienes se saben acompañados, salen a la calle. En la segunda protesta en Zamora, barrio empobrecido que queda al fondo del Hospital Militar en Marianao, se hicieron hogueras con las acumulaciones de basura en las esquinas: «los niños fueron quienes le dieron candela a cada montón de basura mientras sonaban sus jarros, ya caída la noche» —dice Leticia, una de las madres del barrio.

Otra peculiaridad de los actuales cacerolazos es la participación de niños entusiastas. «Yo nada más estoy esperando a que el jarrito de Gabriel empiece a sonar —admite Yamilka— pa responderle». «El jarro de calentar la leche —lo recrimina orgullosa su madre Leticia— que me lo tiene desbaratado». No bien cae la noche después de un día tormentoso y ya el niño quiere chocar metal con metal para que otros amiguitos lo acompañen. «Se ha convertido en un activista espontáneo —cuenta—. Hasta rescató a una gatica recién nacida y le puso Libertad».

En la próxima etapa, la protesta asciende a lo estrictamente político. Al principio, la gente pide el restablecimiento de la luz eléctrica. Pero poco a poco se animan voces que culpan de los males a la Administración cubana. No a Estados Unidos o a su reciente asedio petrolero: al comunismo, a la Revolución y al presidente de Cuba. En ese momento, también suelen ocurrir pintadas y aparece la Policía uniformada y también la Seguridad del Estado. Así pasó en la cuarta (6 de marzo de 2026) y la quinta protesta del Zamora, en especial en la quinta (12 de marzo), donde la cosa «se calentó» verdaderamente.

Después de ese 12 de marzo de 2026, al lado de la bodega de 124 y 35, apareció un cartel: «Canel, singao», que permaneció durante varios días sin que nadie se trastornara con ello. Los vecinos ya le pasaban con indiferencia por al lado. «En la penúltima protesta, íbamos a pintar con spray pero se nos acabó —comenta un joven que se ha unido a la conversación y escucha con contenido entusiasmo—. ¡Pa la próxima pintamos en la calle misma pa que no puedan borrarlo! ¡Tendrán que echar el asfalto nuevo!»

El barrio Zamora cambia cuando no hay corriente. Entonces los quehaceres de la casa se exteriorizan. Como el gas no llega por tuberías a los hogares, regularmente los vecinos tienen que cocinar con bombonas de gas que pueden llegar a costar 100 USD, o bien con electricidad. Cuando empieza a faltar la electricidad también, entonces hay que recurrir al carbón, que no es barato, o a la leña, en última instancia. Como tampoco suelen tener patios esas pequeñas casas congestionadas, no hay de otra que destinar a la acera el humo que produce la cocina.

Así, sale al dominio público aquello que alimenta a los vecinos y, por supuesto, puede ser tema de conversación; hasta el costo de cocinar se comparte porque el saco de carbón cuesta 3 USD y alcanza para ocho ciclos de cocinado. Por eso la gente participa en los fogones ajenos. También en plena acera, en la calle 122 A, por ejemplo, hay un horno permanente con su caldero inmenso debidamente tiznado encima de él, donde los vecinos ponen las cafeteras en las innumerables mañanas sin corriente.

Tampoco hay cisternas para almacenar el agua en esas casas antiguas; o sea, que los vecinos deben recurrir a tanques elevados que necesitan de la feliz coincidencia del agua que llega por el acueducto con la electricidad que viene de los cables para que arranque un motor que llevaría la primera hacia los tanques. El agua aparece una vez cada dos días. De manera que cuando no hay corriente los vecinos la ven desaprovecharse con impotencia. A lo sumo, alcanzan a cargar algunos cubos de la red principal para sus casas. Esto puede ocurrir durante cinco o seis días seguidos. Depende de la coincidencia de la llegada del «agua de la calle» con el «apagón».

Con la tercera protesta, en febrero, la gente fue perdiendo el miedo a la Policía y con el ritmo del metal salieron más a la calle. Los habitantes de Palo Cagao, del Hueco, de Samá y de «Zamora-Zamora», que conforman la nobleza del «Consejo Popular Zamora-Coco Solo», se fueron reuniendo en la calle 124 al caer la noche con su ruido. Casualmente, son estas las áreas que se quedan sin corriente, percibe Leticia. «A los alrededores hay luz. Somos nosotros, los marginalizados, a los que siempre nos joden».

La calle 124 es la más ancha. Divide las zonas de Zamora con Palo Cagao, pero no solo eso delimita en la geografía del barrio, sino que informalmente se ha creado otra zona que todos perciben: subiendo por 124, a partir de 135, hay electricidad. Los habitantes de Zamora advierten esta diferencia recurrente al punto de que el pequeño Gabriel y su madre llaman a 135 «la frontera de la luz». Es una zona donde la vida se hace un poco más fácil en todos los sentidos, donde viven los «de arriba»; ya hasta se asegura que el nieto de Raúl Castro, el coronel Raúl Guillermo Rodríguez Castro, apodado «El Cangrejo», tiene un negocio allí. 

En la noche del 12 de marzo protestaron por quinta vez y salió muchísima gente. Esta vez no solo caminaron hasta «la frontera de la luz» para sonar sus calderos, sino que arrastraron las estructuras de hierro de las tarimas de vegetales que duermen a ambos lados de la calle 124 e hicieron una larga barricada en la frontera. «Hasta la gente del lado de allá, que sí tenía luz, bajó» —recuerda Yamilka entusiasmada—. Ningún carro iba a pasar. La Policía, como es costumbre ya, dejó sus patrullas a dos cuadras de distancia y bajaron solos. También había policías de civil que los pobladores relacionan con la Dirección Técnica de Investigaciones (DTI), pero que probablemente pertenecieran al Departamento de Seguridad del Estado, que es quien se ocupa de dirigir la represión política.

Había muchísima gente esa noche. También había niños. Se hicieron fogatas. Los niños se pasaban una pelota por encima de las fogatas. En un momento, un policía vestido de civil agarró a Leticia y a su hijo Gabriel por el brazo para quitarlos de la barricada que bloqueaba el paso de los carros. «¡Muchacha, la gente se les echó encima! ¡Oe! ¡Ni se te ocurra tocar al niño!», decían. «Por primera vez sentí a mi barrio empoderado», afirma Leticia. 

Del Zamora al Country Club y viceversa 

Si uno se deja caer por la calle 130, un camino sinuoso va dejando atrás el panorama deprimente de Palo Cagao y le devuelve distancia y señorío a las viviendas a ambos lados de la calle. No muy lejos se llega a otra frontera, esta vez presidida por el antiguo y bello colegio religioso Sagrado Corazón de Jesús (hoy Instituto Superior de Ciencias Básicas y Preclínicas Victoria de Girón), que es preámbulo de las mejores mansiones habaneras construidas por la pujante burguesía de los años cincuenta en un reparto que se llamó Biltmore (hoy Siboney).

Allí, por fin el duro modernismo arquitectónico del norte supo fusionarse con la tradición de la Quinta criolla, que da protagonismo al encantador paisaje de césped, palmas y árboles frutales. Los altos muros o la simple distancia bloquean al instante la turbulencia citadina para adentrarse en el tranquilo submundo de la campiña cubana. El camino se convierte en paseo. No se puede pasear por allí sin desear aquella calma o temer el dominio de una casa tan grande. Es el barrio de los embajadores. Las entradas llevan banderas y los muros, tarjas que identifican a su habitante. Es el barrio también de misteriosas «zonas militares» que insinúan pequeños paraísos. Barrio de dirigentes comunistas. Ahí vive también el primer secretario del Partido Comunista Cubano y presidente de la República, Miguel Díaz-Canel. Allí se aparecieron a mediados de 2025 tres mujeres pobres de Palo Cagao, dos de ellas madres solteras desempleadas con hijos de 5 años, la primera, y de 1, 5 y 9 años, la segunda. 

No se hizo un video de la incursión en el Biltmore, pero se saben los motivos. «Queríamos comida», confiesa una de ellas al ser interrogada por la causa de su visita al lugar (el hecho de que no la distinga por su nombre se debe a que han sido amenazadas). «No nos hicieron nada ni nos dieron nada... Pero el guardia de la garita nos dijo que no podíamos pasar y después nos pidieron el carné de identidad... Nosotras, por supuesto, no se los dimos porque teníamos miedo». Al final les dijeron que se tenían que ir. Pero la gente siempre se entera. Por eso, cuando el jefe de sector del Consejo Zamora-Coco Solo fue a visitarlas a sus casas, les dijo que «no se siguieran metiendo pa casa de Díaz-Canel».

Por eso también son fáciles de detectar cuando bajan a las protestas. En la del 12 de marzo, las acusaron de líderes porque, supuestamente, una de ellas había ayudado a mover las tarimas del agro para hacer la barricada que esa noche impediría llegar a los carros. Dijeron que estaba en primera fila.

Cuentan que la presidenta del Poder Popular de esa localidad, a quien conocen por «Sandra», estuvo muy activa esa noche. Cuando aquel policía de civil quiso quitar del camino a Leticia con su hijo y todo el mundo salió a defenderla, la presidenta irrumpió en escena para pedirle el niño a la madre. Ella lo protegería, gritaba: «Mírame, soy Sandra, dame al niño». En otro momento de la noche, se oyó un intercambio entre ella y otra vecina en el que se decían:

Sandra: «Los mismos vecinos tienen que ayudarse». Vecina X: «¿Cómo tú crees que mi vecina, que no tiene nada, me va a ayudar? Mañana yo voy a tu casa a que me des 2 libras de arroz». Sandra: «¿Yoooo?»

A los pocos días, se apareció la presidenta del Consejo en Palo Cagao con una caldosa «medio aguada» y unas cajas de arroz amarillo con boniato para repartirlas por la cuadra donde viven varias de las mujeres que estuvieron en la protesta. Fue distinto a las iniciativas o «los prontos» autogestionados de Leticia, que en los días de frío reparte leche caliente entre vecinos vulnerables y también ha hecho caldosas bien fuertes para la gente: esta iniciativa gubernamental fue filmada. Al día siguiente, las citaron a todas para la estación de Policía. 

Primero ocurrió una reunión general, con el jefe de sector de la Policía, la Seguridad del Estado y unas mujeres que no se presentaron: no podían andar manifestándose en la calle de esa manera, les dijeron. Luego las llamaron por separado a cada una y les aconsejaron un buen comportamiento político o que se atuvieran a las consecuencias: por ejemplo, la cárcel y la pérdida de la tutela de los niños. No olvidaron tampoco prevenirlas a una sobre las otras: que si son «elementos», que si antecedentes penales, que si prostitución, que no convienen esas compañías. Luego les hicieron firmar una «Carta de advertencia» de la Policía, en la que se creaba un precedente para que todo eso que habían prefigurado de palabra se cumpliera en un futuro si el mal comportamiento continuaba.

Después de eso, Zamora estuvo más tranquilo. El Sistema Eléctrico Nacional (SEN) volvió a colapsar completamente y el país se vio a oscuras por más de 24 horas seguidas. En Zamora salieron dos o tres muchachos que estaban bebidos. Cuentan que desafiaron a los policías que inmediatamente ocuparon la calle 124 (hay quien asegura que había policías de civil recorriendo la zona desde mucho antes). Los muchachos fueron golpeados. En un vídeo, se ve cómo los montan en unas motos y salen con ellos, intercalados entre dos policías. Pero un poco más adelante los policías paran, se bajan, le dan unos golpes a un joven. Luego se pierden en la oscuridad. Los jóvenes capturados esperan en Valle Grande por la celebración de un juicio por desacato. En Zamora observan con rabia contenida.

En esos mismos días, un barco ruso de nombre Anatoly Kolodkin atracaría en el puerto de Matanzas para aliviar el ahogo de las refinerías oficiales y cortar el momentum de incomodidad popular o, más bien, intercambiarlo por la promesa de una eterna agonía que, por una u otra contingencia, nunca llegará a la muerte.


*Los nombres de las personas entrevistadas en relación con las protestas han sido cambiados por el riesgo de cárcel en Cuba. 
toque-promo
Encuentra la norma legal cubana que buscas
Normativa reciente
Gaceta Oficial No. 33 Ordinaria de 2026
09 abr, 2026
Decreto 143 de 2025 de Consejo de Ministros
De la comercialización de productos agropecuarios y forestales.
Respuestas a preguntas jurídicas frecuentes

Nuestras aplicaciones

elTOQUE
elTOQUE
Noticias y análisis sobre la realidad cubana.
Tasas de elTOQUE
Tasas de elTOQUE
Tasas de cambio del mercado de divisas en Cuba.
Legalis
Legalis
Acceso fácil a la legislación cubana.