Sin agua en La Habana: la rutina diaria entre cubos, apagones y espera

23 de abril de 2026 a las 03:00 p. m.

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Protesta de vecinos de La Habana Vieja por la escasez de agua. Foto: Facebook / Rossana Oliva/Archivo.

Protesta de vecinos de La Habana Vieja por la escasez de agua. Foto: Facebook / Rossana Oliva/Archivo.

La falta de agua en La Habana no es una estadística: es una rutina.

Lucía*, de 63 años, pedagoga retirada y vecina de Centro Habana, vive en el último piso de un edificio antiguo. Desde la puerta de su casa, puede ver los tanques de agua del inmueble. Cuando escucha el sonido del agua cayendo en ellos, sabe que, en teoría, el suministro ha llegado al edificio. Pero eso no significa que vaya a salir por la llave de su casa de inmediato. 

«Puede demorar horas en subir», cuenta.

Mientras espera, la jornada se organiza alrededor de una incertidumbre: si habrá agua, si habrá electricidad y cuánto tiempo durará cualquiera de las dos.

Lavar la ropa, cocinar, limpiar o incluso bañarse no dependen de una rutina estable, sino de una especie de cálculo diario. «Uno vive pendiente de eso», dice.

En Marianao, Mildrey, de 56 años, vive una realidad similar. Cada vez que llega agua con presión a la tubería común del primer piso, comienza a subirla en cubos hasta el segundo, donde vive.

Cubo a cubo llena pomos, cubetas y cualquier recipiente disponible repartido por toda la casa. «Hay días en que lo primero que hago al levantarme es revisar si queda agua para cocinar», explica.

La escena se repite en distintos municipios de la capital: recipientes alineados en cocinas, baños y balcones; vecinos pendientes del rumor en las tuberías; noches sin dormir por esperar la hora en que «la ponen».

Aunque un reciente reporte del diario oficialista Tribuna de La Habana señaló que municipios como Plaza, Marianao y Centro Habana figuran entre los menos afectados por el abasto, los testimonios recogidos por elTOQUE muestran que incluso en esas zonas el servicio es inestable.

Las llamadas excepciones, en la práctica, dejan de parecerlo cuando se mira barrio por barrio.

En Alamar, Yanet Gónzalez Herrera, de 39 años, dice que la crisis del agua también ha terminado por convertirse en una cuestión de dinero y contactos. «Si tienes a quién llamar y con qué pagar, resuelves. Hay gente que manda a buscar una pipa y llena la cisterna en horas. El que vive del salario, espera a que caiga gota por gota». En su edificio, asegura, han pasado varios días con apenas un hilo de agua. «En el mismo barrio unos tienen tanques llenos y otros guardan agua en pomos de refresco».

La angustia también atraviesa la vida familiar. En San Miguel del Padrón, Daniela Estupiñán, de 31 años y madre de una niña pequeña, explica que la incertidumbre es constante. Se levanta en la madrugada para llenar los cubos y tanques. «Aquí una no duerme tranquila; siempre está esperando el agua», cuenta. 

200 000 personas afectadas

Según cifras ofrecidas por directivos de la empresa estatal Aguas de La Habana, unas 200 000 personas en la capital sufren actualmente algún tipo de afectación en el suministro.

La cifra representa alrededor del 11 % de la población habanera, pero el impacto cotidiano va mucho más allá del número.

Se trata de «cortes prolongados, fallas continuas y ciclos de entrega» cada vez más largos.

En algunas zonas, como parte de Aldabó, el agua puede tardar hasta casi un mes en llegar.

La explicación oficial

En conferencia con la prensa estatal, el director general de Aguas de La Habana, Yosvany Rubi Bazail, y el director de Acueducto, Abel Fernández Díaz, atribuyeron la crisis, fundamentalmente, al «deterioro de la infraestructura».

Según explicaron, el 40 % de las afectaciones responde a «deficiencias o colapso de los equipos de bombeo», mientras que el 39 % está asociado a las fallas eléctricas. El resto se relaciona con roturas en conductoras, salideros y bajas presiones.

La explicación técnica no resulta ajena para los vecinos, que llevan años conviviendo con averías, salideros y sistemas de bombeo envejecidos.

Lo que cambia ahora es la intensidad.

La combinación entre una red hidráulica deteriorada y los apagones ha profundizado una crisis que ya formaba parte de la vida cotidiana de la ciudad.

Un problema estructural

Los funcionarios también anunciaron la instalación de nuevas bombas en zonas como Pogolotti, La Güinera, Cotorro, San Francisco y Tarará, así como la reparación de equipos en lugares como La Fortuna.

A esto se suma la incorporación de grupos electrógenos para mantener activas algunas fuentes de abasto e impulsoras (estaciones de bombeo), aunque todavía a nivel nacional el impacto en el sistema de distribución es mínimo. 

El presidente del Instituto Nacional de Recursos Hidráulicos (INRH), Antonio Rodríguez, señaló que los emplazamientos de los equipos de bombeo en el país «suman 4 155 entre las posiciones de trabajo y las de reserva. De ese acumulado, 3 508 están en funcionamiento, 567 carecen de equipos, 1 331 sufren más de diez años de explotación, mientras 250 incumplen los parámetros hidráulicos».

El Observatorio Cubano de Auditoría Ciudadana (OCAC), en el informe «El problema del agua en Cuba», publicado en marzo de 2024, advierte que «el servicio de agua se ha deteriorado por la falta de mantenimiento de la infraestructura, incluida la falta de reparación de bombas y conductos y la mala gestión de los recursos hídricos».

Según la entidad independiente, «esto ha llevado a una serie de problemas como la contaminación de fuentes de agua, la salinización y la pérdida de hasta el 60 % del agua bombeada debido a fugas en las redes de distribución». Además, el «tratamiento de aguas residuales es deficiente y contribuye a la contaminación del medio ambiente».

Además, el abasto depende, en gran medida, del comportamiento del sistema eléctrico.

En otras palabras, el acceso al agua sigue atado a la estabilidad de la corriente.

Para los vecinos, eso se traduce en una doble incertidumbre: sin luz no hay bombeo, y sin bombeo no hay agua.

«Si no hay corriente, ya sabes que no va a subir», resume Mildrey.

Vivir esperando

La crisis del suministro de agua potable se agrava no solo en la capital, la situación es similar, y en muchos casos peor, en el resto del país. Entre las provincias con el escenario más crítico con el suministro de agua, están Holguín y Las Tunas, según las autoridades. La prensa estatal publicó en septiembre de 2024, que eran más de 700 000 los afectados por el inestable suministro proporcionado por empresas estatales. Desde entonces, el número debe haber crecido aunque no hay datos oficiales actualizados, teniendo en cuenta que no han habido inversiones significativas y ha empeorado la crisis económica. 

Más allá de las cifras y las explicaciones oficiales, el problema se mide en horas de espera, en cubos cargados por escaleras oscuras, en comida que no puede cocinarse y en días enteros reorganizados alrededor de una llave seca.

«Uno vive más tiempo sin agua que con ella», asegura Lucia. 

En varios barrios de La Habana y otras provincias, la ciudadanía ha salido en los últimos años a protestar por la falta de abasto de agua. Han cerrado calles con cubetas en el suelo, colocado carteles improvisados y golpeando cacerolas para visibilizar una crisis que atraviesa la vida cotidiana. Las protestas no sólo denuncian la escasez, sino también el abandono de la infraestructura hidráulica, la falta de respuestas oficiales y la desigualdad con que se distribuye un recurso básico.

Mientras los funcionarios hablan de nuevas bombas, planes de rescate y redistribución de equipos, en muchos hogares de La Habana la rutina sigue siendo la misma: esperar.

Esperar que llegue la luz, que enciendan la bomba, que el agua suba.

Y esperar, otra vez, que no vuelva a irse.


*El nombre ha sido cambiado a solicitud de la entrevistada.
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