Cuba y la libertad por venir

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Foto: elTOQUE.

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Los cubanos hablamos de libertad con una mezcla de anhelo, sospecha, nostalgia y una buena dosis de cansancio. La libertad es, para nosotros, una palabra luminosa y, al mismo tiempo, un territorio desconocido. Ha sido prometida, sacrificada, invocada y eternamente postergada. Ha servido como escudo y como arma, como ilusión colectiva y como consuelo privado, y, sin embargo, sigue siendo algo que no terminamos de poseer. Más que un derecho, ha sido una especie de horizonte que siempre se mueve unos pasos más adelante; y en la debacle permanente de esa espera sin esperanza se basa la vida de los cubanos, mientras los versos del poeta español Ángel González se vuelven lapidarios: «te llamas porvenir porque no vienes nunca».

No obstante, más que el cuándo llegará o no esa libertad, lo que debe preocuparnos y ocuparnos a los cubanos es lo que pueda ocurrir cuando la libertad de todos —los de dentro, los de fuera— tenga existencia en un mismo país, en un mismo espacio real y simbólico, en un mismo proyecto de nación. La libertad, tan deseada durante décadas, se vuelve un vértigo cuando imaginamos su práctica real: cuando haya que compartirla con el vecino, con el antiguo adversario, con el que piensa distinto, con el que sufrió más o con el que sufrió menos, con el que se marchó buscando aire y con el que resistió aguantando la respiración.

El drama cubano no es solamente la ausencia de libertad, sino el miedo a lo que podría pasar cuando finalmente la recuperemos. El miedo a que la libertad desbordada se convierta en caos; a que la justicia se confunda con venganza; a que los resentimientos acumulados —los de un lado y los del otro— estallen en pleno día y rompan cualquier intento de reconstrucción. El cubano que ha apoyado el sistema teme que el otro, ese «compatriota» que no ha visto en años, o al que ha visto todos los días, sea una trampa; que su libertad se vuelva un arma, que use su voz recién recuperada para humillar, para castigar, para imponer un nuevo silencio. Mientras que el cubano que ha sido aplastado por el sistema no se siente del todo capacitado para pensar en los derechos del que aplasta derechos o calla ante la injusticia. Juntar esos dos grupos, esos polos equidistantes, es la verdadera labor titánica que nos aguarda como pueblo.

Porque la libertad no puede ser solo un cambio político. Tiene que ser también un cambio emocional. Tenemos que abrazar la idea de que somos más distintos entre nosotros de lo que durante décadas se pretendió. Tenemos que asumir que la unidad nacional no es ni tiene porqué ser unanimidad; y que la única forma de ponerle un apósito a la emigración constante, esa herida que separa a las familias, es aceptando un futuro de pluralidad, donde existirán desacuerdos, tensiones, verdades incómodas que no desaparecerán simplemente porque al fin podamos decirlas, pero también podremos encontrar un territorio común desde el que reconstruirnos, un lugar donde el disenso no sea señal de enemistad, sino de vitalidad, donde podamos permitirnos imaginar una Cuba que no tema a su propia complejidad, sino que la convierta en la raíz misma de su esperanza.

Cuba tendrá que enfrentarse a una tarea inmensa: aprender a convivir con libertades múltiples. No solo con la libertad política, sino con la libertad de expresión, con la libertad económica, con la libertad cultural, con la libertad de contar la historia desde distintos colores y dolores. Eso es lo que genera vértigo: no la libertad como ideal, sino la libertad como práctica concreta entre seres humanos con heridas, orgullos, sospechas, pérdidas y rabias.

Los cubanos del exilio han cargado durante décadas con una libertad incompleta: han podido hablar, pero no han podido regresar; han podido prosperar, pero no sanar; han podido reconstruir sus vidas, pero no reconstruir la nación que dejaron atrás. Por eso, su relación con la libertad está marcada por un tipo de nostalgia que no se resuelve con pasaportes ni con vuelos directos. La libertad del exiliado es una libertad rota: no está sometida al control del Estado cubano, pero está marcada por la ausencia de la tierra.

Los cubanos de la isla, por su parte, han vivido en una patria estrecha, asfixiada, restringida por una estructura que no confía en ellos. Han aprendido a ser libres en privado, a pensar en silencio, a desear sin nombrar, a imaginar sin compartir. Y esa libertad íntima, casi secreta, ha sido muchas veces la única forma de mantenerse dignos dentro de un sistema que teme la diversidad porque la interpreta como amenaza.

En su obituario a Julián del Casal, Martí dejó escritas estas palabras, hoy cargadas de vigencia: «¡Así vamos todos, en esa pobre tierra nuestra, partidos en dos, con nuestras energías regadas por el mundo, viviendo sin persona en los pueblos ajenos, y con la persona extraña sentada en los sillones de nuestro pueblo propio! Nos agriamos en vez de amarnos. Nos encelamos en vez de abrir vía juntos. Nos queremos como por entre las rejas de una prisión. ¡En verdad que es tiempo de acabar!».[1]

Cuando llegue el momento, «ese tiempo de acabar» —y llegará, porque ningún sistema puede eternizar el miedo ni sofocar para siempre el deseo de dignidad—, los cubanos tendremos que aprender a combinar esas dos libertades incompletas en una sola libertad compartida. Y ese será el desafío más complejo: no el cambio de leyes, sino el cambio de corazones, juntar los enormes pedazos de esa pobre tierra nuestra.

La justicia, en ese futuro, deberá ser firme pero no cruel, clara pero no humillante, reparadora pero no revanchista. Deberá saber nombrar los abusos sin convertir cada dolor en una cadena perpetua. Tendrá que distinguir entre responsabilidad y rencor, entre verdad y ajuste de cuentas. No habrá libertad real si la justicia se usa para vengarse, pero tampoco si se usa para olvidar. Cuba necesitará una justicia que sane sin destruir, que escuche sin aplastar, que permita a cada cubano decir: «esto fue lo que viví», pero también: «este país nos pertenece a todos, incluso a quienes militaron en cada uno de los extremos». Tenemos que crecer bajo la máxima «con todos y para el bien de todos», dejando atrás el «no los queremos, no los necesitamos».

El temor a la libertad es, en el fondo, el temor a que el otro —el familiar que emigró, el vecino que militó, el joven que protestó, el funcionario que obedeció, el artista que calló, el amigo que delató, el hermano que se fue en balsa, el desconocido que gritó en la calle— pueda convertirse en enemigo en el momento en que desaparezcan las estructuras que hoy sostienen artificialmente la convivencia. Pero ese miedo no es una condena. Es, más bien, una señal de que la libertad cubana deberá construirse con cuidado, con paciencia, con una sensibilidad especial hacia el dolor acumulado. La libertad no será un día de júbilo, sino un proceso largo de reconciliación. No será un grito, sino un diálogo. No será un lema nuevo, sino una forma de mirarnos sin coraza.

Para que Cuba pueda convivir en armonía en ese futuro, será necesario que todos —los que se fueron y los que se quedaron— entiendan algo sencillo y a la vez profundo: la libertad no es un territorio que se ocupa, sino un vínculo que se construye, porque, como Martí le escribió a Gómez —aunque tal pareciera que a la postre le estuviese escribiendo a Fidel Castro—: «Un pueblo no se funda, General, como se manda un campamento». Y ese vínculo de reconstrucción, de refundación de nuestro pueblo herido y disgregado, se basa en el reconocimiento mutuo.

Si desde una postura filosófica entendemos que la libertad solo existe ahí donde no se le nombra, o al decir de nuestro bardo Carlos Varela: «La libertad solo existe cuando no es de nadie», toca pensar que los cubanos, llegado el momento, deberíamos concentrarnos menos en la libertad y más en la fraternidad. Tenemos que aprender a ver al otro no como culpable o como héroe, sino como alguien que hizo lo que pudo con las circunstancias que tuvo. Esa comprensión no excusa los errores; simplemente permite avanzar.

La libertad que Cuba necesita no es la libertad del individuo aislado, sino la libertad del encuentro. Una libertad que permita disentir sin romper; que permita criticar sin destruir; que permita recordar sin arrancar la piel. Una libertad que no se convierta en un nuevo instrumento de separación, sino en un puente. El futuro cubano será libre cuando dejemos de ver al otro como amenaza y comencemos a verlo como compañero de destino. Cuando entendamos que la libertad de uno no existe sin la libertad del otro. Cuando las heridas puedan nombrarse sin que se abran de nuevo. Cuando la diferencia no sea el preludio del conflicto, sino la prueba de que la diversidad finalmente respira.

Habrá miedo, sí. Y habrá errores. Pero también habrá, por primera vez en mucho tiempo, la posibilidad real de que Cuba sea una comunidad plural, justa, abierta, en la cual la libertad no sea un mito ni un arma, sino el fundamento cotidiano de la convivencia. Ese día, la libertad dejará de ser el vértigo de un sueño inconcluso y se convertirá en la tierra firme donde los cubanos —todos los cubanos— podamos finalmente reconocernos.


[1] Cita tomada de: Martí en su universo. Una antología, Real Academia Española, 2021, p. 652.

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Norma Ruiz

Interesante y profundo escrito. Reflexiono en esta "incómoda verdad" para algunos que no quieren ver, y cito:- El futuro cubano será libre, cuando dejemos de ver al otro como amenaza y comencemos a verlo como compañero de destino.
Norma Ruiz

Jose

Amen!!
Jose

Roberto

Coincido esencialmente con su artículo, pues considero que para que Cuba sea totalmente libre debe lograr la unidad de su pueblo, de todos los cubanos y cubanas que desean el bien de la nación, amiga con todo el mundo, pero no sometida a nadie. Pero como bien dice, esa unidad sólo se logra desde la aceptación de las diferencias, construyéndose desde lo que nos une, sin vivirv excarbando en lo que nos separa. Esto nos permitirá descubrir que lo que nos ha alejado durante tanto tiempo, influido por los que nos temen unidos, es infinitamente menos importante que lo que nos une. Pero ese puente sólo se logra construir trabajando simultáneamente desde todas las orillas. Y yo quiere creer que estamos preparados para esta difícil tarea. Como dijera Mujica: "Debemos perdonar aunque nunca olvidar", pues olvidar puede llevar a repetir los mismos errores.
Roberto

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