Los cubanos que pelearon junto a Lincoln y dieron la vida por Cuba

7 de julio de 2026 a las 04:30 p. m.

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Imagen: Canva con archivos históricos

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Hay historias que parecen haber sido escritas para recordarnos que las fronteras nunca han sido suficientes para contener las ideas. Esta comienza en Cienfuegos, en una casa donde convivían dos mundos. Él era español. Ella, estadounidense, nacida en Filadelfia. Sus hijos, Federico y Adolfo Fernández Cavada llegaron al mundo en una Cuba que era colonia española. Nadie podía imaginar entonces que aquellos dos niños terminarían luchando por dos independencias distintas, en dos países diferentes, y que sus vidas acabarían convirtiéndose en uno de los primeros puentes humanos entre Cuba y Estados Unidos.

Cada 4 de julio suele hablarse de los padres fundadores de Estados Unidos, de la Declaración de Independencia y de los fuegos artificiales. Pero rara vez se recuerda que, casi un siglo después, dos hermanos nacidos en Cuba ayudarían a defender la nación durante la Guerra Civil y, años más tarde, entregarían la vida intentando liberar su tierra. 

Cuando el padre de los hermanos murió, su madre decidió regresar con ellos a Filadelfia. Allí, crecieron mientras hablaban inglés y español, y aprendían la historia de un país joven que buscaba definir qué significaba realmente la libertad. Esa pregunta estalló en 1861, cuando comenzó la Guerra Civil estadounidense.

Federico y Adolfo no permanecieron al margen. Se alistaron en el Ejército de la Unión, el bando encabezado por Abraham Lincoln. Mientras Estados Unidos intentaba preservar la unión del país y poner fin a la esclavitud, los dos jóvenes nacidos en Cuba combatían con el uniforme azul.

Federico destacó rápidamente. Alcanzó el grado de teniente coronel del 114.º Regimiento de Pensilvania y protagonizó una de las historias más singulares de la guerra. Subía en globos aerostáticos para observar desde el cielo las posiciones del ejército confederado. Desde allí, realizaba dibujos detallados del terreno y de las fortificaciones enemigas, convirtiéndose en uno de los primeros militares que utilizaron el reconocimiento aéreo con fines de inteligencia. Mucho antes de los satélites o de los drones, un cubano observaba la guerra desde las nubes.

Combatió en Fredericksburg, Chancellorsville y Gettysburg. En esta última batalla fue capturado y enviado a la prisión de Libby, una de las más temidas de la Confederación. Sobre esa experiencia escribiría años después Libby Life, un testimonio que todavía hoy es referencia para comprender las condiciones de los prisioneros durante la Guerra Civil.

Adolfo siguió un camino parecido. También luchó por la Unión y al terminar la guerra tenía el reconocimiento de sus superiores. Los dos hermanos habían ayudado a preservar el país donde crecieron. Parecía el final de una vida dedicada al servicio militar.

Pero para ellos era apenas el comienzo. Al terminar la guerra, ambos fueron nombrados cónsules de Estados Unidos en Cuba. Podían haber llevado una vida relativamente tranquila representando al país que acababan de defender. Sin embargo, en octubre de 1868 Carlos Manuel de Céspedes lanzó el Grito de Yara y comenzó la Guerra de los Diez Años, el primer gran intento de independencia de Cuba.

Los hermanos Fernández Cavada renunciaron a sus cargos diplomáticos estadounidenses. Dejaron atrás la carrera que habían construido y regresaron a la isla para incorporarse al Ejército Libertador.

La misma convicción que los había llevado a defender la Unión en Estados Unidos los impulsó a luchar por una Cuba libre del dominio colonial español.

Federico llegó a ser uno de los principales jefes militares del Ejército Libertador y asumió el cargo de general en jefe durante una etapa de la guerra. Su prestigio como estratega venía acompañado por la experiencia adquirida en los campos de batalla estadounidenses. Adolfo también asumió responsabilidades militares en Las Villas.

Los dos pagaron el precio más alto. Federico fue capturado por tropas españolas y fusilado el primero de julio de 1871, apenas tres días antes de que Estados Unidos celebrara un nuevo aniversario de su independencia. Adolfo moriría meses después en combate por la causa cubana.

Sus nombres no suelen aparecer cuando se habla del 4 de julio. Tampoco ocupan un lugar destacado en los relatos sobre la independencia de Cuba. Sin embargo, pocas vidas explican tan bien la profundidad de los vínculos históricos entre las dos naciones.

Mucho antes de que Cuba y Estados Unidos compartieran guerras, tensiones diplomáticas o grandes olas migratorias, existieron familias como la de los Fernández Cavada. Familias atravesadas por dos culturas, dos idiomas y dos patrias. Hombres capaces de jurar lealtad a la bandera estadounidense durante la Guerra Civil y, pocos años después, entregar la vida por la independencia de la tierra donde nacieron.

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