Abajo intentan apagar el fuego. Los generadores nuevamente se sobrecargaron, demasiados cables viejos con empates improvisados. A veces pasa: no logran sostener el consumo eléctrico y entonces estallan. Arriba, en el cuarto piso, Dailín María juega dentro de ese trozo de cuadrante al que llama casa, ajena al peligro del incendio.

Dailín está en Macondo, un antiguo preuniversitario donde hoy conviven— o subsisten— cientos de personas. El lugar ideal para quien tema ser descubierto: allí nadie llega por equivocación. Salvo aquellos que nada tienen y prefieren no ser encontrados, como su familia.

Dailín me invita a pasar mientras esperamos a su madre Yadira. Su casa es un local pequeño y humilde, unos pocos metros sin divisiones: un inodoro, dos colchonetas y un televisor Panda son sus posesiones más valiosas.

Ella tiene la piel quemada y está cambiando los dientes. Su mamá le hace un moño alto para acomodar los rizos de su pelo. Un moño que la niña confiesa no gustarle, pero debe “ir arreglada a la escuela”. Es muy chica, apenas sabe leer y terminar cálculos simples; aún no conoce de límites territoriales, ni permisos de residencia. Recuerda que nació en la provincia de Granma y que un año atrás llegó con su mamá a Macondo, en las afueras de San Antonio de los Baños. Una niña de 8 años no tiene por qué entender su estatus de “ilegal” en su propio país; ni que puede asistir a clases en Oriente, pero no aquí.

Dailín habla de Granma como un lugar muy lejano. A su edad es más fácil olvidar, de allí apenas conserva el acento. Su madre, en cambio, si tiene esa musiquilla inconfundible que la descubre, esas manías de aspirar par de letras y de usar todo el tiempo la misma muletilla polisémica: “Claro, vea, vinimos porque en Oriente hay mucho atraso, más que aquí.

“En Macondo conseguimos un pedazo de pasillo y mi esposo construyó las paredes restantes. Soy sicopedagoga, me dieron trabajo en una escuela cerca, a pesar de no tener papeles. Tenían la plaza vacía desde hace tiempo. No hay maestros, ¿entiendes?”

Yadira, la madre de Dailín. Foto: Alejandro Trujillo

—¿Cómo asiste Dailín a clases si no tiene permiso de residencia?

“En Cuba Socialista se hacen los de la vista gorda— Cuba Socialista es el nombre de la escuela—. Ellos necesitaban una sicopedagoga, yo acepté el trabajo, y me ayudaron con la situación de la niña. Mi hija no es la única indocumentada que va a clases allí. En este asentamiento hay muchos orientales sin papeles con hijos pequeños. Y no creo que el gobierno vaya a legalizarnos pronto. Algunos llevan treinta años aquí esperando una promesa incumplida. Ahora mismo los niños no tienen ni libreta de abastecimiento, van a la escuela violando lo establecido. No sé qué pasaría si viene una visita y detecta tantas irregularidades. Legalmente no pueden tomar clases aquí, pero tampoco se pueden quedar sin estudiar. Es un gran conflicto. Lo bueno es que a Macondo nadie llega; si lo hicieran, no sabría entonces a dónde ir.

—   ¿Tal vez regresar a Granma?

— Allá no tengo dónde vivir. Y tampoco hay manera de ganar dinero extra. Aquí trabajo muchísimo honradamente y estamos mejor. ¿Por qué no puedo quedarme? Si crees que en Macondo somos pobres es porque no has visto donde estaba antes. Nadie merece que lo obliguen a vivir así.

Daylín cursa ahora segundo grado; pero crecerá, deberá asistir a una secundaria, un preuniversitario. Centros que ya no serán Cuba Socialista; y entonces para la matrícula requerirá los permisos de residencia permanente. Permisos que no tiene. Yadira lo sabe, pero vino a Occidente a “echar pa´ lante” y no concibe regresar. “Espero que no me fuercen”, me dice.

Yadira limpia un poco su rostro y seca sus cejas. Su frente está inundada de gotas que penden, amenazantes, sobre sus párpados. Yadira recién regresa de trabajar en el campo. Es maestra pero, como a tantos, el sueldo no le alcanza y cuando termina de dar clases, va a recoger ajo; mientras, Daylín hace sus tareas en el cuarto piso, sobre el sótano, a veces incendiado.