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Foto: Bradys Barreras.

Pan y esperanza

No es un secreto ni una información de inmediatez, el deterioro creciente de la Cuba cotidiana. El año que llega es recibido con tensión política, carencias económicas, estrés social y cambios culturales.

Como antesala, el año que concluye conjugó, junto a una reforma sin resultados halagüeños, la arremetida estadounidense contra el Gobierno y el pueblo cubanos y una pandemia que agudizó la crisis global capitalista. Estas tres variables han llevado a Cuba al límite.

Se abre un nuevo calendario marcado por signos preocupantes. Estamos en un punto de no retorno. Se han agotado dos cuestiones fundamentales: el modelo estadocéntrico y burocratizado de socialismo y el cheque en blanco que el pueblo ha dado a quienes encaminan las reformas.

El nuevo período carga demandas acumuladas y un tiempo justo. No es, por trillada que parezca la frase, un año más. Las reformas iniciadas hace algo más de una década contaron con entusiasmo, disposición y optimismo popular. Documentos diversos que iban y venían contaron con la voz, las propuestas, la confianza y el buen empeño popular. Los debates y aprobación de la nueva Constitución cerraron un ciclo de involucramiento y expectativas. Solo quedaba cosechar los frutos del esfuerzo y el pacto social asumido.

El paquete de reformas se encaminó con suficiente legitimidad. El debate sobre los lineamientos, la conceptualización del modelo, el plan de desarrollo y la Constitución, dieron prueba de ello. Sin embargo, la reforma se estancó, se contradijo, se presentó a retazos y retrasos. Los resultados concretos y palpables no han sido los esperados. Aquel entusiasmo de inicio se ha trastocado en desmotivación e incertidumbre.

El «sí pero no», el ahora no es el momento», el «sin prisa pero sin pausa» han sido consignas dilatorias de esos cambios que, reitero, contaron con suficiente apoyo popular, e incluso, en algún momento, con el voto ciudadano.

Al recurrir a una estricta comprensión sobre la democracia, es posible describir el proceso de la siguiente manera: el mandante, que es el pueblo soberano, mandató que se encaminaran las reformas. Sin embargo, quienes fueron mandatados para su cumplimiento las han dilatado, enrevesado y postergado. ¿Cabría la revocación del mandato o los mandatarios?

En combinación con el bloqueo y la COVID-19, esa actitud ha traído como resultado el deterioro creciente de la vida cotidiana, bajos niveles de producción y consumo, carencia y carestía de bienes y servicios, incremento de personas en situación de vulnerabilidad y ensanchamiento de los márgenes de desigualdad socioclasista. Son datos que avalan la urgencia de acelerar el cumplimiento de las reformas, ahora en el peor escenario imaginable.

No recuerdo otro año, desde 1994, que abriera sus puertas con tanta zozobra. Este será un tiempo de transformaciones profundas. No lo será solo por apremio moral, lo cual sería razón suficiente. Lo será, sobre todo, por las tensiones sociales generadas, por el agotamiento de la legitimidad y el liderazgo de las instituciones, por los signos de polarización social que empiezan a manifestarse de manera aguda.

Es difícil hablar del año nuevo en Cuba sin pasión. Es poco menos que imposible mirar de frente a la realidad y no tomar posición ante ella. Es un imperativo ajustar las agendas políticas de corto plazo. Es preciso ajustar las preguntas al contexto para centrar las respuestas al presente.

Desde esas perspectivas, opto por preguntar ¿cuál será el destino del proyecto revolucionario de justicia, dignidad y soberanía? No el destino abstracto, poético e insustancial. Hablo del destino como apuesta política, como agenda concreta, como giro intencionado de la realidad. Hablo de la apuesta política como compromiso y decisión.

Dos puntos centrales deben abrir la agenda cubana para este año: el pan y la esperanza.

Pan en su dimensión tangible y simbólica. Como necesidad para la reproducción material de la vida. Sustento de vida en comunidad. Sostén cotidiano de la estabilidad. Rutina de existir sin apuros, dilaciones y sospechas. Pan como sinónimo de soberanía.

Esperanza como sueño concretado. Como recreación de los ideales y sus proyectos. Ilusión, motivación, deseo de estar en Cuba. Sinónimo de certeza y sostenibilidad. Reconfiguración y compromiso con un paradigma de nación inclusiva. Esperanza que mira la política con afectos buenos.

Pan ofrecido en la mesa del diálogo, celebración del entendimiento, alimento del nosotros y el nosotras, señal del bien común. Esperanza sin etiqueta, descalificación, ofensa, odio ni violencia. Esperanza en un sentido compartido que se pronuncia con palabras diferentes.

Pan y esperanza como relato del socialismo que comparte poder, producción, saber, dignidad y derechos. Posibilidad de encaminar toda la justicia y toda la libertad. Socialismo democrático de esencia popular. Orden republicano de la clase trabajadora. Garantía del control social sobre la burocracia y los capitalistas.

Empujemos en 2021 el país que queremos, con la pasión sustentada en la fe, la ética y la política dignificantes. Hablemos de la Revolución y del imperialismo sin disimulos. Sustentemos la cooperación y la solidaridad como carácter del orden social. Anunciemos el pan y la esperanza como la agenda política inmediata para el proyecto de nación justa y soberana.

 

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Ariel Dacal Díaz
Educador Popular
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comentarios

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Josè Roman

Muy buen artículo.
Josè Roman

Julio Perez

Muy buen art�culo. Esa es la Cuba que he deseado,pero la c�pula dirigente cubana no renunciar� a sus privilegios y est� encaminando al pa�s a una soluci�n violenta.
Mucho deseo equivocarme en esta apreciaci�n.
Julio Perez

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