eltoque_logo
Matanzas, crisis por coronavirus, salud, Cuba. Foto: Yandry Fernández.

Foto: Yandry Fernández.

Asfixia

Mi mamá y yo nos levantamos al unísono cuando el teléfono sonó. «Marigloria se siente mal, tiene falta de aire desde hace dos horas, la van a llevar en ambulancia para el policlínico de la Playa», me dice una voz familiar. Pensamos en la misma causa, mas hacemos silencio. La gente de mi casa es la única familia con que cuenta en la ciudad de Matanzas, pero la principal ayuda se la brinda la comunidad. Marigloria es la hermana mayor de mi abuelo materno; vive a casi cuatro kilómetros de nosotros. Marigloria tiene 81 años y vive sola.

A las 12 de la noche Marigloria sintió la asfixia. Casi sin aire llamó a una vecina, de ahí al policlínico, al SIUM, a las once mil vírgenes llamaron ambas hasta conseguir la confirmación de que una ambulancia llegaría; la voz les pidió que no desesperaran, «había mucho trabajo y debían entender, por favor». Fue trasladada en ambulancia a las 3:00 a.m. hasta el Policlínico «Samuel Fernández» de la Playa, en la ciudad de Matanzas.

Cuando mi mamá y yo llegamos al policlínico, a las 4:45 de la madrugada, ahí estaba Mayra, la vecina que prestó su ayuda; alta, muy delgada, cojeaba de la pierna izquierda mientras se iba caminando al ser relevada por nosotros. Le agradecimos. «Para eso estamos», dijo antes de irse.

Sentado en un banco, a la intemperie, estaba el médico de guardia. Tenía los hombros caídos hacia el frente por el cansancio. Su frente negra, empapada en sudor detrás de la careta, delataba un día muy agitado. «La paciente llegó con sensación de ahogo fuerte, se le puso oxígeno y mejoró, luego se le hizo un test rápido que dio positivo», dijo. «No hay capacidad para llevarla a un centro de aislamiento, ni para el Faustino[1], lo mejor es llevarla para la casa y mantenerla allí hasta que se le pueda hacer un PCR». ¿Cuántas veces habría dicho aquel doctor la misma frase, hoy o en los últimos días?

El cielo afuera se veía cerrado, tan cerrado como las opciones que rodeaban toda aquella circunstancia demasiado común. En un giro de la mano, el guante derecho del médico se rompió sin más… «¡Coño! El último par de guantes», fue el lamento. Por unos segundos el doctor examinó el quiebre: era una rajadura que, abriéndose a lo largo de la llamada línea de la vida, dejaba al descubierto por completo la parte inferior de la palma. No tenía más. Era el último par de dos que le había dejado el SIUM hacía una hora. Sin guantes, por el protocolo, no podía atender más pacientes.

No sé qué pensaba cuando miraba con extraña fijeza el guante roto. Quizás veía en su palma, en clave de decadencia, la aborrecible miseria que nos consume a la vez que nos oscurece; una decadencia sin salida aparente y sin la posibilidad de un camino, de cualquier camino. Esa decadencia es un tipo de asfixia: no conduce a la muerte, sino a un letargo odioso e insoportable de insatisfacción perpetua. No podía ver sus ojos tras la careta, sin embargo su gesto quedaba en una extraña pose de resistencia; un lamento mudo ante la pérdida de lo escaso, la queja ante las pocas opciones de poder hacer más; la tristeza de ver escaparse lo ínfimo, a sabiendas de lo necesario que es todo. La impotencia.

En un guante roto caben la desesperación y el desastre, la decadencia y la resistencia, la cotidianidad de todo un pueblo. Ese guante roto puede llegar a ser suficiente para un reclamo alarmista con visos de oportunismo. Pero puede ser otro tipo de límite, el motivo inicial para una movilización renovada contra todo lo que se ha hecho mal aquí y en todos lados; una movilización -de todo el pueblo y el gobierno- que rectifique a sabiendas de que cada error cuesta vidas, y contribuye a la expansión de una pandemia terrible. Esa es la resistencia necesaria.

Mi mamá se fue con Marigloria cuando amaneció. Ya la asfixia no le oprimía el pecho, pero pesaba sobre sus 81 años un test rápido positivo; una incertidumbre sin solución. Mi mamá se iba a cuidar a su tía, con medidas extremas ante la posibilidad del contagio. Mi mamá la acompaña como tantas otras madres acompañan a otros, a otras, a miles en la inestabilidad que se expande a cada hora.

Como un guante que se estira al límite, algo se rompe allá afuera. La cotidianidad se repleta de guantes rotos y de miradas fijas e inquietas en médicos, en pacientes, en los que aún caminan por la ciudad o esperan en sus casas. Me pregunto qué veré en sus ojos: ¿La agonía? ¿La decadencia? ¿El fin o un soplo de algo distinto en el pecho? ¿Algo que resiste? ¿Un poco de esperanza en medio de tanto error? ¿Una salida?

* Esta crónica fue originalmente publicada por Revista Alma Mater y se reproduce con autorización del medio. 



Evalúe esta noticia

Cargando ...

comentarios

En este sitio moderamos los comentarios. Si quiere conocer más detalles, lea nuestra Política de Privacidad.

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

noticias relacionadas

elTOQUE SUGIERE

Matanzas, crisis por coronavirus, salud, Cuba. Foto: Yandry Fernández.

Foto: Yandry Fernández.

Asfixia

Mi mamá y yo nos levantamos al unísono cuando el teléfono sonó. «Marigloria se siente mal, tiene falta de aire desde hace dos horas, la van a llevar en ambulancia para el policlínico de la Playa», me dice una voz familiar. Pensamos en la misma causa, mas hacemos silencio. La gente de mi casa es la única familia con que cuenta en la ciudad de Matanzas, pero la principal ayuda se la brinda la comunidad. Marigloria es la hermana mayor de mi abuelo materno; vive a casi cuatro kilómetros de nosotros. Marigloria tiene 81 años y vive sola.

A las 12 de la noche Marigloria sintió la asfixia. Casi sin aire llamó a una vecina, de ahí al policlínico, al SIUM, a las once mil vírgenes llamaron ambas hasta conseguir la confirmación de que una ambulancia llegaría; la voz les pidió que no desesperaran, «había mucho trabajo y debían entender, por favor». Fue trasladada en ambulancia a las 3:00 a.m. hasta el Policlínico «Samuel Fernández» de la Playa, en la ciudad de Matanzas.

Cuando mi mamá y yo llegamos al policlínico, a las 4:45 de la madrugada, ahí estaba Mayra, la vecina que prestó su ayuda; alta, muy delgada, cojeaba de la pierna izquierda mientras se iba caminando al ser relevada por nosotros. Le agradecimos. «Para eso estamos», dijo antes de irse.

Sentado en un banco, a la intemperie, estaba el médico de guardia. Tenía los hombros caídos hacia el frente por el cansancio. Su frente negra, empapada en sudor detrás de la careta, delataba un día muy agitado. «La paciente llegó con sensación de ahogo fuerte, se le puso oxígeno y mejoró, luego se le hizo un test rápido que dio positivo», dijo. «No hay capacidad para llevarla a un centro de aislamiento, ni para el Faustino[1], lo mejor es llevarla para la casa y mantenerla allí hasta que se le pueda hacer un PCR». ¿Cuántas veces habría dicho aquel doctor la misma frase, hoy o en los últimos días?

El cielo afuera se veía cerrado, tan cerrado como las opciones que rodeaban toda aquella circunstancia demasiado común. En un giro de la mano, el guante derecho del médico se rompió sin más… «¡Coño! El último par de guantes», fue el lamento. Por unos segundos el doctor examinó el quiebre: era una rajadura que, abriéndose a lo largo de la llamada línea de la vida, dejaba al descubierto por completo la parte inferior de la palma. No tenía más. Era el último par de dos que le había dejado el SIUM hacía una hora. Sin guantes, por el protocolo, no podía atender más pacientes.

No sé qué pensaba cuando miraba con extraña fijeza el guante roto. Quizás veía en su palma, en clave de decadencia, la aborrecible miseria que nos consume a la vez que nos oscurece; una decadencia sin salida aparente y sin la posibilidad de un camino, de cualquier camino. Esa decadencia es un tipo de asfixia: no conduce a la muerte, sino a un letargo odioso e insoportable de insatisfacción perpetua. No podía ver sus ojos tras la careta, sin embargo su gesto quedaba en una extraña pose de resistencia; un lamento mudo ante la pérdida de lo escaso, la queja ante las pocas opciones de poder hacer más; la tristeza de ver escaparse lo ínfimo, a sabiendas de lo necesario que es todo. La impotencia.

En un guante roto caben la desesperación y el desastre, la decadencia y la resistencia, la cotidianidad de todo un pueblo. Ese guante roto puede llegar a ser suficiente para un reclamo alarmista con visos de oportunismo. Pero puede ser otro tipo de límite, el motivo inicial para una movilización renovada contra todo lo que se ha hecho mal aquí y en todos lados; una movilización -de todo el pueblo y el gobierno- que rectifique a sabiendas de que cada error cuesta vidas, y contribuye a la expansión de una pandemia terrible. Esa es la resistencia necesaria.

Mi mamá se fue con Marigloria cuando amaneció. Ya la asfixia no le oprimía el pecho, pero pesaba sobre sus 81 años un test rápido positivo; una incertidumbre sin solución. Mi mamá se iba a cuidar a su tía, con medidas extremas ante la posibilidad del contagio. Mi mamá la acompaña como tantas otras madres acompañan a otros, a otras, a miles en la inestabilidad que se expande a cada hora.

Como un guante que se estira al límite, algo se rompe allá afuera. La cotidianidad se repleta de guantes rotos y de miradas fijas e inquietas en médicos, en pacientes, en los que aún caminan por la ciudad o esperan en sus casas. Me pregunto qué veré en sus ojos: ¿La agonía? ¿La decadencia? ¿El fin o un soplo de algo distinto en el pecho? ¿Algo que resiste? ¿Un poco de esperanza en medio de tanto error? ¿Una salida?

* Esta crónica fue originalmente publicada por Revista Alma Mater y se reproduce con autorización del medio. 



Evalúe esta noticia

Cargando ...

Mercado Informal de
Divisas en Cuba (Tiempo Real)

toque_logo_white
1 EUR83.5 CUP
1 USD64 CUP
1 MLC73 CUP
calendar_icon

CUBA

comentarios

En este sitio moderamos los comentarios. Si quiere conocer más detalles, lea nuestra Política de Privacidad.

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

boletin_elTOQUE