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Convertir los anhelos en metas, jamás en frustraciones

Foto: Cortesía del entrevistado.

Convertir los anhelos en metas, jamás en frustraciones

Era el primer día de trabajo como enfermero en un pueblito llamado Hastings, en Nebraska. Cuando tuvo delante a la profesional que le iba a servir de entrenadora, lo primero que hizo, a lo cubano, fue darle un abrazo y un beso. «Ella se me apartó, muy seria, y terminé en la dirección del centro de salud, analizado por aquella “falta de respeto”, que rayaba en el “acoso”. Como un niño chiquito pescado en falta». Hoy lo cuenta riendo, pero el susto del instante no se le olvida. 

Para Sandy López, el cambio cultural, profesional y geográfico fue un desafío adaptativo tremendo. De Camagüey a Estados Unidos. De periodista (graduado en 2006 en la Universidad de Oriente), profesor y doctor en Ciencias de la Comunicación a estudiante de enfermería y enfermero. Del idioma español al inglés. Y todo contra cierre, como decimos en la prensa. Reaprender de cero en un contexto en el que destrezas y competitividad son las herramientas básicas para salir adelante.

En 2016, «por un impulso emocional», decidió quedarse a vivir en Estados Unidos. Siempre había querido estudiar Medicina. En Cuba, por circunstancias familiares, finalmente optó por el periodismo y la docencia; pero aquel sueño permanecía intacto. Al llegar a suelo estadounidense, y sabiendo que allí la enfermería goza de muy buenos estímulos económicos y reconocimiento social, además de disímiles ofertas de trabajo, no lo pensó mucho: la oportunidad venía como un «todo en uno».

Así, fue transitando todas las escalas de la profesión: asistente de enfermería, en un curso de seis meses en el que hizo «poco más de lo que un familiar en Cuba: estar con el paciente, recogerle las muestras para análisis, ver su temperatura…». Luego cursó un grado asociado, «lo que sería en Cuba un técnico medio de nivel superior. Se aprueba en dos años. Ahí obtuve mi licencia como enfermero. El cambio es enorme: en responsabilidad, en complejidad, en salario… Si el paciente, por ejemplo, tiene bajo el potasio, no hay ni que llamar al médico, es tu trabajo estabilizarlo». 

Después completó un bachelor en Ciencias de la Enfermería, «que viene siendo el homólogo a una licenciatura en la especialidad. Si eres un enfermero registrado, ese grado lo puedes hacer en un año. El mío, por suerte, pude terminarlo en solo ocho meses, adelantando módulos. El 20 de junio de 2020, en plena pandemia, me gradué, cum laude», rememora.

«El reto de un emigrante siempre es muy fuerte. Lo mejor que se puede hacer es ser muy humilde. No llegar pensando que tienes tales y mascuales niveles de conocimientos. Se trata de un país diferente, con otra cultura. Me chocaron los modelos educativos de acá que, yo diría, son menos exigentes que los de Cuba en algunos aspectos, pues se prioriza lo reproductivo, sin tantas valoraciones o argumentaciones por parte del alumno. El papel del profesor es más frío y distante. Como ventaja existe una gran cantidad de programas de educación online, beneficio máximo para ir trabajando y estudiando», comenta sobre el cambio del sistema de estudio.

«Al terminar la preparación de enfermería te debes enfrentar a una especie de prueba estatal que es muy rigurosa. Debes repasar la carrera completa: maternidad, pediatría, farmacología, todo. El examen cuesta unos 200 USD. Y debes presentarte una y otra vez hasta que lo apruebes. Cuestionario en inglés, doscientas sesenta y cinco preguntas y se necesita responder al menos el 75 % bien. Todo digitalizado, con una cámara frente a ti mientras contestas. Son exámenes preparados por equipos de especialistas que hacen cientos de combinaciones de interrogantes, para que no exista el más mínimo fraude».

Sandy tuvo que ir ganando aplomo hasta en la forma de hablar y de comportarse, conversar más bajito, evitar la gesticulación excesiva. No pensar en español para comunicarse luego en inglés. La opción era transformarse sí o sí, como cuestión de supervivencia.

Vivió primero en Miami, lo cual lo ayudó mucho por la cercanía a la idiosincrasia cubana. Luego partió a Nebraska, «una ciudad completamente norteamericana, donde reina un ambiente, que yo calificaría de más “guajiro”, para decirlo en buen cubano, gente muy clásica, que mantienen comportamientos conservadores, reservados». 

Sus trabajos han sido diversos: en hospitales, centros de rehabilitación (similares a asilos de ancianos), en agencias (que implican ir a la casa a ver pacientes), en salas de oncología, de salud mental, de clínica o quirúrgicas.

En el momento inicial de nuestra entrevista —finales de 2020— laboraba en Nueva Jersey, en el hospital CareOne at the Highlands. «Llegué aquí por una compañía de travel nurse; estas entidades pagan muy buen salario, hoteles, estipendio, transporte… Vine por un contrato de dos meses y después reenganché. Había alta necesidad de enfermeros; muchos profesionales estaban contagiados con COVID-19, otros con niños pequeños y temor a contraer la enfermedad… El contrato que me ofrecían era muy ventajoso desde el punto de vista económico. Pero sin duda venía a una guerra biológica. Antes de montar el avión nunca había visto un aeropuerto de los Estados Unidos tan vacío. Las personas disfrazadas con máscaras. Como en las películas. Uno se decía: “Voy a la guerra, ¿saldré con vida?”».

Su familia en Cuba es siempre la mayor preocupación. Los ayuda económicamente, pero no puede estar a su lado para sortear las miles de angustias cotidianas. De algo sí se alegra: no contagiarlos cuando llega cada día a casa después de tratar decenas de infectados con el SARS-CoV-2.

Al principio de su trabajo en la pandemia las manos se le quemaban porque usaba mucho gel y doble guantes. El sudor, con tantos medios de protección, le nublaba la vista, los espejuelos se le empañaban: difícil mirar la computadora, al paciente, los medicamentos que iba a aplicar… 

«Uno llega a lidiar tranquilo con la muerte. Esto pudiera parecer desalmado, pero no es eso, es que poco a poco vas comprendiendo el proceso de la vida: nacer, crecer, morir. Es durísimo, pero es lo que hay, independientemente de la afectividad hacia los pacientes. En un momento crítico, de emergencia, tienes que estar ecuánime, concentrado, trabajar con mucha sangre fría para poder rehabilitar a un necesitado. Con la COVID-19, hay que reanimar enfermos en paro respiratorio con mucha frecuencia».

—Supongo que las emergencias les impongan un ritmo diario brutal… 

—Uf, imagínate: terminamos con el código rojo de un paciente y ya está sonando la alarma de otro, y los enfermeros corriendo de aquí para allá. Hay que estar en función del oxígeno y de otros parámetros. Recuerdo a un joven que falleció con treinta y dos años. Esas muertes son particularmente estremecedoras. También se incrementa la angustia porque son seres humanos que en su padecimiento no pueden tener contacto con los familiares. Entonces, te conviertes en su persona más cercana. Llegas de la casa y ellos te ven como el puente con el mundo. Hasta te preguntan qué día y hora es, porque la enfermedad los tiene medio desorientados.

Pero aún en medio del caos Sandy no ha dejado de reír, de viajar, de escuchar música de todo tipo —una pasión permanente—, de bailar, de trazar planes y lograrlos paso a paso. A menos de cinco años en suelo estadounidense, ya compró una casa y se independizó de los alquileres. También ve muchas series, le encantan las de tema médico. Igual que las películas de comedia, mucho más si son españolas. De política prefiere no hablar: «La alejo bastante de mis sentimientos. Es un mecanismo diabólico». Cuando puede se conecta a la televisión cubana, sobre todo para ver a sus antiguos colegas del gremio periodístico. 

En julio último se mudó de nuevo a Miami. Y hace alrededor de un año comenzó un máster en Family Nurse Practitioner en la Universidad Ana G. Mendez, campus Sur de la Florida. «Es una especie de médico de la familia», aclara. Y bromea con que ahora está más «protegido», pues está trabajando en el Mercy Hospital, al lado de la Ermita de la Virgen de la Caridad del Cobre.

—¿Frustraciones?

—Creo que uno lo que tiene que hacer es convertir los anhelos no en frustraciones, sino en metas. Ahora quisiera tener a mis padres conmigo: cuidarlos y protegerlos, como siempre hice. Las demás cosas las he ido cumpliendo, con sacrificio y dedicación. Siempre había dicho que si tenía otra vida, quería dedicarla a las ciencias médicas. Llegué aquí y comencé esa otra vida. Están mis amigos, mi pareja, y sigo pensando que, más allá de lo profesional, lo principal es lo humano. ¿Qué más pedir?

Jesús Arencibia
Profesor y periodista. Cubano y pinareño. Amo el magisterio y la escritura porque me parecen un ejercicio poético de la bondad. Creo en la palabra compartida.
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Era el primer día de trabajo como enfermero en un pueblito llamado Hastings, en Nebraska. Cuando tuvo delante a la profesional que le iba a servir de entrenadora, lo primero que hizo, a lo cubano, fue darle un abrazo y un beso. «Ella se me apartó, muy seria, y terminé en la dirección del centro de salud, analizado por aquella “falta de respeto”, que rayaba en el “acoso”. Como un niño chiquito pescado en falta». Hoy lo cuenta riendo, pero el susto del instante no se le olvida. 

Para Sandy López, el cambio cultural, profesional y geográfico fue un desafío adaptativo tremendo. De Camagüey a Estados Unidos. De periodista (graduado en 2006 en la Universidad de Oriente), profesor y doctor en Ciencias de la Comunicación a estudiante de enfermería y enfermero. Del idioma español al inglés. Y todo contra cierre, como decimos en la prensa. Reaprender de cero en un contexto en el que destrezas y competitividad son las herramientas básicas para salir adelante.

En 2016, «por un impulso emocional», decidió quedarse a vivir en Estados Unidos. Siempre había querido estudiar Medicina. En Cuba, por circunstancias familiares, finalmente optó por el periodismo y la docencia; pero aquel sueño permanecía intacto. Al llegar a suelo estadounidense, y sabiendo que allí la enfermería goza de muy buenos estímulos económicos y reconocimiento social, además de disímiles ofertas de trabajo, no lo pensó mucho: la oportunidad venía como un «todo en uno».

Así, fue transitando todas las escalas de la profesión: asistente de enfermería, en un curso de seis meses en el que hizo «poco más de lo que un familiar en Cuba: estar con el paciente, recogerle las muestras para análisis, ver su temperatura…». Luego cursó un grado asociado, «lo que sería en Cuba un técnico medio de nivel superior. Se aprueba en dos años. Ahí obtuve mi licencia como enfermero. El cambio es enorme: en responsabilidad, en complejidad, en salario… Si el paciente, por ejemplo, tiene bajo el potasio, no hay ni que llamar al médico, es tu trabajo estabilizarlo». 

Después completó un bachelor en Ciencias de la Enfermería, «que viene siendo el homólogo a una licenciatura en la especialidad. Si eres un enfermero registrado, ese grado lo puedes hacer en un año. El mío, por suerte, pude terminarlo en solo ocho meses, adelantando módulos. El 20 de junio de 2020, en plena pandemia, me gradué, cum laude», rememora.

«El reto de un emigrante siempre es muy fuerte. Lo mejor que se puede hacer es ser muy humilde. No llegar pensando que tienes tales y mascuales niveles de conocimientos. Se trata de un país diferente, con otra cultura. Me chocaron los modelos educativos de acá que, yo diría, son menos exigentes que los de Cuba en algunos aspectos, pues se prioriza lo reproductivo, sin tantas valoraciones o argumentaciones por parte del alumno. El papel del profesor es más frío y distante. Como ventaja existe una gran cantidad de programas de educación online, beneficio máximo para ir trabajando y estudiando», comenta sobre el cambio del sistema de estudio.

«Al terminar la preparación de enfermería te debes enfrentar a una especie de prueba estatal que es muy rigurosa. Debes repasar la carrera completa: maternidad, pediatría, farmacología, todo. El examen cuesta unos 200 USD. Y debes presentarte una y otra vez hasta que lo apruebes. Cuestionario en inglés, doscientas sesenta y cinco preguntas y se necesita responder al menos el 75 % bien. Todo digitalizado, con una cámara frente a ti mientras contestas. Son exámenes preparados por equipos de especialistas que hacen cientos de combinaciones de interrogantes, para que no exista el más mínimo fraude».

Sandy tuvo que ir ganando aplomo hasta en la forma de hablar y de comportarse, conversar más bajito, evitar la gesticulación excesiva. No pensar en español para comunicarse luego en inglés. La opción era transformarse sí o sí, como cuestión de supervivencia.

Vivió primero en Miami, lo cual lo ayudó mucho por la cercanía a la idiosincrasia cubana. Luego partió a Nebraska, «una ciudad completamente norteamericana, donde reina un ambiente, que yo calificaría de más “guajiro”, para decirlo en buen cubano, gente muy clásica, que mantienen comportamientos conservadores, reservados». 

Sus trabajos han sido diversos: en hospitales, centros de rehabilitación (similares a asilos de ancianos), en agencias (que implican ir a la casa a ver pacientes), en salas de oncología, de salud mental, de clínica o quirúrgicas.

En el momento inicial de nuestra entrevista —finales de 2020— laboraba en Nueva Jersey, en el hospital CareOne at the Highlands. «Llegué aquí por una compañía de travel nurse; estas entidades pagan muy buen salario, hoteles, estipendio, transporte… Vine por un contrato de dos meses y después reenganché. Había alta necesidad de enfermeros; muchos profesionales estaban contagiados con COVID-19, otros con niños pequeños y temor a contraer la enfermedad… El contrato que me ofrecían era muy ventajoso desde el punto de vista económico. Pero sin duda venía a una guerra biológica. Antes de montar el avión nunca había visto un aeropuerto de los Estados Unidos tan vacío. Las personas disfrazadas con máscaras. Como en las películas. Uno se decía: “Voy a la guerra, ¿saldré con vida?”».

Su familia en Cuba es siempre la mayor preocupación. Los ayuda económicamente, pero no puede estar a su lado para sortear las miles de angustias cotidianas. De algo sí se alegra: no contagiarlos cuando llega cada día a casa después de tratar decenas de infectados con el SARS-CoV-2.

Al principio de su trabajo en la pandemia las manos se le quemaban porque usaba mucho gel y doble guantes. El sudor, con tantos medios de protección, le nublaba la vista, los espejuelos se le empañaban: difícil mirar la computadora, al paciente, los medicamentos que iba a aplicar… 

«Uno llega a lidiar tranquilo con la muerte. Esto pudiera parecer desalmado, pero no es eso, es que poco a poco vas comprendiendo el proceso de la vida: nacer, crecer, morir. Es durísimo, pero es lo que hay, independientemente de la afectividad hacia los pacientes. En un momento crítico, de emergencia, tienes que estar ecuánime, concentrado, trabajar con mucha sangre fría para poder rehabilitar a un necesitado. Con la COVID-19, hay que reanimar enfermos en paro respiratorio con mucha frecuencia».

—Supongo que las emergencias les impongan un ritmo diario brutal… 

—Uf, imagínate: terminamos con el código rojo de un paciente y ya está sonando la alarma de otro, y los enfermeros corriendo de aquí para allá. Hay que estar en función del oxígeno y de otros parámetros. Recuerdo a un joven que falleció con treinta y dos años. Esas muertes son particularmente estremecedoras. También se incrementa la angustia porque son seres humanos que en su padecimiento no pueden tener contacto con los familiares. Entonces, te conviertes en su persona más cercana. Llegas de la casa y ellos te ven como el puente con el mundo. Hasta te preguntan qué día y hora es, porque la enfermedad los tiene medio desorientados.

Pero aún en medio del caos Sandy no ha dejado de reír, de viajar, de escuchar música de todo tipo —una pasión permanente—, de bailar, de trazar planes y lograrlos paso a paso. A menos de cinco años en suelo estadounidense, ya compró una casa y se independizó de los alquileres. También ve muchas series, le encantan las de tema médico. Igual que las películas de comedia, mucho más si son españolas. De política prefiere no hablar: «La alejo bastante de mis sentimientos. Es un mecanismo diabólico». Cuando puede se conecta a la televisión cubana, sobre todo para ver a sus antiguos colegas del gremio periodístico. 

En julio último se mudó de nuevo a Miami. Y hace alrededor de un año comenzó un máster en Family Nurse Practitioner en la Universidad Ana G. Mendez, campus Sur de la Florida. «Es una especie de médico de la familia», aclara. Y bromea con que ahora está más «protegido», pues está trabajando en el Mercy Hospital, al lado de la Ermita de la Virgen de la Caridad del Cobre.

—¿Frustraciones?

—Creo que uno lo que tiene que hacer es convertir los anhelos no en frustraciones, sino en metas. Ahora quisiera tener a mis padres conmigo: cuidarlos y protegerlos, como siempre hice. Las demás cosas las he ido cumpliendo, con sacrificio y dedicación. Siempre había dicho que si tenía otra vida, quería dedicarla a las ciencias médicas. Llegué aquí y comencé esa otra vida. Están mis amigos, mi pareja, y sigo pensando que, más allá de lo profesional, lo principal es lo humano. ¿Qué más pedir?

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