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Jesús Arencibia

Jesús Arencibia

Profesor y periodista. Cubano y pinareño. Amo el magisterio y la escritura porque me parecen un ejercicio poético de la bondad. Creo en la palabra compartida.

«Mi hijo no es un delincuente», «Somos una familia humilde», «Justicia sana sin manchas». Y el remate, que se intuía en el despeñadero de su ahogo: «No puedo hablar». ¿Cuántas madres ahora mismo en Cuba tienen el mismo nudo en su garganta?
Uno de los juicios más filosos de Alfredo Guevara fue aquel en que aseguró: «hay demasiada ignorancia en nuestro Estado todavía, y en nuestras organizaciones sociales, incluido el Partido, hay demasiada ignorancia con poder sobre personas. Ese es un crimen de Estado».
Cuba ha anunciado que producirá 100 millones de dosis de su vacuna Soberana 02 este año para satisfacer su propia demanda y la de otros países. Aún no se conoce cuándo comenzará la aplicación. Mientras llega el momento, algunas personas se preguntan si no sería una opción intentar acceder a vacunas de países aliados.
San Isidro, el Vedado, y cualquier parte de la Isla o sus comunidades en el exterior que al menos se interese por las distintas caras de la verdad en nuestra hora actual y defienda el derecho del otro a ser honrado —Martí lo llamaba libertad— serán declarados territorios libres del Madagascar fantasioso que alguna vez podremos erigir aquí mismo.
Lo doloroso, lo realmente frustrante, es que nos hayamos adaptado tan bien, como si fuera normal, correcto y hasta plausible, a que una biblioteca, o una dirección de justicia, o un Ministerio de Transporte o un país funcionen en penumbras.
Seguramente hay confundidos y anexionistas, vendepatria y hasta mercenarios dentro de una masa humana que estalla. Pero esas etiquetas, colgadas con entusiasmo en cada discurso oficial, no sirven para tapar el sol.
Si las carnes y las demás proteínas animales se tornan por momentos incapturables; los granos alcanzan precios de espanto; la leche y sus derivados suelen parecer un lujo; capturar en la Cuba de hoy viandas, hortalizas y frutas en variedad y cantidad suficientes deviene otro atolladero cotidiano.
El Gobierno cubano, que dice no dialogar con mercenarios y gusanos, sí ha dialogado con personajes que, en la óptica al uso, encajarían en cualquiera de los perfiles peyorativos descritos. Y diría más, ha dialogado con bastante aplomo y hasta concretos resultados.
Omara Ruiz Urquiola, Anamely Ramos y Camila Acosta son cubanas que están plantando bandera por decir y hacer libremente en un entorno en el que la libertad parece ser el mayor pecado.
Qué desconsiderado por parte de la gente evocar con este recorte de periódico aquella frase de Orwell de que “todos somos iguales, pero hay unos más iguales que otros”. O rememorar otras medidas y etapas y procesos, que nos dijeron eran “transitorios”, “temporales”, “necesarios, pero no deseables”.
San Isidro, ese barrio marginal de La Habana que nos recuerda cuán al margen andamos todos, volvió a ser noticia. Su gente, que a las 8:00 de la noche oye predicar a los televisores sobre golpes blandos y en colores, y al otro día sale a luchar la dura yuca, entendió y asumió el lenguaje de un dominó trancado.
La escasez y carestía de la leche y toda la gama de sus derivados es un muestrario de la ineficiencia de planes gubernamentales y las retrancas absurdas a la producción no estatal para suplir las ausencias.
El escenario agrícola cubano pide a gritos un abordaje integral que priorice, entre otros asuntos, la producción de los granos que demanda el país, en cantidad, calidad y diversidad suficientes. ¿Lo conseguirá el flamante Plan Nacional de Soberanía Alimentaria y Educación Nutricional, recién aprobado?
La construcción de viviendas en Cuba tras el triunfo de la revolución semeja una larga y compleja serie, con muchas temporadas, al parecer interminables. Los capítulos más intensos, llenos de terror y suspense, se han vivido después de 1990.
Mientras la ansiada carne, el plato fuerte, se torna cada día más jíbaro, algunos recuerdan con sorna el —varias veces declarado—, objetivo gubernamental de garantizar mensualmente cinco kilogramos de proteína animal a cada cubano.

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