Cuba: el país que se queda sin gente

Foto: elTOQUE.
Cuba enfrenta, quizá por primera vez en su historia reciente, tres crisis demográficas simultáneas:
a) una caída sostenida de la natalidad;
b) un éxodo masivo que expulsa a su población joven y calificada; y
c) un envejecimiento acelerado que transforma de raíz la estructura social del país.
Ese diagnóstico no es nuevo ni aislado. Durante años ha sido descrito por sociólogos y demógrafos —tanto independientes como vinculados a instituciones oficiales—; y el problema es tan evidente que incluso ha sido reconocido en lo que Napoleón habría llamado «la Asamblea de los Mudos», la actual Asamblea Nacional del Poder Popular.
En la sesión ordinaria del 18 de diciembre de 2025, las autoridades confirmaron que la población cubana volvió a disminuir este año y que, según las proyecciones vigentes, para 2050 el país tendrá apenas 7.7 millones de habitantes, unos 2 millones más que la población registrada en 1950, un siglo antes.
El resultado es un país que deja de reproducirse, que pierde aceleradamente su fuerza laboral y cuya pirámide poblacional se invierte a un ritmo comparable solo con naciones que han atravesado guerras prolongadas o crisis estructurales profundas.
Mucho se ha hablado de las consecuencias económicas y sociales derivadas de estas crisis combinadas.
Una fuerza laboral en retroceso
Cuando la población disminuye y envejece, el mercado laboral inevitablemente se reduce. La base productiva pasa a depender de un grupo cada vez más pequeño de personas jóvenes y en edad de trabajar. En Cuba, este fenómeno es aún más crítico porque no responde solo a una dinámica natural, sino también a causas inducidas: la emigración sostenida, la falta de incentivos para formar familias y la precariedad general de la vida en el país.
Un país con una fuerza laboral insuficiente produce menos bienes y servicios, pierde capacidad de innovación y ve debilitada su competitividad internacional. Como resultado, la economía entra —o, en el caso cubano, permanece— en un círculo vicioso: menos trabajadores → menos productividad → salarios más bajos → mayor emigración → todavía menos trabajadores.
Crisis estructural del sistema de pensiones
A medida que un país envejece, aumenta de forma acelerada el número de personas dependientes: más pensionados, más ciudadanos con enfermedades crónicas y mayor demanda de cuidados a largo plazo.
Ese crecimiento de la población vulnerable ejerce una presión insostenible sobre sistemas de seguridad social que, en el caso cubano, ya se encuentran debilitados por la falta de recursos y por decisiones económicas que han dejado a los jubilados en niveles de ingresos muy por debajo de cualquier estándar internacional de pobreza.
Tras el incremento aprobado en octubre de 2025, la pensión mínima en Cuba es 4 000 CUP; y al tipo de cambio oficial vigente —1 USD equivale a 410 CUP— significa que un pensionado vive con menos de 10 USD al mes (es decir, alrededor de 30 centavos al día). Según el Banco Mundial, la línea de pobreza extrema se fija en 2.15 USD diarios. De acuerdo con ese parámetro, cientos de miles de cubanos viven con ingresos siete veces inferiores a lo que se considera el umbral mínimo para ser considerado «extremadamente pobre».
El deterioro no se limita al monto de las pensiones. La crisis sistémica del país ha obligado al Estado a desmontar progresivamente los mecanismos de protección social que antes proclamaba como sus principales logros. La canasta básica normada —los célebres «mandados de la libreta»— llega de forma irregular y con productos cada vez más insuficientes; como diría el monólogo que hizo célebre a Pánfilo: el arroz de diciembre hace rato es el arroz de mayo.
Pero más allá de sus efectos económicos y sociales, las transformaciones demográficas también tienen un costo político: una sociedad envejecida, dependiente y empobrecida tiende a ser más vulnerable al autoritarismo y menos capaz de impulsar cambios profundos.
La dimensión política: estabilidad, gobernabilidad y riesgo autoritario
Una población envejecida tiende a ser más conservadora, no siempre en términos ideológicos, sino en su disposición al cambio. Las sociedades con una base demográfica mayoritariamente anciana suelen priorizar la estabilidad por encima de la transformación, entre otras razones porque la protesta y la movilización social rara vez provienen de los grupos de mayor edad.
Es duro decirlo, pero la dinámica política moderna demuestra que la energía para impulsar cambios profundos —protestas, movimientos cívicos, reorganización social— suele venir de la juventud.
Si alguien duda, basta observar el inmovilismo que ha trasladado a la política cubana la llamada «generación histórica»: una gerontocracia política que se ha perpetuado durante décadas, no por legitimidad social, sino por desgaste generacional y eliminación de su relevo.
El envejecimiento acentuado de cualquier sociedad favorece a regímenes autoritarios como el cubano, que encuentran menos resistencia en una sociedad en la cual los jóvenes escasean o se marchan al extranjero. En cualquier país, son los jóvenes quienes empujan la historia hacia adelante; cuando faltan, disminuye la capacidad colectiva para exigir cambios, organizarse políticamente y defender espacios públicos de participación.
El decrecimiento y envejecimiento de la población cubana no es solo un dato estadístico ni un paralelo automático con las sociedades envejecidas del primer mundo. Es la manifestación más visible de una crisis sistémica que redefine el destino del país: afecta la producción, el consumo, la sostenibilidad fiscal, la cohesión social y, sobre todo, la posibilidad de transformación política.
Decirlo es triste, pero los números oficiales —que probablemente atenúan la gravedad real— muestran que el mayor desafío de Cuba ya no es ideológico ni estrictamente político: es demográfico.
Un país sin gente deja de ser un país, y una nación que pierde a sus miembros corre el riesgo de diluirse, a menos que existan fuertes vínculos culturales o religiosos que preserven su continuidad (como ha ocurrido con otros pueblos a lo largo de la historia). En el caso cubano, incluso ese componente identitario ha sido manipulado y erosionado durante décadas.
La alteración de los rasgos culturales, la confusión deliberada de conceptos y la desarticulación de la ciudadanía han contribuido a que la crisis demográfica parezca cada vez más irreversible.
Si el panorama político cubano no cambia, existe el riesgo real de que en 50 años la nación cubana ya no exista como la conocemos, sino como un vestigio cada vez más reducido: una población envejecida, empobrecida y atrapada en la prolongación de un régimen que se presenta mutable en las formas, pero eterno en su esencia.












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