Desde Venezuela: crónica de la consolidación autoritaria

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Escribo al final del sábado 3 de enero de 2026 desde una ciudad del interior de Venezuela. La manera de enterarnos de lo que ocurrió en la capital no fue homogénea. En mi caso, como en el de muchos de mis conocidos, fue a través de mensajes de WhatsApp. Amigos y familiares en el extranjero buscaban contrastar con alguien «en terreno» lo que se difundía en los medios y redes sociales. Fue el primer momento del día en el que tuve la sensación ­­—repetida hoy hasta el cansancio— de que la mayoría de la gente no logra aún entender cómo es la vida aquí. «¿Todavía estás durmiendo? ¿Cómo es posible?», me preguntaban. Mi respuesta: bueno, porque vivo en Venezuela.

La información circula de manera fragmentada. La censura y la autocensura campean a sus anchas en los medios que sobreviven en un asfixiante entorno de control autoritario. A ello se suma la brecha tecnológica, profundizada por el empobrecimiento de la mayoría, que también aporta lo suyo al aislamiento informativo de una buena parte de la población. De manera que, mientras las imágenes de misiles y helicópteros sobrevolando Caracas daban la vuelta al mundo, en ciudades, pueblos y barrios del interior tardábamos horas en saber qué ocurría. Y ese «saber» también fue segmentado. Quienes tienen acceso a redes sociales podían asomarse a una información que estaba totalmente fuera del alcance de los demás. En un acto de surrealismo solo comprensible para quienes conocemos al régimen, algunas televisoras nacionales transmitían series y películas mientras la capital era el epicentro de una extracción militar.

Una pregunta repetida en los mensajes era: «¿Cómo están las cosas ahí? ¿La gente ha salido a las calles?». De nuevo la sensación: el optimismo de algunos y la ausencia de comprensión ante lo que no se vivencia. Enfrentamos a un régimen represor que ejecutó una razzia tras el 28 de julio de 2024 contra ciudadanos cuyo único pecado fue cumplir con su deber democrático. En ese contexto, salir a las calles a protestar se percibe, cada vez más, como un acto de suicidio civil.

Ese temor fundado ha llevado al repliegue de una ciudadanía que optó por acciones de resistencia pasiva, como la no participación en las convocatorias electorales del madurismo. Los demócratas venezolanos no solo se negaron a legitimar a Maduro, sino que confirmaron el liderazgo de María Corina Machado al negarse a respaldar a candidatos opositores «colaboracionistas». Curioso que mientras estos personajes son considerados «moderados» por analistas extranjeros, para el venezolano su nombre es «alacranes» (en alusión a su comportamiento velado y traicionero). «Traidores, falsos opositores puej», te dirán si preguntas por qué lo de alacrán.

Es importante conocer eso para entender la reacción de este sábado. Cuando la noticia finalmente fue de conocimiento masivo, primó el pragmatismo sobre el júbilo. Los venezolanos, expertos en sortear contingencias —desde hiperinflación hasta apagones nacionales de diez días—, optaron por asegurar lo necesario para la subsistencia. Los comercios se llenaron de colas. En las zonas populares, la gente corrió a «los chinos» a comprar lo que podía; en las zonas de clase media, las colas se repetían en supermercados y estaciones de servicio. Sí, la gasolina es de lo primero en escasear en el país con la mayor reserva de petróleo del mundo.

Yo salí, como la mayoría, a comprar lo básico hasta donde alcanzaran mis finanzas. La hiperinflación, ese otro temor concreto con el que lidiamos, ha menguado en el último año el 400 % el poder adquisitivo de quienes sobreviven con salarios de miseria. Tuve que regresarme sin poder hacerlo; las colas eran tan largas que abandoné mi intención. Cuando volví a intentarlo en la tarde, lo que encontré fueron anaqueles vacíos. Tuve que visitar varios comercios para conseguir lo que necesitaba.

Sé que muchos de mis amigos quedaron desconcertados cuando les respondí que todo estaba tranquilo y que la gente estaba en las colas. La precaución pragmática de los venezolanos apenas es asimilada por quienes no sobreviven cotidianamente entre la forzosa apariencia de normalidad y el miedo al horror represivo, a la miseria y a la consolidación del totalitarismo. Y es que, paradójicamente, mientras los expertos geopolíticos ponían su atención en la flota estadounidense y las luces de Navidad llenaban las ciudades en ese «aquítodoestádepinga» impuesto desde el régimen, el Gobierno ejecutaba una operación de reingeniería del control civil sin precedentes.

Como denunció recientemente el portal La Gran Aldea, bajo la sombra de la Nochebuena se consolidó una operación de control de datos digitales donde el Saime, la banca pública y el sistema Patria fundieron sus bases de datos en un solo nodo centralizado. Ya no hablamos solo de vigilancia, sino de un sistema que captura el Imei y el GPS de cada ciudadano en cada transacción comercial. Semanas antes, Maduro ya había preparado el terreno orientando la incorporación de una nueva función dentro de la plataforma VenApp, creando una opción para la denuncia ciudadana de «todo lo que vean u oigan y que afecte la paz y la tranquilidad». Para un cubano, es una variación del CDR; un CDR 2.0 que agiliza la delación policial. La amenaza al régimen se traducía así en mayor vigilancia y riesgo para la ciudadanía.

Esa convergencia tecnológica, sumada a las nuevas leyes que criminalizan cualquier respaldo a la presencia de la flota extranjera, configuraron en la concreción cotidiana un panorama de asedio interno. El régimen traduce la amenaza externa en un mecanismo de «borrado civil» automático con el control de la data de identidad y los movimientos bancarios que le permite, con un solo clic del algoritmo, bloquear a cualquier ciudadano, borrar su identidad o impedir el ejercicio de sus derechos civiles más básicos. Esas acciones son obviadas en la narrativa que interpela el asedio de flota gringa. Para los ciudadanos venezolanos, los peligros y temores se concentran en la sofisticación de los mecanismos de vigilancia, hoy en nuestros bolsillos.

Aun así, muchos no se explican que en estas horas los venezolanos hayan recurrido a su cada vez más engrosado manual de supervivencia autoritaria ante la consolidación totalitaria en curso. Nos enfrentamos a peligros mucho más urgentes y concretos que los efectos de una invasión que aún no ocurre, y que —nos cuesta comprender por qué— parecen invisibles para la comunidad internacional. En estas horas, los análisis se centran con rigor obsesivo en las motivaciones y los métodos empleados por Trump y su ejército. La interpelación a Trump es válida y necesaria —aquí no desconocemos las implicaciones actuales y futuras de sus acciones—, pero mientras el mundo cuestiona al «aliado indeseable», calla con una indulgencia hiriente ante la fracasada tibieza de los «aliados deseables».

¿Dónde queda la interpelación a Gobiernos como los de Lula, Petro y Sheinbaum? Quienes vivimos en Venezuela los vimos paralizados en una neutralidad retórica tras el secuestro electoral del 28J. Mientras le decían al mundo que buscaban evitar el escalamiento del conflicto interno, sus actuaciones se convertían en el oxígeno que permitió al régimen atrincherarse. Mientras ellos pedían las actas —nunca mostradas por el régimen y sí por la oposición— en una diplomacia de micrófonos, en las calles venezolanas se perdía la libertad. Miles de presos políticos dan cuenta de ello. Igual deuda tienen la CPI y la oficina de la ONU, entrampadas en lentitudes burocráticas y cooptación ideológica.

Continúo escribiendo en la mañana del domingo 4 de enero de 2026. Un día, para mí, generalmente lento e introspectivo. Esta crónica, que es a la vez interpelación, ya no busca cambiar el pasado —pretensión imposible—, sino advertir sobre el futuro. El vacío que dejaron los aliados democráticos, esos «aliados deseables», al no actuar con firmeza ayer, es lo que hoy nos deja a merced de una coalición de facciones que buscan lograr «gobernabilidad» a punta de control social. La percepción entre mis amigos y conocidos venezolanos aquí, desde el interior de Venezuela, es que ha ocurrido un cambio que no ha cambiado nada. La extracción de Maduro dejó intacta la estructura represiva. Los ciudadanos lo saben. En mensajes que se reducen a los círculos de confianza, el miedo se afronta con prudencia, los mensajes te reiteran tener cuidado, toda precaución es poca.

Quiero cerrar dirigiéndome a quienes desde la comodidad de una democracia funcional o desde sus lentes ideológicos se han convertido al venezuelasplaining para explicarnos, alarmados, lo «malo» de lo sucedido. Gracias, ya lo sabemos. Ahora nos gustaría que se activaran en función de las otras vías, las «deseables» y eficaces, las que puedan detener el horror al que nos abocamos. Vuelvan a leer todo lo escrito si, cuando leen la palabra horror, creen que me refiero a la invasión posible y no a la vida cotidiana bajo un régimen que pisó el acelerador hacia el totalitarismo.


ELTOQUE ES UN ESPACIO DE CREACIÓN ABIERTO A DIFERENTES PUNTOS DE VISTA. ESTE MATERIAL RESPONDE A LA OPINIÓN DE SU AUTOR, LA CUAL NO NECESARIAMENTE REFLEJA LA POSTURA EDITORIAL DEL MEDIO.  
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