hombre campesino Cuba

Fotos: Abraham Echevarría.

El camino de La Paila

14 / abril / 2022

Guiado por un terraplén de tres metros de ancho, el camino de La Paila se adentra de forma impactante en la naturaleza de la Sierra de los Órganos, Pinar del Río. A menos de un kilómetro a pie, es posible sentirse dentro de la montaña y, aun así, a cada momento impresiona la fuerza de la naturaleza. Al principio del camino se observan varios caseríos y luego casas aisladas, pero tras unos 40 minutos de andar, el paisaje se vuelve puro monte tupido.

Llegamos a un punto, presumo que a mitad del terraplén, donde el camino cambia radicalmente. Se ve el río que baja desde los pozos de la loma, las piedras cada vez más grandes, la pendiente más inclinada a un lado montaña y al otro, monte tupido: liebres silvestres, tocororos, cartacubas, gavilanes… una verdadera locura para mí, que solo quería dar un paseo fuera del pueblo de San Cristóbal.

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El río se agranda a un lado del sendero, y luego se encuentran unos rápidos detrás de una casita. En esa dirección, escuchamos una voz rajada que gritaba con mucha fuerza: «grano de ooooooro, grano de oooooro».

Con temor llegamos a un bohío donde un señor flacucho, con ropa sucia y rostro de niño viejo, enyuga un buey que parecía un elefante frente a aquel enclenque. Manipulaba a la bestia como si se tratara de una figura de papel.

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Pupi, no está completamente seguro, pero calcula tener 65 años y, al menos, 60 viviendo en la montaña.

Sin decir muchas palabras nos invita a pasar a su finca «porque dejó agua calentando para pelar un pollo». Con frases entrecortadas y una extraña dicción, nos cuenta que hacía más de un año que nadie nuevo subía a La Paila, que él no baja desde hace más de cinco meses, y que no le interesa bajar. «Allá afuera hay mucho ruido, mucho gentío. Eso a uno no le gusta, porque te vuelve loco». Como quien evita la conversación, nos anima a coger guayabas y se va junto a su fogón de leña, por 20 minutos.

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Con la vista fija en la montaña, Pupi parecía estar sorprendido, como quien descubre un lugar completamente nuevo. Acaso olvidó incluso que estábamos allí. Interrumpimos su silencio para pedirle indicaciones. Entre los labios resecos y el ceño fruncido dejó entrever una sonrisa. «Paʼrriba naʼmá que hay este camino», dijo y se volteó, como quien disimula un extraño gesto de alegría.

Anduvimos unos 20 minutos hasta una pequeña construcción de bloques y fibras de cemento: La Bodega. Detrás del mostrador un señor con pulóver de cuello y pantalón verde olivo hablaba con otro asomado por una ventana. «Los panes del mes no van a llegar hasta pasado mañana, parece que no hay harina allá abajo», comentaban. Entramos y saludamos. Los dos hombres nos devolvieron el saludo y continuaron en su conversación.

Nuestra presencia dentro de su bodega no les causó asombro. Hablamos del río, de los sitios de la montaña, de la energía eléctrica, de la agricultura y cuánta pregunta se nos ocurrió hacerles. Aunque éramos unos desconocidos, respondieron a cada una con amabilidad.

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Un muchachito montado en una mula se asomó por la ventana y nos interrumpió para saber del pan. Vestía una camisa verde olivo, un pantalón de secundaria, unas botas de goma y llevaba un machete amarrado con una especie de correa de saco.

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«A mí esto de la pandemia me gusta más que la vida normal. Imagínate que ya tendría que ir paʼl pre becado y lo que quiero es trabajar. A mí los libros no me gustan. A mí lo que me gusta es la tierra. La tierra es dura, pero no hay nada mejor que ver las cosechas crecer y además me da dinero. La escuela no da dinero», nos dijo.

Aquel muchachito de manos duras y manchadas, de uñas cortas y redondas, bordeadas por líneas de tierra seca, mira como asustado, con ojos grandes y cansados. Dice que hace más de un año que no conoce a gente nueva, que desde que no va a la escuela solo ve a su papá y a la gente que vive en la loma.

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Hubo un silencio incómodo de varios minutos, roto por nuestro interés por conversar con alguien más. «Lléguense a casa de Elyn, a él le gusta hablar con la gente», nos dijeron. Asustados por aquella extraña referencia, salimos en busca de la que sería la última parada de nuestra subida a La Paila.

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Elyn es un señor que no usa zapatos, a menos que vaya a adentrarse en el monte tupido. Nació en la loma y vive con su padre, que también nació allí. La casa de Elyn está llena de animales: las gallinas empollan junto a su cama, sus cerdos crecen sueltos en el monte. El agua que toma es de un pozo natural con un manantial de 18 metros de profundidad. Endulza sus alimentos con la miel de una colmena de abejas que hay en el portal de su casa.

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Elyn bajó al pueblo por última vez en 2019 por razones de salud y, aunque le gusta «darse unos palos de ron en una cantina y escuchar musiquita, al menos una vez al año», no suele bajar. No soporta el alboroto del lugar que todos por la loma llaman «el afuera».

Mientras corta trozos de madera de un tronco viejo, comenta que necesita una compañera de vida. «La vida en soledad no es nada fácil. Uno necesita alguien para hablar, una voz diferente para escuchar, alguien para tener su intimidad». Luego de una pausa y con el hacha en la mano y ojos muy abiertos, se nos acerca y sonriente exclama: «pero esta vida que yo he escogido no la cambio por nada. La naturaleza me da todo lo que necesito para ser feliz y para tener una mujer uno necesita tener dinero, comodidades. Uno no puede dedicarse solo al campo, a las plantas, y esa es mi vida. Además, tengo que cuidar a Puro (su padre), que ya está viejo».

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A Elyn no parece molestarle nada. Su opción de vida es trabajar para comer y poder estar vivo, para cuidar de la montaña como ella ha cuidado de él. Mientras cocina unos trozos de árbol del pan nos llama la atención y explica: «mira, aquí tengo todo lo que necesito. ¿Quiero comer? Ahí tengo la leña y la tierra para trabajar. ¿Quiero agua? Ahí tengo el manantial. ¿Quiero música?… ¿Tú has oído música buena?… es una copia del sonido del río y los pájaros. Yo soy como Adán en el paraíso».

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Volví varias veces a aquel sitio para comprobar que todo lo entendido detrás de estas personas no era solo impresión de un visitante emocionado. Pensé en la vida sana y tranquila en este lugar: rodeado de naturaleza; con poca gente; viviendo del trabajo de tus manos; con alimentos de primera mano y calidad, a pesar de la escasez; entre muchas otras ideas que por un momento me hicieron ver aquel paraíso del que me hablaba Elyn. Pero en mi cabeza pesaban más las expresiones de descontento de quienes, aun aclarando que no cambiarían su vida por nada, no dejaban de calificar la vida en la loma como muy difícil: cocinar con leña, andar sin zapatos por los pedraplenes, tener que ir al manantial a buscar agua, abastecimiento irregular en la bodega…

Quedé varado en el silencio, la soledad, la austeridad, por no hablar de lo impactante de la naturaleza que se te echa encima y alimenta el misterio sobre la decisión constante de permanecer en aquel lugar que, por paradisíaco, se me volvía dantesco. Tal vez algunos no estamos preparados para vivir en el paraíso.



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Abraham Echevarría
Licenciado en Historia por la Universidad de La Habana. Fotógrafo.
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