El maestro y Margarita

Foto: Harold Cardenas Lema

El maestro y Margarita

29 / septiembre / 2015

Las mejores historias están ocultas a simple vista, bajo un manto de cotidianidad injusto pero si buscamos bajo la superficie encontramos las claves del pasado. Y el futuro.

Por: Harold Cárdenas Lema ([email protected])

¿Cuándo empieza una historia? Quizás el día en que nace una niña en el barrio pobre de una provincia cubana. Con un padre alcohólico y una madre de mal temperamento que parecen destinarla al fracaso. Contando los centavos para comprarse sus zapatos, siempre a escondidas para que su padre no le robe el dinero, siempre oculta para que su madre no se lo dé a su otra hermana, que es la favorita.

O quizás la historia no empieza ahí en absoluto sino el día que sus manos no fueron suficiente. La tarde que llegó a casa y le dijeron que su hermano estaba malo, que le rezaron a la Virgen y ella no escuchó. Cuando horas más tarde empezó a convulsionar en la cama a su lado y Margarita ayudó a sostenerlo con sus manos de ocho años de edad, tratando de detener una epilepsia incontenible. Así estuvieron, hasta sentir que la vida lo abandonó por falta de medicinas, por falta de posibilidades, por la fatalidad de nacer en una familia pobre.

Si le preguntara a Margarita diría que todo empezó cuando aprendió a escribir con veinte años. Solo quien ha vivido el analfabetismo sabe de la vergüenza que significa, temer que alguien te pida leer algo, firmar en alguna parte. Por eso el día que llegó un maestro voluntario a su puerta decidió aprovecharlo hasta lo último. No le importó que su profesor fuera más joven que ella o que debiera levantarse de madrugada en ocasiones.

Hizo lo posible e imposible para superarse y el maestro quedó sorprendido por ello, quizás sin saber (¿o sí?) que ha marcado para siempre la vida de esa joven que no lo olvidará nunca.

Margarita no es Margarita, o sí lo es pero para haber nacido en una familia iletrada tiene más nombres que nadie y eso será luego un problema. Sus padres la inscribieron con el nombre Zenaida, le llamaron Margarita y la bautizaron como Magaly, cosas de familia humilde. Inconsciente de las ramificaciones, cuando empezó a tener sus propios hijos los inscribió utilizando como nombre materno cada uno de estos, costará años en los bufetes legales demostrar que su prole es efectivamente suya, lucha que en el 2015 aún no termina.

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Margarita tampoco es perfecta. No le gustaba que en tiempos de necesidad se hablara en voz alta para que los vecinos no supieran lo poco que había de comer. Le hace rechazo a la bebida y no alcanza el temperamento de su madre pero sin dudas le han quedado secuelas de la infancia. Ahora que es una persona mayor, sufre cada cierto tiempo una depresión que la paraliza de la vida práctica y necesita la compañía de sus hijos. Son cosas que canaliza a través de poesías que no muestra a nadie, o casi nadie porque un día hace años, me las mostró a escondidas. Entonces sentí que era cómplice de algo con ella, sin estar muy seguro con quien estaba hablando, Zenaida, Margarita o Magaly.

Siendo ama de casa durante mucho tiempo para su esposo militar y cuatro hijos que impulsó con todas sus fuerzas para que alcanzaran la universidad, Margarita no ha tenido una vida laboral exitosa. Mi único recuerdo de ella en un trabajo remunerado fue como secretaria en la empresa de artes gráficas de Santa Clara. Era el cielo cuando me subía a los estudios donde se almacenaban las pinturas y los lienzos, siempre había alguno echado a perder donde yo pudiera desarrollar “mi obra”.

Quizás el desenlace de esta historia sea cotidiano, a través de la huella que le dejó el maestro. Desde que aprendió a leer ha comprado todos los diccionarios impresos en el último medio siglo cubano, siempre pendiente de la pronunciación de las personas y cuando escucha una palabra desconocida para ella va discretamente a su cuarto a buscarla en su colección de diccionarios. Dios libre a la persona de no haberse equivocado porque entonces regresa (ya sin discreción) y corrige al incauto públicamente, seguro disfrutando interiormente su victoria personal contra la ignorancia. Ciertamente se ha superado y alejado del destino que le aguardaba en aquella casa de madera con padres disfuncionales.

Las historias de conquistas personales no necesitan verse reflejadas en los diarios o la televisión para ser tales, basta con superar los obstáculos que impone la vida y reciprocarlos con buenas acciones.

Entonces, ¿cómo escribir sobre mi abuela sin que sea un collage de cursilería? No creo poder hacerlo, sin embargo lo intento como me enseñó ella. ¿Cuándo termina una historia? Contando el epílogo, durante el épico acoso que me hizo en el año 2004 para que su nieto también fuera a la Universidad. Contra Margarita no pudo mi terquedad ni los problemas que tengo con la autoridad, me hizo entrar a los altos estudios casi contra mi voluntad, y le agradezco en el alma. Gracias a ella me gradué y terminé siendo maestro también. Así se cierra esta historia, por ahora.

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Harold Cárdenas Lema
En mi tiempo libre administro un blog llamado La Joven Cuba que inicié junto a dos colegas en mi época de profesor de Historia de la Filosofía en la Universidad de Matanzas. En el blog puedo escribir sobre muchos temas de la realidad cubana y los cambios que tienen lugar en estos momentos en Cuba.
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Lema 3

A mi me tocó ser nieta de Magalys, pero mi padre es hijo de Zenaida creo. Parte de una hermosa historia de familia de la que doy fe, cada uno de los personajes que la componen es un pedazo de lo que somos nosotros hoy . Gracias por hacer arte con los nuestros.
Lema 3

Claudia

Linda historia la de Magalys, Zenaida, Margarita, en fin, tu grandiosa abuela Harold, símbolo de todas nuestras abuelas cubanas de aquella época, cursileria digna de tanto en una sola persona, gracias por este pedacito de historia
Claudia

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