En 2026, el turismo en Cuba atraviesa uno de los momentos más críticos de la última década, y entre los grupos más golpeados se encuentran los guías turísticos independientes, una figura clave en la experiencia del visitante, pero que hasta hoy opera fuera de un marco legal que proteja sus actividades.
La combinación de una caída sostenida de viajeros, la reducción de vuelos internacionales y el impacto del cerco petrolero impuesto por Estados Unidos ha reducido al mínimo la actividad de quienes dependen del contacto directo con el turista.
«Si antes trabajaba seis veces en la quincena (como mínimo), ahora puede que trabaje tres veces máximo en el mismo período», dice Alberto, un guía que labora para una agencia privada que funciona fuera de Cuba.
Las cifras más recientes confirman la magnitud del desplome. Entre enero y febrero de 2026, según la Oficina Nacional de Estadísticas, Cuba recibió poco más de 262 000 visitantes internacionales. Esta cifra representa alrededor de un 30 % menos respecto al mismo periodo del año anterior. Solo en febrero, el descenso fue aún más abrupto, con cifras que evidencian un retroceso cercano a la mitad, comparado con 2025.
Para Alicia, otra guía turística que trabaja para dos agencias, el descenso se siente más, «sobre todo porque casualmente coincidió con lo que es la temporada alta, que abarca desde diciembre hasta marzo», afirmó.
Este comportamiento se inserta en una tendencia de largo plazo: desde el pico de casi 4,7 millones de turistas en 2018, el país no ha logrado recuperar sus niveles de arribo y ha quedado rezagado frente a otros destinos del Caribe como Cancún o Punta Cana.
En los últimos meses, sin embargo, el deterioro ha adquirido un carácter más agudo. La crisis energética —profundizada por la disminución del suministro de combustibles y el reforzamiento de sanciones— ha derivado en la reducción de operaciones de varias aerolíneas internacionales.
Compañías como Air Canada, Iberia y Air Europa han ajustado frecuencias o suspendido rutas hacia la Isla, en parte debido a las dificultades para garantizar el abastecimiento de combustible. Esta situación ha limitado la conectividad aérea en plena temporada alta y ha afectado directamente el flujo de visitantes.
El impacto del llamado «cerco petrolero» se extiende más allá del transporte aéreo. La escasez de combustible ha provocado apagones prolongados, afectaciones en el transporte interno y dificultades logísticas que repercuten en la experiencia turística.
Para los guías, esto implica no solo menos clientes, sino también mayores obstáculos para organizar recorridos, cumplir itinerarios o sostener la calidad del servicio. La incertidumbre energética se traduce, en la práctica, en jornadas de trabajo cada vez más escasas e imprevisibles.
«Este año la mayor parte del tiempo hemos estado en la casa», apunta Alicia acerca de su actividad y la de sus colegas. Ella agrega que cuando tienen trabajo ya no pueden trasladarse en carros, sino en bicicleta.
En ese contexto, la situación de los guías turísticos independientes revela una vulnerabilidad particular. A diferencia de otros actores del sector, estos trabajadores no cuentan con reconocimiento legal para ejercer su actividad de manera autónoma.
Aunque forman parte esencial del circuito turístico —especialmente en modalidades personalizadas y culturales—, la legislación vigente no contempla la figura del guía independiente como trabajo por cuenta propia, lo que los obliga a operar en una zona informal; es decir, sin acceso a contratos, protección laboral o canales institucionales de comercialización.
Esta exclusión ha sido objeto de reclamos en los últimos años. Desde 2021, grupos de guías han impulsado iniciativas para lograr la legalización de la actividad, incluyendo la recolección de más de 1 500 firmas y la presentación de propuestas formales ante el Ministerio de Turismo y el Ministerio de Trabajo. Sin embargo, no hay avances respecto a estas demandas.
También han articulado comunidades en redes sociales para visibilizar su situación y plantear modelos de regulación que permitan integrar su labor al sector formal. Las autoridades, como respuesta, han reiterado que la actividad turística —en particular la intermediación y el guiado— permanece bajo control estatal, cerrando la puerta a su reconocimiento como actividad privada.
La combinación de crisis económica, restricciones estructurales y falta de reconocimiento legal ha empujado a muchos guías a abandonar la actividad o a pasarse a otras ocupaciones.
Alicia no tiene muchas expectativas. «Lo que pienso es buscar otros trabajos porque no siento que pueda depender de esto y no veo una perspectiva de cambio real», lamenta.
En la práctica, la crisis del turismo en Cuba no solo se mide en cifras de llegadas o tasas de ocupación hotelera, sino también en el silencio de recorridos que no se realizan y en la ausencia de intercambios que antes sostenían a miles de trabajadores.
«Creo que cada vez vendrán menos [turistas]. Cuba no dispone ahora mismo de infraestructura para poder gestionar un turismo de calidad a gran escala», reconoce Alberto, desestimando una posible recuperación inmediata del sector.
Para los guías turísticos independientes, el escenario actual no es solo una caída del mercado, sino la exposición de una fragilidad acumulada: la de ejercer un oficio imprescindible sin reconocimiento legal, en medio de una economía que cada vez va más en picada.









