Un cubano en Dubái en 2026: oportunidades, guerra en la región y falsas expectativas migratorias

7 de abril de 2026 a las 06:30 a. m.

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Imágenes: Facebook Alejandro Terry

Imágenes: Facebook Alejandro Terry

En Dubái, donde el lujo suele imponerse al ruido del mundo, el cubano Alejandro Terry ha empezado a acostumbrarse al eco de la guerra.

Más de un mes después del inicio del conflicto en el vecino Irán y su expansión parcial a otros países de la región, ya no le sorprenden tanto las explosiones. «Lo peor son las alarmas, que las escuchas a cualquier hora y sobresaltan y molestan. El Gobierno cambió el sonido, pero igual te vibra el teléfono».

«Debido a la situación actual y a posibles amenazas de misiles, busque inmediatamente refugio en un lugar seguro dentro del edificio más cercano», lee en las alertas de emergencia que recibe a diario en el móvil, mientras la tensión se cuela en su rutina.

«Es un reto realmente mantenerse acá», asegura. Pero después de todo lo que le ha costado llegar hasta donde está hoy, Alejandro no está dispuesto a que ni siquiera la guerra le quite el sueño.

El largo camino hasta el Golfo

Alejandro salió de Cuba en 2022, tras comprobar que era imposible vivir de su profesión. «Yo estudié medicina por vocación. En ese momento estaba terminando la residencia en Medicina Física y Rehabilitación.

«Mi esposa se había ido tres meses antes y yo ya había tomado la decisión, aunque no quería irme. La cosa se estaba poniendo mala, como decimos nosotros en Cuba. No tanto como ahora mismo, pero la situación ya era un poco compleja».

Su destino inicial no era Emiratos sino la India. Pero ese trayecto cambió casi de inmediato.

«Nos fuimos primero para la India, porque mi esposa tenía un contrato allá, como muchos músicos cubanos que van a trabajar a eventos en la India. Pero estuve muy poco tiempo, cuatro o cinco días nada más, porque le salió una oferta de trabajo aquí, en Dubái. Entonces dijimos: entre la India y Dubái, Dubái suena mejor».

La llegada implicó un corte abrupto con todo lo conocido.

«Aquí no hay cubanos alrededor, al menos cuando yo llegué no había tantos. Era literalmente empezar a abrirse camino desde cero, en otro idioma, con otras reglas, con otra mentalidad. Es un cambio fuerte, porque no tienes referencias y no tienes a quién acudir al principio», asegura.

Alejandro tuvo suerte. «Llegué y a los dos días encontré trabajo». Pero esa primera experiencia laboral vino acompañada de una de las dificultades más frecuentes al emigrar a Emiratos Árabes Unidos: la dependencia del estatus legal respecto al empleador.

«Para tener residencia necesitas un trabajo que te haga la visa, que puede ser por dos o tres años. A mí me la retrasaron. El dueño de la compañía me decía que había que esperar diez meses, que era el período de prueba. Pero yo no podía esperar diez meses, porque eso te deja en una situación vulnerable. Entonces decidí pagar mi propia visa, porque no quería tener ningún problema legal. Él decía que no iba a pasar nada, pero yo no quería correr ese riesgo en un país como este».

Después tocó hacer un poco de todo, con momentos de avance y otros de pausa forzada.

«Estuve trabajando diez meses en ese primer lugar y después empecé a moverme. Trabajé como asistente personal, trabajé como intérprete para personas que hacían negocios aquí, porque hablo inglés perfectamente. Empecé a abrirme camino poco a poco.

Tuve un período complicado: estuve cinco o seis meses sin trabajo. Y ahí fue clave el apoyo de mi familia, de mi esposa, de mi hermana, que estaban aquí. No todo el mundo tiene ese apoyo».

En los últimos dos años, la inestabilidad dio paso a una etapa de consolidación. Hoy trabaja en un puesto de responsabilidad en una empresa ubicada en una de las zonas más exclusivas de Dubái.

«Ahora mismo soy manager de una sucursal de una compañía que se llama Dr. Stretch, que está enfocada en terapia de estiramiento. Estoy en Palm Jumeirah, que es una zona de mucho lujo, y trabajamos con clientes de alto perfil. Llevo ya dos años ahí y ha sido un crecimiento grande. Me ha abierto muchas puertas, me ha permitido lograr cosas que en mi vida pensé tener: apartamento, carro, estabilidad, poder pagar lo que me gusta, que son mis eventos. Este país te abre muchas posibilidades si logras encaminarte».

El «sueño árabe»

En los últimos años, Dubái se ha convertido en un destino cada vez más visible para migrantes, incluidos cubanos, en medio del aumento general de la emigración desde la isla. En Emiratos Árabes Unidos, más del 85 % de la población es extranjera, lo que refleja la centralidad del trabajo migrante en su economía.

Sin embargo, el acceso al país suele ser más sencillo que la permanencia. La residencia legal depende, en la mayoría de los casos, de un empleador, y perder el trabajo puede implicar también perder el estatus migratorio. A esto se suma la circulación de información incompleta —especialmente en redes sociales— que presenta Dubái como un destino de inserción rápida y altos ingresos.

En la práctica, las experiencias son muy desiguales: mientras algunos logran estabilizarse y crecer profesionalmente, otros enfrentan precariedad, estafas o falta de redes de apoyo desde su llegada.

Desde su experiencia personal, amplificada por su presencia en redes sociales, Alejandro ha entrado en contacto con decenas de cubanos que llegan al país en condiciones muy distintas a las suyas.

«Hay mucha desinformación. La gente viene desesperada por salir de Cuba y no sabe a lo que se enfrenta. A mí me han escrito decenas de cubanos desde que estoy aquí. Personas que llegan y los dejan botados en el aeropuerto. Pagaron por venir y, cuando llegan, no hay nadie esperándolos. Y a partir de ahí, a ver qué hacen, a quién llaman».

En algunos casos, esa conexión se convierte en ayuda directa.

«He tratado de ayudar a muchos, incluso con dinero mío, para que puedan sobrevivir al menos un mes. También intento ayudarlos a encontrar trabajo, a conseguir un lugar donde quedarse. Mi número se ha regado y me llaman, me escriben, y uno trata de hacer lo que puede». Pero es difícil, porque muchas veces llegan «en una situación muy complicada».

«El error que han cometido muchos cubanos es venir sin preparación. Sin inglés, sin un currículum. Venir a trabajar en lo que sea, que eso aquí no funciona así: aquí no se viene a trabajar en la construcción, en limpieza, porque es un mercado ya tomado por trabajadores del sureste asiático, a los que les pagan casi nada. Es bastante feo lo que ha estado pasando aquí en los Emiratos con muchísimos cubanos».

Ante este panorama, se ha vuelto una constante en sus redes la insistencia en desmontar expectativas simplificadas sobre emigrar a Dubái.

«Hay que saber que esto no es automático. Es un país que te abre las puertas, sí, es muy cosmopolita, convives con personas de todo el mundo, y eso es algo muy bueno. Pero no es llegar y resolver. Si vienes desinformado, sin idioma, sin entender cómo funciona el sistema, puedes pasarla muy mal. Ese es el problema: las expectativas no se corresponden con la realidad».

Choque de culturas

La convivencia con una cultura tan ajena al contexto cubano ha marcado su día a día desde su llegada. Dubái, explica, funciona como un punto de encuentro donde lo religioso, lo global y lo cotidiano se cruzan constantemente.

«Este país, al ser tan cosmopolita, recibe a todas las nacionalidades. A pesar de ser un país islámico, no es un lugar cerrado; al contrario, ha abierto las puertas. Y tú sientes que estás en una gran comunidad de gente de todo el mundo. Eso es algo que yo agradezco muchísimo».

Las primeras impresiones provocan asombro. «Cuando uno llega aquí, lo primero que te sorprende son las mezquitas, porque en Cuba no hay. Y también los llamados al rezo, que los ponen en bocinas altas. Tú los escuchas varias veces al día y al principio no sabes ni qué cosa es».

Con el tiempo, esa extrañeza inicial se transforma en cotidianeidad. A través del trabajo y la interacción diaria, Alejandro comenzó a relacionarse con personas musulmanas y a entender códigos que, al principio, le resultaban completamente ajenos.

«Cuando empiezas a trabajar y a comunicarte con la gente, te das cuenta de que los musulmanes en su mayoría son muy amigables. Como todas las culturas, tienen sus horarios y sus normas, y hay que respetarlas». 

Esa experiencia se intensifica ante determinadas tradiciones. «Ahora mismo pasamos el mes de Ramadán y uno tiene que adaptarse. Por ejemplo, no comer ni tomar agua delante de ellos durante el día, porque están en ayuno y es una falta de respeto. Son cosas que uno aprende y que son importantes para convivir».

«El tema de la vestimenta, por ejemplo. En Dubái es más relajado porque es una ciudad muy abierta, pero en otros emiratos no es así. Hay lugares donde no te puedes vestir con ropa corta, donde las mujeres tienen que cubrirse más: las rodillas, los hombros», asegura.

También lo nota en la forma de mostrar afecto. «Los cubanos somos muy cariñosos, nos gusta darnos besos, tocarnos. Y aquí eso no está bien visto en público. No es recomendable. Es como estar en una casa ajena: tú tienes que respetar las normas del lugar donde estás».

Sin embargo, más allá de las diferencias, lo que destaca es la experiencia de apertura y hospitalidad que ha encontrado.

«En el tema del islam, la gente me ha sorprendido mucho. Son personas excelentes, que te enseñan valores como compartir, respetar. Durante el Ramadán, por ejemplo, cuando llega la hora de romper el ayuno —el Iftar—, no importa la religión que tú tengas. Te invitan a sentarte con ellos, a comer. Yo lo he vivido muchas veces. Vas pasando y te dicen: “Brother, please, join us” (Hermano, por favor, acompáñanos). Y te sientas con ellos en el suelo, en la alfombra, comes con ellos. Y si les dices que no, se ve mal».

Incluso tras explicar que no es tu religión, «te dicen: “No importa, Dios es uno y la comida es para todos”. Eso es algo que a mí me ha enseñado muchísimo».

En ese equilibrio entre diferencia y adaptación, Alejandro resume uno de los aprendizajes centrales de su experiencia: la importancia de entender el lugar al que se llega.

Sentirse en casa

Para Alejandro, la idea de «hogar» también se ha transformado a la par de su proceso migratorio, marcada por la imposibilidad de regresar a Cuba sin riesgos.

«Yo ahora mismo no puedo regresar. No hay una ley clara que te diga qué puede pasar (en el caso de los médicos), y ante el riesgo de tener problemas o bloqueos, decidí no hacerlo. Yo no me fui en una misión ni nada de eso, pero igual no hay garantías», dice.

Ahora ha hecho de los Emiratos Árabes Unidos su lugar en el mundo. «He viajado a otros países y cuando regreso tengo esa sensación de estar en casa. No es Cuba, no es mi tierra, no es un país verde, es un desierto con un clima fuerte, pero es el lugar donde he podido crecer como persona. Es un país que me ha permitido enfocarme en hacer negocios, en desarrollarme, y estoy muy agradecido de estar aquí».

A pesar de que corren tiempos inciertos. «Parece que hay mucho más por venir. Se está jugando una guerra de desgaste, y aquí va a durar el que más aguante», reflexiona. «Muchos se están yendo, pero nosotros hemos decidido quedarnos. Hemos construido una vida durante años aquí y me siento seguro. Por eso le seguimos dando un voto de confianza al país. Vamos a seguir aquí». 

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