Embarazadas, detenidas y deportadas. El calvario silencioso de las cubanas en Rusia

14 de mayo de 2026 a las 12:30 p. m.

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Imagen de referencia / Una mujer comprueba su celular mientras camina por la plaza Roja al atardecer, en Moscú, el martes 31 de marzo de 2026. AP Foto/Pavel Bednyakov, Archivo.

Imagen de referencia / Una mujer comprueba su celular mientras camina por la plaza Roja al atardecer, en Moscú, el martes 31 de marzo de 2026. AP Foto/Pavel Bednyakov, Archivo.

Laura llevaba mucho tiempo queriendo tener un hijo. Lo había intentado sin éxito. Luego, entre la falta de recursos, el estrés y la incertidumbre constante de sus últimos años en Cuba antes de emigrar, la maternidad quedó como un deseo aplazado que no terminaba de encontrar espacio en su vida y que ya le parecía irreal a sus 34 años. Por esa razón, cuando a inicios de 2025 llegó a Moscú como turista y unos meses después notó que estaba embarazada, le pareció una señal, una recompensa.

No lo contó de inmediato. Lo guardó, como quien protege algo frágil. Hacía cálculos, se tocaba el vientre, intentaba cuidarse dentro de lo posible. Pensaba que, si tenía salud, si las cosas seguían bien con su nueva pareja, si lograba sortear los escollos de la irregularidad migratoria en la que ya se encontraba, si mantenía estabilidad en su trabajo, ese hijo era la bendición que le faltaba.

Le habían dicho que en Rusia habría oportunidades e, incluso, la posibilidad de conseguir documentos si tenía un niño. Poco a poco, se fue enterando de que no era así, que los hijos de migrantes irregulares tienen el mismo estatus que sus padres, pero pensaba que tal vez algo podría cambiar para mejor y se aferró a esa idea.

La detuvieron una tarde mientras limpiaba en el supermercado Piaterochka y comprobaron sus documentos, ya vencidos al sobrepasar los 90 días de estancia permitidos a los turistas y sin un permiso de trabajo válido. Tenía tres meses y medio de embarazo, aunque apenas se le notaba. 

Sin advertencias ni margen para explicaciones, se vio encerrada de pronto. Su condición dejó de ser una esperanza y se convirtió en una preocupación. No sabía si debía decirlo. No sabía si la protegería o la expondría más.

«Había días en que lo único que pensaba era en comer algo, cualquier cosa. Pero no era solo el hambre, era el miedo constante, la incertidumbre de no saber qué iba a pasar conmigo», cuenta desde Las Tunas.

En el centro de detención, notaba cómo le crecía la barriga.

«Yo pensaba todo el tiempo en el bebé. En si estaba bien, si estaba resistiendo, porque una siente que el cuerpo no aguanta. Y nadie te explica nada, nadie te revisa de verdad».

No tenía dinero suficiente para pagar un pasaje a la isla, que es la única forma de agilizar, a veces, la salida de esos centros. Cuando logró que la enviasen de regreso a Cuba, Laura calculaba que tenía 26 o 27 semanas de embarazo; había pasado casi la mitad entre rejas. Pero no llegó a sostener al niño en brazos. Apenas aterrizó en Varadero, comenzaron los dolores y poco después lo perdió.

Incertidumbre e indefensión

Yesy Navarro coincidió con Laura, por unos días, en el mismo módulo del centro de deportación sin saber entonces que también estaba embarazada. Unos meses después nos cuenta su historia, en la que repite una idea: «Yo lo que pienso es que ahí no les importamos nada».

Tiene poco más de 30 años y es de Guantánamo. Salió de Cuba en 2023 con un objetivo claro. «Me fui porque quería hacerle algo a mi niño por sus 15 años, comprarle ropa, zapatos… cosas que aquí no podía. Yo cobraba 3 100 CUP nada más. Pensé que en tres meses iba a trabajar, reunir el dinero y regresar, pero la realidad allá es otra. Yo no sabía nada, me fui como con los ojos vendados. No sabía que uno se quedaba ilegal tan rápido».

En Moscú, se movía de una vivienda a otra, compartía espacios con decenas de personas en condiciones inestables.

«Pasamos mucho trabajo con las rentas. En algunas casas vivíamos 14 personas. Una vez tuvimos que irnos de madrugada bajo una nevada. Yo pensé que no iba a sobrevivir porque no estaba acostumbrada a ese frío».

Trabajó en lo que aparecía: limpieza, construcción, fábricas. Durante meses, sostuvo una rutina exigente, con jornadas largas y pocos descansos. «Trabajaba turnos de 12 horas, día y noche. Todo era duro, pero uno sentía que estaba avanzando».

La detuvieron un día cualquiera, saliendo del metro. «Ahí mismo me dijeron que sería deportada. Me llevaron a una unidad y estuve cuatro días en una celdita donde casi no podía respirar. Yo pedía agua y me decían que tomara del baño. Estuve esos días sin comer ni beber nada. Al cuarto día, me dieron un poco de té, tres dedos en un vaso, y una sopa instantánea. No nos decían nada, no sabíamos qué iba a pasar».

Tras ese primer encierro, fue trasladada al centro de deportación de Sájarovo, en la región de Moscú. «Nos montaron en una guagua con celda atrás, recogiendo personas, hasta que fuimos como 15. Pasamos la noche afuera de Sájarovo. Cuando entramos, nos quitaron las cosas: el dinero, las hebillas, me dejaron nada más con la ropa y el abrigo. A mí no me lo hicieron, pero a otras muchachas sí las revisaban, las hacían quitarse todo, quedarse completamente desnudas. Nos llevaron a unos albergues grandes. El baño se salía, estaba sucio, había malas condiciones, y uno no sabía ni dónde iba a dormir».

Dentro, el tiempo se volvía denso y repetitivo.

«Ahí conocí a otras cubanas. Éramos como siete y nos ayudábamos entre todas. Compartíamos la comida, el pan, lo poquito que había. La comida era mala, cosas que uno no está acostumbrado a comer. Yo casi no comía».

Fue allí cuando empezó a notar cambios en su cuerpo.

«Primero pensé que me caía mal la comida, porque no me gustaba, pero después empecé a vomitar. Las muchachas empezaron a decir que podía estar embarazada. Yo no lo creía, llevaba siete años con mi esposo y no había salido embarazada. Pedimos que me hicieran una prueba, que me viera un médico, pero no hacían nada».

El encierro se fue prolongando. «Yo entré el 21 de octubre y me sacaron para el aeropuerto el 25 de diciembre de 2025. Había otra muchacha que estuvo 107 días, y así. Era un estrés constante. Cada vez que sonaba la puerta, uno no sabía qué iba a pasar. De madrugada se escuchaban gritos, muchos gritos. No podía dormir».

Sobre Laura recuerda: «Tenía ya la barriga grande. Lloraba mucho, de hambre, de desesperación. Nosotras le guardábamos pan, azúcar… lo poquito que teníamos. Se empezó a poner mal, le subía la presión, y lo único que hacían era darle una pastilla debajo de la lengua que la dormía. A los pocos días, la deportaron. Llegó a Cuba y supimos luego que perdió el embarazo».

Poco después, Yesy también empezó a sentirse mal. «Soy hipertensa y me subía la presión. Me daban la misma pastilla. Te la ponían debajo de la lengua y te dormían. No había otro tratamiento. Después nos trasladaron a otra celda y tuvimos que cargar colchones largas distancias. Ahí me sentí peor, con mucho dolor. Esa noche, por la madrugada, tuve un aborto. Empecé a sangrar mucho, muchos días. Cuando volé para Cuba todavía tenía sangramiento. Aquí me atendieron y me confirmaron que había abortado».

Tras su salida, empezó a hablar con otras mujeres que habían pasado por lo mismo.

«Me dijeron que no fui la única, que muchas que entraron embarazadas también perdieron sus embarazos ahí adentro. Muchas quedaron mal de los nervios, hay gente que no se ha recuperado mentalmente».

¿Un patrón en la sombra?

Aunque los testimonios sobre embarazos dentro de los centros de deportación en Rusia son escasos y difíciles de documentar, organizaciones independientes llevan años advirtiendo que estos espacios no tienen las condiciones mínimas para mujeres en esa condición y que la atención médica es, como poco, insuficiente.

Incluso, desde instituciones rusas se ha reconocido el problema. La oficina regional del Defensor del Pueblo de Sverdlovsk, por ejemplo, señaló en 2022 que deberían «evitarse los casos en que se recluya a mujeres embarazadas en estos centros», lo que confirma que estas situaciones ocurren en la práctica.

Desde estas instalaciones, la información rara vez sale completa. Los detenidos pueden pasar semanas casi incomunicados, y lo que se conoce suele filtrarse a través de familiares o mensajes aislados, o por testimonios posteriores —como los de este texto—.

A esos casos se suman los de otras mujeres que llegan a los centros de deportación recién paridas o con niños pequeños, que por lo general quedan bajo custodia estatal separados de ellas hasta que puedan marcharse.

Aunque contactamos con varias mujeres que pasaron por estas situaciones, prefirieron guardar silencio. Algunas respondieron con una frase breve que esconde cansancio, pero también miedo y desconfianza: «Eso no resuelve nada».

Mientras en Cuba la baja natalidad es una preocupación sostenida, muchas cubanas escogen tener sus hijos en los países a los que emigran. En Rusia, ese sueño puede convertirse en un calvario. 

Yesy y Laura lograron regresar a Cuba, pero las mujeres embarazadas que estén o lleguen ahora a uno de esos centros rusos pueden encontrarse en espera indefinida por la falta de vuelos regulares a la isla desde el 24 de febrero de 2026 —tras la crisis agravada de combustible—, lo que añade vulnerabilidad a una situación que ya es muy frágil.

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