Cuba Libre Social Club: ¿experimento exitoso o sueño incumplido?

15 de septiembre de 2026 a las 06:30 a. m.

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Fotos: Cuba Libre Social Club / Facebook.

Fotos: Cuba Libre Social Club / Facebook.

Viernes por la noche en West New York, Nueva Jersey. Un grupo de cubanos van llegando a un restaurante del pueblo, saludan y lo atraviesan hasta un pequeño salón de fiestas que se encuentra al fondo. Suena una música tan variada como los asistentes, música para todas las edades. Unos se conocen, otros llegan por primera vez asombrados de encontrarse de pronto con un grupo tan grande y diverso de compatriotas. Se presentan, conversan, algunos empiezan a bailar, se venden tickets para una rifa en la cual el ganador se alzará con una caja de comestibles españoles, un pan artesano o lo que aparezca.

Luego sirven la cena: cerdo asado, chilindrón de chivo, moros y cristianos, yuca con mojo. Se anuncian los ganadores de la rifa. El baile se generaliza y hasta los más tímidos se incorporan. El postre es un pastel en el que se puede leer: «Cuba Libre Social Club». El nombre no es gratuito, con el dinero que se recoge entre los asistentes más las contribuciones que llegan desde todas partes se ayuda cada mes a una treintena de presos políticos en Cuba y a sus familias, escogidos entre los más desfavorecidos de esa comunidad de desamparados que son los cientos de presos políticos encerrados en la isla.

Cuba Libre Social Club es el nombre oficial de estas celebraciones y de la organización que la hace funcionar, aunque muchos dicen: «vamos a lo de Armandito». Se refieren a Armando Álvarez, hijo de un excapitán del Ejército Rebelde encarcelado durante una década por disentir de la dictadura de los Castro. Llegado a Estados Unidos con apenas 20 años en 1980, Armandito nunca ha cejado en su empeño de aglutinar a los compatriotas de la zona y buscar medios para ayudar a los encarcelados por la misma dictadura que condenó a su padre. De todas sus iniciativas, una de las más exitosas ha sido precisamente el Cuba Libre Social Club que lleva más de dos años congregando cubanos que se reúnen para pasarla bien el segundo viernes de cada mes al tiempo que contribuyen a una de las causas más justas que pueden imaginar.

Foto: tomada de Facebook.

En las anteriores generaciones del larguísimo exilio cubano —que se inició con Félix Varela y José María Heredia en 1823— era natural y espontánea la tendencia a crear organizaciones donde los fines recreativos y culturales se combinaban con las causas políticas. Que se reunieran quienes compartían costumbres e ideales para contribuir a una causa común. El famoso Partido Revolucionario Cubano fundado por José Martí en 1892 fue, de hecho, creado a partir de clubes de todo tipo instituidos con anterioridad: para integrarse al nuevo partido bastaba con que aceptaran sus bases. Los primeros años del exilio pos 1959 vieron de igual forma el surgimiento masivo de sociedades políticas, recreativas, regionales y de diverso tipo. Solo la creciente desconfianza generada por décadas de régimen totalitario ha conseguido que con los años el impulso natural de reunirse y crear asociaciones fuera desapareciendo. Para gente crecida en un país sin sociedad civil, donde es el Estado el único autorizado a crear organizaciones, la sola idea de asociarse en la diáspora suele ser rechazada por la sospecha colectiva. Apartando excepciones notables, las nuevas generaciones migratorias cubanas no confían en asociarse con otros compatriotas más allá de su círculo de amistades. Esa perpetua desconfianza a la hora de actuar en marcos más amplios que el de la gente conocida y puesta a prueba es sin duda uno de los logros más notables del castrismo. 

Tanta inercia, incluso en la diáspora, solo puede ser alterada por medios y gente excepcionales. Armandito es una de esa gente excepcional que consigue lo que otros no pueden. Es un tipo tan increíble que solo te lo crees si lo conoces, pero intentaré explicarlo. Imagínense a alguien que sale a la calle todos los días con el propósito de ayudar al menos a un desconocido —porque ayudar a los amigos es algo que hace sin siquiera esforzarse—. Añádanle el detalle de que Armandito es como si Pepito el de los cuentos hubiera llegado a la adultez: cuando no está contando las bromas que ha gastado, está maquinando otras nuevas que pueden durar días o años. Puede incluso verse al revés: como un bromista empedernido que se hace perdonar haciendo el bien compulsivamente. Yo he tratado de resumir ese personaje en algún cuento y en mi novela Turcos en la niebla, pero me temo que no lo he conseguido.

Foto: tomada de Facebook.

El asunto es que Armandito es un hombre de confianza, en el sentido profundo de la frase. Y el Cuba Libre Social Club es de alguna forma una extensión de la personalidad de su fundador: una organización que combina el deseo de ayudar y el de divertirse. Por supuesto, ni siquiera alguien como Armandito puede conseguir algo así solo. Para que el Cuba Libre Social Club se haya podido reunir durante más de 24 meses y pueda recoger la ayuda y hacerla llegar a sus destinatarios ha contado con la asistencia invaluable de gente tan esforzada y desinteresada como su fundador —como son los casos de Meyken Barreto, Rubén y Claudia Mendoza, Loreta Martínez, Lesly Ferrán, Isabel Milanés, Camila y Paula Lobón y Anamely Ramos junto a otros muchos contribuyentes anónimos—.

Entre los asistentes a las noches de Cuba Libre pueden encontrarse gente de todas las extracciones: constructores, camareros, abogados, profesores. Gente humilde que se codea con personajes conocidos como los músicos Paquito D'Rivera y Oriente López, el dramaturgo Iván Acosta, el activista Ramón Saul Sánchez o los escritores Orlando Luis Pardo Lazo y Alexis Romay. El deseo común de ayudar a personas injustamente presas en su país los hace juntarse sin distinciones.

Cuba Libre Social Club puede verse como un experimento social cuando debería ser la norma. Confieso que alguna vez soñamos con que el ejemplo del Cuba Libre Social Club se extendiera. Que en donde quiera que hubiera cubanos que desearan la libertad de su país, y en especial de sus compatriotas más arriesgados y sufridos, imitaran reuniones donde se da cintura heroicamente en pro de la causa común de la libertad. Pero eso sería subestimar el profundo daño que casi seis décadas de totalitarismo ha infligido en nuestro inconsciente colectivo y en nuestra capacidad de ponernos de acuerdo en algo positivo. Por eso, más que soñar, nos resta agradecer el tremendo privilegio de ser parte de esa conspiración por una patria libre y contra la desconfianza que hace más de dos años emprendieron Armandito y todos los que lo apoyan y que no da muestras de rendirse. 

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