Yailen no recuerda con exactitud lo que pensó cuando los policías se acercaron. Quizá lo mismo de siempre. Estaba acostumbrada. Durante un año y medio se había enfrentado a la nieve de una ciudad ajena donde vivía de manera irregular.
Aunque no tenía permiso de residencia, trabajaba limpiando una de las sedes de Sberbank, el mayor banco ruso, en Moscú. La mañana de su detención, le faltaron dos minutos para llegar al edificio financiero.
«Me pidieron dinero y yo se lo iba a dar, porque al final tú pagabas y ellos te soltaban, pero uno de los tres policías no quiso el dinero. Me dieron golpes y me dijeron que me iban a deportar, que no tenía que estar en la calle, que ese no era mi país».
Después vinieron horas sin nombre, sin reloj, sin explicación. «Me tuvieron muchas horas sin comer, trancada en un calabozo. Ni agua me quisieron dar. Estuve así hasta el día siguiente por la mañana».
Después, la ruta siguió su curso burocrático. «Al otro día, como a las nueve y pico, me trasladaron al centro de deportación de Sájarovo».
La historia de Yailen no es aislada. La detención administrativa de extranjeros en Rusia atrapa a muchos cubanos. Quienes entran como turistas suelen descubrir pronto que, tras los tres meses permitidos, las posibilidades de regularizarse son mínimas. Para algunos, el desenlace es la deportación. Otros siguen detenidos, suspendidos en un tiempo que parece no avanzar.
Una red inmensa, casi invisible
La Federación de Rusia posee una de las mayores redes de centros de detención migratoria del mundo, según el Global Detention Project, organización internacional que monitorea las prácticas de detención de migrantes.
Hay más de dos docenas de estas instalaciones repartidas por el territorio ruso. Oficialmente, se denominan «instituciones especializadas para la detención temporal de ciudadanos extranjeros».
Uno de los nombres que más se repite es Sájarovo, un recinto inmenso destinado a diversos asuntos migratorios, a 70 kilómetros de Moscú. Quienes tienen la suerte de contar con una base legal, tramitan allí distintos permisos de trabajo y residencia, hacen registros biométricos y chequeos médicos obligatorios para los migrantes. Los más desafortunados acaban recluidos en el centro de detención temporal de ciudadanos extranjeros. Inaugurado a inicios de 2015 como parte del complejo migratorio multifuncional, ha sido descrito por medios independientes y organizaciones de derechos humanos rusos como «uno de los más cerrados del país».
Medios rusos también han reportado redadas, operativos y traslados constantes de migrantes hacia ese y otros centros, desde donde suelen salir solo con billete de vuelta a su país. Solo en 2024, las estadísticas oficiales rusas registraron más de 80 000 deportaciones o expulsiones forzosas de Rusia, cifra que casi duplica la de años anteriores.
Horas sin nombre
La llegada a Sájarovo significó para Yailen días interminables en un calabozo, del que solo podría salir con destino a Cuba. «Estuve 71 días presa. Ahí cumplí 36 años y fue el peor cumpleaños de mi vida», dice con voz aún temblorosa.
El tiempo, dentro del centro, parecía medirse en raciones. «La comida, malísima y muy poquita: un solo vaso de agua, una bolsa de pan para seis personas; y el trato, muy mal… muy malo… muy malo».
Compartía una celda con varias compatriotas. «Estuve con cinco o seis cubanas más, por suerte, al menos podíamos hablar, porque ahí los días se hacían muy largos y duros».
La descripción coincide con observaciones recogidas por el Global Detention Project, que ha documentado quejas reiteradas por condiciones sanitarias deficientes, hacinamiento, escasez de alimentos y agua potable, acceso limitado a atención médica y denuncias de abusos físicos por parte del personal de algunos centros. Según el proyecto, se ha detenido a mujeres embarazadas, niños no acompañados y otras personas vulnerables.
Para Yailen, lo que persiste es la memoria del maltrato. «Verdaderamente es criminal la forma en que nos trataban, como si fuésemos delincuentes. Había hasta niñas chiquitas ahí pasando trabajo, embarazadas que abortaron».
Entre las historias trágicas que conoció está la de Isabel, una joven cubana que entró a Sájarovo recién parida. «Ella ya estaba allí cuando yo llegué, y después logramos que se pasara para el cubículo nuestro. Según nos contó, cuando nació la niña estuvieron graves las dos con neumonía; la bebé nació con problemas respiratorios y en la calle empeoró. Ella se entregó porque no tenía dónde vivir con la niña, y en la Policía se la quitaron y la llevaron para un hospital, y de ahí a un orfanato. Le dijeron que su hija estaría allí hasta que ella saliera del centro de deportación. Pero todavía no ha podido, entre otras cosas, esperando a que la niña tenga documentos para viajar».
Antes de ser deportada, en sus últimos días en Moscú, Yailen fue trasladada a otro espacio dentro del sistema, un lugar «con camas de hierro sin colchones y sin nada para comer en dos días».
Meses después, el cuerpo todavía recuerda. Aún le duele el pie por el forcejeo con los agentes que intentaban esposarla para ir al aeropuerto, a inicios de 2026.
«Yo no quería, porque yo no maté a nadie, pero nada, tuve que soportar y aguantar», dice con resignación amarga.
Adolescencia entre muros y espera
Arelys tiene a su hijo de 18 años detenido en un centro de deportación en Yegórievsk, una realidad compartida por decenas de familias cubanas. Ella vive en Kolomna, a más de 100 kilómetros al sureste de Moscú. Su «niño» se encuentra a 40 kilómetros de allí. Pero no puede verlo ni hacer ningún trámite porque ella es indocumentada.
«Estoy como loca, lleva casi un mes ya. La comida es pésima; duermen cinco personas en una celda, el baño es una vez a la semana; todo es bien difícil», cuenta a elTOQUE.
Como muchos otros, Erick fue detenido mientras trabajaba. «Estaba botando nieve de encima de un techo de una tienda y un policía le pidió documentos, y ya no estaba legal». Su hijo llevaba un año en Rusia, Arelys dos. «Yo lo traje para que estuviera aquí conmigo tres meses, pero le llegó la citación para el Servicio Militar en Cuba y no quería que lo pasara, por las cosas malas que están ocurriendo allá. Decidí dejarlo aquí conmigo. De vez en cuando, él trabajaba con otros cubanos para tener su dinero. Cuando vino, la situación no se había puesto tan intensa como ahora con la Policía».
En el centro de Yegórievsk, según le ha contado por teléfono su hijo, conviven por lo menos 12 cubanos más, hombres y mujeres, con nacionales de otros países.
«Hay emigrantes de Tayikistán, Uzbekistán, Moldavia… son a quienes más están deportando en estos días», asegura. «Había otros dos chicos que los enviaron a Cuba hace poco (febrero 2026); llevaban más de seis meses ahí».
Las demoras en el procesamiento y la incertidumbre son constantes del sistema de deportación. «Escribí a la Embajada cubana para que el centro diera una fecha, pero aún no la dan».
No obstante, Arelys reconoce su relativo privilegio. «Nosotros tenemos la posibilidad de comprar un pasaje, y espero que con eso esté menos tiempo ahí. Hay muchos que no pueden porque no tienen dinero».
Sin puerta de salida
Los relatos como el de Arelys también plasman lo que organizaciones internacionales han señalado como una recurrente falta de transparencia y supervisión independiente en los centros migratorios rusos; lo cual provoca largos períodos de detención sin información clara sobre procedimientos ni plazos, pero que generalmente se dilatan varios meses (como mínimo) o años.
Agilizar la salida, en la experiencia de varias personas, depende de la capacidad económica de los migrantes —comprar un pasaje de retorno, como Arelys intenta hacer para Erick— o de la intervención de sus Gobiernos, algo que muchas familias no pueden costear o gestionar. Las autoridades consulares cubanas, en el mejor de los casos, ofrecen información, pero no soluciones efectivas.
En el resto de los casos, los migrantes deben esperar pacientemente a que las autoridades rusas los envíen repatriados, sin plazos definidos y a menudo prolongados.
Leyes más rápidas, miedos más largos
El 5 de febrero de 2025 entró en vigor en Rusia un nuevo paquete de leyes migratorias destinadas, entre otros aspectos, a agilizar los procedimientos de expulsión de migrantes «ilegales».
Sin embargo, defensores de derechos humanos advirtieron sobre los riesgos de su aplicación arbitraria y advirtieron que podrían utilizarse para perseguir indiscriminadamente a los migrantes. Un activista por los derechos de los migrantes de Tayikistán declaró entonces a The Moscow Times que esta ley «es muy peligrosa. Significa que cualquier policía puede detenerte y expulsarte, incluso si tienes pruebas de que el agente ha cometido alguna infracción».
Los testimonios de cubanos con frecuencia suelen ratificar este patrón de indefensión.
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El relato de Yailen terminó en Cuba, en su natal Trinidad. «Para mí fue una experiencia muy mala. Yo solo quería trabajar y tener una vida», afirma.
Logró regresar justo a tiempo.
Ahora, la crisis de combustible en Cuba y la cancelación de vuelos desde mediados de febrero añaden otra capa de ansiedad para los detenidos y sus familias, y se disparan las conjeturas.
Una web rusa publicó que el centro de Sájarovo había dejado de aceptar cubanos por la imposibilidad de deportarlos, y que los nuevos detenidos supuestamente serían liberados de forma temporal con una advertencia. Aunque no ha sido posible confirmar esa información, sí hay testimonios de que en otros centros siguen ingresando cubanos.
Ante la circulación de rumores entre la comunidad migrante, el abogado Orday Robaina contactó a una fuente oficial. En su canal de YouTube Moscú en Leyes, contó que el consulado cubano en Moscú le respondió que «hasta el momento las autoridades rusas no le han notificado nada» al respecto.
Por otra parte, hay testimonios de que en otros centros siguen ingresando cubanos.
«Una amiga estaba en su casa hace unos días con su bebé, ya después de suspendidos los vuelos, y porque el niño lloraba, unos vecinos rusos llamaron a la Policía, y la enviaron al mismo centro de deportación donde está mi hijo», cuenta Arelys.
Mientras tanto, ella y muchos más continúan esperando una llamada, una fecha, un avión. Viven atrapados entre la burocracia, la distancia y la geopolítica, que pueden ser obstáculos más pesados que los muros de los centros de detención.












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