Cubanos muertos en Balashija. El incendio que reveló la precariedad de los migrantes en Rusia

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Foto: Heikki Saukkomaa/Lehtikuva vía AP. Imagen de referencia

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El invierno ruso no perdona. Con temperaturas que llegan a los 30 grados bajo cero, se mete entre las ropas y cala hasta los huesos; la calefacción no es una opción, sino una cuestión de supervivencia. En esas condiciones, la improvisación puede ser tan letal como la ausencia de una fuente de calor.

Cuatro cubanos perdieron la vida en un incendio en un hostal improvisado en Balashija, un barrio popular al este de la capital rusa. En la dacha (casa de campo) que servía como hostal, unas 20 personas llevaban seis días sin electricidad y sin forma de calentarse cuando se registraban los picos más bajos de temperatura de esta temporada invernal.

Según versiones preliminares de los servicios de emergencia, la casa había sido desconectada de los servicios básicos por deudas de los propietarios. Obligados por el frío, al parecer, los cubanos intentaron calentarse con un fuego que se salió de control.

El incendio fue rápido. Definitivo. Pero la tragedia no comenzó esa noche, sino mucho antes, a miles de kilómetros de allí.

Antes de Rusia

Las autoridades rusas aún no han identificado oficialmente a las víctimas, pero distintas fuentes entre sus allegados aseguran que se trata de cuatro jóvenes procedentes de Ciego de Ávila: Yadisley, Arisleidy, Ángel Gabriel y Lisvey. 

Dionnys era su vecina en Cuba y se encuentra actualmente en Rusia. Los recuerda tal como eran antes de convertirse en noticia: jóvenes, trabajadores, gente de barrio.

«Eran personas maravillosas. Arisleidy fue la maestra de mi niña. Yadisley trabajaba en Acueducto y Alcantarillado. Los muchachos sobrevivían como podían: uno arreglando electrodomésticos, el otro haciendo refrescos por su cuenta. Ninguno pasaba de los 35 años», comenta a elTOQUE.

Hace un año se marcharon a Rusia, como ella y tantos otros del pueblo Gaspar, municipio Baraguá. No se fueron persiguiendo una vida de lujo, aclara. Se fueron porque, por mucho que trabajaran en Cuba, lo que tenían «ya no era vida».

Rusia apareció como una posibilidad concreta al alcance de su exiguo presupuesto. Los pasajes relativamente económicos y la posibilidad de entrar sin visa, parecían una oportunidad para trabajar y ahorrar algo. Como casi todos, llegaron sin red de apoyo, sin conocer el idioma, sin entender dónde se estaban metiendo. Después de los tres meses permitidos quedaron irregulares, pero pensaron que podían resistir un tiempo, y luego volver a casa o seguir para otro destino. 

Al principio funcionó. Se alejaron de la ciudad y encontraron alojamiento y empleo. «Trabajaron en una fábrica de leche en las afueras de Moscú. No les iba mal, pero después el trabajo se acabó y decidieron mudarse hasta que terminara la nieve», cuenta Dionnys. 

Así llegaron a Balashija, una localidad del óblast de Moscú que se ha convertido en punto de anclaje de cientos de cubanos. Pero ni allí ni en casi ningún lugar de Rusia es fácil encontrar un techo adecuado con poco dinero y sin papeles. Hasta que dieron con esa dacha que compartían con 15 personas más, todos cubanos. Dionnys, quien no termina de procesar lo ocurrido, precisa que habló con ellos por última vez el 31 de diciembre de 2025.

Cinco días sin luz

En redes, la cubana Anayansi aseguró que conocía a varias de las personas que estaban en la dacha y comentó las condiciones que llevaron a la tragedia. «Me enteré porque mis amigos me pidieron ayuda para salir de allí, estuvo bien feo todo».

«Las condiciones eran pésimas», dice. «Cinco días sin electricidad, con las temperaturas como estaban, y trabajando en la nieve, que el que vive aquí sabe que es algo fuerte».

Habla también de los alquileres informales, de la irresponsabilidad de algunos dueños de rentas: «[ellos] no pagan los servicios comunales. Se gastan el dinero. Y los que sufrimos somos nosotros los migrantes».

Imágenes de los daños causados por el incendio. Fotos: Servicio de Prensa de la Dirección General de Investigación del Comité de Investigación de Rusia para la Región de Moscú.

Vivir donde se puede

La tragedia de Balashija es el vórtice de una situación a la que se enfrentan muchos cubanos en Rusia, para los que acceder a una vivienda formal es casi imposible. Más allá de los precios, sin el idioma, papeles, contratos de trabajo ni garantías de pago, el mercado inmobiliario se vuelve otra frontera.

A esas dificultades se suman, desde 2024, las altas multas para quien alquile a extranjeros sin estatus legal y las recompensas para quien denuncie. Los migrantes quedaron más expuestos a abusos y expulsiones forzadas.

Las alternativas suelen ser pocas: las casas de campo (dacha), las habitaciones compartidas, los hostales ilegales. En ocasiones, espacios reducidos donde conviven cinco, diez, 20 personas. Lugares donde nadie pregunta demasiado, pero donde tampoco responden.

Aunque en Moscú ciudad y otros núcleos urbanos la calefacción no suele ser un problema porque es centralizada, los migrantes sí pueden enfrentarse a la falta de otros suministros básicos y a la insalubridad.

Alina y Jorge son dos camagüeyanos que llevan casi cinco años en Rusia y ya han perdido la cuenta de la cantidad de veces que han tenido que cambiar de alojamiento, casi siempre compartiendo el espacio. «Al principio nos quedamos en rentas de cubanos, pero en cuanto pudimos empezamos a buscar por nuestra cuenta, directamente con los rusos», cuenta ella. «El primer problema es que muchos te cuelgan nada más descubren que eres extranjera». Los que ofrecen peores condiciones suelen ser más flexibles. «En uno estuvimos tres días botando basura para poder entrar. Otro tenía salideros y se inundaba cada dos por tres, en otro el dueño era un borracho que venía a tumbar la puerta a cualquier hora para pedirnos dinero», recuerda. Otras veces tuvieron que salir casi con lo puesto porque alguien los denunciaba.

Entre los cubanos, algunos se han dedicado a subarrendar apartamentos en los que suelen convivir más personas de las que admite el espacio.

«Parecía un albergue cañero», recuerda Rodolfo, un matancero que estuvo un tiempo en Rusia entre 2021 y 2023. «Vivíamos más de 20 en un apartamento de dos cuartos, hasta en el pasillo había literas. Era casi imposible usar el baño y la cocina, pero estuve mucho tiempo ahí porque no tenía para dónde irme». 

Las zonas más alejadas de las ciudades suelen ser menos problemáticas para alojarse, pero también se complica el transporte y pueden surgir otras dificultades. «Aquí sobrevives mientras todo funcione. El problema es cuando algo falla, sobre todo en invierno, como le pasó a la gente de Balashija», dice Yoandri, un joven que se encuentra viviendo actualmente en una dacha antigua en Rámenskoe, al sureste de Moscú.

En un país donde muchos cubanos viven en un limbo legal y social, el invierno puede convertir la precariedad en una ruleta rusa.

«Si se rompe algo o se va la luz, te callas. No puedes reclamar. No puedes denunciar. Aguantas, porque peor es verse en la calle, como le ha pasado a muchos», cuenta Yenia, una ingeniera cubana que vive en Rusia desde hace dos años y trabaja limpiando tiendas en la periferia de la capital. «Emigras por necesidad, porque no ves salida en tu país y en otro puedes al menos comer y ayudar a los tuyos», reflexiona. «Pero también vas perdiendo cosas, tu casa, tu comodidad, la salud. Y al final, si tienes mala suerte, la vida».

***

El 29 de enero de 2025, medios rusos informaron que las autoridades detuvieron a la mujer que actuaba como representante del propietario de la casa en Balashija donde murieron los cuatro cubanos. 

Según los investigadores, entre marzo de 2025 y enero de 2026 la vivienda fue utilizada de forma sistemática como renta de migrantes en situación irregular, siguiendo instrucciones directas del propietario, quien aún no ha sido localizado.

La casa no contaba con sistemas de protección contra incendios ni extintores, y no se informó a los inquilinos sobre normas básicas de seguridad, incluida la prohibición de encender fuego en el interior.

La investigación continúa abierta.

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