En los últimos días he visto a muchos mencionar la perestroika soviética al referirse a las medidas económicas anunciadas por el régimen cubano, y advertir sobre una posible transición hacia formas de capitalismo controladas por las élites que han gobernado el país durante décadas.
La comparación es inevitable, pero creo que conviene recordar cómo fue realmente aquel proceso y, sobre todo, qué diferencias existen con lo que está ocurriendo hoy en Cuba.
Yo era muy joven cuando comenzó la perestroika, a finales de los años ochenta, pero estaba estudiando en Moscú, y pude conocer desde dentro parte de aquel momento histórico, vivir en primera persona la ilusión de que algo que hasta entonces parecía inamovible empezaba a transformarse.
Con todos sus errores y contradicciones, en sus primeros años, la perestroika no se percibió como un proyecto de saqueo ni como una simple retirada del Estado de la economía, sino que comenzó acompañada de la idea de que el futuro podía ser mejor.
Cuando apertura significaba esperanza
A mediados de los años ochenta, la Unión Soviética se encontraba estancada. La economía funcionaba cada vez peor, la burocracia se había convertido en un fin en sí misma, la corrupción era una realidad conocida por todos y la sociedad parecía atrapada en un inmovilismo asfixiante.
La llegada de Mijaíl Gorbachov al poder, en 1985, generó expectativas reales de cambio, que comenzaron por la glásnost (transparencia) y la llamada uskorenie (aceleración).
La perestroika se convierte en política central del Estado en 1987, pero no nació como un proyecto para desmontar el socialismo soviético ni para privatizar masivamente la economía. Su objetivo declarado era reformar un sistema que mostraba claros signos de agotamiento. Modernizarlo y hacerlo funcionar a partir de dar mayor autonomía a la empresa estatal y la creación de cooperativas y pequeños negocios privados.
Paralelamente, por primera vez en décadas, los ciudadanos soviéticos comenzaron a conocer aspectos de su historia que habían permanecido ocultos. Los medios de comunicación empezaron a decir las cosas por su nombre, a hablar de corrupción, de errores gubernamentales, de las purgas estalinistas, de la guerra de Afganistán, de los problemas económicos reales del país y de tragedias que antes habrían sido cuidadosamente silenciadas.
Los libros prohibidos volvieron a publicarse. Los intelectuales recuperaron espacios de debate. Películas censuradas llegaron al público. La sociedad comenzó a respirar de otra manera.
Mi imagen de aquellos años es de una época de incertidumbre, sí, pero también de preguntas, descubrimiento y sueños de futuro. Recuerdo los debates abiertos y sin caretas entre amigos, estudiantes y profesores. Y más allá, en la televisión, la radio y los espacios políticos. En mis manos cayeron por primera vez libros fotocopiados de escritores como Mijaíl Bulgákov o Alexander Solzhenitzin, hasta entonces censurados. En la gran pantalla pudimos ver cintas como Ven y mira, Arrepentimiento o La pequeña Vera, que abordaban la historia y la realidad sin tapujos. Mientras tanto, tarareábamos los versos de «Peremen» (Cambios), de Víktor Tsoy.
Por primera vez, muchas personas sintieron que podían expresar opiniones diferentes, participar en la vida pública o imaginar un futuro distinto.
Nada de eso garantizaba el éxito de las reformas. Pero sí generaba una sensación colectiva de apertura que hoy resulta imposible ignorar.
¿Perestroika o posperestroika?
Con el paso de los años, la memoria colectiva ha terminado asociando la perestroika con el derrumbe de la URSS, el caos económico y el nacimiento de una oligarquía. Pero en realidad los aspectos más oscuros del proceso llegaron después.
Tras el colapso de la Unión Soviética en 1991, el Gobierno de Borís Yeltsin impulsó un acelerado proceso de privatizaciones. Millones de ciudadanos recibieron vales que representaban una parte del patrimonio estatal acumulado durante décadas. Sin embargo, la crisis económica, la inflación y la desesperación llevaron a muchos a venderlos por cantidades insignificantes. Mientras tanto, sectores bien conectados de las antiguas élites políticas o administrativas comenzaron a acumular esos activos.
Más tarde llegaron las privatizaciones conocidas como «préstamos por acciones», mediante las cuales un pequeño grupo de empresarios obtuvo el control de gigantescas empresas petroleras, mineras y metalúrgicas por una fracción de su valor real. Así nacieron los oligarcas.
No surgieron de la nada y tampoco eran ajenos al sistema anterior. Muchos tenían apellidos ya conocidos en la cúpula del Kremlin o provenían directamente de estructuras vinculadas a la KGB, al Partido Comunista, al aparato estatal o a organizaciones juveniles soviéticas. Cambiaron de posición, pero conservaron algo esencial: el acceso privilegiado al poder.
La consecuencia fue una de las mayores transferencias de riqueza pública hacia manos privadas de la historia contemporánea.
No fue la idea de la perestroika original la que creó ese sistema, aunque sin duda abrió el camino a los procesos que terminaron desembocando en él.
¿La historia se repite con Cuba?
Cuando algunos cubanos hablan hoy de «Cubastroika», no parecen referirse a la perestroika de la glásnost, de la apertura informativa o de las reformas políticas, sino al desenlace.
A la posibilidad de que las élites que durante décadas han controlado el Estado terminen controlando también los principales sectores de una futura economía privatizada.
La pregunta no es si existen paralelismos entre lo que ocurre hoy en Cuba y lo que sucedió en la URSS, que por supuesto existen. Si observamos las medidas económicas, hay elementos que recuerdan a la perestroika: una mayor apertura a formas de gestión no estatales, la aceptación de mecanismos de mercado allí donde la planificación ha demostrado ser incapaz de resolver problemas básicos y el reconocimiento implícito de que el modelo económico vigente ya no funciona.
Pero las condiciones cubanas actuales son muy distintas a las existentes en la Unión Soviética de mediados de los años ochenta.
Mientras la perestroika comenzó en un país con enormes problemas, pero que seguía siendo una superpotencia industrial, científica y militar; la Cuba actual enfrenta una crisis mucho más profunda. Con un sistema eléctrico que se derrumba periódicamente, la infraestructura y los servicios colapsados, la producción en mínimos históricos, los salarios pulverizados, un éxodo brutal, millones de personas dependiendo de remesas, otros tantos sobreviviendo en una precariedad sin precedentes, mientras la represión se recrudece.
Las reformas económicas que empiezan a insinuarse no vienen acompañadas de una apertura política comparable. No traen aparejadas transparencia, libertades, debate público o participación ciudadana.
En ese contexto, algunas medidas conllevan el riesgo de concentrar aún más la riqueza y las oportunidades en manos de quienes ya controlan el poder político, militar y económico. Como si estuvieran intentando llegar directamente al último capítulo de aquella historia.
Mientras la perestroika nació, al menos en parte, de la idea de transformar un sistema agotado, la «Cubastroika» surge, bajo presión, cuando el país ya ha sido destruido.
Ojalá me equivoque. Pero resulta imposible no percibir una diferencia esencial: en la Unión Soviética de finales de los años ochenta había miedo, incertidumbre, pero también esperanza. En la Cuba de hoy, de momento solo veo los dos primeros elementos.





Carlos