Yaini no lo pensó dos veces cuando recibió 1 100 USD luego de que falleciera una anciana enferma a quien cuidó. Comenzaba 2020 y de inmediato se compró un pasaje para Rusia. Una parte del dinero que le sobró se lo dio a su madre y con 50 USD en la cartera partió hacia Moscú. Aún la COVID-19 no llegaba al Caribe. «Dios proveerá», dijo Yaini antes de abordar el avión hacia la primera de las tres travesías que ha emprendido en los últimos seis años.
«En ese entonces, con 24 años, solo buscaba un país con libre visado para irme rápido. Investigué en el teléfono de una vecina, porque yo no tenía. Sabía que eran pocos los lugares, por lo que decidí enfrentar Rusia. Me fui sin saber casi nada. Asumí el riesgo, aunque tuve temor porque ya había escuchado que era un país muy homofóbico. Muy, muy, muy…, y yo soy una persona no binaria. Prefiero que me identifiquen como Yaini», cuenta desde «El Choquito», un asilo católico y casa de asistencia social ubicado en las afueras de Villahermosa, en Tabasco, México. Al pequeño refugio lo bordea el río Carrizal, uno de los principales torrentes que fluye por la zona metropolitana tabasqueña.
En marzo de 2025, Yaini llegó a «Nuestra Señora del Perpetuo Socorro. El Choquito» —nombre oficial del hogar de ancianos— luego de una estancia en el albergue «Amparito», el primer lugar que la acogió en Villahermosa cuando a inicios de febrero de ese año llegó deportada desde Estados Unidos, después de que le negaron una solicitud de asilo en la frontera sur. Los dos albergues pertenecen a una asociación civil sin fines de lucro —fundada por el ciudadano tabasqueño José de la Cruz Vidal— que brinda en Villahermosa atención a pacientes y familiares del Hospital Regional de Alta Especialidad «Dr. Juan Graham Casasús», a adultos mayores abandonados en centros de salud o en la calle y, temporalmente, a personas migrantes.
Para Yaini, «El Choquito» no solo es el lugar donde vive e integra el personal de servicio que atiende a 11 ancianos mexicanos sin redes de apoyo. También es el espacio donde se ha tomado un respiro, un tiempo para sanar cada golpe de los últimos seis años, en los que pasó cuatro indocumentada en Moscú; dos meses de cruce terrestre por nueve fronteras, con la selva del Darién a medio camino, desde Guyana hasta México; siete intentos fallidos para acercarse a la frontera sur de Estados Unidos y una deportación exprés desde Calexico, California, que la retornaría —durante más de 40 horas dentro de un autobús— al sureste mexicano. Allí permanece atrapada con la esperanza de no seguir emigrando después de haber atravesado medio mundo desde que compró un boleto para Rusia.

Yaini vive y trabaja en el refugio El Choquito, en las afueras de Villahermosa. Foto Katia Monteagudo
«Quiero descansar, tener tranquilidad en mi vida. En este asilo he tratado de hacer bien mi servicio, de pensar que este es mi hogar, que debo estar aquí, que Dios tiene un plan para mí. Trato de mantener la calma a pesar de mis anhelos y de que hay días en que ni el Señor me da fuerzas para levantarme de la cama», refiere sobre su estado de ánimo, con días menos malos que otros, pero siempre bajo las secuelas del estrés que padece desde que pasó por Moscú y los caminos que siguieron. Yaini recibe tratamiento psicológico a través del Instituto para las Mujeres en la Migración (Imumi), una de las pocas organizaciones de la sociedad civil en la que ha encontrado apoyo desde que retornó a México.
Moscú no cree en lágrimas
«Decidí irme de Cuba, específicamente de Santa Clara, donde vivía, porque no comparto la ideología de esa dictadura. Salí por la discriminación en contra de mi comunidad [LGTBIQ+]», apunta Yaini bajo la sombra del jardín que rodea al asilo, con un césped impecable. Lleva el pelo largo trenzado, con iluminaciones rubias, recogido hacia atrás. Viste una blusa floreada de cuello redondo que combina con un pantalón verde oscuro. En el cuello, tiene una fina cadena de oro que hace juego con dos pulseras minimalistas en los brazos. Calza sandalias con medias negras. No lleva maquillaje ni en las uñas, pero desborda elegancia. Parece flotar cuando camina. Habla pausada y sonríe levemente cuando posa para la cámara. La luz del atardecer colorea su piel morena. Los ojos achinados desbordan timidez.
Su primera travesía comenzó cuando llegó al Aeropuerto Internacional Sheremetyevo de Moscú. Desde que puso un pie fuera del avión empezó a llamar la atención. «Aquello fue un desastre al verme con mi pelo largo, maquillaje y la forma de comportarme. No hablaba ruso ni inglés. Tampoco tenía teléfono», rememora sobre su llegada a Rusia, en pleno invierno de 2020, con la COVID-19 tragándose al mundo y sin un abrigo para resistir las bajas temperaturas de la temporada.
Llegó sin conocer a nadie. Durante el vuelo de más de 12 horas, entabló amistad con otro viajero cubano que prometió ayudarla cuando llegaran. «Pero a los tres días me botó para la calle, bajo ese frío, porque no podía quedarme en el apartamento donde había 15 personas. Le agradezco el abrigo porque yo solo tenía una enguatada. Me dijo que tenía que salir y defenderme», refiere. En su mochila solo llevaba un cepillo de dientes, pan y agua. «Salí a la buena de Dios. No conocía nada. El apartamento quedaba cerca de la estación Lyublino, de la línea 10 del metro. Dormí en la calle, bajo la nieve. Tuve hasta que pedir limosna porque los 50 USD se me fueron volando cuando los cambié a rublos. Pasé mucha hambre».
Yaini se quedaba en la planta baja del edificio donde pasó sus primeros días en la capital rusa. «Una vecina me miraba cuando pasaba. Un día me habló. Me vio sucia, maltratada. No la entendía, pero usó el teléfono como traductor. Le conté que buscaba alojarme y trabajar. Ella me apoyó desde ese momento. Se llama Isabela. Me buscó empleo en un Pyaterochka, un mercado similar a los Oxxo, por 1 000 RUB (13.62 USD) a la semana. Me hospedó por tres meses en un cuartico pequeño de su casa, sin pagar renta. Me dijo que ahorrara. Me comía los productos vencidos del mercado cuando los sacaban para la basura. Los escondía en la mochila. Así, compré mi primer teléfono móvil, uno baratico de 900 RUB (12.26 USD) con el que empecé a estudiar ruso. También, en las redes sociales comencé a buscar grupos de cubanos».

Vive en un pequeño cuarto de servicio dentro del asilo. Foto Katia Monteagudo
Durante esos meses, se había desatado la pandemia de la COVID-19, recuerda. «Mi madre solo sabía que yo estaba en Rusia, pero no teníamos comunicación. La única red de apoyo que yo tenía era Isabela hasta que apareció Ulugbek, un uzbeko musulmán del que me enamoré a primera vista en el metro. Todavía es mi pareja. Ahora, él está en el Centro de Detención para Migrantes de Otay Mesa, en California. Sigue peleando su asilo desde hace más de un año, cuando nos arriesgamos a entrar a Estados Unidos por Calexico».
Yaini cuenta que Ulugbek apareció en su vida cuando ella llevaba cuatro meses en Moscú y se le habían vencido los 90 días de permanencia legal en Rusia. Él tenía permiso de trabajo, aunque sin residencia aprobada. Cuando se conocieron en el metro, ella regresaba de un Pyaterochka donde hacía turnos de 12 o 24 horas, si le permitían doblar la jornada, con 60 minutos de descanso por medio. En esa tienda de conveniencia local, se dedicaba a la limpieza y a barrer la nieve.
«Todo tenía que estar limpiecito. Siempre me decía que no me podía desalentar. Tuve que aguantar muchísima homofobia. Me escupían, me empujaban, me insultaban porque les parecía muy femenina. Tuve que esconder mi pelo bajo un gorro, quitarme las uñas largas y el maquillaje. Una vez, un cliente me dio un golpe fuerte. Al principio, no entendía lo que me decían, pero después empecé a traducir con el teléfono. Me gritaban que era prostituta… Siempre me mantenía en mi lugar. Si respondía, era peor. Por esas situaciones, me trasladaron cinco veces de tienda», cuenta sobre sus días en Moscú, una ciudad que dice amar, a pesar de los agravios. «Es hermosa, con mucha diferencia a lo que he podido ver en México».
Yaini cuenta que Ulugbek tuvo que salir de Uzbekistán por su orientación sexual. Allí, las relaciones homosexuales masculinas se consideran ilegales y se castigan con hasta tres años de prisión. El país, que se ubica en el corazón de Asia Central, mantiene leyes de «sodomía» que penalizan específicamente a los hombres, aunque todo el entorno social es muy hostil para la comunidad LGBTIQ+.
«Ya no profesa el Islam», comenta Yaini sobre su pareja, quien se formó como ingeniero, pero en Rusia remodelaba apartamentos. Desde la plomería, la electricidad hasta la albañilería. Durante la reconstrucción de algún inmueble, ambos vivían allí. Muchas veces el piso era la cama. «En ese tiempo, como estaba la COVID-19, no me dejaba salir. Me quedaba en el apartamento que estaba reparando y él salía a buscar lo que necesitaba. Vivíamos con mucha inseguridad. En el metro, me hacían mucho bullying y me maltrataron varias veces. Cuando me enfermé con el coronavirus, que casi me muero, él me atendió todo el tiempo. Me apoyó mucho», apunta.
«En las noches, salíamos a limpiar la nieve en las calles. Ulugbek me enseñó a hablar ruso. También aprendió algunas palabras en español. Me cambió la vida por completo, pero ahora llevamos más de un año separados. A mí me deportaron y a él lo mantienen detenido. De Rusia nos fuimos para Cuba. Ahí estuvo seis meses clandestino en mi casa de Santa Clara, hasta que le dieron visa para Guyana. Luego, hizo conmigo la travesía hasta Tijuana. Después que cerró la aplicación CBP One, a inicios de febrero de 2025, decidimos cruzar la frontera estadounidense para pedir asilo, pero ahí nos separaron».
Camino al sueño americano
Yaini insiste en que Ulugbek siempre quiso viajar con ella hasta Estados Unidos. Nunca pensó dejarla en Cuba cuando abandonaron Moscú, donde fueron amenazados varias veces por su orientación sexual. Incluso, en una de las paradas del metro moscovita fueron golpeados por un grupo de uzbekos. Tampoco quería que ella se quedara en México.
«Él siempre ha luchado por estar en un país libre. Hasta pensó que en Cuba nos iban a aceptar, que nos darían el apoyo que necesitábamos, pero después de seis meses se dio cuenta de que allí tampoco era». Ambos llegaron a la isla a inicios de 2024, en medio de la crisis de los apagones. El dinero se iba como agua. Tampoco podían trabajar. La Policía siempre la estaba buscando porque «andaba con un extranjero», a quien querían deportar.
«Lo único que comíamos era arroz y picadillo de pollo, sin condimentos ni aceite. A Ulugbek lo tenía escondido en mi casa, porque está prohibido alojar a la gente de afuera sin permiso. Realmente, no podíamos irnos para Uzbekistán porque nos metían presos. Tampoco podíamos volver a Rusia. Allá, lo querían mandar para la guerra con Ucrania. Por suerte, le dieron la visa para Guyana. Los cubanos tenemos libre visado, pero su país no. Nos fuimos, en junio de 2024, con 6 000 USD que habíamos ahorrado», cuenta Yaini sobre la segunda travesía de su vida, ahora rumbo a Estados Unidos por la vía terrestre y sin coyotes. Se fueron guiando por un GPS y la información que buscaban en sus teléfonos móviles. Por esa fecha, los cubanos ya no hacían ese recorrido. Preferían la vía más corta desde Nicaragua, país que aún mantenía el libre visado para residentes en la isla.
Yaini recuerda que en el trayecto vieron a muchos brasileños, a personas de origen árabe y a rusos que habían sido deportados desde Turquía o Dubái. Intentaban no ser carne de cañón. «Esa travesía fue muy difícil, inexplicable. Duele, duele cuando hablo de eso. Casi “me quedo” en la selva del Darién. Hasta tuvimos que pedir comida y limosna para llegar. Me peleaba mucho con Ulugbek porque yo no quería seguir. Él controlaba los documentos y el teléfono. Nunca me los daba cuando se los pedía. Quería hablar con mi madre. No sabía nada de mí, pero él decía que no debíamos preocuparla».
Después de dos meses de travesía —en agosto de 2024—, entraron a Tapachula, Chiapas. «Cuando llegamos, otra vez le pedí mi pasaporte y el teléfono. No podía seguir, mis energías no daban para más. Me sentía muy mal. Quería quedarme ahí. Muertos de cansancio, nos acostamos sobre unos cartones frente a una terminal de autobuses, en un punto que estaba oscuro. De pronto, aparecieron dos policías y pasó lo peor… Me violaron delante de Ulugbek. No pudimos hacer nada. Ni denunciarlos. Imagínate, mis violadores fueron los policías… Después de eso, sí se agotaron todas mis fuerzas, pero Ulugbek insistía en continuar. Decía que no me podía quedar. “Muriéndome”, seguimos hacia arriba, pero fue muy difícil llegar hasta Tijuana».
El trayecto hacia esa ciudad fronteriza tampoco fue «un paseo». Yaini recuerda que lo intentaron por tren, por mar, por desierto, por autobuses, caminando, por mil vías para evadir unos diez puestos de inspección o retenes —que son operados por autoridades federales y militares para frenar el tráfico de armas, drogas, mercancía ilegal y la migración irregular hacia Estados Unidos—. Demoraron dos meses para concretar el recorrido. La mayor parte del tiempo la pasaron escondidos, en casas de seguridad de la red de tráfico de personas que los movía hacia el norte mexicano.
«Fracasamos seis veces hasta que —en la séptima oportunidad, en noviembre de 2024— logramos llegar a Tijuana. Desde que estuvimos en Tapachula comenzamos a pedir cita por la aplicación CBP One. Lo seguimos haciendo cuando llegamos al norte, pero nunca nos llegó. Cuando Trump cerró todo, le pedí a Ulugbek que nos quedáramos en México, que podíamos encontrar la manera de organizarnos, que iba intentar olvidar lo que me había pasado, pero él quería llegar como fuera a Estados Unidos. Decía que siempre aceptaban a los cubanos. Después buscó un coyote para avanzar hacia el otro lado para pedir asilo». Así terminó la segunda travesía de Yaini.
En ese entonces, ella aún no sabía que el presidente estadounidense también había implementado —tras su retorno a la Casa Blanca en enero de 2025— varios decretos para anular la elegibilidad de asilo en la frontera sur estadounidense y cerrar el acceso a ese recurso humanitario. Aunque esas órdenes ejecutivas enfrentan constantes bloqueos legales, permitieron la deportación sumaria, sin derecho a solicitar protección, a migrantes que como Yaini cruzaron de manera irregular hacia EE. UU. Incluso, violando leyes federales que garantizan el derecho a solicitar refugio, independientemente del punto de entrada.
La ¿última? oportunidad en el sureste mexicano
Yaini recuerda que para llegar a Calexico, el punto fronterizo estadounidense que se ubica frente a Mexicali, en Baja California, caminaron con el coyote por La Rumorosa, una desafiante zona montañosa con paisajes rocosos extremos. «Nos fuimos por esa vía para evadir los retenes. Todavía tengo marcas en el cuerpo por esas piedras que son como cuchillos. Espero que Ulugbek gane el asilo. Él aún cree que nos vamos a reunir en Estados Unidos. Pero yo me concentro en vivir el presente».
Sobre el proceso de expulsión por el que pasó Yaini de manera expedita rememora que cuando llegaron a Calexico, el 10 de febrero de 2025, el oficial de Inmigración les dijo que no estaban concediendo asilo, que debían regresar a México. «Pero Ulugbek se plantó y dijo que no volvía. No fue buena la experiencia. A esa gente nada le interesó. Se rieron de mí. Después nos separaron. A él lo llevaron para Otay Mesa. Nunca entendí su afán por llegar a EE. UU. Era más fuerte que todo. Le pedí que no me dejara sola, pero decidió luchar por su asilo. A mí me hicieron un juicio medio inventado en inglés, sin abogado, en el que no entendí nada. Luego, me subieron a un autobús y me mandaron durante varios días por carretera hasta Villahermosa. Me quitaron mis pertenencias y documentos. Cuando llegué, tuve que esperar cuatro días en la calle, frente a la oficina de Migración para que me devolvieran mi pasaporte cubano. Lo enviaron después. En esos días, tuve que pedir para comer. Luego, llegué a “Amparito”, donde pasé un mes antes de venir a trabajar para este asilo. Me lo propusieron porque siempre me veían limpiando y ayudando en lo que hiciera falta», apunta sobre el comienzo de su tercera travesía. Esta vez a la inversa y, sobre todo, en busca de una definitiva estabilidad migratoria para quedarse en México.
Durante ese primer mes, también se propuso buscar empleo en lo que fuera. Necesitaba un teléfono para comunicarse con su madre en Cuba y con Ulugbek, con quien había perdido todo contacto desde que los separaron en Calexico. Lo único que pudo hacer fue descargar rastras de huevos en la Central de Abasto, aunque no puede hacer fuerza porque tiene problemas en el riñón izquierdo. «Si lo logré en Rusia, aquí lo tenía que hacer igual. Cuando reuní 700 MXN (40 USD) me compré en el Oxxo un telefonito Blue. Después, empecé a indagar hasta que encontré a Imumi. Esa organización es una de las mejores cosas que me ha pasado. Hasta se aparecieron en “Amparito”. Encontraron la vía para comunicarme con mi pareja. Él no pierde la esperanza de que nos podamos reencontrar. Dice que aún me ama, que lo espere. Cree que va a tener su libertad».
Pero después de 16 meses en Villahermosa, Yaini aún no ha logrado el reconocimiento oficial para permanecer legalmente en México. Todavía espera la respuesta de un oficio de amparo que interpuso ante la Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados (Comar), tras la negativa de ese organismo a su solicitud de refugio cuando llevaba un año en el proceso. De no lograr una resolución a su favor, Yaini podría enfrentar una segunda deportación, pero ahora hacia Cuba.
Mientras este último recurso legal avanza, Yaini trata de concentrar sus energías en «El Choquito», donde es cuidadora, corta el césped, limpia o cocina. Atender a 11 abuelos requiere tiempo y paciencia. Algunos están encamados o en sillas de ruedas o con enfermedades crónicas por su edad. A ellos los debe alimentar, bañar, ayudar a dormir y hasta vestirlos. «Siempre he tenido disposición de apoyar a personas más necesitadas que yo, que carecen de ayuda. Pienso que por eso me ofrecieron este trabajo», refiere.
En «El Choquito» hay días en los que Yaini se siente triste. Otros, la pasa mejor. Especialmente, cuando puede enviar dinero y otras ayudas a su madre, quien aún reside en Santa Clara, una ciudad —como en el resto de la isla— donde no dan tregua los apagones de casi 20 horas diarias ni la crisis generalizada que devora a los cubanos.
«Este lugar ha sido todo para mí: lágrimas, alegrías, mi fin de año, mi Navidad, mi resolución negativa de la Comar, mi primera videollamada con Ulugbek, hablar con mi mamá…, todo», asegura Yaini, quien dice que no es buena para hacer nuevas amistades, aunque siente que ha encontrado una familia en este hogar de personas en situación de abandono. «Aquí hago lo que sea, pero cuando lo necesito también me pasan la mano. Vivo en un cuartico cerca de la cocina, junto a otro servidor», comenta.
Ella casi nunca sale de la instalación. Aún no supera el miedo e insiste en que no le interesa regresar a su país natal. «Mi sueño es poder traer a mi mamá, para que ella tenga una vejez tranquila. Me gustaría conocer Cancún, Mérida… Me han dicho que en Puebla hay una comunidad donde las personas como yo son muy aceptadas. Sería bueno visitarla. Quiero viajar, comprarme una casita, vivir tranquila. Estoy cansada de emigrar. A Dios le pido que me dé esa posibilidad y mucha fortaleza cuando no vea las cosas claras. No quiero irme para Cuba. Allá no veo futuro. No hay vida para mí», subraya Yaini, quien todavía se aferra a la mínima oportunidad que le queda para ser aceptada legalmente en México. Una oportunidad, también, para seguir siendo ella: con el pelo suelto, los labios rojos y un par de tacones para caminar libre por el mundo.







