El Ciervo Encantado a sus 30 años: sin sede, pero sin amo

15 de septiembre de 2026 a las 01:30 p. m.

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Fotos: tomadas de Facebook / El Ciervo Encantado.

Fotos: tomadas de Facebook / El Ciervo Encantado.

«Al Ciervo le han tirado a matar», dijo en la noche del 27 de agosto de 2026 el artista visual Lázaro Saavedra Nande mientras hacía gestos como si disparara con un arco. «Pero El Ciervo no está muerto», reclamaba con intensidad. El Ciervo anda corriendo en libertad.

Nunca ha sido tan precisa la metáfora que usa el nombre del grupo de teatro El Ciervo Encantado para equipararlo con un animal mágico que escapa. Saavedra Nantes hacía referencia a cuando El Ciervo tuvo que abandonar su sede en 18 entre Línea y 11, este 2026, porque el acoso de las autoridades de cultura (dirigidas por la Policía política) se hizo insoportable. Una sucesión de «comisiones evaluadoras», de censuras y de obras canceladas les imposibilitó el trabajo. Fue entonces que patearon la talanquera del redil institucional y salieron a campo abierto. Sin sede, pero sin amo. Desde entonces, andan por ahí, refugiándose en los pocos espacios alternativos que quedan en La Habana.

En la noche del jueves 27, la hospitalidad corrió a cargo del bar conocido como «El Proyecto», que es amigo de la estética bohemia, el cine y los debates. En el portal de esa casa del Vedado convertida en centro nocturno, en medio del perenne apagón, se acomodó la mesa que se usa para el dominó, la pantalla que se usa para el cine y los cojines con el fin de hacerle proscenio al Ciervo.

Había que celebrar el 30 aniversario de ese grupo que sostenidamente ha estado entre los primeros del teatro cubano desde que se fundó, allá por 1996, en el Instituto Superior de Arte (ISA). La presentación inició con el pequeño audiovisual humorístico en el que preguntan en la calle por El Ciervo Encantado, pero los habaneros no saben dar noticias de su existencia. Luego vino el repaso de las tres décadas intensas en las que han combinado obras de larga duración y pequeños performances, obras del «núcleo duro del Ciervo» (la actriz Mariela Brito y su directora Nelda Castillo) y piezas de los artistas que han formado parte del grupo. En la pantalla, recordamos desde el momento en que sentaban las bases poéticas de su indagación sobre Cuba hasta las últimas obras que denuncian el luto de la isla.

Cuba ha sido el tema obsesivo de este grupo que no abandona la isla. Con el tiempo, su trabajo artístico ha ido construyendo también un registro espiritual de la nación, una especie de crónica de nuestros sobresaltos, de nuestros traumas políticos y sociales y, sobre todo, de lo que está en el aire y no siempre puede recoger la historiografía: aquello relacionado con el peligro, la amenaza que, en el preciso momento en que se hace la obra, se cierne sobre el país. Indistintamente, ha sido el daño del poder autoritario o de aquello en lo que nos hemos transformado bajo su dominio o las deformaciones irreversibles que tenemos.

Foto: tomada de Facebook.

«¿Qué es Cuba?», se preguntaba El Ciervo en las primeras obras en el ISA, apelando entonces más a la expresión corporal y a la imagen en escena que a la épica. Después, se hacían la pregunta gemela: «¿En qué se ha convertido Cuba?». Así, en Visiones de la Cubanosfía (2005), en Variedades Galiano (2010), comprobábamos los tipos eternos y los nuevos esperpentos que padecíamos tras nuestra recuperación de la caída del campo socialista. A inicios del siglo XXI, íbamos camino a convertirnos en nuestra peor versión: la sociedad estaba siendo remendada con chapucería, los valores cambiaban poniendo en la cumbre de la escala lo más feo y El Ciervo Encantado hacía alarma poética de ello. Inolvidable es la imagen del Martí que al final de Visiones de la Cubanosfía surgía en escena como una flor de loto encima de un desorden colectivo.

El devenir nuestro está también en Cubalandia (2011), una de sus obras más diáfanas y entrañables del grupo, en la que Yara, La China, sobreviviente folklórica del descalabro, guía turística improvisada, se adaptaba como caricatura a los tiempos que corrían. Había que «luchar», que «meter cabeza» y que prepararse para cualquier prostitución posible. Lo que no sabíamos entonces era que aún teníamos las ganas (y por tanto el privilegio) de reírnos de nosotros mismos. Los años siguientes traerían un país más trágico. Más reconocido en su tragedia política también.

En 2016, eran los vaivenes del acercamiento con Obama. Cuba había soñado con que millones de turistas estadounidense traerían una súbita prosperidad económica y —dado que el régimen procuraba mejores concesiones del antiguo enemigo del norte— también experimentábamos una relajación de la censura. En el campo artístico y de la información, emergieron varios proyectos independientes que proponían diversos grados de osadía verbal y simbólica. El Ciervo Encantado, para ese entonces, puso en escena Triunfadela, su obra más atrevida hasta la fecha, que señalaba el centro de todos nuestros males: el poder autoritario que en ese momento intentaba ocultarse. «En el Ciervo están imitando a Fidel Castro», recuerdo que me dijo un amigo del mundo del teatro por ese entonces y lo cierto es que el personaje que caricaturizaba a un líder demagogo también citaba textualmente al Comandante, lo cual, en otra época, hubiera significado para el artista osado la expulsión de Cultura y hasta la cárcel. Pero El Ciervo siempre fue hábil en el manejo del símbolo y en el dominio de la cuerda floja de la censura. En Triunfadela supo castigarnos con las palabras del poder sin morir en el intento (desde luego, ya tenían la completa atención de la Policía política que esperaba el primer error para desaparecerlos… pero esta no es la historia de la persecución del Ciervo, sino de su carrera como cronista espiritual de la nación).

Foto: tomada de Facebook.

Resultaba que, en 2016, no estábamos tan esperanzados como se suponía. Tampoco lo estuvimos en los años venideros. Sí empezábamos a hablar colectivamente de nuestros problemas gracias a la lenta llegada de Internet, aunque todavía había mucho que agregar a la discusión nacional que necesitábamos. El Ciervo Encantado intervino en ella, una vez más, en 2018, indicando lo que quizá constituya la peor consecuencia de estos años de dictadura: el éxodo de cubanos que se ha convertido en catástrofe demográfica.

Una puesta en escena sobria, discursiva, que se confunde con la realidad, elige, en Departures (2017), fragmentos de la vida de Mariela Brito y es ella quien los refiere: cartas que recibe, gente cercana que se ha ido. La vida apenas arreglada por el estilo de El Ciervo Encantado, que es expresión de su sensibilidad. La emigración es terrible cuando empieza a ser un problema para el que se queda y en Departures estaba la desolación del país por esa mengua.

Hace tiempo que El Ciervo Encantado no ríe. Quizá desde Arrival (2018) —la pieza que siguió a Departures y planteaba la llegada a la patria de una cubana desde la cotidiana necesidad material—. La sobriedad actual del grupo, desde luego, no es deliberada, sino que corresponde al estado de la nación. En el último quinquenio, hemos tenido una pandemia, una rebelión popular masiva (el Ciervo tuvo en su roster a un preso de ese día), la consecuente y traumática represión estatal, la estampida de cubanos fuera de la isla y ahora tenemos el suplicio de la oscuridad —como si estuviéramos cumpliendo en colectivo las estaciones de un extraño calvario—. La última obra que ha puesto El Ciervo Encantado (que no es la última, sino que andaba engavetada por la censura) es Madres, una expresión del luto de Cuba que incluye historias de feminicidios, de exiliados y de presos políticos. La penúltima es Culebrilla, una confesión de la censura somatizada en el cuerpo de Mariela Brito.

El jueves 27 de agosto tomaron la escena Yindra Regüeiferos, los hermanos Lázaro y César Saavedra Nande y Mariela Brito. Cada uno habló, con su cuerpo y con sus voces, sobre lo que significaba el grupo para ellos. Saben que el camino de la independencia es incierto en este régimen de naturaleza totalitaria. Leyes como el Decreto Ley 349 —que El Ciervo ayudó a combatir en su momento, pero que todavía existe— proscriben cualquier separación del Estado. Sin embargo, se trata de lo mejor del teatro cubano explorando un territorio casi virgen para las artes escénicas. La noticia tiene de reto, pero también de esperanza. Aquello que conquisten en la práctica será también para otros. 

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