«En el mundo hay dos tipos de problemas —le decía en Oslo a un funcionario de la National Endowment for Democracy, la famosa NED, porque después de tanto cubanexplaining que uno ha tenido que sufrir hay que desquitarse con alguien—: los problemas de los que se puede culpar a Estados Unidos y de los que no. Solo los primeros son importantes».
A Thor Halvorssen Mendoza, el fundador y arquitecto de Human Right Foundation y de su evento estrella, el Oslo Freedom Forum (OFF), no parece importarle estar a la moda, al menos en cuestiones políticas. O sí, pero para llevarle la contraria. Por eso, al OFF invitan a activistas opositores y a perseguidos por regímenes consentidos tanto a la izquierda como a la derecha del espectro político. Y hasta otros que no aparecen en el mapa de la geopolítica de los pesos pesados pero que reprimen a sus ciudadanos tanto como los otros.
Este año en el OFF, lo mismo podía escucharse un discurso de perseguidos por los regímenes de Putin, Xi Jinping, los ayatolas o el chavismo de tercera generación que el de una de las tres únicas voces que disienten en el parlamento salvadoreño dominado por el aplaudido Bukele, la de Claudia Ortiz. Y la eritrea Yirgalem Fisseha vino a informarnos que en su país la poesía todavía importa, si no a los lectores, al menos al régimen que la encerró en la cárcel, la torturó y suprimió el poemario que intentaba publicar.
Pero nada de eso me sorprendió. Ya había asistido al Oslo Freedom Forum en 2025 en calidad de orador. Fui a dar cuenta de la catástrofe humanitaria en que el régimen cubano había hundido a sus ciudadanos, de su minucioso plan de vaciamiento de la isla y extracción concienzuda de sus ya escasos recursos. Sin embargo, este año regresé a un clima distinto. No me refiero al de la indecisa primavera noruega —menos fría y lluviosa que el año anterior—, sino al clima político. Luego de la extracción de Nicolás Maduro de Venezuela y la ofensiva de Trump y Netanyahu en el Medio Oriente la temperatura causada por la fricción de fuerzas en pugnas se ha elevado unos cuantos grados. Si en 2025 el OFF se anunciaba con el soñador título «Imagine», el de este año era más bien belicoso: «Dismantling Dictatorship» (desmantelando la dictadura).
Pero sin importar cual sea el clima político en el Oslo Freedom Forum, el mundo siempre anda de cabeza. A los poderosos se les ridiculiza y a los perseguidos se les da tratamiento de estrellas de Hollywood. Y cuando aparece una verdadera estrella de Hollywood, como fue este año el caso del actor Richard Gere, exhibe una modestia inimaginable en los semidioses de nuestras pantallas. Gere, budista practicante desde su juventud, fue invitado en atención a su sostenida defensa en favor de los derechos del Tibet, ocupado por el régimen chino desde 1959. Fue Gere quien, en su relajado diálogo con Halvorssen, insistió en una fórmula sorprendente, pero al mismo tiempo elemental, para resistir la opresión: humildad y humor. Justo aquello que los opresores menos tienen. Richard Gere, al ser sorprendido con el Premio Vaclav Havel a la disidencia creativa, (el mismo que el año pasado recibiera Luis Manuel Otero Alcántara) hizo uso activo del primer componente de su fórmula —la humildad— y dijo que solo podía aceptar el premio en nombre de quienes, a diferencia de él, habían tenido que sufrir represalias de todo tipo por decir lo que piensan.
En el Oslo del Freedom Forum, las voces más escuchadas son las de quienes han sido silenciados por más tiempo y de peor manera. Como la joven Lia Gazi, quien habló en nombre de los tártaros de Crimea, víctimas primero de la furia genocida de Stalin y ahora de la de Vladímir Putin contra un pueblo que nunca ha renunciado a su cultura y a su memoria. También dio testimonio Abdullah Ibhais, antiguo director de medios de la Copa de Fútbol de Qatar 2022, quien se atreviera a denunciar los abusos cometidos contra los trabajadores migrantes que construyeron los estadios donde se jugó el Mundial. Y el periodista nigeriano Steven Kefas, quien denunció las atrocidades cometidas contra los cristianos en su país ante la pasividad cómplice de su Gobierno; y Carmen Lau, activista pro derechos humanos de Hong Kong; y Salomé Zourabichvili, primera mujer presidenta de Georgia, quien ha debido enfrentar terribles presiones antidemocráticas tanto desde dentro como del exterior.

Facebook, Enrique del Risco.
De limitarse a lo anterior, podría inferirse que el Oslo del Freedom Forum es un maratón de la denuncia, una internacional del masoquismo. Pero OFF es bastante más que eso. Los talleres que se impartieron sobre el uso de la inteligencia artificial y las criptomonedas en la lucha contra el autoritarismo y los encuentros formales e informales entre los activistas convirtieron el evento en un laboratorio de la libertad. Las amistades que surgieron en esos días darán paso a complicidades duraderas y a alianzas de todo tipo. Se llegó rápidamente a consensos como que no basta con desmantelar dictaduras sino que es necesario tener preparados los mecanismos e instituciones que las sustituyan para evitar el caos y la crisis, el camino más seguro a nuevos Gobiernos autoritarios.
Diferentes ponentes explicaron en esos días cómo los autoritarismos buscan nuevas formas de reforzar su poder en campos tan dispares como los deportes o la tecnología. Varios talleres sobre inteligencia artificial señalaron, por un lado, el crecimiento monstruoso de esta en los últimos meses y, por otro, el acortamiento de la distancia entre las compañías punteras y el resto. Así predijeron un futuro en que el más poderoso de los dictadores y el último de los activistas tendrán acceso a inteligencias artificiales de similar potencia.
OFF 2026 contó incluso con una princesa, o algo parecido, en Noor Pahlaví, hija del príncipe Reza Pahlaví y nieta del último sha de Irán. Al entrar al escenario, Noor fue recibida con aplausos frenéticos por la nutrida representación iraní en el evento. Porque el desespero iraní es tan notorio que se asemeja al cubano. De un lado, los iraníes desean mayoritariamente la invasión al país para deponer a un régimen al que ninguna de las revueltas anteriores ha conseguido derrocar. Por otra parte, están dispuestos a perdonarle a los herederos del sha los pecados de su patriarca. Los crímenes que cometiera el sha mientras estuvo en el poder fueron convertidos en peccata minuta (se habla de 3 000 a 5 000 asesinados durante el régimen del sha) por los más de 120 000 ejecutados por el régimen de los ayatolas.
Si Noor Pahlaví era aplaudida como princesa de facto, María Corina Machado fue la reina extraoficial del cónclave en Oslo. La última premio nobel de la paz, de vuelta en la ciudad que le había otorgado el galardón, sonriente y accesible, compartía con el resto de sus compatriotas venezolanos la convicción de que este año será el de la libertad para su país. «Y también de Cuba», me insistió ante mi visible escepticismo. Pero hay dos diferencias esenciales con Venezuela —insistí en los encuentros formales e informales que compartí con los invitados latinoamericanos—. Por una parte, nuestra oposición y nuestro exilio carecen de la representatividad que tiene la oposición venezolana con una elección presidencial ganada de su lado. Por otra, el ejército cubano —aunque incapaz de repeler una invasión extranjera— tiene fuerza suficiente para reprimir a su pueblo para defender su control sobre la mayor parte de la economía del país, control que perderían con un cambio de régimen. Por ese control, la cúpula militar castrista está menos dispuesta a morir que a matar.

Facebook / Enrique del Risco.
Esta vez no hubo ningún cubano entre los oradores oficiales del Oslo Konserthus, pero la isla estuvo presente de muchas maneras. Como en la instalación de celdas a la entrada del concierto a cargo de Alian Collazo y la Cuban Freedom March que incluyó la dedicada a Luis Manuel Otero Alcántara, todavía en prisión, (otras celdas simbólicas fueron la dedicada a los hermanos Gao Zhen y Gao Qiang —el primero de los cuales está en prisión desde mayo—, la de la artista siria Azza Abo Rebieh y la del nicaragüense Pedro X. Molina). Cuba también estuvo en las estadísticas que se ofrecían sobre países con menos libertad de prensa, con mayores restricciones de todo tipo y en el nuevo atlas del Tyranny Tracker de la Human Rights Foundation.
Pero sobre todo, la isla se hizo presente en las palabras de Rosa María Payá, recién llegada del Foro DDC «Para la Cuba de mañana» con la buena nueva de los avances que se habían logrado en términos de unidad de las fuerzas democráticas del exilio. Payá, quien recordó una vez más el asesinato de su padre a manos de la dictadura cubana, denunció la desesperada situación cubana que describió con la palabra genocidio, luego de perder 3 millones de habitantes en los últimos años. Payá aclaró que tal descenso poblacional no se debe solo a la emigración masiva sino también a la crítica situación alimentaria y sanitaria del país, controlado por un régimen más preocupado en enriquecerse y perseguir la iniciativa privada que por procurarles los servicios básicos a sus ciudadanos. No estaba de más este recordatorio cuando muchos insisten —soy testigo— en que la catastrófica situación de la isla se debe a las recientes presiones del Gobierno norteamericano antes que a la rapacidad y la ineficiencia del cubano. Como si un año atrás en ese foro yo no hubiera hablado de la terrible situación que atravesaba el país antes de que a Trump se le ocurriera tomar medida alguna.
El Freedom Forum de Oslo intenta no solo ofrecer un diagnóstico ante la fiebre de autoritarismos que sacude al planeta. También trata de recetar curaciones. Atrás quedó el futuro profetizado por Francis Fukuyama en que el mundo tendería natural y unánimemente hacia la democracia liberal. Contrario a la optimista idea de progreso, hoy vivimos en un planeta más autoritario que el de dos décadas atrás. Y más represivo. El ideal de convivencia armoniosa y jurídicamente igualitaria tiende a evaporarse cuando la incertidumbre y el miedo asumen la forma de esperanza autoritaria: el hombre fuerte y la ideología impecable en vez de los agotadores ajustes democráticos.
De vuelta de Oslo traigo una noticia buena y otra mala. La mala es que los malos están ganando. La buena es que los buenos no dan señales de rendirse.





