El poderío militar cubano y la crisis en Venezuela

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Foto: Ejército Central.

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El triunfo de la Revolución cubana el primero de enero de 1959 —tras cinco años, cinco meses y cinco días de lucha iniciada con el asalto al Cuartel Moncada— marcó el inicio de una profunda transformación militar. Desde los primeros momentos, el nuevo Gobierno emprendió la reorganización de las fuerzas armadas y aprobó el 2 de enero de 1959 la proclama presidencial que designó a Fidel Castro como Comandante en Jefe de las Fuerzas de Tierra, Mar y Aire. Ese mes, también se aprobó la Ley 13, que autorizó la reorganización de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR).

En febrero de 1959, Raúl Castro fue nombrado segundo jefe de las Fuerzas Armadas; poder formalizado al aprobarse la Ley 600 (16 de octubre) que creó el Ministerio de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (Minfar), con Raúl Castro como ministro. Ese año, nacieron las Milicias Nacionales Revolucionarias (MNR), integradas por obreros, campesinos, estudiantes y profesionales que se unieron al Ejército Rebelde para ampliar la cantidad de tropas disponibles. La llegada de asesores militares soviéticos y checoslovacos —muchos veteranos de la Guerra Civil Española— consolidó la doctrina cubana sobre las bases del Ejército Rojo.

Expansión global y doctrina de Guerra de Todo el Pueblo

El salto cualitativo se produjo con la Ley 1129 del Servicio Militar Obligatorio (26 de noviembre de 1963), que estableció un ejército regular bajo principios comunistas. Posteriormente, se organizó el Partido en las FAR (1966), lo cual fortaleció el adoctrinamiento político y el doble control interno de las tropas por parte de los oficiales de contrainteligencia y los comisarios políticos. En la década siguiente, la Ley 1255 (2 de agosto de 1973) derogó la anterior y creó el Servicio Militar General, que incluyó la posibilidad de que las mujeres participaran voluntariamente en el servicio activo. La creación del Ejército Juvenil del Trabajo (EJT, 3 de agosto de 1973) vinculó la defensa con la producción, enrolando a jóvenes del Servicio Militar en tareas militares y productivas, sobre todo agropecuarias.

A partir de ese momento, la doctrina militar de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Cuba se ha desarrollado en función de un objetivo central: la defensa del territorio nacional frente a una agresión externa de una potencia superior, fundamentalmente Estados Unidos. Ese enfoque se expresa en el concepto de «Guerra de Todo el Pueblo», que articula fuerzas regulares, milicias territoriales, estructuras políticas y población civil en un esquema de resistencia prolongada, desgaste del adversario y negación del control efectivo del territorio. Se trata de una doctrina profundamente defensiva, pensada para operar en el espacio geográfico cubano, aprovechar el conocimiento del terreno, la dispersión de fuerzas y la movilización social, y no para la proyección de poder militar más allá de las fronteras nacionales.

Las FAR se estructuraron bajo el concepto de Guerra de Todo el Pueblo integrado por tres elementos: a) Tropas Regulares: con unidades permanentes y de reserva, distribuidas en tres Ejércitos (Occidental, Central y Oriental); b) Milicias de Tropas Territoriales (MTT), fuerzas provinciales y municipales de civiles entrenados para la defensa local; y c) Brigadas de Producción y Defensa (BPD), núcleo organizativo primario de la población en cada localidad (zona de defensa) —en especial adscritas a las empresas existentes en el territorio—. En 1984, se organizaron estas Zonas de Defensa en el país, consolidando un sistema territorial capaz de movilizar a la población y la economía nacional en caso de agresión.

Foto: Ejército Central.

Pese a este énfasis en el escenario doméstico —y en el apogeo de la influencia global de Cuba con la presidencia del Movimiento No Alineado a fines de los setenta e inicios de los ochenta—, el llamado internacionalismo se convirtió en un rasgo esencial de las FAR desde los inicios, pero se expandió en las décadas de los setenta y ochenta:

-         1963: apoyo a Argelia frente a Marruecos.

-         1965: Ernesto Guevara lidera la misión en el Congo.

-         1966: nace el Ejército de Liberación de Bolivia.

-         Década de 1970: participación en Vietnam, Yemen y Siria.

-         1977–1978: intervención en Etiopía durante la Guerra de Ogadén. Las tropas permanecieron hasta 1989.

-         1975-1991: intervención (como asesores y contingentes de tropas) en la guerra de Angola.

-         1979-1990: intervención (fundamentalmente como asesores) en Nicaragua.

Cuba se convirtió en el único país del Tercer Mundo capaz de sostener contingentes militares nutridos en dos continentes (Latinoamérica y África) de manera simultánea, respaldado por la logística soviética. Para finales de los ochenta, las FAR tenían tropas regulares permanentes —sin contar las reservas y milicias— evaluadas en 150 000 hombres, dotadas con 1 500 tanques y 240 aviones de combate, además de tres fragatas, tres submarinos y una gran cantidad de sistemas antiaéreos. El entonces potencial bélico de Cuba superaba el apresto de los demás países latinoamericanos y, en buena medida, de Canadá.

Caída del sistema socialista e impacto en las FAR

La caída del sistema socialista en Europa del Este y la Unión Soviética tuvo un impacto profundo en las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Cuba: significó la pérdida de su principal sostén económico y militar; y obligó a una reducción de capacidades, a una reestructuración doctrinal y a una reconversión hacia la gestión económica interna.

La URSS y el bloque socialista eran los principales proveedores de armamento, tecnología, combustible y logística. Tras su desaparición, Cuba quedó sin acceso a repuestos y modernización militar, lo que redujo la operatividad de las FAR. La rama que mayor nivel de operatividad dispone en la actualidad son las fuerzas terrestres. Se desmantelaron o quedaron inactivos sistemas de armas avanzados por falta de mantenimiento. Otros se conservaron y más adelante fueron modernizados por la industria militar cubana con asesoramiento de especialistas de otros países. La doctrina de defensa debió adaptarse a un escenario de escasez material, en el que se priorizó la resistencia territorial y la movilización popular (concepto de Guerra de Todo el Pueblo). Ello tuvo un gran impacto en las capacidades militares de los distintos componentes con elevada pérdida de la preparación y disposición combativas.

Foto: Ejército Central.

En el llamado Período Especial (década de los noventa del siglo pasado), las FAR asumieron un rol central en la gestión de empresas estratégicas: turismo, transporte, telecomunicaciones y producción agrícola. Los militares proyectaron una imagen de eficiencia frente a la burocracia civil, convirtiéndose en «militares-gerentes». Se reforzó la idea de defensa nacional con recursos propios, integrando milicias y brigadas de producción y defensa. La doctrina pasó de un ejército regular con respaldo soviético a un modelo híbrido, más austero y territorial, con predominio de infantería, fuerzas especiales y artillería motorizada. Dos evidencias de lo anterior son: primero, que no existe prácticamente la aviación de caza bombarderos. No hay aviones Mig’s con capacidad operativa. La aviación militar se limita hoy a algunos helicópteros y aviones de transporte, y entre dos y cuatro aviones L-39 operativos. Segundo, la marina de guerra dispone de un par de buques pesqueros tipo Damují transformados en embarcaciones de patrullaje y una cantidad limitada de pequeñas embarcaciones torpederas, patrulleras y minadoras para la defensa de las costas.

Las principales consecuencias de estos eventos fueron la obsolescencia tecnológica —gran parte del parque militar quedó anticuado—, la militarización de la economía —el rol de las FAR en sectores productivos generó tensiones con la gestión civil— y el giro a una mayor implicación doméstica —la legitimidad de las FAR pasó de la defensa externa a la administración interna de la crisis—; las cuales reconfiguraron de modo parcial el enfoque tradicional de las Fuerzas Armadas cubanas.

Los nuevos escenarios post Guerra Fría

Después del colapso soviético y de la crisis de los años noventa, en el siglo XXI las FAR han mostrado cierta recuperación de sus capacidades militares con base en dos aspectos fundamentales: a) la expansión y consolidación de su industria militar; b) la colaboración con nuevos aliados. A continuación, exploramos un grupo de manifestaciones de ambos aspectos.

El desarrollo de la Operación Caguairán y las Tareas Triunfo y Movilidad —las dos últimas están insertas en la primera, que fue más amplia porque implicó la movilización y el entrenamiento de miles de reservistas durante los meses siguientes al ascenso de Raúl Castro al poder—. La Tarea Movilidad consistió en autopropulsar la mayor cantidad de piezas de artillería terrestre y antiaérea, así como radares y sistemas de misiles antiaéreos en poder de las FAR, usando varias plataformas basadas en ruedas y orugas. Mientras, la Tarea Triunfo se enfocó en la modernización del armamento y la técnica de las FAR más allá de la mejora de sus cualidades de movimiento e incluyó a empresas y especialistas civiles.

Por otro lado, se expandió la producción de fusiles, minas de varios tipos, granadas y visores: la producción de estos equipos le permite a las FAR mejorar, aunque sea modestamente, las capacidades de sus unidades de infantería. Además, varios proyectos de armas de infantería se han desarrollado mediante procesos de ingeniería inversa tras acceder a equipo occidental, ruso y sudafricano, entre otros países.

Foto: Ejército Central.

Adicionalmente, se produjo la adquisición de algunos equipos militares relativamente modernos. En los últimos tiempos, se ha notado en las FAR el uso de medios militares modernos que se adquirieron después del colapso soviético. Sobresalen varios modelos de camiones HOWO y DongFeng de fabricación china; vehículos blindados Dong Feng EQ2050M también de origen chino; camiones URAL NEXT fabricados en Rusia usados como plataformas de radares móviles y para transportar misiles antiaéreos y sistemas de artillería reactiva BM-21; así como vehículos blindados BTR-70 de origen ruso. También destaca la modernización de los sistemas antiaéreos S-125 Pechora por una empresa de Bielorrusia. Estos misiles ya no son solo antiaéreos, sino que se pueden emplear contra objetivos terrestres y navales.

Para la adquisición, Cuba ha contado con cierto acceso a créditos: hasta donde se sabe públicamente, por ejemplo, recibió un crédito ruso de alrededor de 38 millones de euros para comprar equipo militar. Si bien es una suma modesta, le permite a las FAR acceder a algunos medios (fusiles y visores) en Rusia.

Ha habido cierta expansión del uso de drones: las FAR han mostrado que cada vez se usan más en diferentes unidades. Hasta donde se ha podido confirmar con evidencia empírica, se trata de drones pequeños para tareas de vigilancia, exploración y bombardeo mediante granadas pequeñas.

En la esfera de las alianzas, hemos visto la consolidación de proyectos conjuntos de colaboración militar con aliados en cuatro continentes. Existe información de varios expertos y servicios de inteligencia sobre la instalación en Cuba de bases de espionaje chinas; las visitas de delegaciones rusas y bielorrusas han sido periódicas y de relevancia.

Las FAR tienen hoy colaboración militar con países de América Latina (Nicaragua y Venezuela), África (Angola, Argelia, Congo, Namibia, Sudáfrica), Europa (Bielorrusia y Rusia) y Asia (China, Corea del Norte y Vietnam). Así, han accedido a equipos de uso militar fabricados en China, Rusia, Sudáfrica, Bielorrusia y Vietnam. Pero también han exportado servicios (por ejemplo: el Proyecto Thusano con Sudáfrica o los estudios de pregrado y posgrado de militares de varios países en universidades cubanas) y equipos (el suministro de vehículos DAVID a Angola o la colaboración con Vietnam para desarrollar un obús autopropulsado basado en el uso del cañón M-46 de 130 milímetros) a varios de sus aliados.

La caída del bloque socialista de Europa del Este transformó el ejército de las FAR de uno con proyección global a otro más austero. Su supervivencia dependió de reconvertirse en gestor de recursos nacionales, manteniendo la cohesión política y doctrinal en un contexto de aislamiento y represión de la disidencia interna. Al considerar las adquisiciones recientes de medios y equipos, así como el desarrollo de proyectos de colaboración con varios países aliados, es posible asumir que las FAR no solo se preparan para una invasión externa, sino que su alto mando también asume la posibilidad de cumplir misiones de seguridad y represión a lo interno, en caso de ocurrir otro estallido social como el de julio de 2021.

Opciones ante la crisis venezolana

El escenario abierto tras el ataque del 3 de enero de 2026 contra Venezuela, que culminó con la captura de Nicolás Maduro y la muerte de personal militar cubano desplegado en su entorno de seguridad, ha reactivado el debate sobre la capacidad real de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Cuba para ofrecer un apoyo militar efectivo a las Fuerzas Armadas venezolanas o defender el territorio nacional. Para evaluar esta posibilidad, es necesario recapitular de manera integral lo que significa la doctrina militar cubana, su equipamiento, su experiencia operativa y las limitaciones estructurales y estratégicas que enfrenta Cuba en el contexto regional y global actual —evitando interpretaciones maximalistas que no se corresponden con la realidad material y doctrinal de sus fuerzas armadas—. Aunque Cuba posee experiencia histórica en intervenciones externas —como en Angola o Etiopía durante la Guerra Fría—, dichas operaciones se produjeron en un contexto internacional radicalmente distinto, con respaldo logístico y estratégico de la Unión Soviética, algo inexistente en la actualidad.

Ante el creciente despliegue militar de EE. UU. en el Caribe —en el marco de la nueva Estrategia de Seguridad Nacional recién aprobada y ante operaciones militares como las desarrollada contra el régimen venezolano—, las capacidades de las FAR para cumplir con las misiones de defensa del territorio nacional son limitadas. Ello si consideramos el deterioro de la legitimidad interna del régimen cubano, el limitado apresto material y la debatible disposición combativas.

En la actualidad, la doctrina cubana no contempla de manera realista operaciones convencionales de gran escala en apoyo de un aliado extranjero, y mucho menos frente a una potencia militar tecnológicamente superior. El despliegue de personal cubano en Venezuela antes del ataque de enero de 2026 se enmarcaba más en funciones de asesoría, seguridad, inteligencia y protección de instalaciones y dirigentes que en una misión de combate convencional. La muerte de militares cubanos durante el ataque estadounidense pone de relieve tanto la implicación directa de Cuba en la arquitectura de seguridad del régimen venezolano como los límites de esa implicación cuando se enfrenta a fuerzas altamente especializadas y con supremacía tecnológica y operativa.

El análisis del equipamiento de las Fuerzas Armadas Revolucionarias refuerza esta lectura. Las capacidades materiales de Cuba están orientadas a la defensa territorial y a la guerra asimétrica, con un énfasis en armamento ligero y medio, sistemas antiaéreos de alcance limitado, fuerzas terrestres numerosas, pero con equipamiento en gran parte obsoleto, y una fuerza aérea y naval reducidas con escasa capacidad de proyección y sostenimiento de operaciones fuera del espacio nacional. La disponibilidad operativa de muchos de estos sistemas es limitada debido a restricciones económicas, dificultades de mantenimiento y acceso restringido a repuestos y modernización tecnológica.

Un elemento frecuentemente citado como potencial aporte cubano es la experiencia de sus fuerzas especiales, en particular unidades como las Avispas Negras, entrenadas en operaciones de infantería ligera, protección de objetivos sensibles y acciones especiales. Sin embargo, incluso estas unidades, aunque disciplinadas y con experiencia en entornos de seguridad complejos, no están diseñadas ni equipadas para enfrentar de manera directa a fuerzas de operaciones especiales estadounidenses apoyadas por inteligencia satelital, superioridad aérea y capacidades de ataque de precisión. El resultado del operativo del 3 de enero de 2026 en Venezuela sugiere que, frente a un adversario de ese nivel, las capacidades cubanas solo pueden desempeñar un papel marginal y de alto costo humano. Sin embargo, sus capacidades combativas no deben ser del todo descartadas.

A modo de conclusión

El régimen cubano ha sido una criatura habilidosa en el entorno global: sobrevivió contra todo pronóstico al entorno socioeconómico y geopolítico hostil que siguió a la desaparición de la URSS y la caída del bloque del Este. Por aquellos años, el aislamiento de la isla era tan agudo que Fidel Castro en persona cortejaba a cuánta personalidad mínimamente reconocible —un alcalde gallego, un activista estadounidense, un artista latinoamericano— se atrevía a visitarle. A un Chávez recién excarcelado le organizaron una recepción de jefe de Estado, cuyo legado —por lo que vino después— la convierte en el evento más costoso de su tipo en la historia contemporánea. No pocos gobernantes latinoamericanos y europeos —para no hablar de aquel Clinton aconsejado por García Márquez— apostaban a que «la Guerra Fría había acabado» y el castrismo aceptaría lo «inevitable» de una transición a la democracia, para lo que solo había que «tratarlos bien». Lo sucedido después de 1998, con el chavismo electo en el poder, ya es historia. La ruta de la democratización regional, abierta a mediados de los ochenta y con su clímax en la Carta Interamericana de 2001, se interrumpió y, a la postre, recibió un severo golpe.

Reconocer lo anterior no supone pretender que el castrismo, tanto en su fase clásica (con el Caudillo al frente) como en la actual etapa (degradada) sea un ente infalible y todopoderoso. Han cometido muchos errores. Son derrotables. Sienten temor ante «la lógica de la fuerza, ya que no ceden ante la lógica de la razón (Kennan dixit). Pero la vocación de poder —el cemento que los sostiene— es férrea y constituye el leitmotiv de su existencia, de su pensamiento y de su accionar. Desde la etapa insurreccional, aun antes de la conquista del poder, eran capaces de traicionarse entre ellos, sacrificar a sus compañeros y líderes temporales, aparentar sensatez, mentir a los incautos, armar campañas globales de influencia (aprovechando sus múltiples aliados, agentes y tontos útiles)… todo para no ceder en lo decisivo: mantener el poder. Son, incluso, capaces de aconsejar a sus aliados no resistir (Chávez cuando el golpe de 2002) o replegarse (los sandinistas en 1990) para luego recuperar, en mejores condiciones, ese poder. Llevaron a un nuevo nivel las lecciones de maskirovka en la que les fueron adiestrados por los agentes y funcionarios soviéticos.

En su forma actual —pacientemente construida durante un cuarto de siglo— el destino de los dos países está ligado a la sobrevivencia o supresión de los aparatos militares de ambos regímenes. Y la única forma en la que el cambio del status quo actual se realice y consolide en Venezuela —sea en la debatible lógica crematística e imperial de esfera de interés de Washington o en la deseable democratización que reclaman millones de venezolanos— es mediante una anulación de todos los vínculos interestatales y políticos de Caracas con La Habana. Eso implica, en el corto plazo, la interrupción inmediata y verificable de cualquier comunicación, cooperación, influencia y presencia física o virtual del aparato castrista en Venezuela. Y, en el plano/plazo decisivo, estratégico, la supresión total de los liderazgos, estructuras y capacidades del régimen cubano en su suelo nativo.


Nota: Los autores agradecen particularmente a las personas residentes en Cuba cuyo testimonio y conocimiento especializado contribuyeron a este texto. Por razones de seguridad, se omiten sus nombres.
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